sábado, 26 de septiembre de 2026

Mateo 21, 28-32


 

La capacidad de auto-engaño del ser humano es sorprendentemente elevada, así como la capacidad de mentirse a sí mismo o de caer en la hipocresía.

 

Jesús es el gran desenmascarador: su lucidez, su valentía, su amor saben descubrir nuestras máscaras más ocultas y nos ayudan a sacarlas.

Jesús es tajante, provocativo. Quiere sacudir a su audiencia:

“Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios” (21, 31): esta es la sentencia sin rodeos que les proporciona a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo.

Dicho de otra forma: a las autoridades religiosas de su tiempo.

 

Pero el versículo siguiente (21,32) da la clave: publicanos y prostitutas creyeron a Juan y se arrepintieron; las autoridades lo vieron y ni siquiera entonces se arrepintieron. No es que unos hayan pecado menos, es que unos fueron capaces de reconocer su error y cambiar, y otros no.

A las autoridades y a los líderes, no les gusta mucho que se les critique o se les muestre su hipocresía – tanto ayer como hoy – y, entre paréntesis, esta crítica de Jesús a la autoridad, fue la causa principal de su condena y su muerte.

 

Acá, a mi parecer, radica uno de los problemas centrales de la iglesia, del cristianismo y de las religiones en general.

 

La iglesia – y más específicamente la autoridad – lee el evangelio y estos pasajes tan duros como si la crítica de Jesús fuera dirigida solo y simplemente a las autoridades corruptas e hipócritas de su tiempo cuando, en realidad, la crítica de Jesús es siempre actual y engancha con los mecanismos de auto-engaño y mentira constitutivos del ser humano, independientemente de la época, la cultura, la religión.

 

Hasta que la iglesia en su conjunto – a comenzar por la autoridad que se auto-comprende en función del servicio – no tenga la valentía para mirarse en el espejo de estas palabras del maestro, seguiremos siendo cojos en nuestro testimonio, atrapados por el autoengaño y la necesidad de tranquilizar nuestra consciencia.

El criterio que Jesús establece en la parábola de hoy, y en muchos otros pasajes, es el criterio de la vida, de la acción: es, antes que nada, ortopraxis y no ortodoxia.

En el texto de hoy, el que cumple la voluntad del Padre es aquel que fue a la viña, no aquel que dijo que iba, y no fue.

 

“No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21).

 

La primera carta de Juan, es aún más explícita: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1 Jn 4, 20).

 

El amor, bien lo sabemos y poco lo practicamos, es cuestión de hechos, no de palabras.

 

¿Por qué caemos entonces en el engaño y en la mentira?

 

Esencialmente por el miedo y la comodidad.

Amar en serio nos da miedo, porque el amor te desarma, te hace vulnerable, te hiere y te consume.

Amar, por otro lado, nos saca de nuestra comodidad, nos cuestiona, nos pone en crisis.

 

Es mucho más fácil cumplir con los ritos y profesar doctrinas, que soportar con paciencia al vecino que nos molesta o donar parte de nuestros bienes a quién más lo necesita.

Es mucho más fácil rezar un “Padre Nuestro”, que perdonar una ofensa, vivir un conflicto, abrirse al que piensa distinto.

 

Obviamente esto que escribo y comparto me lo digo a mí mismo, intentando reconocer mi propio autoengaño y mentira. Aprovecho entonces para pedir perdón por mi hipocresía y mis fallos.

 

Para terminar este comentario les propongo tres textos de grandes santos y místicos que se alinean a la crítica de Jesús. Textos duros, contundentes, verdaderos.

Dejémonos, por lo menos, cuestionar. Cada cual verá – desde su consciencia y honestidad – como aplicarlos en su propia vida, según su misión y su vocación.

