Estamos celebrando la Pascua, la celebración que da sentido a la fe cristiana, la celebración que es el centro, desde el cual nacen todas las celebraciones: el fuego nuevo que se encendió en la vigilia pascual, es el mismo y único fuego que alumbra cada domingo y cada celebración de la iglesia. La Resurrección es fuente, orientación y centro. San Pablo lo expresó de esta manera: “si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes.” (1 Cor 15, 14).
Nuestra fe en la resurrección, es la fe en la victoria definitiva sobre el mal, la injusticia, la muerte.
Y acá empiezan los problemas, porque esta fe choca de frente con la realidad, realidad que tenemos delante de los ojos y de las pantallas todos los días: el sufrimiento sigue, el mal sigue, la estupidez y el egoísmo humano siguen, la muerte sigue.
Sobre la estupidez hasta me parece en aumento.
¿Dónde podemos ver el triunfo de la resurrección?
¿Dónde actúa la fuerza renovadora y vital del Cristo Viviente?
No podemos evadir estas preguntas y no podemos dar respuestas simplistas: la vida nos pone en crisis y cuanto más evadimos, más crisis. La vida, antes o después, nos obliga a enfrentarnos a estas preguntas claves.
Obviamente no tengo respuestas claras y definitivas, ya que estamos en el Umbral del Misterio. Intento dar algunas pistas, partiendo de mi experiencia personal y de la visión de muchos místicos cristianos.
Primera pista
Debemos recuperar el sentido de la creación y la conexión vital con la resurrección. Cuando descubrimos el sentido profundo de la creación, nos damos cuenta a nivel experiencial que, de cierta forma, “ya estamos viviendo en la resurrección”. San Pablo lo afirma claramente en su discurso en el Areópago de Atenas: “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hec 17, 28). Vivimos en la Vida y morimos en la Vida.
Traigo solo tres ejemplos.
Teilhard de Chardin: “Dios se manifiesta en todas partes como un Centro que nos invade... A través de todas las cosas, Tú nos vienes a nosotros. [...] Por la Gracia, el mundo ya está, en sus profundidades, resucitado en Ti.”
Santa Catalina de Génova es aún más contundente: “Mi yo es Dios y no conozco otro yo que mi Dios”
Maestro Eckhart: “El pie de la persona que permanece en el ahora es el mismo pie de Dios. [...] Dios nos ha engendrado a nosotros mismos en su único Hijo en el mismo ahora en que Él es Dios.”
¿Cuál es la dificultad de esta pista y estos textos?
Simple: no se entra por la racionalidad, se entra por el silencio.
Segunda pista
La resurrección no es algo mágico, que transforma la realidad de golpe. No sería digno del ser humano y tampoco respetuosa de la creación misma y de sus leyes. La fuerza de la resurrección actúa “desde dentro”, lenta pero inexorablemente.
Es como un volcán que en su interior ya erupcionó, pero nosotros solo estamos viendo un poco de humo y de ceniza que salen de la cumbre. Adentro, en las profundidades de la tierra, ya explotó: la historia, la evolución, los procesos humanos, son el lento y paciente trabajo del fuego del volcán para salir al exterior y manifestarse. En el núcleo de la vida la resurrección, inaugurada y anticipada por Cristo, ya ocurrió: la historia es su lento despliegue y manifestarse.
La resurrección es la Vida – el Espíritu – que actúa desde el interior en sinergia con nuestra libertad y el compromiso en el amor. Cada vez que verdaderamente amo, estoy resucitando.
Unos textos:
Angelo Silesio: “La resurrección de Cristo no te sirve de nada si no resucitas tú también de tu propio sepulcro.”
Maurice Zundel: “La Resurrección no es una reanimación de un cadáver, es la liberación total de la Presencia. [...] Ya no somos nosotros los que vivimos, es la Vida la que vive en nosotros. El cielo está en el interior de cada paso que damos en el amor.”
Tercera pista
Nos ilumina la famosa frase de Leonard Cohen que fue retomada por muchos: “Cada cosa tiene una grieta, por esa grieta entra la luz.”
El sepulcro vacío es la primera grieta de la historia por donde se filtró la luz.
La vulnerabilidad es parte estructural de la condición humana: estamos hechos así. Dios nos hizo así. No es un pecado ser vulnerables, frágiles. Y acá entra de lleno la maravilla y la fuerza de la resurrección.
Cuando asumimos plenamente nuestra vulnerabilidad – proceso que a menudo lleva años – la misma vulnerabilidad se convierte en nuestra mayor fuerza: por ahí pasa la luz. Dios espera pacientemente la entrega de nuestra fragilidad para poder atravesarnos con su luz.
La resurrección actúa convirtiendo la vulnerabilidad, en fuerza y en luz. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, recuerda Pablo.
¿Por qué es así?
Para que se manifieste que todo viene de Dios, que Dios lo es todo y nosotros nada.
“Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).
En esta Pascua, abrámonos a esta fuerza extraordinaria. Dejemos que el Espíritu del Dios Viviente nos convierta en llamas de amor, en llamas vivas, en pura luz y vivamos desde ya como “hijos de la resurrección”.






