sábado, 25 de julio de 2026

Mateo 13, 44-52


  

Seguimos analizando y dejándonos cuestionar, por las parábolas del capítulo 13 de Mateo.

 

Hoy tenemos tres parábolas muy cortas, pero sumamente interesantes: el tesoro escondido, la perla fina y la red en el mar. Para no extenderme, me ocuparé de las primeras dos.

 

Las parábolas del tesoro y la perla son mellizas: nos transmiten el mismo mensaje con metáforas distintas y un matiz importante que las distingue.

 

Si, como vimos el domingo pasado, el “Reino de los Cielos” puede ser interpretado como una metáfora de un “estado de consciencia”, podemos comprender “tesoro” y “perla” como esta consciencia plena que vale más que cualquier otra cosa.

 

Esta “consciencia plena” es un estado de lucidez, de comprensión, de visión: salimos de la visión estrecha, reductiva e interesada del ego y nos abrimos a una visión más profunda de lo real. En esta “consciencia plena” se centran todos los caminos contemplativos y místicos de la humanidad.

 

¿Como llegar a esta consciencia y esta sublime visión?

 

Las parábolas nos regalan pistas… no hay recetas. Cada cual debe recorrer su camino.

Como recuerda Raimon Panikkar: “La mística no tiene criterio extrínseco de verdad más allá de la propia experiencia.

 

Esta consciencia plena no es un logro, es un regalo. Se encuentra. Es el mensaje de la parábola del tesoro: el hombre no está buscando, simplemente encuentra. En este caso “no se llega” al Reino y la consciencia plena no es una meta: se descubre que ya estamos en él o en ella.

Picasso hizo la misma experiencia: “Yo no busco, encuentro.”

 

Por otro lado, la parábola de la perla nos recuerda la necesidad de la búsqueda: el negociante de perlas, es un buscador. Busca la perla y, por eso, la encuentra.

 

¿Qué hacer entonces?

¿Buscar o no buscar?

 

Como siempre la visión mística nos viene en ayuda.

No es necesario elegir, solo debemos escucharnos.

Los caminos son complementarios.

Por un lado, el Reino es pura gratuidad: aparece, se encuentra, se te regala.

Por otro, es fruto del esfuerzo y la búsqueda.

 

Esta dinámica se puede vivir diacrónicamente o simultáneamente: el Espíritu nos conduce.

A veces estamos llamados a buscar, otras encontramos sin buscar.

A veces buscamos y no encontramos. Otras encontramos sin buscar.

A veces vivimos las dos dimensiones a través de procesos, otras se nos regalan al mismo tiempo.

 

Es el misterio del camino único y original de cada cual. Es el misterio de la libertad y de la vocación exquisitamente personal.

Hay una constante: cuando hemos encontrado, cuando hemos tocado con mano este Misterio del Reino y de la consciencia plena, no hay vuelta atrás. Aparece una profunda y serena alegría, la misma alegría de los protagonistas de nuestras parábolas.

La visión queda, la experiencia marca un antes y un después, aunque, obviamente, queda la vulnerabilidad y la necesidad de crecimiento… pero todo ya desde otra perspectiva.

 

Por eso es tan esencial este camino y la mística insiste mucho en esto.

 

Detengamos un momento sobre un matiz importante: el hombre que encuentra el tesoro – al contrario del negociante de perlas –, “lo vuelve a esconder”.

 

La experiencia del Reino – la visión mística – necesita cierta reserva e intimidad.

Jesús lo expresó con una advertencia radical sobre el peligro de banalizar lo sagrado: “No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos” (Mt 7, 6).

 

No todo se debe y se puede compartir. Hay un cierto “pudor” también en la vida espiritual. Es muy interesante que el filósofo Byung Chul Han, desde otro lugar, subraye lo mismo.

En su libro “La sociedad de la transparencia” critica con lucidez esta total y superficial transparencia de la sociedad, donde todo se muestra y se publicita, especialmente en un exhibicionismo digital.

