sábado, 28 de marzo de 2026

Mateo 26, 3-5.14-27. 27, 1-66


  


Domingo de ramos: entramos en la Semana Santa y la liturgia, como cada año, nos presenta todo el relato de la pasión de Jesús, relato que volveremos a leer el viernes santo.

 

El trasfondo del texto es evidente y fuerte: el dolor, la injusticia, el mal, la muerte.

 

Son las dimensiones trágicas de la existencia, dimensiones siempre actuales, dimensiones que nos afectan a todos y cuestionan nuestra visión del mundo y nuestra experiencia de Dios.

 

El dolor queda siempre ahí, a la vuelta de la esquina. Nos espía, nos acecha, nos agarra desprevenidos. También cuando todo parece fluir sobre los rieles de la salud, el bienestar y el éxito, el dolor puede y debe cuestionarnos “desde afuera”: “yo estoy bien”, pero en el mundo sigue habiendo mucho dolor. Hoy, gracias a la tecnología, lo tenemos a la vista a cada instante: guerras, muertes, violencia, niños trabajando, sufriendo y muriendo, mujeres oprimidas o maltratadas, jóvenes sin trabajo, mucha gente con depresión y angustia.

Cerrarnos en nuestra cueva de un supuesto bienestar y no dejarnos afectar y cuestionar por el dolor del otro, significa deshumanizarnos.

 

La lucidez de Dostoievski es brutal y nos cuestiona profundamente.

 

En el capítulo “la rebelión” de su obra maestra, Los hermanos Karamázov, nos presenta este mismo dilema.

 

Iván Karamázov, personaje intelectual y atormentado, conversa con su hermano menor, Aliosha, un novicio profundamente religioso.

 

En este diálogo, Iván le plantea a Aliosha un profundo dilema moral y teológico. Le pide que imagine que él es el arquitecto del destino humano y que tiene la oportunidad de construir un mundo final de felicidad, paz y armonía absolutas: el paraíso. Sin embargo, para que este edificio de armonía universal pueda completarse, existe una condición ineludible: es absolutamente necesario torturar hasta la muerte a una sola criatura diminuta e inocente e Iván describe desgarradoramente a una niña pequeña encerrada en una letrina, golpeándose el pecho con sus manitas y llorando a un Dios que parece no escucharla.

 

Iván le pregunta a Aliosha si aceptaría fundar ese paraíso sobre las lágrimas de esa única niña. Aliosha, a pesar de su fe, responde que no. Es entonces cuando Iván declara su famosa rebelión: afirma que, si la armonía eterna y el paraíso cuestan el sufrimiento injusto de un solo niño inocente, el precio es inaceptable. Por lo tanto, Iván le dice a Dios que “devuelve respetuosamente su billete de entrada” prefiriendo quedarse con su indignación y su sufrimiento antes que aceptar un orden divino edificado sobre la crueldad hacia los inocentes.

 

Es el gran tema del libro de Job, entre otras cosas.

 

Así que si: el dolor es parte inevitable de nuestra experiencia y aventura humana. Dar respuestas fáciles, superficiales, dogmáticas y rápidas, es evitar el problema y faltar el respeto hacia el sufrimiento humano y la persona concreta que sufre.

 

¿Qué hace Jesús?

 

No explica el dolor: lo asume. “Entra” en el dolor y lo vive con todas sus facetas: tristeza, angustia, desolación.

Jesús mismo, para seguir la metáfora de Dostoievski, “se convierte en la niña de la letrina”. Jesús es el inocente torturado y Dios no se queda como un espectador del sufrimiento.

Esta es su grandeza extrema, este es su legado. Y es el legado de una multitud de cristianos y no cristianos que supieron asumir el dolor y convertirlo en puente de luz, en camino de crecimiento, en amor puro.

 

Todo esto nos cuesta mucho: somos bastantes cobardes, apegados a nuestro ego y a nuestras comodidades.

