sábado, 14 de febrero de 2026

Mateo 5, 17-37

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: así se inaugura nuestro texto; se abre con estas palabras de Jesús, que dieron vida a infinitos comentarios, desde distintas perspectivas.

Lo que Mateo pone a continuación es un aterrizaje de la sentencia de Jesús a situaciones y experiencias concretas.

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: el tema es de fundamental importancia; diría que es uno de los temas más importantes de todo el evangelio y, en general, de la experiencia humana.

 

¿Qué se esconde detrás de esta frase de Jesús en la cual concentra su misión?

 

Se esconde el tema de la relación entre la Ley y la libertad o, que es lo mismo, entre la Ley y el amor.

 

La relación entre ley y libertad es, desde siempre, un tema central de la filosofía, de la ética, de la antropología y, obviamente, también de las religiones, la espiritualidad y, por supuesto, de la teología.

Desde siempre el ser humano vive de leyes, se da leyes: es la forma humana del vivir. Cuando aparece el ser humano y, en especial, cuando aparece la consciencia, aparece la Ley. Y, la Ley, está llamada a humanizar la vida. Los animales no tienen ni Ley, ni leyes, solo el instinto natural.

 

La Ley viene a señalar el límite: el ser humano no lo es todo y no puede todo. El límite lo define y este límite hace surgir la necesidad de la Ley. La vocación de la Ley es dar forma al límite para que este, humanice la vida, las relaciones, las culturas.

 

El gran problema se origina cuando el ser humano pierde el sentido de la Ley y su función y se vuelve esclavo de las leyes, perdiendo la vocación original y originaria – de la Ley y del ser humano a la vez – al amor y a la libertad.

 

Jesús vino a “dar cumplimiento a la ley”: ¿qué significa?

Significa que vino a revelarnos el verdadero sentido de la Ley, desde el cual, se puedan vivir todas las leyes, al servicio de la vida, de la libertad y del amor.

Todo su ministerio se concentra en esto.

 

Cuando Jesús afirma: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27) no quiere anular la ley del shabbat, sino devolverla a su auténtico sentido: servir a la vida.

Al ser humano nos cuesta horrores esta comprensión. Nos resulta más fácil obedecer a leyes, que vivir el espíritu de la Ley. Toda la revelación bíblica es la larga y paciente pedagogía de Dios para con su pueblo, para llevarlo a la comprensión profunda del sentido de la Ley. Dios que, en la revelación judeocristiana, se revela desde la historia y en la historia, asume los procesos humanos y se revela según la capacidad de comprensión histórica del ser humano. Por eso encontramos en la Biblia, páginas durísimas sobre leyes, sacrificios, guerras, violencia, violaciones, engaños, incestos, traiciones. La Escritura no hace descuentos, es honesta con la condición humana, sus dramas y su búsqueda.

 

La ley de Moisés es la típica ley de retribución: si haces el bien, será premiado y si haces el mal, serás castigado. El capítulo veinteocho del libro de Deuteronomio es una muestra evidente de todo eso.

 

Pero, ya los libros de Qoelet y de Job, ponen en crisis esta visión, porque la experiencia dice que, a menudo, el que hace el bien sufre y el que hace el mal, la pasa bien. No funciona la justicia retributiva. Dios no es este tipo de juez.

 

Entonces aparecen los profetas que nos regalan otra visión, que será la raíz del cumplimiento, del cual habla Jesús.

 

Escribe Ezequiel:

Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes.” (Ez 36, 26-27)

 

Escribe Jeremías:

Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo del Señor –: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33)

 

Jesús, como rabino y profeta de Israel y a partir de su experiencia del Padre, recuperará estas fundamentales intuiciones.

Por eso, cuando afirma, “no piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”, quiere decirnos que la ley del amor, está ya escrita en el corazón.

 

Quiere recordarnos que toda ley que no esté a servicio de la vida, del amor y del bien, perdió su “estatuto de ley” y se convierte en ideología: es un traicionar la misma ley.

Quiere decirnos que toda ley que no está al servicio del bien y de la felicidad de la persona, perdió su vocación.

Quiere decirnos, en positivo, que toda ley hay que comprenderla a la luz del amor.

 

Por eso que resumirá todas las leyes en dos:

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40).

 

¿Algo más claro que esto?

 

Pero no… todavía no entendemos.

Somos tercos: “¡Hombres duros de entendimiento, ¡cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lc 24, 25).

 

Todavía necesitamos de miles de leyes, de burocracia, a nivel político, social, eclesial.

Necesitamos de leyes porque nos asusta el vértigo de la libertad y nos resulta más cómodo el cumplimiento de reglas que la entrega incondicional en el amor.

