El texto de hoy subraya una de las
vivencias más duras de Jesús: ser rechazado por su gente. Fue algo tan fuerte
que todos los evangelios sinópticos lo transmiten: el texto de Marcos que
estamos comentando, Mateo 13, 53-58 y Lucas 4, 16-24, donde el rechazo se hace
más violento y Jesús se salva de ser despeñado del barranco de Nazaret.
Este rechazo queda plasmado en el famoso
refrán que Jesús cita al final de nuestro texto: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su
casa” (Mc 6, 4) que en nuestro lenguaje común abreviamos diciendo: “Ninguno es profeta en su patria.”
Este rechazo parece absurdo e ilógico,
también porque esconde una contradicción: por un lado la gente reconoce la
sabiduría del Maestro y sus dones de curación (Mc 1, 21-34) y por el otro no
quiere escucharlo y menos, comprenderlo.
¿Dónde
podemos encontrar una clave de comprensión?
Sugiero dos pistas:
1)
Por un lado la persona de Jesús rompe
con los esquemas. Jesús no es un sacerdote del Templo ni un maestro de la ley.
Su enseñanza y su actuar no quieren defender doctrinas preestablecidas ni
preservar el orden institucional, social y religioso. Jesús comparte lo que ve y lo que vive. Es un Maestro de sabiduría que ofrece su experiencia
de Dios y su visión de la vida. Es un profeta
y la clave de la vida de un profeta es la libertad: Jesús es el hombre libre
que vive desde el Amor y para el Amor.
Afirma lucidamente el teólogo italiano
Vito Mancuso: “Entregarse a la realidad
sin nada que defender y hacerse penetrar por ella significa activar la primera
y decisiva condición para el nacimiento de la libertad.”
Palabras que reflejan perfectamente lo
que Jesús vivió: es lo que el Maestro hizo y lo que nos invita a hacer.
Esta libertad molesta al orden preestablecido,
ayer como hoy. Las instituciones – y en ellas también la iglesia – viven a
menudo para defender y mantener lo institucional que, dicho sin rodeos,
significa “poder” y “privilegios”.
Hoy en día la iglesia institución sigue
siendo, en muchos casos, “motivo de
tropiezo” para mucha gente: cristianos comprometidos y no cristianos,
creyentes y ateos. Y “motivo de tropiezo” no por su fidelidad a la novedad de
Jesús – ojalá así fuera –, sino por caer en las mismas contradicciones de las
instituciones de la época de Jesús: priorizar la doctrina sobre la vida,
rigidez, resistencia a los cambios, hipocresía, moralismo, fanatismo religioso,
burocracia. Jesús se había convertido en “motivo de tropiezo” para las
instituciones de su época justamente para cuestionar todo este aparato engañoso
y poner la vida en el centro.
La frase “y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo” (Mc 6, 3) se puede
traducir también como “y desconfiaban de
él”. Me parece interesante esta traducción porque pone el acento sobre la
desconfianza. Y aquí va la segunda pista.
2) La gente – su gente – desconfía de
Jesús. Y el evangelio nos sugiere los motivos: era demasiado conocido. Que también se puede decir: demasiado humano.
Jesús era un vecino más, lo conocían
desde niño. Conocían su familia y su entorno: nada excepcional.
¿Qué
le pasa ahora a este hijo del carpintero que se pone a predicar y sanar?
¿Se
piró?
Son los mismos comentarios de hoy en día
con personas que conocemos bien. No logramos aceptar ni ver la belleza y
grandeza que se esconde en lo que ya suponemos
conocer. Hay que subrayar “suponer” con tinta roja parpadeando. Su gente suponía conocer a Jesús: en realidad no
le conocía. Se quedaban con la imagen que se habían hecho de él y no lograban
salir de esta imagen. Se quedaban con la superficie. Lo mismo – vaya como se
repite la historia – que hacemos nosotros: con Jesús, con Dios, con los demás.
Nos relacionamos a partir de las imágenes que tenemos del otro. Nos quedamos con lo superficial y los pocos datos que
sabemos.
Por eso que – en el camino espiritual –,
romper las imágenes de Dios que uno tiene es el primer y esencial paso para encontrarse
con el verdadero Dios… y cuando no queremos romper estas imágenes, la vida se
encarga. La vida siempre rompe las imágenes de Dios que nos hemos construido…
¡no podemos atrapar y manipular el Misterio!
