La capacidad de auto-engaño del ser humano es sorprendentemente elevada, así como la capacidad de mentirse a sí mismo o de caer en la hipocresía.
Jesús es el gran desenmascarador: su lucidez, su valentía, su amor saben descubrir nuestras máscaras más ocultas y nos ayudan a sacarlas.
Jesús es tajante, provocativo. Quiere sacudir a su audiencia:
“Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios” (21, 31): esta es la sentencia sin rodeos que les proporciona a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo.
Dicho de otra forma: a las autoridades religiosas de su tiempo.
Pero el versículo siguiente (21,32) da la clave: publicanos y prostitutas creyeron a Juan y se arrepintieron; las autoridades lo vieron y ni siquiera entonces se arrepintieron. No es que unos hayan pecado menos, es que unos fueron capaces de reconocer su error y cambiar, y otros no.
A las autoridades y a los líderes, no les gusta mucho que se les critique o se les muestre su hipocresía – tanto ayer como hoy – y, entre paréntesis, esta crítica de Jesús a la autoridad, fue la causa principal de su condena y su muerte.
Acá, a mi parecer, radica uno de los problemas centrales de la iglesia, del cristianismo y de las religiones en general.
La iglesia – y más específicamente la autoridad – lee el evangelio y estos pasajes tan duros como si la crítica de Jesús fuera dirigida solo y simplemente a las autoridades corruptas e hipócritas de su tiempo cuando, en realidad, la crítica de Jesús es siempre actual y engancha con los mecanismos de auto-engaño y mentira constitutivos del ser humano, independientemente de la época, la cultura, la religión.
Hasta que la iglesia en su conjunto – a comenzar por la autoridad que se auto-comprende en función del servicio – no tenga la valentía para mirarse en el espejo de estas palabras del maestro, seguiremos siendo cojos en nuestro testimonio, atrapados por el autoengaño y la necesidad de tranquilizar nuestra consciencia.
El criterio que Jesús establece en la parábola de hoy, y en muchos otros pasajes, es el criterio de la vida, de la acción: es, antes que nada, ortopraxis y no ortodoxia.
En el texto de hoy, el que cumple la voluntad del Padre es aquel que fue a la viña, no aquel que dijo que iba, y no fue.
“No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21).
La primera carta de Juan, es aún más explícita: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1 Jn 4, 20).
El amor, bien lo sabemos y poco lo practicamos, es cuestión de hechos, no de palabras.
¿Por qué caemos entonces en el engaño y en la mentira?
Esencialmente por el miedo y la comodidad.
Amar en serio nos da miedo, porque el amor te desarma, te hace vulnerable, te hiere y te consume.
Amar, por otro lado, nos saca de nuestra comodidad, nos cuestiona, nos pone en crisis.
Es mucho más fácil cumplir con los ritos y profesar doctrinas, que soportar con paciencia al vecino que nos molesta o donar parte de nuestros bienes a quién más lo necesita.
Es mucho más fácil rezar un “Padre Nuestro”, que perdonar una ofensa, vivir un conflicto, abrirse al que piensa distinto.
Obviamente esto que escribo y comparto me lo digo a mí mismo, intentando reconocer mi propio autoengaño y mentira. Aprovecho entonces para pedir perdón por mi hipocresía y mis fallos.
Para terminar este comentario les propongo tres textos de grandes santos y místicos que se alinean a la crítica de Jesús. Textos duros, contundentes, verdaderos.
Dejémonos, por lo menos, cuestionar. Cada cual verá – desde su consciencia y honestidad – como aplicarlos en su propia vida, según su misión y su vocación.
San Juan Crisostomo:
“¿De qué sirve adornar la mesa de Cristo con vasos de oro si Él muere de hambre en la persona del pobre? Comienza por saciar al hambriento y luego, de lo que te sobre, adorna el altar. ¿Fabricas un cáliz de oro y no das un vaso de agua fresca? ¿Y qué beneficio hay en cubrir el altar con paños bordados de oro mientras a Cristo mismo no le das con qué cubrir su desnudez? (...) Dios no necesita mantos de seda, sino un alma pura y caritativa”.
Santa Catalina de Siena denuncia la corrupción de las autoridades de su tiempo (¿y el nuestro?):
“Están ciegos por el amor propio de su propia sensualidad; han caído en el fétido fango de la impureza, hinchados de soberbia, avaros y codiciosos (...). Se han hecho pastores que se apacientan a sí mismos y devoran las ovejas en lugar de alimentarlas. No ven que las vestiduras con que se adornan y la autoridad que ostentan son para dar la vida por sus ovejas, no para vivir en delicias y pompas vanas”.
Por último, San Máximo el Confesor:
“Muchos han hablado de la virtud, pero pocos la han llevado a la práctica; todos hablan de la caridad, pero si la buscas, difícilmente la encontrarás, pues no consiste en bellas palabras, sino en obras puras y desprovistas de vanagloria hacia el hermano.”
San Pablo, mucho antes, ya lo había dicho: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe” (1 Cor 13, 1).