Necesitamos de leyes porque no sabemos amar y porque el aprendizaje del amor es muy largo y es un camino lleno de vericuetos, de avances y retrocesos.

 

San Pablo, genio y místico, lo había comprendido y lo vivió:

Cristo nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Cor 3, 6).

 

Avancemos confiados.

Avancemos seguros con la lámpara del amor: es lo único necesario.

 

 

 

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Mateo 5, 13-16


 

La genialidad, sabiduría e intuición de Jesús encuentran metáforas extraordinarias, para revelarnos el Misterio de Dios y el Misterio de la vida y de la existencia… en realidad, ¡un único Misterio!

 

Sal y luz, luz y sal. Dos pequeñas palabritas, las dos de tres letras: ¿será casualidad?

 

Jesús observa, contempla la realidad con un corazón abierto y en todo encuentra rastros y huellas de la Presencia. Aprendamos esta mirada atenta, no posesiva, abierta. Una mirada enamorada, que se deja atravesar por la realidad.

 

Somos sal”: Jesús nos recuerda lo que somos. No dice: “tienen que ser” sal o “tendrían que ser” sal.

 

La metáfora de la sal – en su primera y más evidente dimensión – se relaciona con el sabor. Jesús nos invita a dar sabor a la vida: esta simple invitación, de por sí, es todo un programa de vida.

¿Qué significa dar sabor a la vida?

¿Qué es una vida con sabor?

 

Sin duda Jesús se refiere a una vida gustosa, una vida con sentido y con propósito. Una vida rica y fecunda. Una vida ancha, más que larga: una “vida viva”, capaz de generar vida.

 

Pero hay una dimensión aún más profunda, a mi parecer.

Es la dimensión de la esencia.

La sal está hecha para salar: ahí está su esencia y su vocación. Una sal que no sala, no tiene sentido. No vive lo que es, no desarrolla su misión.

Un manzano está hecho para dar manzanas, una higuera para dar higos: y la higuera que no dio higos, fue maldecida por el mismo Jesús (Mt 21, 19).

 

Jesús, a través de la metáfora de la sal y del sabor, quiere conducirnos a descubrir nuestra esencia y nuestra vocación… ¡y no es tan fácil como para el manzano o la higuera!

El ser humano es mucho más complejo, conflictivo, paradójico, profundo, creativo… ¡que una higuera!

Es un gran desafío: el desafío donde nos jugamos la vida, la alegría, la fecundidad.

Es un desafío, porque la esencia del ser humano no es etiquetable, definible, manipulable. Nuestra esencia tiene una raíz divina y polifacética; es el respiro eterno del Espíritu (Gen 2, 7): ¿Cómo definirla, como encerrarla?

 

A eso se suma otra dificultad: podemos encontrar rasgos comunes a nuestra esencia e identidad como seres humanos, pero la otra cara de la medalla, es que esta esencia común se revela de una manera original, única e irrepetible en cada ser humano.

 

¿Cómo la misma esencia se manifiesta en mí?

¿Cómo la misma y única humanidad se revela en cada ser humano, único e irrepetible?

 

A gran escala lo vemos muy claramente en las culturas: la misma humanidad, culturas profundamente distintas.

 

Ser sal, entonces, significa no solo dar sabor a la vida, sino vivir desde mi originalidad y mi vocación única. No existe una manera única de salar, no existe una única forma de dar sabor a la vida.

Los poetas y los artistas son maestros en reconocer esta profunda verdad.

 

León Felipe, poeta español (1884 - 1968), los dice así:

 

Nadie fue ayer, ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen, Dios.

 

La otra metáfora extraordinaria es la de la luz: el arquetipo por excelencia de lo divino. Desde siempre la humanidad ha asociado la luz con los dioses, lo divino, lo trascendente.

 

La Biblia misma, en nuestra tradición judeo-cristiana, empieza con la luz. Dios, en primer lugar, crea la luz (Gen 1, 3).

La luz es vida, conocimiento, consciencia.

También en este caso Jesús es contundente: “Ustedes son la luz del mundo” (5, 14).

Somos luz. Somos luz, porque nuestra más profunda identidad es divina. Somos luz, en cuanto revelación de lo divino. Somos “hijos de la luz”, como afirma Pablo (1 Ts 5, 5).

 

Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la iglesia, escribe: El trono de Dios es su eternidad, en la que reina solo; y todos los que viven son chispas del rayo de su esplendor, como los rayos del sol provienen del sol.

 

Esta luz, como ocurría por la sal, se refiere también a nuestra esencia más profunda. Es la luz que nos habita y en la cual habitamos.