Jesús molesta porque – con lucidez y fuerza – hace justamente
esto: rompe imágenes y estructuras y, por ende, pone en crisis el orden
institucional.
Marcos, al final de nuestro texto, anota
algo interesante: “Y no pudo hacer allí
ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las
manos. Y él se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 5-6).
La desconfianza impide una vida plena y
digna. A menudo “se usaron” los supuestos milagros de Jesús como “prueba” de su
divinidad. En realidad nunca Jesús usó las curaciones para demostrar su estatus
de mesías. Es una operación engañosa e injusta. El evangelio también la
desmiente: “Si no escuchan a Moisés y a
los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se
convencerán” (Lc 16, 31).
Jesús da mucha más importancia a la confianza. Porque sabe que la confianza
sana y dignifica. Porque sabe que la confianza es el milagro más grande. Por
eso también le dolió mucho la desconfianza de su pueblo y sus amigos. Es la
confianza la que sana y la que “permite” el milagro. Es el estribillo que Jesús
repite: “Tu fe – tu confianza – te ha
salvado.”
Volver a confiar en nosotros mismos, en
los demás y en la Vida es entonces, fundamental. El camino de la confianza es
el camino que siempre lleva a la luz y a la paz.
¡Qué hermoso es relacionarnos con el otro – cualquier otro – a partir de la confianza! Es un ejercicio diario, una
práctica espiritual. Casi siempre lo primero que nos surge frente al
desconocido o al que piensa o vive distinto es la desconfianza. Cuando notamos
surgir la desconfianza podemos detenernos un momento y conectar con lo mejor de
nosotros y dar cabida a la confianza que, a menudo, empieza con una amable
sonrisa.
A partir de estas dos pistas nuestro
camino espiritual puede tomar vuelo y un respiro más fresco: ¡qué necesidad de
aire nuevo!
Podemos dejar de “suponer” que conocemos
a Jesús, y menos, a Dios. Podemos entonces abrirnos y dejarnos cuestionar. “A Jesús no se le puede entender desde fuera”
recuerda Pagola. Abrirnos a Jesús y al evangelio exige poner entre paréntesis
ideas y opiniones y dejarnos aferrar por el Amor que habla desde el silencio,
cuando la mente calla. Entrar en la experiencia de Jesús es dejarse aferrar por
él y su novedad. Jesús nos comparte su conciencia y su visión: solo podemos
entrar desde el silencio y la humildad. Jesús pone en el centro lo humano. Como
recuerda Leonardo Boff: “Tan humano solo
Dios”. Acá radica la novedad esencial de Jesús: lo divino se manifiesta,
expresa y revela en lo humano. Entonces el camino hacia Dios es el camino hacia
lo humano. Poner en el centro lo humano, especialmente las relaciones humanas,
es poner en el centro a Dios. Este es el “escandalo” y el “motivo de tropiezo”
de toda institución religiosa que se considera “dueña” del acceso a Dios y que
restringe este acceso a la participación o menos en sus rituales.
Jesús rompe con esto, que nos guste o
no. Jesús abre el acceso a Dios a todo corazón humano e invita, antes que nada,
a celebrar nuestra humanidad como terreno fértil y hermoso de la revelación del
Misterio de Amor que llamamos “Dios”.
Podemos además dejar de relacionarnos
con los demás a partir de nuestras imágenes y prejuicios y de nuestro “supuesto conocimiento” del otro.
Relacionarnos con el otro – cualquier otro – a partir de las
imágenes que tenemos o lo que ya
conocemos es muy pobre e injusto. Cada persona, cada ser viviente, es un
Misterio infinito e inagotable. Hay que respetar y amar este Misterio.
Es un Misterio que se renueva cada
mañana, es el Misterio del Amor que se manifiesta en toda forma: ¿cómo pretendemos tenerlo dominado y
agotado?
Aprender a relacionarse con el otro
desde el Misterio siempre nuevo es una aventura maravillosa que nos reservará
muchas y agradable sorpresas.
Dejemos que la Vida quiebre nuestras
imágenes y supuestos conocimientos: todo brillará de una luz nueva. Todo se
coloreará de divino y los aromas del Amor nos enamorarán.
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