 

San Juan Crisostomo:

“¿De qué sirve adornar la mesa de Cristo con vasos de oro si Él muere de hambre en la persona del pobre? Comienza por saciar al hambriento y luego, de lo que te sobre, adorna el altar. ¿Fabricas un cáliz de oro y no das un vaso de agua fresca? ¿Y qué beneficio hay en cubrir el altar con paños bordados de oro mientras a Cristo mismo no le das con qué cubrir su desnudez? (...) Dios no necesita mantos de seda, sino un alma pura y caritativa”.

 

Santa Catalina de Siena denuncia la corrupción de las autoridades de su tiempo (¿y el nuestro?):

“Están ciegos por el amor propio de su propia sensualidad; han caído en el fétido fango de la impureza, hinchados de soberbia, avaros y codiciosos (...). Se han hecho pastores que se apacientan a sí mismos y devoran las ovejas en lugar de alimentarlas. No ven que las vestiduras con que se adornan y la autoridad que ostentan son para dar la vida por sus ovejas, no para vivir en delicias y pompas vanas”.

 

Por último, San Máximo el Confesor:

 “Muchos han hablado de la virtud, pero pocos la han llevado a la práctica; todos hablan de la caridad, pero si la buscas, difícilmente la encontrarás, pues no consiste en bellas palabras, sino en obras puras y desprovistas de vanagloria hacia el hermano.”

 

San Pablo, mucho antes, ya lo había dicho: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe” (1 Cor 13, 1).

 

 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Mateo 20, 1-16


  

Estamos delante de una parábola revolucionaria y desconcertante: tal vez la más desconcertante de los evangelios.

 

Este relato de Mateo se conoce como “la parábola de los obreros de la última hora”.

 

Debemos tener muy claro desde ya que Jesús, contando esta parábola, nos habla del Reino de Dios: “el Reino de los Cielos se parece a un propietario…” (20, 1).

 

Jesús, a través de esta parábola, nos quiere explicar “cómo funciona el Reino”, cuáles son los criterios del “Reino”.

 

El gran escándalo, que horrorizaría a los sindicalistas y a los gremios es el siguiente: el propietario paga lo mismo a todos los trabajadores, independientemente de sus horas de trabajo. Es, justamente, la queja de los primeros trabajadores: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada” (20, 12).

 

Desde una lógica sindical y laboral puede parecer una injusticia. A este respecto es importante subrayar que el propietario no comete una injusticia, porque cumple con el salario prometido: “Trató con ellos un denario por día” (20, 2). Paga lo que prometió: no es injusto con los primeros, es sumamente generoso con los últimos.

 

¿Dónde reside lo desconcertante?

 

Jesús, con esta parábola, hace saltar por los aires la lógica retributiva y de equivalencia.

La ley de Moisés, esencialmente, funcionaba así, como demuestra el más clásico ejemplo en Levítico 24, 19-20: “Si alguien lesiona a su prójimo, lo mismo que él hizo se le hará a él: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado al otro.”

La parábola de Jesús quiere quebrar la lógica sacrificial que tanto seduce a los seres humanos: es la lógica del sacrificio, la lógica del mérito, la lógica puramente comercial.

Es el razonamiento que dice: “si me sacrifico, tengo derecho a algo más… y el otro, que se sacrifica menos, tiene que recibir menos.”

Jesús rompe definitivamente este razonamiento e inserta el dinamismo de la vida y de la gratuidad: “Yo quiero misericordia y no sacrificios” (Mt 9, 13).

 

La deshumana lógica del sacrificio conduce – nuestra parábola es un claro ejemplo – a la queja y a la envidia.

 

Con esta parábola Jesús está diciendo: “la vida es preciosa en cada instante. Disfruta de la parte que te toca, sin envidiar a los demás. No te compares, no compares la belleza y abundancia de la vida. Ama la vida desde la gratuidad y el agradecimiento, ama la vida desde tu lugar y aprende a ver la sobreabundancia de la vida misma.”

 

Pero no termina acá. Hay algo más aún más profundo que concentra, tal vez, el mensaje central de esta parábola: el llamado.

