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sábado, 18 de abril de 2026

Lucas 24, 13-35


  


Se nos presenta hoy el famoso y bellísimo relato de los discípulos de Emaús.

Es un texto que nos ofrece muchas pistas para nuestro caminar y crecimiento espiritual.

Nos centramos en estos versos:

 

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (24, 15-16)

 

Lucas, en su relato, nos presenta una catequesis sobre el reconocimiento del Resucitado.

 

¿Por qué no lo reconocemos?

¿Cómo reconocerlo?

 

Es también nuestra propia experiencia.

Los discípulos “conversan y discuten”: están en sus cosas, en sus cabezas, en sus ideas de como tendrían que funcionar las cosas. Conversan y discuten sobre los acontecimientos pascuales, por cierto, pero están atrapados en su forma de ver que, en el fondo, es un no-ver. No hay silencio, no hay atención, no hay escucha.

 

Es lo que nos ocurre: estamos atrapados en nuestras ideas sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre el mundo y perdemos mucho tiempo en conversaciones estériles. Hablamos mucho, escuchamos poco. Nos falta apertura, silencio, atención.

Nos falta dejar sorprendernos.

 

El Resucitado se acerca a los discípulos que conversan y discuten. Se acerca igual, se “hace prójimo”, como el buen samaritano. El Espíritu no se asusta de nuestras conversaciones y tampoco de nuestra estupidez o superficialidad. Se acerca.

Jesús se acerca y camina con ellos: ¡qué hermosa imagen!

Tal vez, Lucas, tenía en su mente las palabras del profeta Miqueas: “Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios.” (6, 8).

 

Estamos invitados a caminar humildemente con nuestro Dios, y lo podemos hacer, porque Él es el primero que se acerca y camina con nosotros.

Nunca estamos solos: el Espíritu es nuestro acompañante. Un acompañante humilde, paciente, silencioso.

 

¿Nos dejamos acompañar? ¿Lo acompañamos?

 

Este “caminar juntos”, lo podemos ampliar a los demás: los discípulos caminan juntos, son dos y van juntos.

Caminar juntos supone también paciencia y apertura, respetar los tiempos del otro, detenernos a descansar.

Supone dejar el ego y los prejuicios.

Caminar juntos es todo un arte, es algo que nos transforma, nos enriquece. En este caminar juntos podemos también ver y agradecer el magnífico de la amistad.

La amistad es también y, tal vez, sobre todo, “caminar juntos”.

 

Jesús se acerca, camina con ellos, los escucha, pero los discípulos no lo reconocen: ¿cómo no lo van a reconocer?

Podemos hacer muchas especulaciones, pero, sin duda, la situación es muy extraña.

Lucas, en realidad, quiere sugerirnos algo más profundo: el reconocimiento de la Presencia no es automático, requiere unas condiciones, un camino. “Otros ojos”.

Podemos hacer una “teología del reconocimiento”.

 

¿Cómo reconocer la Presencia de Dios en nuestra vida?

 

Re-conocer supone, antes que nada, un conocer. Re-conozco algo que ya conocí. Acá entonces se nos presenta la necesidad de una experiencia de Dios, de afinar nuestra sensibilidad. Y el conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo: todos los místicos lo subrayan y actualmente también la psicología insiste mucho sobre lo fundamental del autoconocimiento. Afirma Teresa de Ávila, por ejemplo: “No creamos que entraremos en el cielo, antes de entrar en nuestra alma.

El conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo porque no hay separación: Dios no es un “objeto” externo que pueda conocer como conozco una silla. Dios es la raíz más profunda de mi propio ser, por eso conocer a Dios es conocerme y conocerme es conocer a Dios.

San Agustín lo decía así: “Dios es más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad”.

Por todo eso, también, conocer y re-conocer van de la mano.

Re-conocer la Presencia de Dios en nuestra propia vida, necesita detenernos, callar, escuchar.

 

El Espíritu camina en nosotros, con nosotros y entre nosotros. Su caminar es humilde y silencioso. Camina dentro de nuestra humanidad, nuestros pensamientos y preocupaciones. Está muy cerca, “demasiado” cerca y por eso no lo reconocemos. Lo buscamos en la exterioridad, cuando nos habita. Lo buscamos en el “hacer”, en la conquista, en la apropiación, cuando el Espíritu es entrega y desapropiación.

 

Reconocer, finalmente, tiene que ver con la visión: “los ojos” de los discípulos están impedidos, su visión nublada.

Reconocer es aprender a ver. Lucas y el Espíritu nos piden “otros ojos”, otra visión. Es la visión del corazón que, desde siempre, la mística subraya.

