El texto de hoy es un himno a la confianza, un canto a la “emuná”.
La “emuná” – palabra hebrea – expresa la auténtica y radical confianza bíblica. Es la fe de Jesús: “fe” no como asentimiento racional a doctrinas, sino como confianza absoluta en el fondo de lo real, fondo sostenido por una Presencia amorosa.
Emuná significa: me entrego a la vida con total confianza. Me lanzo al vacío, porque sé que el Amor me sostiene. Suelto el miedo y vivo en el amor, porque confío.
Emuná significa: confío que en el medio de la noche hay una luz invencible y que adentro del invierno late la fuerza de la primavera y su belleza. Confío que la muerte es un simple y necesario desplegarse de la Vida sin fin.
Jesús nos explica la emuná de un forma plástica, concreta y poética a través de las imágenes de los pájaros y los cabellos.
El Padre se ocupa de cada pájaro: ningún pajarito se muere sin el Padre.
El Padre conoce cada cabello de nuestras cabezas: ¿por qué preocuparnos?
¿Cómo no confiar?
Fijémonos en una sutileza decisiva del texto original griego.
En nuestra traducción (“el libro del pueblo de Dios”) de Mateo 10, 29 se dice así: “¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.”
El texto dice: “sin el consentimiento del Padre”. Esta es ya una interpretación – sin duda lícita – de los traductores.
El texto griego dice más escuetamente: “sin el Padre”.
Cuando se traduce “sin el consentimiento del Padre” podemos interpretar que el Padre “desea” la muerte del pájaro: su voluntad es que el pájaro se muera. Sin duda una voluntad amorosa, pero una voluntad que consiente la muerte del pájaro.
Cuando se traduce “sin el Padre”, desligamos el morir del querer del Padre. El Padre no desearía la muerte del pájaro, pero está ahí. En el morir del pájaro, el Padre está.
Esta sutileza es muy importante, porque transforma nuestra visión: Dios siempre es un Dios de la vida y para la vida.
Afirma San Pablo: “él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).
Afirma San Pedro: “no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9).
Ya en la primera alianza se revelaba esta Dios amante de la vida: “yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33, 11).
El evangelista Juan lo afirma de una forma contundente: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16).
En Mateo 22, 32, Jesús es extremadamente transparente: “Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído la palabra de Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? ¡Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes!”.
Jesús parecería decirnos que lo que experimentamos como muerte es parte de los límites de nuestra condición biológica, un paso doloroso pero inevitable que Dios mismo no diseñó como fin último, y que, de todas maneras, en la experiencia del morir, Dios nos acompaña. Nadie muere “sin el Padre”.
Tal vez podemos atrevernos a usar esta metáfora: Dios mismo “muere” con quién muere. Es un amor al cual no puede ni asomarse la mejor versión de nuestra imaginación o nuestros sueños: nuestra imaginación no puede llegar a pensar un amor tan grande. Por eso nos callamos, por eso el silencio extático.
San Pablo exclama con júbilo: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios” (Ef 3, 17-19)
De esta visión y esta experiencia, surge la emuná.
Cuando experimentamos el dolor, la separación, la muerte, el mal, podemos confiar que Dios está ahí. Dios está viviendo contigo, desde dentro, tu experiencia.
Es una de las vivencias centrales de la mística: la Ausencia es otra forma de la Presencia. Así como la muerte es una manifestación más de la Vida.
Obviamente, bien lo sabemos y lo vivimos, la otra cara de la confianza es el miedo. Comprender sus mecanismos y trascenderlo es, entonces, vital.
Todas las tradiciones espirituales han enfrentado el tema del miedo.
Un ejemplo extraordinario nos viene del filósofo hindú, Jiddu Krishnamurti (1895-1986) que dedicó su vida a la comprensión de la mente humana y del miedo. Sus indicaciones son valiosas.
Krishnamurti nos regala esencialmente dos pistas para comprender el miedo y trascenderlo.
La primera nos dice que el miedo surge del tiempo y del pensamiento. Escribe: “El pensamiento es tiempo. El pensamiento nace de la experiencia y del conocimiento... Cuando el pensamiento proyecta en el futuro lo que ha conocido en el pasado, crea el miedo. El pensamiento es la raíz del miedo.”
La segunda sugiere que el miedo es lo contrario del amor. Afirma: “Solo cuando el corazón es libre del miedo hay amor, no antes... Donde hay amor no hay miedo, y donde hay miedo no puede haber amor.”
Es sorprendente la perfecta sintonía con la primera carta de Juan: “En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor” (1 Jn 4, 18).
Tenemos así dos pistas claves para trascender el miedo y vivir en la emuná: observar la mente para no quedar atrapados en los pensamientos y vivir en el amor.
La práctica contemplativa es, entonces, esencial: observar sin juzgar a un pájaro o volver al cuerpo, por ejemplo, nos instalan en el presente, donde habita la emuná.
Cuando surge el miedo, entreguémonos al amor: aparecerá, como don del cielo, la emuná.