A veces lo que más cuesta es el primer paso, este paso de valentía y confianza, este “si”, este salto al vacío.

Porque ocurre el milagro. Cuando asumimos el dolor, el mismo se convierte: se abre el sepulcro, explota la vida. El dolor se convierte en un excelente combustible para el amor. El amor redime el dolor, lo rescata del abismo y amanece la luz.

 

Terminemos con un extraordinario poema del escritor y poeta alemán Richard Dehmel:

 

Hay una fuente que se llama dolor.

De ella mana la dicha pura.

Pero el que mira en sus aguas siente pavor.

Ve en el hondo pozo

su imagen clara enmarcada en la noche.

¡Bebe! La imagen se desvanece.

Brota la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Juan 11, 1-45


  


Eres el amigo: el amigo de Marta y María y el amigo del muerto, Lázaro.

Eres amigo maestro Jesús, amigo del ser humano, amigo y amante.

Amigo de hombres y mujeres, amigo de los niños, los ancianos, los enfermos. Amigo de publicanos y prostitutas, amigos de los justos y los injustos.

Y, antes que nada y por sobre todas las cosas: amigo de la vida. Toda vida te adora y te alaba, amigo Jesús. Toda forma de vida te rinde honor y te canta, comenzando por los lirios del campo y las aves del cielo.

 

Tu amigo Lázaro está muerto y ya no puedes abrazarlo, ni escuchar su voz. No puedes compartir el pescado a la brasa que tanto te gusta. No puedes conversar con él. Ya no se ríen juntos.

Todo esto te entristece y te conmueve, amante de la vida, que de la Vida viniste, en la Vida viviste, a la Vida volviste y en la Vida vives.

 

Tu amigo Lázaro debe volver, por lo menos una vez más en esta carne, para que tú lo abrace. Tú sabes que la tumba de Lázaro es la tumba de una vida muerta, una vida encadenada y demasiado solitaria. Lázaro debe volver a una vida viva.

Nos haces volver a todos, en cada instante que amamos y que creemos en el amor.

Nos haces volver, cuando estamos en este eterno ahora, el eterno ahora del Eterno Amor.

Amigo del Eterno Amor: siempre tendiendo la mano para que volvamos a una vida viva, a una vida que es fuente y manantial.

Tu mano tendida que levanta, tu voz firme y tierna que sacude nuestras muertes: y así lo Eterno entra en el tiempo y la carne respira el Espíritu que la habita.

Tú que destruyes los sepulcros, levántanos y respíranos otra vez.

Tu única labor, maestro, es destruir y abrir sepulcros y hacer florecer las tumbas.

Abre las tumbas de nuestros corazones miedosos, egoístas, cerrados. 

 

Tu voz que quiebra los cedros, quiebre nuestra sordera y levante nuestras vidas.

Tu voz y tu mirada de fuego abran los sepulcros de la hipocresía y de la violencia y nos devuelvan un corazón de carne, humilde, tierno y sensible.

Amigo de lo Eterno y de la Vida fecunda, dirige tu mirada compasiva al mundo en llamas.

 

Tú que estableciste el sacramento de la amistad, abres el corazón de los pueblos para el encuentro y la fiesta. Regálanos el Espíritu, nuestra herencia común: el espíritu de la fraternidad universal, el espíritu que ama la diferencia, el espíritu que abre las puertas y fecunda el amor.

Amigo de la vida y del caminar que dijiste: “Desátenlo para que pueda caminar” (11, 44), danos la audacia y la rebeldía necesarias para desatar nuestras vidas y toda vida que se encuentra atada y enredada.

 

Tú que celebras el amor y la amistad, derrumba nuestras tendencias a la eficacia y a la productividad. Tú que celebras la amistad por simplemente ser, devuélvenos a la gratuidad.

 

Amigo y maestro: que nuestra vida sea un canto a la libertad, un canto a la pura amistad y que podamos, como tú, ¡ser amigos de la creación entera!