El verdadero protagonista de la parábola es el llamado: el propietario no deja de llamar.

Llama de madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y al caer la tarde.

 

Entonces la clave es: ¿hay respuesta?

 

¿Cuál es tu respuesta? Esto es lo que importa. Lo único que importa.

Lo que importa es la respuesta al llamado y cada llamado es único: no hay dos iguales, no hubo y no habrá, porque cada ser humano es único e irrepetible, cada cual recibe un llamado único a vivir la vida, a celebrar la vida, a ser revelación fascinante y hermosa de la Vida de Dios.

Lo verdaderamente escandaloso y asombroso, es la gratuidad del llamado.

Dios te llama a la vida: ahora y siempre. Te llama a vivir la vida, te llama a recibir la sobreabundancia de la vida.

El llamado nos encuentra en nuestra verdad y unicidad y nos enfrenta con nuestro más profundo anhelo: ¿qué es lo que busco? ¿cuál es mi deseo esencial?

 

El descubrimiento fundamental será el siguiente: mi deseo esencial corresponde exactamente al deseo de Dios. Dios me llama a ser fiel a mi deseo que, también, es el suyo. Este es el eje alrededor del cual se construye una vida fecunda y con sentido.

Se cae el gran y peligroso dilema entre la “Voluntad de Dios” y “mi voluntad”: es justamente esta visión dual que permitió la entrada a la visión sacrificial de la vida cristiana y, por ende, a la lógica del sufrimiento y del mérito.

En realidad – esta es la visión esencial de la mística – desde la experiencia de ser Uno, Dios me pide lo que yo quiero… y lo que yo quiero es lo que Dios me pide.

 

San Juan de la Cruz, por ejemplo, escribe en su Cántico espiritual

“Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.”

 

Y en su comentario en prosa añade:

“En este estado ya no puede el alma hacer actos, porque el Espíritu Santo la mueve a obrar; de donde todos sus movimientos son divinos (...) La voluntad de Dios y la suya son una misma voluntad; y así, la voluntad de Dios es del alma, y la del alma es de Dios.”

 

Margarita Porete lo expresa así:

“Esta alma no quiere ya nada, porque su voluntad es la voluntad de Dios, que nada le pide salvo que sea lo que Él es. Ella desea lo que Dios desea y no desea lo que Dios no desea; y no porque se esfuerce en ello, sino porque no puede querer de otra manera, estando tomada y transformada en la mismidad de Aquel a quien ama.”

 

Llegar a esta comprensión requiere paciencia, desapego, vaciamiento. Pero es lo más hermoso que puede ocurrirnos.

 

“Intenta penetrar en la cámara del tesoro que llevas dentro y así verás la celestial; porque ambas son exactamente iguales, entras en una y contemplas las dos”. (Isaac de Nínive)

 

Nuestro corazón explotará en un jubilo eterno y proclamaremos junto a San Pablo: “no soy yo quien vive, sino Cristo quién vive en mí” (Gal 2, 20).

 

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

Mateo 18, 21-35


  

El texto de hoy nos presenta el fundamental tema del perdón.

 

Todo empieza con una pregunta. La pregunta de Pedro sobre “cuantas veces” hay que perdonar.

 

Es una pregunta con cierta lógica, considerando que Pedro era un judío y el judaísmo – ayer como hoy – tiene uno de sus fundamentos en las llamadas “mizvot”, preceptos que hay que cumplir. Pedro quiere saber: ¿cuántas veces?

Más allá de lo religioso, es un mecanismo típico de nuestra psique que busca seguridad y control. Este mecanismo se cuela – lamentablemente – también en la espiritualidad y en la relación con lo divino. Queremos buscar obsesivamente una forma de tranquilizar la consciencia, queremos saber la fórmula mágica para ganarnos el cielo, queremos recetas para sanarnos, recetas para el amor… ¡recetas para todo!