Dice, por ejemplo: “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual” y también: “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber... donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza... la transparencia deshace la confianza”.

El filósofo subraya que no es posible ni saludable, mantener una total transparencia; también las relaciones humanas más profundas necesitan algo de opacidad, de reserva. Hay ámbitos donde hay que mantener “el secreto”, hay “lugares” íntimos en la persona que no pueden ser revelados. Y hay un “lugar” que solo le pertenece a Dios.

 

Debemos aprender a elegir con quien compartir, qué compartir, cuando compartir. Hay un nivel de transparencia y profundidad que debemos honrar.

La cuenta bancaria no la compartimos con todo el mundo, tal vez solo con la familia o amigos cercanos.

Así sucede con nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestros deseos más profundos, nuestras desilusiones: la transparencia es acotada.

 

Lo mismo ocurre – y de una forma más radical – con la experiencia del “encuentro del tesoro”: hay que custodiar la experiencia. Es una experiencia que tiene características particulares y por eso necesita más cuidado aún. Se ancla en el silencio, no hay palabras adecuadas para comunicarla: debemos elegir con atención a las personas con las cuales intentar compartir.

Un tesoro se custodia con esmero, atención, pudor, respeto.

El Misterio indecible necesita silencio y cuidado para poder “ser dicho”.
La visión y la consciencia plena son humildes y evitan, paradójicamente, las luces y los aplausos.

 

Cuando encontramos el tesoro o la perla, podemos “vender todo”: su belleza es infinita y todo lo demás se relativiza. Todo se vuelve “valor” solo en relación al tesoro.

Terminemos con Rumi: “Sigue llamando a la puerta del gozo, hasta que la alegría interior abra una ventana y veas quién está allí”.

 

 

 

sábado, 18 de julio de 2026

Mateo 13, 24-30

 


 

Seguimos reflexionando a través de las parábolas del capítulo 13 de Mateo. El texto de hoy sigue al texto del domingo pasado y se nos regala la famosa parábola del “trigo y la cizaña”: también esta parábola – si sabemos leerla – tiene una fuerza revolucionaria increíble.

 

El gran problema es que nos hemos acostumbrado a leer el evangelio – y especialmente algunas parábolas muy conocidas – y nuestra lectura es superficial, moral, anclada a esquemas clásicos y repetidos. Hemos olvidado el carácter desafiante de las parábolas de Jesús.

 

Jesús, entre otras muchas facetas, es un maestro de sabiduría.

Jesús nos enseña la sabiduría, nos enseña a ver la vida, a mirar con más profundidad. Cuestiona nuestro modo de ver y nos invita a otra mirada. Las parábolas – si nos abrimos y bajamos las defensas – son “espadas” que abren una brecha en nuestra mente y desarman nuestra visión.

 

La enseñanza de Jesús – si sabemos leerla y nos liberamos de una lectura mayoritariamente moralista y dogmática – está anclada a toda la tradición de sabiduría de Israel y del mundo semítico y tiene una evidente carga no-dual o mística. Afirma la mística contemporánea y sacerdotisa episcopaliana Cynthia Bourgeault: “Cuando realmente buceamos bajo la superficie de sus enseñanzas, encontramos que hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Mucho más. Y no tiene mucho que ver con ser «bueno».

La parábola de hoy es, desde mi percepción, clarísima.

 

En esta tradición de sabiduría, el “Reino de los cielos” que Jesús anuncia, es un “estado de consciencia”, la dimensión profunda de la vida, una forma de ver y de vivir. Sostiene lo mismo el autor espiritual Jim Marion, diciendo que el Reino de los cielos es realmente una metáfora de un estado de consciencia: no un lugar al que vayamos, sino el lugar del que venimos. El monje benedictino John Main diría: “el Reino es una experiencia.”

 

Esta lectura desde la sabiduría no descarta otros tipos de lectura, como la que hace el mismo Mateo en 13, 36-43 a través del esquema escatológico: lo que Mateo narra como fuerza externa – el diablo – la tradición sapiencial lo relee como la dinámica interior del ego: dos lenguajes para la misma lucha entre luz y sueño.

