La metáfora de la boda y del banquete nupcial es muy recurrente en la Biblia y expresa la alianza definitiva y festiva entre Dios y su pueblo, entre Dios y la humanidad.
Ya el profeta Isaías la utilizó muy bellamente: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, medulosos, de vinos añejados, decantados” (25, 6).
Jesús se alinea a la metáfora y sugiere que el Reino de Dios es como una boda y un banquete: es la fiesta maravillosa de la vida a la cual estamos gratuitamente invitados.
El evangelista Juan nos dice que el primer gran signo de Jesús fue, justamente, en una boda, en Caná de Galilea: Jesús convierte el agua en vino para que la fiesta de la vida continúe.
A menudo reducimos la fe a un peso moral y olvidamos que Jesús sitúa el centro en la gratuidad festiva de la vida. Para comprender esta hondura, vale la pena recordar una conmovedora experiencia de Raimon Panikkar.
Escuchemos su relato de 1998:
“Esto sucedió hace unos treinta años, a orillas del Ganges, en Benarés. Una mujer, que podría tener tanto treinta como cincuenta años – de tal manera la tuberculosis le había afectado –, tenía a su hijo pequeño entre los brazos y otra hija de unos dos años a su lado. No había esperanza para ella. Había sido víctima de un marido alcohólico que finalmente la había abandonado. Una vida, pues, que desde todos los puntos de vista había sido sufrimiento y fracaso. Con toda probabilidad, el pequeño que llevaba en sus brazos iba a morir, y ella sabía que tampoco a ella le quedaba mucho tiempo de vida. Estuvimos hablando. Cargado de mis prejuicios cristianos, o mejor aún, simplemente humanos, trataba de consolarla y le decía: “¿Cómo puedes soportar esta vida?”. Ella no era cristiana, sino hindú. Para mi sorpresa, esta mujer – su recuerdo todavía hoy me emociona – me expresó la alegría que tenía de haber sido invitada al banquete de la vida, de haber tenido la felicidad de una vida conyugal, por muy breve que hubiera sido – pues muy pronto había conocido el horror –, la felicidad de haber sido madre dos veces y saber que ahora este convite llegaba a su fin. Y ella estaba allí, llena de agradecimiento, de alegría por haber sido invitada, de la nada, a disfrutar de un momento de plenitud. ¿Qué podía desear más? ¿Un futuro, que no existía, o al menos no todavía? ¿El recuerdo de un pasado que ya no estaba? Ella había vivido y esa luz de un instante le bastaba con creces.”
Si esta entrañable mujer hindú entendió y vivió la vida como un hermoso banquete, lo podemos vivir también nosotros, sin duda.
Resulta conmovedor y paradójico: mientras aquella mujer hindú en los márgenes acogía la existencia con gratitud radiante, los invitados oficiales del relato bíblico desprecian la fiesta por apego a sus propias certezas. Aquí se hace carne el lamento de Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (1, 11).
A los seres humanos nos cuesta entender la gratuidad y nos cuesta dejarnos amar: preferimos ganarnos y merecernos la vida, preferimos comprar y poseer.
Jesús nos revela la extraordinaria gratuidad del amor y de la vida, la gratuidad del don de Dios y solo nos pide recibir el don, vivir la vida como una fiesta, responder al llamado con entusiasmo.
¿Cómo hacerlo? ¿Cómo responder?
Poniendo “el traje de fiesta” (22, 11-12).
Si la vida es un banquete, es una boda, es una fiesta, no podemos disfrutar de esta misma vida sin el traje apropiado.
En la cultura semítica existía la costumbre del banquete real o nupcial, donde a menudo el propio señor proveía las túnicas a los huéspedes que llegaban desde el camino. Por tanto, no llevar el traje de fiesta no delata pobreza, sino desprecio deliberado hacia el anfitrión. El traje, entonces, simboliza la fe activa y la gracia acogida: la salvación es un don puramente gratuito, pero no pasivo ni inerte; exige la adhesión de la libertad humana, exige mi respuesta.
En esta misma línea se sitúa Pablo: “Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 26-27).
El hombre no compra el traje con sus buenas obras ni lo trae puesto de antemano: el traje es Cristo mismo. La salvación y la pertenencia a la mesa son un puro don. El invitado que entra sin el traje ha rechazado la prenda ofrecida en la puerta, prefiriendo presentarse ante el rey envuelto en su propia suficiencia.
Revestirse de Cristo es revestirse de la luz y de las obras de la luz: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).
Revestirse de Cristo es “revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4, 24).
El traje de fiesta es, fundamentalmente, la respuesta al llamado: es Cristo que responde al Padre y nosotros, revestidos de Él, que también respondemos.
No podemos vivir sin responder.
El hombre sin traje de la parábola, justamente no responde: “permaneció en silencio” (22, 12).
El silencio del hombre no es timidez ni indefensión social: es la imposibilidad de articular excusa alguna ante la evidencia del desprecio. No pudo decir “no tenía dinero para comprarlo” porque el vestido se entregaba a la entrada; tampoco “no me avisaron”, pues estaba dentro de la fiesta. Enmudecer significa que el sujeto prefirió autoexcluirse de la fiesta, reduciendo el banquete a un mero consumo voraz e individualista.
Pongámonos entonces el traje de fiesta: que nuestro vivir desde el amor y desde el “sí” a la vida, sea nuestra respuesta a la infinita gratuidad del amor de Dios.




