El
texto de hoy nos presenta la dimensión contradictoria del ser humano, expresada
muy fehacientemente por Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que
no quiero” (Rom 7, 19).
Un
grupo de fariseos elogia a Jesús: “sabemos que eres sincero y que enseñas
con toda fidelidad el camino de Dios” (22, 16), pero Mateo nos advierte que
quieren sorprenderlo, quieren que se equivoque para poder acusarlo. Elogian una
honestidad que no están dispuestos a vivir.
La
contradicción nos habita y el camino espiritual, siguiendo a Jesús, es el
camino del crecimiento en la coherencia, la honestidad y la lucidez.
El
primer paso es el reconocimiento de las contradicciones y de las tensiones que
nos habitan y, para eso, necesitamos ser honestos, valientes y darnos el tiempo
para estar con nosotros mismos.
No
es un camino sin dificultades. Afirma la mística inglesa, Evelyn Underhill: “El
verdadero y completo conocimiento de uno mismo es un privilegio exclusivo de
los más fuertes. Pocos pueden enfrentarse a sí mismos de manera directa, ya que
la visión es extraña y aterradora, y lleva consigo el miedo y la contrición”.
Unas
preguntas pueden orientarnos:
¿De
dónde vienen mis contradicciones?
¿Por
qué hago lo que critico en los demás?
¿Por
qué no hago lo que sé que tengo que hacer?
El
camino del autoconocimiento es el primer y fundamental peldaño en el camino
espiritual y en el conocimiento de Dios.
Afirma
Isaac de Nínive: “Aquel que ha sido hecho digno de verse a sí mismo es mayor
que aquel que ha sido hecho digno de ver a los ángeles.”
Habrá
contradicciones que lograremos resolver y otras con las cuales aprender a vivir
en paz.
La
pregunta de los fariseos que quieren sorprender a Jesús es la siguiente: “¿Está
permitido pagar el impuesto al César o no?” (22, 17).
Jesús
los desenmascara con una sola palabra: “hipócritas” (22, 18), y les pide
la moneda del impuesto: ellos la tienen a mano. Llevan en el bolsillo el rostro
del César mientras fingen preguntar por la fidelidad a Dios. Les pregunta: “¿De
quién es esta imagen y esta inscripción?” (22, 20). “Del César”,
responden. Entonces llega la respuesta de Jesús, que se convirtió en un refrán
universal: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”
(22, 21).
Esta
respuesta de Jesús se utilizó en la teología y en la doctrina social de la
iglesia para fundamentar la autonomía de las realidades temporales y la
necesidad de leyes y principios propios para ordenar el mundo concreto: el
dinero, el trabajo, la convivencia social, etcétera.
Sin
duda es algo importante y que necesita constante revisión y profundización.
Desde lo concreto de la vida es importante preguntarse con cierta frecuencia,
tanto a nivel individual cuanto como sociedad y como iglesia: ¿el trabajo
está orientado a los valores evangélicos? ¿el uso del dinero y los bienes están
al servicio de la dignidad humana? ¿la política está al servicio del bien?
Desde
la respuesta de Jesús podemos también reflexionar sobre la laicidad de
la sociedad y de los estados: ¿Qué es y cómo se vive una sana laicidad?
Todo
válido e importante, pero hay algo más esencial.
“Den
al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”: los invito a
dar un paso más hacia la visión mística.
Ya
en los primeros siglos, Tertuliano señalaba con agudeza: “Al César se le
devuelve la moneda que lleva su rostro; a Dios se le entrega la propia vida,
que lleva su imagen”.
Todo
pertenece a Dios. La soberanía del César es solo un préstamo sobre lo exterior
y efímero; lo íntimo y absoluto jamás le pertenecerá. Recordemos las palabras
de Jesús a Pilato: “Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la
hubieras recibido de lo alto” (Jn 19, 11).
Lo
podemos decir, utilizando la misma metáfora de la moneda: más allá de la imagen
que lleva, la moneda misma le pertenece a Dios.
Esto
no se agota en la interioridad, pero empieza ahí. Y la mística va más hondo: la
realidad última es Dios, “el Señor es Dios y no hay otro fuera de él”
(Dt 4, 35).
Las
tradiciones místicas lo dicen con audacia: Dios es la única Realidad en sentido
pleno, y todo lo demás existe solo por Él, en Él y para Él.
Les
propongo tres bellísimos testimonios: musulmán, judío y cristiano.
Escuchémoslos con humildad: no son una negación del mundo sino la mirada de
quienes se asomaron a la realidad desde Dios. Por eso hablan con tanta
radicalidad.
Abu
Hamid Al-Ghazali (Irán, siglo XII):
“No
hay en el ser más que Dios. Las cosas no poseen por sí mismas una faz propia
hacia el ser; por su propia esencia son pura nada, y sólo existen por el rostro
de Dios. Por consiguiente, nada existe verdaderamente excepto la Faz de Dios”
Rabí
Jaim de Volozhin (Bielorrusia 1749 – 1821):
“La
verdad intrínseca es, desde la perspectiva de Su ser, que todo el cosmos está
lleno únicamente de Su Esencia simple, sin ninguna separación ni división... No
hay en absoluto lugar vacío de Él, ni existencia alguna para ninguna criatura o
mundo por sí mismos, sino que sólo Él es la Existencia real”
Santa
Catalina de Génova (Italia, 1447 – 1510)
“Mi
ser es Dios, no por simple participación, sino por una verdadera transformación
y aniquilación de mi propio ser... Mi Yo es Dios, ni reconozco ya ningún otro
Yo que no sea mi Dios mismo”
Esa
mirada no los desentendió del mundo: Catalina de Génova dedicó años al cuidado
de los enfermos en el hospital de Pammatone, del que llegó a ser directora, y
Jaim de Volozhin enseñaba que, desde nuestro lugar, el mundo y sus mandatos son
reales y hay que obrar en consecuencia.
Jesús
vivió, como pocos, la experiencia directa de lo divino.
La
mística y los místicos – tampoco exentos de contradicciones – se nos
presentan como el camino que, de a poco, va integrando la polaridad de la vida
y disolviendo algunas contradicciones o dándonos herramientas para vivirlas en
paz.
Podemos
leer la respuesta del maestro – “Den al César lo que es del César, y a Dios,
lo que es de Dios” – desde esta clave: vivan desde la consciencia de que
Dios lo es todo. Vivan arraigados, desde su interioridad, a esta Presencia
Absoluta. Vivan como si solo estuvieran viendo a Dios.
Esta
visión de Jesús y de los místicos es la visión desde Dios, la cual no
anula el compromiso con un mundo donde luz y sombra conviven y donde la
hipocresía genera sufrimiento: es la visión que nos permite actuar con mayor
coherencia y lucidez.
Si
todo viene de Dios y es amado por Él, nada de lo que sufre el mundo le es
indiferente. Por eso Jesús no huyó hacia lo absoluto: respondió la pregunta
concreta del impuesto.
Ellos
sostenían una moneda con el rostro del César. Nosotros llevamos, en lo más
hondo, el rostro de Dios. La pregunta de hoy no es solo a quién pagamos
impuestos, sino qué rostro mostramos.