El texto evangélico tiene varias capas de interpretación y cada capa puede aportarnos algo: podemos integrar las distintas capas sin necesidad de entrar en conflicto. Desde mi experiencia, la lectura mística, revela una de las capas más auténticas y profundas.

 

Jesús compara el Reino con una buena semilla. La semilla es buena y esta semilla está llamada a dar fruto.

¿Qué ocurre? Mientras todos duermen, el enemigo siembra cizaña, un yuyo inútil y dañino.

La referencia de Jesús al dormir es una clara referencia a un estado de consciencia: el estado de quién vive en un sueño, no logra captar la realidad o confunde el sueño con la realidad.

El “enemigo” que siembra la cizaña, aprovechando este estado de ensoñación es, desde esta lectura, el “ego”. Cuando estamos dormidos, cuando vivimos mecánicamente, superficialmente, el “ego” nos atrapa y nos confunde. La vida cae en una rutina sin sentido, nos volvemos narcisistas, no logramos ver la belleza, nos aferramos a falsos sentidos de identidad, vivimos constantemente en conflicto y zarandeados por las emociones.

 

¿Qué hacer?

La indicación de Jesús es sorprendente y va en contra de la lógica: ¡no arranquen la cizaña!

 

Es decir: no intenten extirpar “el mal”, lo “dañino”, antes del tiempo.

Dicho de otra forma también: no luchen en contra del mal.

La lucha “en contra” y a “destiempo”, refuerza lo que se quiere erradicar.

La historia enseña, la psicología enseña, la espiritualidad enseña, la medicina enseña: todavía no hemos aprendido.

 

El “mal”, ya lo decía San Agustín, no tiene consistencia propia: es ausencia de “bien”.

La oscuridad no se combate: simplemente se prende la luz. Y, la luz, es el símbolo más potente de la consciencia.

La cizaña juega su propio rol. No crecemos en consciencia de forma automática: necesitamos tiempo, necesitamos caminar, aprender, caer y levantarnos.

 

El “estado de consciencia” del Reino se nos regala en un proceso: saltar etapas o apresurar procesos, puede ser contraproducente o hasta peligroso.

El “ego” tiene su función y su rol: “aniquilarlo” sin comprenderlo, tiene graves consecuencias. Trascenderlo desde la comprensión, en cambio, nos abre al camino místico.

Por eso los maestros nos advierten que “locura” y “mística” están muy muy cerca.

 

Además, la parábola de Jesús, nos invita a reconocer que en nuestra propia vida y en la realidad, “bien” y “mal” conviven, como la luz y la oscuridad. La vida necesita de la tensión complementaria de la polaridad.

 

Intentar erradicar el “polo negativo”, sin comprender su mensaje y sin integrarlo, nos destruye.

 

La locura de las guerras revela precisamente esto: la incapacidad radical de ver la oscuridad propia, se descarga sobre un supuesto “enemigo”. El “ego” siempre necesita inventarse “enemigos”.

 

Podemos resumir el extraordinario mensaje de esta parábola y buena parte de la enseñanza de Jesús en cuatro grandes ejes:

 

1.   Crecer en la capacidad de integrar el manifestarse de la vida en todas sus dimensiones. Sin negación, asumiendo y trascendiendo.

2.   Aprender la sabiduría del tiempo. Hay un tiempo para todo. Saber discernir los tiempos puede transformar por completo una realidad.

3.   Crecer en consciencia mediante la atención a los mecanismos inconscientes del ego.

4.   Entender el Reino como un estado del ser y como la experiencia vital del encuentro y de la presencia.

 

 

 

 

 

 


sábado, 11 de julio de 2026

Mateo 13, 1-23


      

En el capítulo 13 el evangelista Mateo reúne toda una serie de parábolas, empezando por la conocida parábola del sembrador. Es la parábola que abre el capítulo y es el texto que la liturgia nos propone hoy para nuestra reflexión y oración.