Esta visión nace, justamente, cuando cae el deseo de apropiación, cuando disminuye el activismo, cuando sabemos pacificarnos y detenernos.  

Entonces “ocurre la magia”: se quita el velo. Y vemos lo que siempre estuvo ahí.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 11 de abril de 2026

Juan 20, 19-31


  



En este famoso relato del encuentro del Resucitado con los apóstoles y en especial con Tomás, aparece una humilde, pero central, protagonista: la paz. En pocos versos el Resucitado ofrece por tres veces la paz: “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”.

 

Juan nos muestra claramente y sin ningún tipo de duda, la relación vital entre la resurrección y la paz, entre la experiencia del Resucitado y la paz.

 

Encontrarnos con el Resucitado, es encontrarnos con la paz.

 

Vale también lo contrario y, tal vez, puede ser una oportunidad de discernimiento: si falta la paz, posiblemente no me encontré con el Resucitado o mi relación con el Resucitado está oscurecida y estancada.

 

Es interesante notar como la totalidad de los maestros espirituales y de los místicos insistan sobre este criterio de la paz. La paz parece ser el centro desde el cual, todo lo demás, se mueve.

 

Les comparto unos hermosos testimonios:

 

Isaac de Nínive: “permanece en paz contigo mismo, y los cielos y la tierra estarán en paz contigo” y “el lugar donde habita el Espíritu se encuentra enteramente lleno de paz, de amor y de humildad”.

 

San Serafín de Sarov: “Mira al cielo más seguido y habla menos, para que el silencio pueda entrar en tu corazón, y tu espíritu esté en calma y tu vida se llene de paz” y “adquiere la paz interior y miles a tu alrededor encontrarán la salvación.”

 

Esta paz es la paz de Dios, la paz que trasciendo todo, lo abraza todo, lo ama todo.

 

San Pablo lo expresa de una forma maravillosa: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Fil 4, 6-7).

 

Esa paz es don y tarea: don de Dios, pero también consecuencia de la oración y de la “acción de gracias.”

 

La paz, entonces, esa paz, no es en primer lugar un “sentimiento de paz”, sino un “estado de consciencia”, un “estado del ser”. Esa paz, como el resto la alegría y el amor, son “propiedades del ser”, no están condicionadas por nuestro actuar, decisiones, emociones. Nos preceden, nos sostienen: “están ahí”. Como Dios: siempre “está ahí”.

 

Entonces alcanza “entregarnos”, abrirnos, confiar. Alcanza salir de los miedos, quitarnos las máscaras, bajar las defensas. Los discípulos estaban encerrados en casa y con el corazón cerrado… pero la paz estaba ahí. La presencia del Resucitado, reconocer esta presencia, los conectó con la paz y la pudieron recibir y disfrutar. Es la paz que Jesús constantemente nos regala por el Espíritu: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27).

En este mundo tan lleno de conflictos, esta comprensión es esencial. Si el corazón humano no está en paz, la paz en las familias y entre países será imposible. El diálogo no es suficiente, porque los diálogos están condicionados por los intereses y los mecanismos inconscientes de defensa. Necesitamos más silencio y menos diálogos.

 

Por último, importante aclararlo, esta divina paz, no es pasividad, comodidad, ensimismamiento. Al contrario: es suma actividad, amor comprometido. Es una paz que se mueve, porque es una paz amante y enamorada.

 

Lo entendió y lo vivió de una manera excepcional Gandhi:

 

La gota de agua que se ha separado del océano podría tener un momento de descanso, pero la que está en el océano no conoce tal descanso. Lo mismo sucede con nosotros. Tan pronto como nos hacemos uno con el Océano, ya no hay descanso para nosotros y, de hecho, ya no tenemos necesidad de descansar nunca más. Incluso nuestro propio sueño es acción, porque dormimos con el pensamiento de Dios en nuestro corazón. Esta actividad continua constituye el verdadero reposo. Esta agitación incesante contiene el secreto de la paz inefable. Es difícil describir este supremo estado de experiencia humana. Lo han alcanzado muchas almas entregadas y también podemos alcanzarlo nosotros

 

sábado, 4 de abril de 2026

Juan 20, 1-9: ¡Feliz Pascua de Resurrección!


  


Estamos celebrando la Pascua, la celebración que da sentido a la fe cristiana, la celebración que es el centro, desde el cual nacen todas las celebraciones: el fuego nuevo que se encendió en la vigilia pascual, es el mismo y único fuego que alumbra cada domingo y cada celebración de la iglesia. La Resurrección es fuente, orientación y centro. San Pablo lo expresó de esta manera: “si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes.” (1 Cor 15, 14).

 

Nuestra fe en la resurrección, es la fe en la victoria definitiva sobre el mal, la injusticia, la muerte.

