“No piensen que vine para abolir la Ley o los
Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: así se inaugura
nuestro texto; se abre con estas palabras de Jesús, que dieron vida a infinitos
comentarios, desde distintas perspectivas.
Lo que Mateo pone a continuación es un aterrizaje de
la sentencia de Jesús a situaciones y experiencias concretas.
“No piensen que vine para abolir la Ley o los
Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: el tema es de
fundamental importancia; diría que es uno de los temas más importantes de todo
el evangelio y, en general, de la experiencia humana.
¿Qué se esconde detrás de esta frase de Jesús en la
cual concentra su misión?
Se esconde el tema de la relación entre la Ley y
la libertad o, que es lo mismo, entre la Ley y el amor.
La
relación entre ley y libertad es, desde siempre, un tema central de la filosofía,
de la ética, de la antropología y, obviamente, también de las religiones, la
espiritualidad y, por supuesto, de la teología.
Desde
siempre el ser humano vive de leyes, se da leyes: es la forma humana del vivir.
Cuando aparece el ser humano y, en especial, cuando aparece la consciencia,
aparece la Ley. Y, la Ley, está llamada a humanizar la vida. Los animales no
tienen ni Ley, ni leyes, solo el instinto natural.
La Ley
viene a señalar el límite: el ser humano no lo es todo y no puede todo. El límite
lo define y este límite hace surgir la necesidad de la Ley. La vocación de la
Ley es dar forma al límite para que este, humanice la vida, las
relaciones, las culturas.
El gran
problema se origina cuando el ser humano pierde el sentido de la Ley y su función
y se vuelve esclavo de las leyes, perdiendo la vocación original y originaria –
de la Ley y del ser humano a la vez – al amor y a la libertad.
Jesús
vino a “dar cumplimiento a la ley”: ¿qué significa?
Significa
que vino a revelarnos el verdadero sentido de la Ley, desde el cual, se puedan
vivir todas las leyes, al servicio de la vida, de la libertad y del
amor.
Todo
su ministerio se concentra en esto.
Cuando
Jesús afirma: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para
el sábado” (Mc 2, 27) no quiere anular la ley del shabbat, sino
devolverla a su auténtico sentido: servir a la vida.
Al ser
humano nos cuesta horrores esta comprensión. Nos resulta más fácil obedecer a
leyes, que vivir el espíritu de la Ley. Toda la revelación bíblica es la larga
y paciente pedagogía de Dios para con su pueblo, para llevarlo a la comprensión
profunda del sentido de la Ley. Dios que, en la revelación judeocristiana, se
revela desde la historia y en la historia, asume los procesos
humanos y se revela según la capacidad de comprensión histórica del ser humano.
Por eso encontramos en la Biblia, páginas durísimas sobre leyes, sacrificios,
guerras, violencia, violaciones, engaños, incestos, traiciones. La Escritura no
hace descuentos, es honesta con la condición humana, sus dramas y su búsqueda.
La ley
de Moisés es la típica ley de retribución: si haces el bien, será
premiado y si haces el mal, serás castigado. El capítulo veinteocho del libro
de Deuteronomio es una muestra evidente de todo eso.
Pero, ya
los libros de Qoelet y de Job, ponen en crisis esta visión, porque la experiencia
dice que, a menudo, el que hace el bien sufre y el que hace el mal, la pasa
bien. No funciona la justicia retributiva. Dios no es este tipo de juez.
Entonces
aparecen los profetas que nos regalan otra visión, que será la raíz del cumplimiento,
del cual habla Jesús.
Escribe
Ezequiel:
“Les
daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de
su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi
espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen
mis leyes.” (Ez 36, 26-27)
Escribe
Jeremías:
“Esta
es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –
oráculo del Señor –: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus
corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33)
Jesús,
como rabino y profeta de Israel y a partir de su experiencia del Padre,
recuperará estas fundamentales intuiciones.
Por
eso, cuando afirma, “no piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas:
yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”, quiere decirnos que la
ley del amor, está ya escrita en el corazón.
Quiere
recordarnos que toda ley que no esté a servicio de la vida, del amor y del bien,
perdió su “estatuto de ley” y se convierte en ideología: es un traicionar la
misma ley.
Quiere
decirnos que toda ley que no está al servicio del bien y de la felicidad de la
persona, perdió su vocación.
Quiere
decirnos, en positivo, que toda ley hay que comprenderla a la luz del amor.
Por
eso que resumirá todas las leyes en dos:
“Jesús
le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma
y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El
segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos
dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40).
¿Algo
más claro que esto?
Pero
no… todavía no entendemos.
Somos
tercos: “¡Hombres duros de entendimiento, ¡cómo les cuesta creer todo lo que
anunciaron los profetas!” (Lc 24, 25).
Todavía
necesitamos de miles de leyes, de burocracia, a nivel político, social, eclesial.
Necesitamos de leyes porque nos asusta el
vértigo de la libertad y nos resulta más cómodo el cumplimiento de reglas que
la entrega incondicional en el amor.
Necesitamos
de leyes porque no sabemos amar y porque el aprendizaje del amor es muy
largo y es un camino lleno de vericuetos, de avances y retrocesos.
San
Pablo, genio y místico, lo había comprendido y lo vivió:
“Cristo
nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no
reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu
da vida” (2 Cor 3, 6).
Avancemos
confiados.
Avancemos
seguros con la lámpara del amor: es lo único necesario.
2.15.1.0