Así, contigo, celebraremos el amor, celebraremos la fiesta de la vida. Amigo Jesús.

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Juan 9, 1-41

   


En este cuarto domingo de cuaresma leemos todo el capítulo nueve del evangelio de Juan, el famoso capítulo del “ciego de nacimiento”.

 

El texto se abre con una pregunta clave: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” (9, 2).

 

Es la pregunta que, desde siempre, se hace el ser humano, pregunta que a menudo nace de la angustia, de la tristeza, de la incomprensión. Es, también, la pregunta de la filosofía y de la teología: ¿Cuál es la raíz del sufrimiento?

 

En la evolución de la consciencia humana y en la historia de la religiosidad, la respuesta clásica consistía en encontrar la raíz del sufrimiento y del mal en el pecado: si el ser humano padece un sufrimiento sin duda la responsabilidad es suya, algo hizo mal. El sufrimiento llega como castigo, corrección o consecuencia de sus acciones.

El extraordinario libro bíblico de Job gira alrededor de todo esto a partir de la constatación que, con frecuencia, es el justo y el inocente aquel que sufre y el malvado, en cambio, la pasa bien.

 

Por eso la pregunta de los discípulos que abre el texto de hoy, empalma a la perfección con la mentalidad de la época.

 

La respuesta de Jesús es tajante y revolucionaria. Hay un antes y un después, como lo hay en el caso de Abraham y el sacrificio suspendido de Isaac.

Jesús responde: “Ni él ni sus padres han pecado; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (9, 3).

Jesús no solo desvincula definitivamente el sufrimiento y el mal del pecado, sino que lo inserta en el proyecto amoroso y luminoso de Dios: “para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

 

Surge espontanea la pregunta: ¿Cuáles son las obras de Dios?

 

Si seguimos el desarrollo del texto, la respuesta es bastante clara y podemos - las obras - resumirlas en una: la luz.

Las obras de Dios consisten en traer luz al mundo.

 

Todo el lenguaje de Juan en este capítulo está anclado a la luz: manifestar, abrir los ojos, visión.

 

Juan quiere sugerirnos que Jesús vino a abrirnos los ojos, no los físicos, sino los ojos del alma o, en la expresión del místico cristiano del año mil, Hugo de San Víctor, el “tercer ojo”.

 

Dios se revela, Dios se manifiesta, Dios es luz, pero nosotros somos ciegos y no logramos ver.

 

Por eso el capítulo nueve se cierra con la dramática y cuestionadora sentencia de Jesús: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: «Vemos», su pecado permanece” (9, 41).

 

Retorna con potencia el prólogo: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (1, 5).

Por eso Jesús se define como luz: “Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8, 12)

 

Cuando se nos abre la visión, cuando logramos ver la Presencia de Dios en todo, ¿qué nos puede faltar?

 

Lo sorprendente, asombroso y cuestionador para nosotros es que la luz se esconde también en el dolor, los problemas, las dificultades.

Descubrir la luz en un día radiante de sol es fácil, descubrirla en la noche es el desafío.

 

Jesús invita a los discípulos a darse cuenta que, en la ceguera del ciego de nacimiento, se esconde una luz, se oculta una revelación divina. La curación del ciego es el signo exterior de una verdad interior más real y más profunda.

 

Maestro Eckhart llega a decir algo desconcertante para nuestra mentalidad tan lineal, lógica y racional: “En toda obra, incluso en la mala, el mal digo, de culpa y de pena, la gloria de Dios se manifiesta e ilumina igualmente.

Obviamente Eckhart no está haciendo una apología del pecado, sino subrayando la infinidad de Dios y su omnipresencia. Es lo que la mística hebrea dirá en estos términos: “Ein Od Milvadó” – no hay nada afuera de Él –, citando Deuteronomio 4, 35.

 

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras reconocer la luz que se oculta en las tinieblas?

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras ver la revelación de Dios en tu dolor, tu angustia, tus dificultades?