 

El teólogo y mártir protestante, Dietrich Bonhoeffer, nos ofrece unas palabras muy lúcidas que concentran el mensaje de nuestro texto:

 

No debemos buscar en la Escritura solo lo que nos gusta o lo que nos ayuda hoy. Debemos permitir que la Palabra nos hable en su totalidad, incluso cuando no la entendemos de inmediato. La Palabra necesita tiempo para echar raíces en nosotros, y ese tiempo se lo damos mediante la meditación diaria y constante.

 

El paralelo comparativo que el evangelio hace entre la Palabra y la escucha por un lado y la semilla y los frutos por el otro es muy claro, fuerte y tajante.

La Palabra – y la misma enseñanza de Jesús – no puede dar fruto en nosotros si no hay una actitud profunda de escucha, paciencia, perseverancia.

Como la semilla necesita tiempo en la oscuridad de la tierra para germinar, crecer y dar fruto, así la Palabra necesita tiempo para echar raíz en el corazón humano y ser fecunda.

 

En este mundo obsesionado por la rapidez, la eficiencia y la productividad, esta parábola es revolucionaria.

En el camino espiritual no hay atajos. Obviamente el Espíritu actúa con soberana libertad y puede iluminar a cualquiera, en el momento que sea. Pero, generalmente, el Espíritu interactúa con nuestra consciencia y con los tiempos y los procesos psicológicos.

Nuestra tarea entonces es imprescindible, inevitable y urgente.

Debemos dar todos los pasos necesarios, por lo que depende de nosotros, con el fin de que la semilla de la Palabra, pueda encontrar el terreno fértil de la apertura, de la escucha, de la disponibilidad.

 

Debemos ser concretos: encontrar todos los días de nuestra vida un momento de silencio, de escucha, de quietud interior.

Debemos ser concretos, sino huiremos: fijar lugar y horario. Y ser fieles.

 

El texto de hoy también nos presenta un mensaje bastante duro y de difícil comprensión. Son los versos 12-15: “Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure»”.

 

Por un lado, estas palabras nos revelan la dinámica interna y aparentemente paradójica del amor: cuanto más doy más tengo, cuanto más retengo, menos tengo. El amor es la única realidad que se multiplica cuando se entrega. Lo sabemos, porque lo hemos experimentado. Pero nos cuesta vivirlo, porque el ego siempre está defendiéndose y nos hace creer que si entregamos quedamos con las manos vacías… ¡y el ego le tiene terror al vacío!

Toda la enseñanza de Jesús va en esta línea: “entréguense y confíen. Cuanto más amor entregan, más amor experimentarán y tendrán”.

Lucas lo dice así: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (6, 38).

 

Es la ley de la vida: lo que se retiene, se pudre. Lo que se entrega, florece. Y nosotros florecemos junto con lo que entregamos.

Recordemos estas otras palabras del maestro: No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).

 

En segundo lugar, Jesús insiste, como en muchos otros lugares, en el tema de la ceguera y la dureza del corazón y cita a Isaías, el cual parece decirnos, que detrás de la dureza del corazón hay un proyecto de Dios.

La Biblia misma nos dice, en un pasaje esencial de la historia de Israel: “el Señor endureció el corazón del Faraón, y él no dejó partir a los israelitas” (Ex 10, 20).

Es un tema que abrió debates teológicos muy profundos:

¿Es Dios mismo que, en su diseño de amor, “endurece” el corazón o permite la “ceguera”?

 

Podemos descubrir dos pistas complementarias.

En primer lugar, la Biblia y Jesús mismo, sugieren que detrás de nuestra estupidez y ceguera, se oculta misteriosamente y en cualquier caso, la sabiduría divina.

Lo que la Biblia llama “Dios endurece” es una forma hebraica de reconocer que Dios permite la libertad humana hasta sus últimas consecuencias. En este caso entonces, Dios no es el autor de la dureza, sino el testigo de cómo el corazón humano, al rechazar la luz, termina volviéndose impermeable a ella.