 

Y acá empiezan los problemas, porque esta fe choca de frente con la realidad, realidad que tenemos delante de los ojos y de las pantallas todos los días: el sufrimiento sigue, el mal sigue, la estupidez y el egoísmo humano siguen, la muerte sigue.

Sobre la estupidez hasta me parece en aumento.

 

¿Dónde podemos ver el triunfo de la resurrección?

¿Dónde actúa la fuerza renovadora y vital del Cristo Viviente?

 

No podemos evadir estas preguntas y no podemos dar respuestas simplistas: la vida nos pone en crisis y cuanto más evadimos, más crisis. La vida, antes o después, nos obliga a enfrentarnos a estas preguntas claves.

 

Obviamente no tengo respuestas claras y definitivas, ya que estamos en el Umbral del Misterio. Intento dar algunas pistas, partiendo de mi experiencia personal y de la visión de muchos místicos cristianos.

 

Primera pista

 

Debemos recuperar el sentido de la creación y la conexión vital con la resurrección. Cuando descubrimos el sentido profundo de la creación, nos damos cuenta a nivel experiencial que, de cierta forma, “ya estamos viviendo en la resurrección”. San Pablo lo afirma claramente en su discurso en el Areópago de Atenas: “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hec 17, 28). Vivimos en la Vida y morimos en la Vida.

 

Traigo solo tres ejemplos.

Teilhard de Chardin: “Dios se manifiesta en todas partes como un Centro que nos invade... A través de todas las cosas, Tú nos vienes a nosotros. [...] Por la Gracia, el mundo ya está, en sus profundidades, resucitado en Ti.

 

Santa Catalina de Génova es aún más contundente: “Mi yo es Dios y no conozco otro yo que mi Dios

 

Maestro Eckhart: “El pie de la persona que permanece en el ahora es el mismo pie de Dios. [...] Dios nos ha engendrado a nosotros mismos en su único Hijo en el mismo ahora en que Él es Dios.

 

¿Cuál es la dificultad de esta pista y estos textos?

 

Simple: no se entra por la racionalidad, se entra por el silencio.

 

Segunda pista

 

La resurrección no es algo mágico, que transforma la realidad de golpe. No sería digno del ser humano y tampoco respetuosa de la creación misma y de sus leyes. La fuerza de la resurrección actúa “desde dentro”, lenta pero inexorablemente.

Es como un volcán que en su interior ya erupcionó, pero nosotros solo estamos viendo un poco de humo y de ceniza que salen de la cumbre. Adentro, en las profundidades de la tierra, ya explotó: la historia, la evolución, los procesos humanos, son el lento y paciente trabajo del fuego del volcán para salir al exterior y manifestarse. En el núcleo de la vida la resurrección, inaugurada y anticipada por Cristo, ya ocurrió: la historia es su lento despliegue y manifestarse.

La resurrección es la Vida – el Espíritu – que actúa desde el interior en sinergia con nuestra libertad y el compromiso en el amor. Cada vez que verdaderamente amo, estoy resucitando.

Unos textos:

 

Angelo Silesio: “La resurrección de Cristo no te sirve de nada si no resucitas tú también de tu propio sepulcro.

 

Maurice Zundel: “La Resurrección no es una reanimación de un cadáver, es la liberación total de la Presencia. [...] Ya no somos nosotros los que vivimos, es la Vida la que vive en nosotros. El cielo está en el interior de cada paso que damos en el amor.

 

Tercera pista

 

Nos ilumina la famosa frase de Leonard Cohen que fue retomada por muchos: “Cada cosa tiene una grieta, por esa grieta entra la luz.

El sepulcro vacío es la primera grieta de la historia por donde se filtró la luz.

 

La vulnerabilidad es parte estructural de la condición humana: estamos hechos así. Dios nos hizo así. No es un pecado ser vulnerables, frágiles. Y acá entra de lleno la maravilla y la fuerza de la resurrección.

Cuando asumimos plenamente nuestra vulnerabilidad – proceso que a menudo lleva años – la misma vulnerabilidad se convierte en nuestra mayor fuerza: por ahí pasa la luz. Dios espera pacientemente la entrega de nuestra fragilidad para poder atravesarnos con su luz.

La resurrección actúa convirtiendo la vulnerabilidad, en fuerza y en luz. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, recuerda Pablo.

¿Por qué es así?

Para que se manifieste que todo viene de Dios, que Dios lo es todo y nosotros nada.

Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).

 

En esta Pascua, abrámonos a esta fuerza extraordinaria. Dejemos que el Espíritu del Dios Viviente nos convierta en llamas de amor, en llamas vivas, en pura luz y vivamos desde ya como “hijos de la resurrección”.