 

En el fondo Juan nos quiere decir algo maravilloso y extraordinario: la oscuridad solo puede ser una luz que aún no hemos aprendido a percibir.

 

Quiero terminar con otro bellísimo y extraordinario texto de Eckhart:

 

Algunos imaginan que no hay luz en sus vidas, salvo una larga oscuridad. Digo que la luz nunca está ausente, siempre intenta fluir en el interior del alma, pero la bloqueamos en nuestra confusión y no vemos cómo brilla y arde en nosotros. Así que si quieres conocer la luz, primero debes enfrentarte a la oscuridad que hay en ti. Sólo entonces, esta luz desbordará tu alma y bailará con el resplandor de tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 7 de marzo de 2026

Juan 4, 5-26

 



 

En este tercer domingo de Cuaresma, estamos invitados a entrar en otro texto fascinante, profundo, cuestionador: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana al pozo de Jacob. Este extraordinario encuentro dio vida a un sinfín de comentarios y obras de arte, especialmente pinturas. Como sucede siempre en Juan, el texto tiene muchas capas de profundidad: a través de metáforas y símbolos, nos invita a ir más allá de lo literal, para descubrir el mensaje vivo y transformador para nosotros hoy.

 

Intentemos abordar algunos de estos mensajes.

 

Desde el comienzo debe sorprendernos el pedido de Jesús a la mujer: “Dame de beber” (4, 7).

Sorprende por varios motivos: en aquellos tiempos era muy mal visto que un hombre se dirigiera a una mujer, especialmente en soledad. Para aumentar el escándalo, Juan nos dice que la mujer es de Samaria, una población en discordia abierta con la parte más ortodoxa de Israel. Los samaritanos eran marginados y considerados no totalmente fieles al judaísmo tradicional. Por último, y tal vez, lo más sorprendente: es Jesús que pide de beber a la mujer. En su sentido literal parece normal: es mediodía, hace calor, Jesús tiene sed. Pero Juan quiere decirnos algo más. En los primeros tres capítulos Juan nos presentó a Jesús como el Verbo hecho carne, aquel que transforma el agua de nuestra frágil humanidad en el vino de lo divino y en aquel que tiene el Espíritu sin medida y tiene todo en sus manos (3, 34-35). Nos esperaríamos, en este encuentro con la samaritana al pozo, que fuera Jesús a ofrecer agua – cosa que ocurrirá después – y en cambio Juan nos muestra a un Jesús necesitado, un Jesús animado por el deseo.  Sin duda Juan quiere recalcar la plena humanidad de Jesús, pero también mostrarnos la dinámica esencial del deseo. Juan volverá sobre la sed de Jesús– real y simbólica – en el instante trágico, glorioso y supremo de la crucifixión: “Tengo sed” (19, 28).

 

Es interesante notar que la sed de Jesús se presenta delante de dos mujeres: la samaritana y María. Tal vez Juan quiere sugerirnos la sensibilidad especial de las mujeres con el deseo y su don para despertarlo.  

 

La sed es símbolo del deseo y, junto al beso y al abrazo, es una de las metáforas más utilizada por los místicos.

Juan de la Cruz lo entendió perfectamente: “de noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra.

Por otro lado, escribía mucho antes, San Agustín en “Las Confesiones”: “Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me inflamé en tu paz.

Y Maestro Eckhart, es aún más explícito: “Dios es como una fuente que, cuanto más se bebe de ella, más agua da, y cuanta más agua da, más sed produce en quien la bebe.

 

La sed de Jesús al pozo es, en definitiva, la expresión más humana y más encarnada del amor: Dios nos ama tanto que su amor se hizo deseo. Dios que, en teoría, no necesita nada y es pleno en su plenitud, quiere experimentar la falta y el deseo. Dios quiere desear. Y te desea, ardientemente.

 

Juan sigue hilando el relato a través del eje deseo/sed/agua viva.

Jesús con excepcional sentido pedagógico quiere llevar a la samaritana a conectar con su propio deseo; es la clave del impulso para emprender un verdadero camino espiritual: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva»” (4, 10).

