Jesús – en este relato de Mateo que sigue al texto del domingo pasado – despide a la multitud y, otra vez, se queda solo: “subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (14, 23).
La compasión había empujado a Jesús a salir de su soledad y oración, y ahora, después de haber atendido a la gente, regresa a su interioridad orante.
Mateo parece sugerir que toda la actividad misionera y sanadora de Jesús se realiza dentro del marco de la interioridad y la oración.
Jesús se nutre de la Fuente, desde la Fuente toma fuerza y discernimiento y a la Fuente regresa para entregar lo vivido.
En todo esto podemos descubrir una extraordinaria sabiduría para nuestra vida y nos podemos preguntar:
¿Cuál es el marco de nuestro hacer y de nuestras acciones?
La sabiduría de las tradiciones contemplativas nos sugiere, justamente, enmarcar nuestras jornadas entre dos momentos de oración silenciosa: al comenzar el día y al atardecer.
Los invito a implementar esta práctica espiritual y asistirán, sin duda, a una profunda transformación.
El relato de Mateo continua y nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas, yendo hacia la barca donde se encontraban los discípulos, asustados por el viento y las olas.
El miedo engendra más miedo y genera ilusiones: los discípulos no logran reconocer a Jesús que se acerca y creen ver a un fantasma.
Una mente con miedo, ve cosas que no existen o distorsiona lo que ve. Lo sabemos por experiencia.
Si tenemos miedo a los perros y andamos en bicicleta, cualquier bulto a lo lejos, nos parecerá un perro que nos espera para asaltarnos… si tenemos miedo a que nos roben, cualquier persona que viene caminando detrás de nosotros, se convertirá en un terrible ladrón o asesino en serie…
¿Cómo salimos de estos miedos irracionales que nos enferman y bloquean nuestro crecimiento?
Este relato catequético de Mateo nos regala una pista clave, invitándonos a escuchar la voz de Jesús: “Tranquilícense, soy yo; no teman” (14, 27).
Detrás de cada experiencia que vivimos se esconde el Espíritu del Cristo Viviente que nos repite: “Soy Yo, no teman.”
Es la invitación radical a la confianza: “No teman porque valen más que muchos pájaros” (Mt 10, 31) … “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc 12, 32).
¿Cómo viviríamos nuestras jornadas, si lográramos escuchar siempre esta voz interior del Espíritu?
Nuestro texto llega a su ápice con la invitación de Jesús a Pedro: “ven” (14, 29).
Jesús invita a Pedro a salir de la barca y a caminar sobre el agua, como él. El Espíritu te está diciendo hoy, ahora: “ven”.
El mensaje es claro, central y contundente.
Jesús invita a Pedro, y te invita a ti, a salir de la zona de confort, de las certezas, de las seguridades que ahogan la vida.
El agua, en la simbología bíblica, expresa las fuerzas oscuras y salvajes de la vida y el caminar sobre las aguas revela lo imposible… el evangelio nos está diciendo: “¡atrévanse a lo imposible!” … porque, como le dijo el ángel a María “no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37).
Es la invitación, maravillosa y extraordinaria, a vivir la vida con pasión, entusiasmo y coraje. Es la invitación del Espíritu a salir de los miedos, de una vida demasiado racional, de una visión estrecha, de un corazón que no asume el riesgo del amor y del amar.
La experiencia de una vida plena se regala a aquellos que se atreven, que confían, que aman, que se entregan radicalmente, que son fieles a la voz interior.
Este es el testimonio de Jesús, de los santos, de los místicos de todos los tiempos.
Pedro se atreve y camina por un instante sobre las aguas… y otra vez aparece el miedo… y el miedo nos hunde, porque el “miedo pesa más que el plomo”.
Y siempre aparece la mano segura y compasiva de Jesús que nos reinicia, nos invita a comenzar de nuevo, nos libera continuamente de los miedos que aparecen y reaparecen.
El miedo y la fragilidad de Pedro que lo llevan a hundirse, no son un fracaso, sino aprendizaje. Miedo y fragilidad se convierten en maestros, si sabemos escucharlos, si humildemente agarramos la mano que Jesús nos ofrece.
Estamos llamados a honrar el don de la vida, atravesando miedos y caídas. Estamos llamados a hacer que nuestro pasar por este mundo, como enseña la parábola de los talentos, pueda ser fecundo y dar mucho fruto.
El Espíritu te dice: “Ven. Atrévete. Vive, sueña, ama. Encuentra tu propósito en esta vida, encuentra tu sentido único y original. Sé fecundo, entrégate. Ama todo, hasta tu fragilidad: si caes, levántate y recomienza. No te obsesiones con una vida larga, sino preocúpate de una vida ancha.”




