Celebramos hoy la fiesta del Espíritu. Celebrar el Espíritu, es reconocer y agradecer sus dones. San Pablo los nombra en la carta a los gálatas (5, 22-23): amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia.
Celebrar el Espíritu, es aprender otra forma de ver.
Celebrar el Espíritu es, finalmente, vivir una vida desde la profundidad.
El evangelio de hoy, nos regala una imagen bellísima: Jesús que sopla (20, 22). Este “soplo” nos conecta con el soplo de Dios en el Génesis: “el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida” (2, 7).
Hay un arco que une la creación con la resurrección y este vínculo es el Espíritu. Como bien intuyó San Pablo: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.” (Rom 8, 11)
El “aliento de vida” que Dios sopló en el ser humano, es el mismo aliento que Jesús sopla sobre los apóstoles asustados.
Este aliento y este soplo expresan la vida divina que somos y que nos habita. El “soplo” viene desde dentro, donde late la vida: desde “su interior” Dios insufla vida. Dios regala la vida que es, el amor que lo define. Dios nos comparte su misma esencia y nos hace participar de su vida divina. Solo queda un asombro estremecedor y un sagrado temor.
Escribe Isaac de Nínive: “el amor cuya causa es Dios se parece a un manantial que mana de las profundidades: su flujo no cesará nunca de correr. Dios es la única fuente del amor, el caudal de su materia no disminuye jamás”
Me gustaría conectar el Espíritu con dos intuiciones filosóficas a mi parecer extraordinarias. Conectar la espiritualidad con la filosofía y la ciencia es fundamental, especialmente en este tiempo: no son caminos separados, sino caminos distintos que salen de lo mismo y regresan a lo mismo. Cuando somos humildes y nos abrimos a la realidad, descubriremos con asombro y alegría infinita que estos caminos se iluminan y retroalimentan recíprocamente.
Veamos.
La primera intuición es la del filósofo francés, Henri Bergson (1859 – 1941). Bergson habla del “elán vital”, el impulso vital. El “elán vital” de Bergson es una fuerza que anima y sostiene la vida, que la empuja desde dentro. Es la fuerza también del amor, la belleza y la creatividad. Sin duda podemos descubrir un rasgo del Espíritu en todo esto.
A esta misma corriente ascendente, apuntaba el místico y científico Teilhard de Chardin al afirmar que “el Amor es la más universal y misteriosa de las energías cósmicas... el impulso mismo de la evolución”, recordándonos que todo el universo está animado desde dentro por un soplo divino que empuja la creación hacia una consciencia cada vez más alta.
La segunda intuición es la del psicólogo estadounidense James Hillmann (1926 – 2011), que fue discípulo de Carl Gustav Jung. Hillman, recuperando y actualizando una intuición del mismísimo Platón, habla del daimon. ¿Qué es el daimon? Nada que ver con la idea moderna de demonio. El daimon de Hillman es una dimensión de nuestra alma que nos recuerda y nos empuja a ser fieles a nuestra vocación única y original. El daimon se sirve de los acontecimientos de la vida, del dolor, los fracasos y los síntomas, para que seamos fieles a nuestra esencia y a nuestro llamado y, así, poder vivir una vida plena. Descubrimos acá otro rasgo del Espíritu.
El daimon opera desde lo inconsciente y el Espíritu, que se comunica a través de la consciencia, nos va revelando de a poco nuestra vocación, nos impulsa a ser fieles y a vivirla con radicalidad. Podemos ver acá la maravillosa y delicada “mano pedagógica” del Espíritu que, según nuestra capacidad de aceptación y comprensión, nos revela los contenidos ocultos de la consciencia.
Aprender a sintonizar con el Espíritu es, entonces, fundamental. Es un ejercicio espiritual cotidiano. Diría que es “el” ejercicio. Un ejercicio que requiere silencio, escucha interior, paciencia, humildad.
Descubriremos la belleza infinita de vivir desde el Espíritu: viviremos con entusiasmo, creatividad, armonía, paz.





