“Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.”
Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, abrimos esta reflexión, con esta hermosa oración de Santa Catalina de Siena.
Catalina, en su oración, define a la Trinidad como “insondable profundidad” y nos invita a entrar en la dinámica del deseo infinito e insaciable.
El Misterio de Dios, es un abismo de luz que no tiene fin y cuanto más entramos, más el abismo se hace profundo y más nuestro amor se inflama y el deseo se ensancha.
San Gregorio de Nisa lo decía así: “El alma que mira hacia Dios... cuanto más participa de Su luz, tanto más desea participar de ella. El disfrute de lo que ya posee no extingue su deseo, sino que lo inflama.”
Raimon Panikkar intuyó que el Misterio de la Trinidad no puede estar constreñido en un dogma: “La Trinidad no es un dogma, sino la estructura misma de la realidad. Es la convicción de que la Realidad no es una, ni dos, sino tres: es el Misterio (el Padre, la fuente), la Manifestación (el Hijo, el logos) y la Experiencia (el Espíritu, el amor). Estas tres no son piezas, sino dimensiones de un único acto de ser.”
Panikkar abre: nos hace entender que un dogma que se no abre hacia el Misterio se convierte en ídolo y ya no cumple su función. El dogma es ícono, no ídolo.
Otro gran místico, Ricardo de San Víctor, intenta explicarnos la Trinidad a través de la experiencia humana del amor: “Cuando el uno da su amor al otro y el uno ama solamente al otro, solo hay amor, pero no amor común. Cuando dos se aman mutuamente y los dos se conceden mutuamente su afecto y su deseo ardiente, y este afecto discurre de este a aquel y de aquel a este como quien corre en sentido contrario, en ambos hay amor, pero no amor común. Se puede decir con razón que hay amor común cuando los dos concuerdan en amar a un tercero, lo admiten en una comunidad de amor y el afecto de los dos se hace uno por el ardiente amor que sienten hacia el tercero.”
A este respecto es sumamente fascinante – y a mi parecer esencial – conectar el Misterio trinitario con la física cuántica.
La dimensión esencialmente relacional de la divinidad y de lo real es la misma que, desde otra perspectiva, descubre la física.
Afirma el físico italiano, Carlo Rovelli: “Las cosas no tienen estado, sino solamente estados en relación. Las cosas no tienen propiedades en sí, son las relaciones las que constituyen lo que llamamos realidad.”
El monje budista Thich Nath Hanh, en la misma línea, acuñó el término “interser”: el “yo” separado es ilusorio. No hay nada separado de nada y cada cosa nace y se sostiene desde la relación, en la relación, para la relación.
El texto del evangelio concentra toda esta sabiduría en el tema de la entrega: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”
El Misterio de la Trinidad es un Misterio de entrega, un Misterio de amor, un Misterio de salvación, de plenitud de vida.
“Dios amó tanto al mundo”, nos dice Juan.
Dios ama tanto al mundo. En Dios, el juicio coincide con la misericordia y con el deseo de vida plena. El “juicio” del Padre de la parábola de los dos hijos en Lucas, se corresponde a su correr hacia el hijo y abrazarlo (Lc 15, 20).
Esto no quita nuestra responsabilidad, al contrario, nos hace más responsables. La consciencia de este Misterio de Amor nos mueve a la conversión, al cambio, al compromiso.
Como afirmaba el monje italiano Enzo Bianchi: “no es el arrepentimiento que causa el perdón. Es el perdón que causa el arrepentimiento”.
Es decir: siempre nos precede la gracia. La gratuidad del amor, de la misericordia y del perdón, vienen antes. Este es el gran anuncio cristiano. Estamos en el corazón del evangelio.
Isaac de Ninive con una finura psicológica y espiritual extraordinarias, nos revela cual es el verdadero juicio y el verdadero dolor del pecado: no haber correspondido al amor.
Para Isaac – la intuición es revolucionaria – el verdadero “infierno” es el dolor que sentimos por la falta de correspondencia en el amor. No hay dolor más grande que el darse cuenta de nuestro egoísmo, de no haber amado lo suficiente. Nuestra purificación pasa por la aceptación de este dolor.
Entonces, más que “entender” la Trinidad, estamos llamados a vivirla.
¿Cómo?
Descubriendo, como nos invitaba Panikkar, la estructura trinitaria de la realidad, centrando nuestras vidas en las dinámicas relacionales y haciendo de la vida una entrega radical.