 

En segundo lugar, “dureza y ceguera” pueden revelar una estrategia pedagógica del Espíritu.

Las dos pistas, aunque parezcan contradictorias a la mente analítica, son complementarias desde una visión espiritual más profunda.

 

Resumiendo.

La “dureza del corazón” puede ser causada por nuestra estupidez (nuestro ego narcisista), o puede ser permitida o hasta provocada por Dios mismo, con fines correctivos y pedagógicos.

Dejemos la puerta y las preguntas abiertas: no podemos “resolver” el Misterio, sino que estamos llamados a vivirlo. Lo fundamental es reconocer, en cualquier caso, “la mano amorosa de Dios”.

En el proceso de aprendizaje y de crecimiento – que hemos visto a través de la semilla en la oscuridad de la tierra – necesitamos pasar por la experiencia de la ceguera y de la dureza del corazón. Esto nos hace tocar nuestra humanidad y fragilidad.

 

Muchas veces en mi vida he experimentado mi estupidez, mi ceguera y mi dureza de corazón: esta experiencia, a veces muy dura, me ayudó a conectar con mi humanidad y mi vulnerabilidad y me hizo más humilde.

 

Adelante, entonces.

Abrámonos con confianza y alegría a la acción del Espíritu y no tengamos miedo de entregar y de entregarnos.

Abrámonos con confianza al Espíritu y pidamos que nos haga conscientes de nuestra ceguera y dureza de corazón… ¡y después nos haga más humildes y nos abra a la visión!

sábado, 4 de julio de 2026

Mateo 11, 25-30


 

El bellísimo texto de hoy nos presenta dos dimensiones del camino espiritual: la gratitud y la “carga liviana”.

 

Te alabo, Padre”: es la gratitud de Jesús que se vuelve alabanza. La alabanza es como una “gratitud desbordante”. Cuando el corazón estalla en gratitud surge la alabanza, el canto, la música. También nace el silencio: un silencio contemplativo.

A menudo yo mismo me encuentro tan extasiado y agradecido que no tengo palabras y, simplemente, mi gratitud se convierte en silencio adorante.

 

La gratitud es una de las dimensiones más bellas y transformadoras de la vida.

Rumi, en su sabiduría, nos llega a decir: “Agradece a todo lo que venga, porque cada cosa ha sido enviada como un guía del más allá” y también “Si estás agradecido por la constricción del corazón, te será dada la expansión. La gratitud en la adversidad es un fuego que purifica el alma”.

 

Maestro Eckhart nos dice: “El hombre verdaderamente desapegado agradece a Dios tanto en las tinieblas como en la luz, en el dolor como en el gozo, porque no ama los dones de Dios, sino al Dios de los dones”.

 

La mente suele quejarse. La mente siempre encuentra algún motivo para la queja, la desconformidad, el lamento. Esto ocurre porque la mente reduce la realidad a lo útil y a lo necesario para la supervivencia y para reforzar el sentido de identidad del ego.
Por eso es fundamental ejercitar otra visión. Debemos aprender a ver “desde otro lugar”.

 

El ejercicio espiritual que nos proponen Rumi y Eckhart es, entonces, esencial: cuando vemos que surge la queja, detengámonos e intentemos agradecer igual. El agradecimiento nos abrirá a otra visión y la visión profunda y pausada, nos abrirá al agradecimiento: visión y gratitud se retroalimentan.

Cuando agradecemos en el medio de dificultades, del dolor o los problemas, nos estamos abriendo a una confianza mayor y a una percepción más amplia de lo real.

Agradecer, ensancha nuestra consciencia y nos hace crecer en la comprensión que todo es un don, que en el fondo de cada experiencia siempre hay luz, que todo tiene un sentido en el diseño cósmico del amor de Dios: la mente no lo puede ver, el corazón lo puede sentir, tu alma puede confiar. Entonces se agradece: por todo, siempre.