Por eso, una beguina belga del siglo trece – Hadewijch de Amberesnos invita a buscar “adentro” la luz que somos:

 

“En gran error debes de estar si la luz buscas fuera, y en partes, cuando está toda en ti y te hace enteramente libre.”

Terminemos escuchando unas palabras de Jesús el evangelio de Juan:

 

“La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan: porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz.”

 

Jesús nos invita a no desperdiciar el regalo de la luz, a no caer en el error de la posesión y en la trampa del ego: la luz que somos, se puede oscurecer, se puede difuminar. La luz que somos, necesita cuidado, necesita el aceite del amor que la haga arder y resplandecer (Mt 25, 1-13).

 

Como bien intuyeron los místicos, los artistas y los poetas, la meta es la unidad: que nuestro sabor sea luz y que nuestra luz tenga el gusto de la verdad.

Al final del camino, descubriremos que cuidar la propia esencia era, en realidad, la mejor manera de iluminar el mundo, y que iluminar al prójimo era la forma más pura de saborear a Dios.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Mateo 5, 1-12

 

Hoy se nos presenta uno de los textos más conocidos, más famosos y más bellos de todos los evangelios: las bienaventuranzas.

Para muchos es como la “Magna Carta” del mensaje de Jesús, un resumen de sus enseñanzas y de su vida, la transparencia de su corazón.

 

Las bienaventuranzas nos abren un ventanal sobre el gran tema de la felicidad.

 

En primer lugar, conviene recordar que la misma palabra “evangelio” significa “Noticia buena”, “Buen anuncio”, “linda noticia”. El evangelio es una linda noticia, antes que nada. El evangelio y las enseñanzas de Jesús son para nuestra felicidad y realización. Nunca olvidarlo.

 

En segundo lugar, debemos preguntarnos con honestidad y profundidad: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué significa ser feliz o vivir una vida plena?

 

Todos queremos ser felices, vivir una vida plena, realizada, con sentido y valor.

El deseo de felicidad está sellado con fuego en nuestro corazón.

La Alegría es nuestro origen y nuestro destino, mientras peregrinamos en la historia e intentamos convertir la misma historia en una fuente de gozo.

 

¿No es hermoso ver el propósito de la humanidad y de cada ser humano, como el trabajo de convertir la historia y la evolución, en belleza y alegría?

 

El problema es que nos confundimos.

Confundimos “felicidad” con “placer”, confundimos “felicidad” con total ausencia de dificultad y de dolor, confundimos “felicidad” con la sola satisfacción inmediata de los deseos (caprichos, en realidad) de nuestro ego.

 

La felicidad, en cambio, es algo mucho más profundo y más simple a la vez. La felicidad es algo también misterioso, que se escapa a nuestros intentos de definición.

 

La felicidad – y acá radica el mensaje de las bienaventuranzas – tiene que ver con la vida y el vivir.

 

La felicidad, una vida con sentido y con propósito, tiene que ver con la aceptación radical y confiada de todo lo que la vida nos presenta: luces y sombras.

Creemos que debemos evitar a toda costa la sombra y el dolor. Pero, como dicen muchos maestros espirituales: “escapar del dolor es la forma mejor para encontrarse con él”.

 

Una vida plena es una vida que agradece todo, asume todo, convierte la sombra en luz. Los artistas y los poetas lo saben muy bien: en muchos casos el éxtasis de la creatividad surge desde la noche, emerge del dolor, brota de la angustia.

 

Una vida plena es la que sabe aprovechar del dolor como combustible para crecer, que sabe ver el amanecer dentro de la noche.

Una vida plena es una vida que vive la vida y que no huye de la vida.

Una vida plena es una vida que reconoce el límite, abraza el límite y lo convierte en oportunidad y desafío.

 

¡Qué hermoso!

 

Es el Misterio de la vida, es el Misterio de la Alegría, es el Misterio del Amor.

 

No me crean: experimenten ustedes mismos.

 

Las bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza que no hay “felicidad individual”: el ser humano es un ser-en-relación, un ser que es relación. “Somos” porque “somos con el otro, desde el otro y con la creación”.

 

La felicidad bebe al inabarcable pozo de la relación. Lo sabemos por experiencia.

 

¿Cómo nos sentimos cuando podemos aliviar el dolor de otro ser humano?

¿Cómo nos sentimos cuando nuestra vida aporta valor a otra vida?

¿Cómo nos sentimos cuando nos reconocen y nos ayudan?

 

Aliviar el dolor del otro, llena de sentido el existir.

Levantar al otro de su caída, nos regala paz y alegría.

Caminar junto al otro, es fuente de plenitud.