 

Jesús hace saltar esta lógica por los aires, revirtiendo la sentencia de Lamec (descendiente de Caín) en Génesis: “Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete” (4, 24). De la venganza infinita al perdón infinito.

 

La parábola que cuenta rompe todos los esquemas.

La cifra de “diez mil talentos” es justamente la hipérbole que Jesús utiliza para romper la lógica de la pura y estrecha racionalidad y además, la lógica del mérito y la lógica comercial.

 

“Diez mil talentos” correspondían a más o menos 60 millones de jornadas laborables (¡164.000 años!); la deuda del siervo de la parábola equivalía a décadas enteras de la recaudación fiscal total de toda Palestina y de gran parte de las provincias orientales del Imperio Romano juntas. Superaba incluso las arcas imperiales romanas de la época.

 

La hipérbole de Jesús es clarísima y, su mensaje, también.

 

Hay realidades que se escapan a nuestros intentos de seguridad, de manipulación y de control: a comenzar por Dios, obviamente.

 

Lo que llamamos “Dios” es un Misterio tan Infinito, tan Asombroso, tan Bello que se escapa de toda lógica. Así mismo, el amor de Dios y el Amor que Dios es, no cabe en nuestra mente, no cabe en nuestro corazón, no cabe tampoco en nuestros deseos. Es un Amor que no podemos ni siquiera imaginar. Nuestra mente finita no puede pensar un amor infinito.

 

Jesús nos quiere introducir en esta Vida, en esta dimensión espiritual que todo lo transforma.

 

Jesús desea que nos rindamos a este amor: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49).

 

Jesús nos invita a experimentar el amor y el perdón: solo desde esta experiencia podremos ser testigos, podremos vivir la realidad del perdón en todas sus dimensiones: hacia dentro y hacia afuera. Solo desde esta experiencia brotará una compasión radical: no solo hacia cada ser humano, sino hacia cada ser viviente… plantas y piedras incluidas (estoy convencido – y me acompañan algunos místicos – que hasta las piedras están vivas).

Isaac de Nínive – desde el cristianismo – e Ibn Arabi – desde el sufismo islámico – concuerdan maravillosamente en la misma visión y experiencia: la misericordia de Dios es Infinita.  

Por eso los dos sostienen, con matices distintos, que es totalmente insostenible la tesis de un “infierno eterno” … el amor y la misericordia de Dios purificarán todo y todo volverá a la plenitud del Único Amor.

 

El necesario proceso de purificación – con el dolor asociado – será la última llama que quemará nuestro ego, será el dolor del amor que nos convierte en él mismo. Afirma Isaac que el dolor temporal de la purificación, será el dolor del darse cuenta de no haber amado con la necesaria radicalidad…

Desde esta profundísima visión podemos comprender las palabras finales, muy duras, de nuestro texto: “el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (18, 34-35). Estas palabras hay que leerlas a la luz del perdón infinito que Jesús ancló al “setenta veces siete” del verso 22.

Las palabras de Jesús son pedagógicas, no metafísicas: el tormento no es una venganza de Dios, sino el estado en el que se encierra quien rehúsa vivir en la gratuidad. Quien exige cuentas queda atrapado en el propio infierno de su contabilidad… hasta que el Amor Infinito penetre en el corazón…

 

Les comparto dos hermosos textos de Isaac de Nínive y uno de Ibn Arabi, para que los saboreen y los mediten durante la semana.