El profeta Tobías también nos lo recuerda: “En cualquier circunstancia bendice al Señor, tu Dios” (4, 19).

 

Este agradecimiento nos abrirá al corazón de Jesús y al conocimiento del Padre: “hijos en el Hijo”, participaremos de su consciencia agradecida y de su misma alabanza.

 

Jesús es muy realista: también experimenta y sabe que la vida, a veces, es dura, pesada. En ocasiones la vida se vuelve una carga y nos cuesta seguir o avanzar. Aparece entonces la segunda dimensión.

Es muy revelador que Mateo reúna en pocos versos dos enseñanzas de Jesús y dos aspectos de la vida espiritual que parecen contradictorios: por un lado, la alabanza y la gratitud y por el otro la pesadez de la vida.

 

Jesús no niega que la vida pueda ser “un yugo” que nos cansa y nos agobia, pero nos regala una clave. La “carga pesada” encuentra alivio a través de la paciencia y la humildad.

 

El “yugo suave” nos revela otra vez la estructura paradójica de la realidad: el “yugo” por su naturaleza tiene que ser pesado, para cumplir con su función. Un “yugo suave” es contradictorio. Así como paradójico y aparentemente contradictorio es que “el grano de trigo tiene que morir para dar vida” o que “hay que perder la vida, para encontrarla”.

 

¿Qué nos quiere entonces decir Jesús con esta imagen del “yugo suave”?

 

Si conectamos esta metáfora con la paciencia y la humildad podemos ver que el “yugo suave” es, en el fondo, la vivencia del amor.

Cuando vivimos en el amor, las cargas se vuelven livianas: el esfuerzo, a veces necesario, ya no se percibe como esfuerzo, el normal cansancio no nos agobia, el estrés lo manejamos con paz y sabiduría, las dificultades las vivimos con serenidad.

 

La experiencia de la aflicción y del agobio, con frecuencia, es necesaria para dar un salto en nuestro camino.

Cuando todo “parece ir bien” y la vida corre feliz y serena sobre rieles, caemos con facilidad en el “delirio de omnipotencia” o en la creencia de nuestra autosuficiencia e invulnerabilidad…

 La aflicción y el agobio, en cambio, nos devuelven a la consciencia de nuestra humanidad frágil, de nuestra dependencia y de la necesidad de Dios… por eso Jesús nos espera ahí. Nos espera cuando la aflicción y el agobio nos visitan. Nos espera cuando “tocamos fondo”.

 

“Tocar fondo” es la experiencia central humana de nuestra fragilidad y dependencia. Es la experiencia que nos hace palpar sensiblemente que la vida es un don, que “todo es gracia”, como afirmaba continuamente Santa Teresa de Lisieux.

 

Empecemos entonces. Empecemos hoy, ahora.

¡No perdamos ningún momento ni ninguna ocasión para agradecer!

Como bien expresa esa bellísima síntesis moderna que la tradición atribuye al Maestro Eckhart, condensando de forma insuperable su teología del desapego y la gratuidad: “Si la única oración que dijeras en toda tu vida fuera “gracias”, bastaría».”

 

 

 

sábado, 27 de junio de 2026

Mateo 10, 37-42


  

Se nos presenta hoy un texto fascinante y radical, un texto de difícil interpretación, sobre todo si nos quedamos en la superficie y lo literal.

 

Particularmente duras e incomprensibles, son estas palabras: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

 

A lo largo de la historia y de la espiritualidad cristiana, con frecuencia, este verso fue interpretado de forma literal y aplicado especialmente a las personas consagradas y los sacerdotes. Se interpretó como una exigencia radical del seguimiento de Jesús: una exigencia que exigía subordinar el amor a la familia.

 

Más allá de la heroicidad de muchos que vivieron con radicalidad estas palabras, creo que el sentido más profundo sugiere otro camino.

 

Recordemos que Jesús es un judío observante y tiene bien presente el mandamiento del amor a los padres y el evangelio lo atestigua como, por ejemplo, en Mateo 15, 4-6.