 

Jesús revela su fragilidad y su deseo, para que la mujer conecte con su fragilidad y su deseo; es conmovedor este gesto y es la clave maestra de todo aprendizaje y de todo verdadero maestro. Un auténtico maestro no oculta su fragilidad, sino que la asume y la ofrece.

¿Qué ocurre cuando una persona conecta con su fragilidad y su deseo?

 

El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (4, 14): descubrimos el manantial que nos habita, descubrimos la vida que nos habita, descubrimos que el deseo es el mecanismo esencial de la revelación de Dios en el mundo y del funcionamiento del Universo y del ser humano.

 

Este descubrimiento nos instala en una paz activa, una paz creadora y transformadora. El deseo se convierte en un dinamismo de amor poderoso y transformador.

 

Por otro lado, conectar con el deseo esencial que nos habita, nos introduce en una nueva relación con Dios: “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (4, 24).

Esta invitación de Jesús dio también origen a infinitos comentarios y reflexiones.

 

Es una clara sentencia que olvidamos con facilidad, ya que nos desplaza de nuestras certezas y nos lanza a vivir el vértigo de la libertad. Esta sentencia es también, una contundente advertencia sobre los intentos humanos de manipulación del Misterio.

Jesús, rabino judío y practicante fiel, por un lado, nos deja muy claro por otra parte, que ninguna institución, ninguna tradición, ninguna religión, ningún grupo, ninguna persona puede atribuirse el derecho exclusivo de acceso a Dios.

Jesús y Juan desvinculan para siempre el acceso a Dios de los intentos religiosos de apropiación.

 

Dios es Espíritu: libertad indefinible, no se puede manipular, no se puede controlar, no podemos encerrarlo en categorías mentales.

Jesús nos invita a entrar en esta dinámica de la libertad, de la búsqueda, de la apertura confiada al Misterio.

 

Para eso debemos renacer, como Jesús le dijo a Nicodemo poco antes, en el capítulo tres: “No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (3, 7-8).

 

Jesús, hombre de la sed y del Espíritu, nos ancla al deseo, nos ancla a nuestra verdad y nos invita a vivir el gran desafío de la libertad.

 



sábado, 28 de febrero de 2026

Mateo 17, 1-9


  



En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el texto de la transfiguración de Jesús en la versión de Mateo. El relato está presente también en Marcos (9, 2-10) y Lucas (9, 28-36). Sin duda fue una experiencia muy fuerte, reveladora y transformadora.

 

Es un texto riquísimo de metáforas y simbolismos y no podría ser de otra forma: ¿Cómo relatar lo inefable? ¿Cómo explicar lo inexplicable?

Siempre tenerlo presente: el lenguaje conceptual, lógico, lineal, estrictamente racional, es muy limitado y muy frágil a la hora de “decir el Misterio”. Por eso que, desde siempre, el lenguaje de la experiencia mística es la poesía, la metáfora, el símbolo y, a menudo, el silencio adorante y contemplativo.

Se calla por un exceso, por una trascendencia inalcanzable y asombrosa. 

Este uso del lenguaje es lo que, magistralmente, hace Mateo a través del símbolo de la luz: “su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (17, 2).

 

La metáfora del sol nos quiere sugerir una luz incandescente, una luz que no podemos fijar. Sin duda Mateo tiene en su mente la experiencia de Moisés: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 29-30)

 

Mateo, con delicadeza, siempre vuelve a sugerirnos y presentarnos a Jesús, como el nuevo Moisés.

 

Es evidente, también, a través del paralelo del miedo:

 

Moisés: “los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 30).

Jesús: “los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor” (17, 6).

 

Las experiencias de Moisés y de Jesús, nos ofrecen algunas pistas fundamentales sobre la experiencia mística.

Descubrimos tres claves que se convierten, también, en tarea.