Amar la creación, todo ser viviente, nos proporciona un gozo inimaginable.

 

No existe “felicidad individual” porque no existe un “yo individual”: lo que llamamos “yo” está siempre en relación a un “tu”.

Ser feliz, entonces, es abrirse a la alteridad y a la unidad, a la danza festiva de lo Uno y de lo diferente.

Felicidad es bailar con lo Uno abrazando lo distinto.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 24 de enero de 2026

Mateo 4, 12-17


 

Mateo nos dice que Jesús “se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago”.

En dos oportunidades – ya hace muchos años – tuve el regalo de visitar la tierra santa y los lugares donde Jesús vivió, caminó, enseñó.

Estuve en Cafarnaúm, a orilla del lago: hermoso lugar, hermosa visión del lago, donde se respira una paz única y especial.

 

Cafarnaúm se encuentra en la región de Galilea, al norte de Israel, situada específicamente en la orilla noroeste del “Mar de Galilea” o Lago de Tiberíades. Geográficamente, está a unos quince kilómetros al noreste de la ciudad de Tiberíades y muy cerca de otros sitios históricos importantes como Tabgha y el Monte de las Bienaventuranzas.

 

No tengo certezas, pero tampoco dudas, de que Jesús también amaba este lugar y esta visión. Jesús elige establecerse cerca del agua; la amaba y muchas veces la utiliza para sus enseñanzas. Basta con recordar el maravilloso encuentro con la samaritana junto al pozo y las palabras del Maestro: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna» (Jn 4, 14).

 

Me imagino al maestro al amanecer, sentado a orillas del lago, solo, contemplando. Su mirada serena y enamorada se pierde en el horizonte del lago: tal vez ahí, con la vista perdida en el horizonte, Jesús conectó con la libertad. Su mirada silenciosa se convierte en oración y sus ojos se humedecen. Jesús deja que el lago le hable y se deja atravesar por su silencio y su quietud. Su corazón arde: el fuego del amor lo consume. Desde el lago percibe el Espíritu, aprende a escuchar, ora por sus amigos y su misión. El lago expande la consciencia de Jesús y el infinito horizonte le habla del amor infinito del Padre.

 

Cada uno de nosotros tiene que encontrar su propio lago, su propia orilla. Debemos sentarnos a la orilla simbólica de nuestro lago simbólico: y escuchar, arder, orar, abrirnos al Espíritu.

Debemos encontrar, a orilla del lago, la libertad y el fuego del amor; y estamos llamados a encontrar, a orilla del lago, la luz que nos habita y en la cual habitamos.

Es la luz que Mateo conecta con Jesús: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz” (4, 16).

Mateo, como es su costumbre, cita a los profetas para mostrarnos que, en Jesús, se cumplen las profecías: la luz que Isaías anuncia, se revela en Jesús.

 

La luz, esta extraordinaria metáfora de lo divino. La luz que nos habita y nos permite ver.

Es la luz del salmo: “En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz” (36, 10). Por la luz divina, podemos ver la luz. La luz divina es principio y causa de nuestra posibilidad de ver: vemos, podemos ver, porque estamos en La Luz.

Jesús fue luz, vivió en la luz, anunció la luz.

 

Vivir en la luz, es nuestra vocación. San Pablo nos lo recuerda con fuerza: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (1 Tes 5, 5).

La luz no lucha en contra de la oscuridad. La luz ilumina. La luz sabe que la oscuridad tiene un rol que jugar.

La luz baila con la oscuridad: queremos bailar también.

Queremos ser una luz suave, cálida. No queremos encandilar. Jesús fue esta luz cálida, que supo bajar la intensidad para llegar a nosotros, hablar nuestro lenguaje y mostrar el rostro luminoso del Padre, sin cegarnos.

 

La luz de la transfiguración es un relámpago momentáneo que nos recuerda quienes somos y nos instala en Dios… pero lo cotidiano está hecho de luz serena, humilde, ajustada al otro y a su capacidad de visión. Una luz como el lago y su calma.

 

Enséñanos a ser luz, maestro de Nazaret.

Enséñanos a vivir en tu luz, en la luz del Padre.

Tu Espíritu nos enseñe a ser una luz amiga, fresca, humilde. Una luz atenta, serena y fiel. Amén.

sábado, 17 de enero de 2026

Juan 1, 29-34


 

Yo lo he visto”: en pocos versículos se repite dos veces está expresión. También dos veces se repite la palabra “testimonio”.

 

Visión y testimonio están profundamente conectados: solo se puede testimoniar, lo que se ve.

 

Yo lo he visto”, expresa una experiencia personal, directa, “in-mediata”, es decir, sin mediaciones.