 

Isaac

·     “El amor cuya causa es Dios se parece a un manantial que mana de las profundidades: su flujo no cesará nunca de correr. Dios es la única fuente del amor: el caudal de su materia no disminuye jamás”

·     “Signo luminoso de la belleza de tu alma será este: que tú, examinándote a ti mismo, te encuentres lleno de misericordia hacia todos los hombres, que tu corazón se conmueva por la compasión que sientes por ellos y que arda como el fuego, sin hacer distinción de personas”

 

Ibn Arabi:

·     “La Misericordia divina abarca todas las cosas, en el ser y en el principio; la Ira es solo un accidente en el ser. Puesto que la Misericordia precede a la Ira, la Misericordia alcanzará finalmente a todo aquello sobre lo cual cayó la Ira”

 

 

 

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Mateo 18, 15-20


   

Este texto, con toda probabilidad, no expresa palabras históricas de Jesús, sino que es un reflejo de la comunidad de Mateo y de su intento de organización y armonía interna.

 

La comunidad de Mateo, como todo grupo humano, experimentaba tensiones internas: posturas distintas, opiniones diferentes o divergentes, juicios y reconciliaciones.

 

Son las mismas tensiones que experimenta hoy la iglesia y cualquier comunidad.

 

Estas tensiones son normales y hunden sus raíces, a mi parecer, en dos grandes vertientes, una luminosa y la otra más oscura pero que, si se trabaja, se convierte también en luminosa.

 

Por un lado, la luminosa: la irreductible originalidad y unicidad de cada uno.

 

Cada ser humano es un mundo, es un “microcosmos” como ya había visto el griego Demócrito. Esta unicidad y originalidad necesita respeto y fidelidad. No es posible una experiencia humana plena, sin la fidelidad a nuestra unicidad. Con frecuencia los conflictos nacen de los intentos de descubrir nuestra propia luz y del deseo de manifestarla y vivirla; otras veces surgen cuando no escuchamos esta misma luz y entonces el alma grita porque quiere ser escuchada: ella sabe que solo ahí hallará paz y plenitud… ¡el alma crea conflictos para que sea escuchada!

 

Por otro lado, la oscura: nuestro ego y nuestras heridas.

 

El ego es el gran promotor de los conflictos porque se ocupa de nuestra supervivencia y, por eso, vive defendiéndose y atacando, sobre todo cuando se siente amenazado. El ego, el gran usurpador de la identidad, quiere siempre tener la razón porque, ese ego, es la identificación misma con la mente y el pensamiento. El ego cree que, si no tiene la razón, dejamos de ser y existir, y esto no puede permitirlo. Acá radican también todos los fundamentalismos que, obviamente, engendran conflictos.

También nuestras heridas – afectivas y emocionales – generan tensiones: descargamos inconscientemente el dolor no asumido y no resuelto, sobre los demás: brota la agresividad, los celos, las envidias.

 

Mateo, en nuestro texto, nos ofrece unas pistas para vivir todas estas dinámicas, subrayando que así que cada grupo humano necesita cierto orden para vivir en armonía y superar los conflictos.

 

En muchos casos y en muchos ámbitos, se tomó este texto como un icono de la “corrección fraterna”. Es un tema de muy difícil aplicación, porque casi siempre emerge más “la corrección” que lo “fraterno”, sobre todo en el caso de la autoridad. Cuando la autoridad no ha trabajado en profundidad los dos ejes que comentaba arriba – lo luminoso y lo oscuro – la supuesta “corrección fraterna” se convierte en imposición, exclusión, manipulación.

La dinámica comunitaria que expresa Mateo es interesante y puede ayudar, pero termina diciendo: “considéralo como pagano o publicano” (18, 17), en contradicción abierta con la actitud fundamental de Jesús. Esto confirma que estas palabras no son de Jesús, sino de Mateo. Jesús, más allá de denunciar la hipocresía, siempre estuvo abierto, acogiendo, recibiendo, perdonando. Nunca excluyendo.

Lamentablemente, a lo largo de la historia, la iglesia tomó al pie de la letra el verso de Mateo y, desde ahí, actuó – increíble e inconscientemente – en contra del mismo mensaje evangélico: desde las aberraciones de la inquisición, hasta la condena y la exclusión.