 

En primer lugar, es una experiencia luminosa. No acaso el símbolo de la luz atraviesa todas las religiones y las tradiciones espirituales. En el budismo se sintetiza la experiencia más elevada, justamente con el término “iluminación”. En el cristianismo Jesús se define como luz, nos habla muchas veces de la luz y el evento central de la resurrección está envuelto en la luz: “Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve” (Mt 28, 3). El Resucitado tiene las mismas características del Transfigurado: Mateo traza una línea que une la transfiguración con la resurrección.

Es la luz de la Creación, lo primero que Dios hace: “Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió” (Gen 1, 3) y es la luz del prólogo de Juan: “La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre
” (Jn 1, 9).

Es la luz de Pablo: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día” (1 Tes 5, 5).

Es la luz que nos habita y que nos enamora: ¿Cómo no vivir enamorados de la luz?

Esta luz que nos enamora y nos habita es, también, compromiso. Escuchemos otra vez a Pablo: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).

 

En segundo lugar, es una experiencia que genera temor. Este “temor” hay que diferenciarlo del miedo. Es el “temor reverencial” frente a algo que nos supera: el estremecimiento frente a lo sagrado. Es un temor sano, necesario, educativo. El fenómeno fue analizado por expertos en la fenomenología de las religiones, como Rudolf Otto y Mircea Eliade. Es el “temor” frente a la majestuosidad de una montaña o una catarata. Es el “temor” frente a la experiencia naciente de la maternidad o la paternidad. Es el “temor” del asombro frente a la belleza insondable de una flor o a un gesto de ternura. Es el “temor” delante de un perdón que pensábamos imposible.

Este “temor” es un signo de discernimiento de la validez de la experiencia espiritual.

 

Por último, es una experiencia transformadora.

Moisés no es el mismo después del encuentro con la luz y Pedro, Santiago y Juan tampoco son los mismos. La experiencia espiritual auténtica, el encuentro con la luz, transforma la vida, transforma especialmente la mirada.

Vamos aprendiendo a mirar al mundo de manera nueva: la luz contemplada se refleja y vemos al mundo a través de su reflejo luminoso.

 

Por eso no hay transfiguración sin contemplación, no hay luz sin silencio, ni música sin pentagrama.

Por eso Jesús se lleva a Pedro, Santiago y Juan en la soledad del monte, los retira del ruido del entorno y del ruido del ego.

Por eso Jesús insistía sobre la necesidad de retirarse.

Por eso Jesús pasaba la noche en oración, buscando, en la misma noche, la luz que todo lo ilumina.

 

Este tiempo de Cuaresma es el momento oportuno para comprometernos con todo eso.

 

 

 

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Mateo 4, 1-11


   

En este primer domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta, como siempre, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año tenemos la versión de Mateo.

 

Nuestro texto empieza de una forma sorprendente: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (4, 1).

 

Mateo nos dice que Jesús “fue llevado”. Marcos usa un verbo más contundente: fue arrojado” (1, 12). Y Lucas dice: “lleno del Espíritu Santo fue conducido por el Espíritu” (4, 1).

 

Los tres evangelistas sinópticos (Juan no relata las tentaciones) utilizan tres verbos distintos para expresar la entrada de Jesús en el desierto; de este simple hecho, notamos la perspectiva teológica distinta y el énfasis de cada evangelista.

Marcos subraya la fuerza del Espíritu que empuja a Jesús casi contra su voluntad. Mateo utiliza anēchthē (“fue llevado”), situándose en un punto de equilibrio: es una obediencia mansa de Jesús a la iniciativa del Espíritu. Lucas subraya, en cambio, la plena comunión de Jesús con el Espíritu: va al desierto desde la plenitud que lo habita.

En todos los casos la presencia del Espíritu es clave y es central.

El Espíritu – con fuerza, suavidad o plenitud – lleva a Jesús a vivir una experiencia dolorosa y transformadora.

¡Qué gran mensaje y qué gran enseñanza para nosotros y nuestro caminar!