 

Imprescindible la referencia a la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1, 1-3).

 

Es interesante notar como toda la escuela de Juan – el evangelista, Juan Bautista, el autor de la carta – insiste sobre la experiencia directa del encuentro con Jesús, a través de verbos muy concretos: ver, tocar, oír.

 

Yo lo he visto” es también la expresión central del camino espiritual y, en especial, de la mística.

 

Yo lo he visto” y no puedo decir que “no lo vi”.

He tocado con mano, y no puedo decir que “no lo toqué”.

He oído su voz, y no puedo decir que “no lo oí”.

 

La experiencia te pone contra las cuerdas.

 

Negar la experiencia es muy difícil: el nivel de autoengaño o de hipocresía tiene que ser muy elevado. A veces se puede negar la experiencia a partir del miedo, como le ocurrió a Pedro cuando traicionó a Jesús en la noche del proceso.

Sea lo que sea, la persona que vio, sabe que vio. La persona que tocó el fuego, sabe que quema.

 

Ver” nos libera: libera lo que tenemos adentro, libera para el amor y la creatividad. Libera para ser lo que somos. Es la experiencia de los artistas. Miguel Ángel, esculpiendo el David, dijo: “He visto un ángel en el mármol, y lo he esculpido para liberarlo”. Extraordinario: vio, esculpió, liberó. Somos este mármol, esperando la visión.

 

Yo lo he visto”: la crisis del cristianismo y la crisis de la iglesia, es la crisis de la visión. Crisis de la visión que es crisis de la experiencia y, por consecuencia, crisis del testimonio.

Es una crisis que se viene gestando desde décadas y que pide un cambio urgente. La fe ya no puede limitarse a una tradición, a una cultura, a la exterioridad de ritos y cultos y, menos, a dogmas y doctrinas.

 

En este cambio de época, el Espíritu nos invita con más decisión a “ver”, a tener una experiencia directa y personal del Misterio.

 

Resuenan las famosas y proféticas palabras de Karl Rahner, escrita en los años setenta: “El hombre espiritual del futuro o será un «místico», es decir una persona que ha «experimentado» algo, o no lo será más. Porque la espiritualidad del futuro no será transmitida ya más a través de una convicción unánime, evidente y pública, o a través de un ambiente religioso generalizado, si esto no presupone una experiencia y un compromiso personal.

 

Yo leo, en todo este proceso, la evolución de la consciencia, animada y sostenida por el Espíritu.

La unicidad y la irrepetibilidad de cada ser humano exige la visión, la experiencia directa y personal. Dios se revela y se expresa en cada ser humano y cada ser humano está llamado a revelar algo del Misterio divino. Por eso es imprescindible la experiencia directa, “el toque inmediato”, diría Raimon Panikkar.

 

Solo la experiencia directa es realmente transformadora.

Esta experiencia es también la base sólida y fecunda de una verdadera comunión. El sentido comunitario y la vivencia de la unidad – lo Uno que somos –, toman forma y sentido desde esta experiencia. Cuando nos enfocamos exclusivamente, o restringimos, el camino comunitario a las ideas, a los conceptos y a las opiniones, no puede haber una verdadera comunión.

 

Este es el problema de un ecumenismo simplemente doctrinal y un dialogo “políticamente correcto”. Es también el problema de los sistemas políticos y de las culturas.

No es posible un verdadero encuentro solo a partir de ideas, conceptos, doctrinas: el ser humano es mucho más que racionalidad.

 

La comunión profunda y verdadera se da desde otro lugar: el lugar del ser, de la vida, del Espíritu. El lugar donde cada cual está invitado a ser fiel a su vocación única y a su visión.

Negar el “yo lo he visto”, negar la experiencia y el llamado personal, nunca nos llevará a la unidad.

 

Tomás, en el fondo, tenía razón cuando dijo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20, 25).

Tomas quiere ver, quiere tocar y es justamente la experiencia del ver y del tocar que lo lleva al éxtasis místico: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

¿Cómo interpretar entonces las palabras del resucitado “¡Felices los que creen sin haber visto!”? (Jn 20, 29).

En este sentido: felices lo que siempre están viendo, porque ya no necesitan ver. Felices los que tocaron con mano el Misterio, porque ya están libres de creencias y de búsquedas de signos.

 

Es el maravilloso sentido de las palabras del resucitado a María de Magdala: “no me toques” (Jn 20, 17).

Jesús parece decir: “ya me tocaste, ya me viste, ya tuviste experiencia. Ahora es el momento del testimonio. Es el momento de vivir el Misterio. Es el momento de verme en todo y en todos.

 

¡Bellísimo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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