Todavía cuesta muchísimos – a la iglesia y a la humanidad en general – vivir en tensión amorosa entre la legitima y necesaria afirmación de lo que se cree y opina y el respeto y la valoración de lo que cree y opina el otro.

 

Tal vez no hay expresión más clara de todo esto que las mismas palabras de Jesús: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 3).

 

Un buen punto de partida sería tener siempre a la vista “la viga en nuestro ojo”: esta paradójica visión nos instala en la verdad de nuestra humanidad y en la verdadera humildad. Solo a partir de la “viga” podemos corregir la “paja”.

Solo a partir de la consciencia de nuestra ceguera, podemos realmente ver: “«He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: «Vemos», su pecado permanece»” (Jn 9, 39-41).

 

Este trabajo espiritual nos conducirá a la plenitud de la Presencia: “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (18, 20).

Reunirse en el Nombre, es ser conscientes de una Presencia que nos sostiene y nos trasciende.

No soy “el ombligo de mundo”: soy, verdaderamente “soy”, cuando dejo que el Misterio, “sea en mí”.

Solo la consciencia de la Trascendencia y de la Presencia, nos permitirá vivir las tensiones internas y externas, como oportunidad y no como obstáculo.

 

Como afirma Karlfried Dürckheim: “¡Se necesita un largo entrenamiento para que el contacto con la trascendencia se haga visible y se manifieste en el mundo sensible! Pero el hecho de que nuestra vida sea a término, sea finita, ¿no será un motivo para que nos hagamos responsables de vivir conscientes todos los momentos que nos restan de nuestra vida?”

 

¿Qué estamos esperando para comenzar este largo entrenamiento?

sábado, 29 de agosto de 2026

Mateo 16, 21-27


      

Se nos presenta hoy, en el texto de Mateo, el primero de los tres anuncios de la pasión, muerte y resurrección. Estos anuncios reflejan la visión pos-pascual de Mateo y su comunidad: están escritos después de los hechos.

 

Sabiendo todo esto asume todavía más relevancia, la reacción de Pedro que el texto evidencia. Mateo no oculta la debilidad y el miedo de Pedro y tampoco su incomprensión.  

Su amor por el maestro, activa su reacción: quiere evitar el sufrimiento y la muerte de Jesús.

 

El miedo de Pedro al sufrimiento es muy humano, muy nuestro. Sentimos a Pedro muy cercano: sus miedos son los nuestros.

La respuesta de Jesús es tajante y contundente: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (16, 23).

 

En la tradición bíblica y en la mística hebrea el Satán es el “adversario”: un “adversario” que nos cuestiona, nos presenta dificultades, nos desafía para que crezcamos… un “adversario” que, por eso, está siempre al servicio de Dios, como podemos ver claramente en el libro de Job.

 

Jesús, desde su lucidez, reconoce que el intento de Pedro de apartarlo de su misión es una tentación, un obstáculo.

Aunque la lectura de Mateo es pos-pascual nos revela una actitud esencial de Jesús y central en todo camino espiritual: la aceptación confiada de lo que ocurre.

El dolor mismo es parte de la existencia, de nuestra estructura finita y limitada y de nuestro ego narcisista, herido y ambicioso. Intentar escapar del dolor es inútil y, con frecuencia, lo engrandece y perpetua.

 

Esa fue la misma búsqueda del Buda. Quinientos años antes que Pedro, Buda se enfrentó con el sufrimiento, con el miedo y la muerte. Buda encontró su camino y ofreció al mundo unas pistas para vivir con sabiduría el sufrimiento. El camino de Jesús, por un lado, va en la misma línea y, por el otro, nos aporta matices propios. En la misma línea encontramos la importancia de la aceptación de lo que es y del coraje de vivir la porción de dolor que nos toca: no evadir, sino asumir.

Los matices propios los podemos encontrar en el sentido redentor del sufrimiento: el dolor vivido desde el amor y la entrega, redime y transforma. El amor hace que el dolor cambie de signo: de negativo a positivo y este es el sentido fundamental del término “redención”.