 

El evangelio nos invita a reconocer la presencia del Espíritu en todos los pasajes y vericuetos de nuestra existencia, también en los dolorosos, en las dificultades y en las crisis.

Detrás de cada paso que vamos a dar, el Espíritu nos conduce: a veces con más energía, a veces desde la calma y otras desde la plenitud. Depende. Depende del camino de cada cual, de las etapas vitales, de la necesidad de purificación y aprendizaje de cada cual.

Este tiempo de Cuaresma es muy oportuno para regalarnos un tiempo de calidad para conectar con el Espíritu, para reconocer su presencia y su guía en nuestra vida.

 

Jesús, en el desierto, se enfrenta con la división: es la etimología del término griego que se traduce con “diablo”. Jesús tiene que superar la tentación de la división para unificarse y unificar.

Es el eje del camino espiritual. Es un viaje simbólico: el término opuesto a “diablo” es justamente “símbolo”, que expresa unificación. Es lo que María hacía: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). El término griego es symballousa (del verbo symballō), que significa literalmente “poner juntos” o “unificar”. De ahí viene nuestra palabra símbolo. María “unificaba” todo en su corazón. ¡Qué lindo ver este paralelo entre María y Jesús!

 

Este camino de unificación se despliega en tres direcciones: hacia dentro (integración personal), hacia lo profundo (nuestras sombras) y hacia fuera (el encuentro con el otro).

 

El camino espiritual es el camino de integración de lo que está dividido en nosotros, a comenzar por las tres grandes dimensiones que nos constituyen: cuerpo, mente y espíritu. A menudo experimentamos una fragmentación interior que nos agota: cuerpo, mente y espíritu van cada una por su cuenta. El desgaste energético y emocional es enorme.

El Espíritu, de a poco, nos va unificando, armonizando y nos revela que hay una unidad de fondo que nos habita, nos sostiene y nos constituye.

 

El camino simbólico por el desierto sigue: tenemos que integrar nuestras sombras, nuestras tendencias oscuras. Necesitamos del desierto, necesitamos de un espacio de soledad y de silencio para poder reconocer las sombras que nos habitan, las heridas no reconocidas y sangrantes.

El camino por el desierto es necesario también para poder reconocer nuestro propio ego y sus mecanismos: la tendencia a la autoafirmación, a la apropiación, a confundir nuestra más auténtica identidad con algo superficial y pasajero.

Como Jesús, reconocemos que nuestra identidad tiene un fundamento más estable que el ego: la Palabra de Dios. La Palabra que nos nombra y que dice: “Eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

 

Y, por último, el desierto nos lleva a enfrentarnos al otro, a lo distinto. Debemos integrar a la alteridad: Dios se revela en infinitas formas, en cada ser humano, en cada rostro. La alteridad siempre nos desafía y la tentación es marginar – cuando no eliminar – lo diferente y lo distinto.

El Espíritu, presente en todo y en todos, nos llama en cambio a la integración y unificación.

No le tengamos miedo al desierto, a la soledad, a la crisis. Son dimensiones esenciales para nuestro crecimiento, nuestro camino de purificación, de autoconocimiento y de reconciliación.

 

El Espíritu te habita, te acompaña, te conduce, te ilumina.

Si estás pasando por el infierno, sigue caminando”, decía Winston Churchill, porque el Espíritu no te ha llevado al desierto para abandonarte, sino para transfigurarte. Confía y camina.

 

·     Les propongo unas pistas para rumiar en el desierto esta semana:

1.   Identifica la fragmentación: ¿En qué área de mi vida siento que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu van por caminos distintos?

2.   Reconoce la sombra: ¿Qué herida o “tendencia oscura” me está pidiendo el Espíritu que integre hoy con amor, en lugar de rechazarla?

3.   Escucha la Palabra: Ante el ruido del ego, repite lentamente: “Soy hijo/a querido/a, en mí tiene Dios su predilección.”

 

 

 

 

 

 

 

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