 

El místico alemán Juan Taulero lo expresa de una forma fuerte y cruda subrayando que, intentar sacar a alguien del dolor – cuando expresa la pedagogía divina – es arruinar el proyecto mismo de Dios:

 

“Cuando se está en pleno invierno, en un abandono árido y oscuro, oprimido por una oscuridad creciente, eso es superior a todo gozo que se pueda concebir, siempre que se permanezca en él con constante ecuanimidad […]. Si una criatura te quita la apretura, sea la criatura que sea, arruina por completo el nacimiento de Dios en ti.”

 

Buda y Jesús coinciden también en la visión que, buena parte del sufrimiento humano, se deba a nuestra estupidez, nuestra ignorancia, nuestro ego herido y narcisista.

Crecer en sabiduría y en un auténtico amor, nos evitaría – y evitaría a los demás – mucho sufrimiento. Pero, a los seres humanos, nos gusta aprender más a través del dolor que del discernimiento y la sabiduría…

Para que quede claro: tanto Buda como el evangelio distinguen el sufrimiento “inútil” del dolor como parte inevitable de nuestra finitud. Evangélicamente el dolor tiene sentido cuando está al servicio de la entrega en el amor y es un signo de fidelidad a la propia vocación y misión, como queda claro en la famosa expresión de Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (16, 24-25).

 

Todo esto me conecta a las dos preguntas finales de Jesús, preguntas que son dos espadas que se nos clavan en el alma:

 

“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (16, 26).

 

Es fundamental comprender que entiende Mateo por “vida”: podemos descubrir dos niveles de profundidad.

 

Mateo usa el término “psiqué” traduciendo el hebreo “nefesh”: es la vida física, concreta, vulnerable del ser humano. En este plano el sentido es evidente: ¿de qué sirve ganar lo que sea, si me muero? Acumular por acumular no tiene sentido. Es el mismo mensaje del hombre que acumuló la abundante cosecha en nuevos graneros: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. (Lc 12, 20)

 

En un nivel más profundo podemos conectar la “psiqué” de Mateo con la “zoé” de Juan. Para Juan “zoé” es el termino clave para expresar la vida divina, eterna y plena que Dios comunica al hombre. Mateo utiliza más el término “psiqué” – 16 veces – y menos “zoé”, solo 7 veces. Juan en cambio utiliza “zoé” 36 veces y “psiqué” solo 10.

Mateo, a pesar de no usar “zoé” en este pasaje, integra en la “psiqué” algo de las dimensiones de la “zoé”: ¿de qué sirve ganar lo que sea, si mi existencia no tiene sentido, no tiene un propósito?

 

Resumiendo:

 

¿Qué es lo que verdaderamente importa?

¿Cuál es el sentido – mi sentido –, de la vida?

¿Para que estoy en este cuerpo y este mundo?

¿Para qué vivo?

 

Las preguntas de Jesús nos quieren conducir a lo esencial, desde distintos niveles de profundidad.

Las preguntas de Jesús chocan de frente con nuestra sociedad hiperactiva y consumista, donde todos corren y compran y no saben por qué, ni para que…. Entonces llega el dolor y nos para en seco para que nos pongamos a la escucha de las preguntas del maestro de Nazaret. Amado Maestro: ¡Gracias!

 

Las preguntas de Jesús están orientadas al descubrimiento de la vocación única y original de cada cual: solo ahí descubro la plenitud de vida. Solo desde ahí, la entrega en el amor, encuentra su verdadera dimensión.

Solo desde el descubrimiento de mi unicidad, mi vocación, mi misión, dejaré de vivir de una forma superficial y consumista.

Solo desde ahí, el dolor encontrará su sentido y se convertirá en combustible para la vida.

Solo desde ahí, recibiré la muerte como un sereno y amable cumplimiento de una obra de arte.

 

 

 

 

 

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