 

Lo que Jesús está sugiriendo no es una jerarquía en al amor: todos estamos participando del Amor Uno y de la Vida Una y, simple y maravillosamente, el Amor se manifiesta y se vive en modalidades distintas. La cualidad y la modalidad cambian, no la cantidad o la calidad: cambia la forma, no la fuente.

Entrar a comparar en el amor es infantil y destructivo: el “más” o “menos”.

Imaginemos el amor de una madre: ¿amará más a un hijo que a otro? ¿Amará más a su hijo y menos a su pareja o a su misma madre?

 

Hay que desterrar el “más” o “menos” en el amor: cambia la modalidad, la manifestación, la forma… no la cantidad. El amor es amor. El amar es amar y se manifiesta y se vive de infinitas formas.

 

Sin duda el amor y el amar, exigen entrega y desapego. Podemos entender este verso y todo este texto a través de la metáfora de la “espada” que el mismo Jesús utiliza y, no acaso, justo en los versos anteriores a nuestro texto: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra” (10, 34-35).

 

Aprender a amar necesita de la espada, de la separación. La palabra griega que se traduce con “espada” en su significado originario integra también el significado de “cuchillo”: queda evidente, entonces, el sentido del “corte”. Podemos reconocer aquí, en términos junguianos, el proceso de individuación: un proceso de madurez que requiere varios cortes.

 

La separación de los propios padres es necesaria para emprender el camino propio, único y original. Sin desprendimiento no hay crecimiento. Cada cual tiene su vocación y su luz única para aportar al mundo. Este proceso de comprensión de la propia vocación, exige el corte de la separación. Jesús mismo exige este corte: muchas veces impide que la gente le siga e invita a cada cual a emprender su camino. 

 

En este sentido es contundente el texto del endemoniado de Gerasa: “En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti».” (Mc 5, 18-20).

 

Estos versos de Marcos parecen contradecir nuestro verso de Mateo 10, 37: ¡Jesús impide al ex endemoniado que le siga a él y, justamente, lo envía a su familia!

Este proceso de la “espada” – el corte de la separación – no es un fin en sí mismo, sino parte del aprendizaje mismo del amor.

La espada no produce “más amor” sino amor más limpio, sin apropiación ni dependencia y, por ende, una comunión profunda y verdadera.

 

¿Cómo comprender el “más que a mí”?

 

El griego - πρ μ- señala la psicoanalista Marie Balmary, desde una visión psico-espiritual, permite la lectura “por encima del yo

El sentido sería este: quién ama a su familia por encima del corte necesario para volverse un individuo integro y autónomo, no será capaz de vivir la plenitud del amor, encarnada en Jesús.

Jesús ya no está compitiendo egocéntricamente con los padres del discípulo por ver a quién quieren más. Lo que está diciendo es que el amor maduro, necesita un desapego radical.

 

Entendemos así mucho mejor también los siguientes y muy conocidos versos: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (10, 39).

Aquel que vive aferrado a su propio “yo” y quiere evitar el corte – la espada/cuchillo – se perderá el verdadero sentido de la vida y del vivir. Mientras que aquel que tendrá el valor del corte, el valor de dejarse aferrar por el amor y de ser fiel a su llamado, encontrará el sentido y la plenitud.

 

Es la vivencia del amor que en nuestra condición humana experimentamos como paradójica: solo el corte de la separación permite un “yo” autónomo capaz de encarnar su vocación única y la vivencia del amor nos llevará a trascender este mismo e ilusorio “yo” para dejar espacio al Único autentico “Yo”: lo Absoluto. Entonces no seré yo que vivo, sino Cristo que me vive (Gal 2, 20).

 

Podemos entonces hablar de “pureza” del amor, de la intención en el amor y en el amar: a esto Jesús nos invita y en este proceso el Espíritu nos acompaña.

Importa la pureza del amor y la transparencia, no la supuesta cantidad: “un vaso de agua fresca al sediento” (10, 42) desde esta pureza, es revelación de lo divino.

Plenitud es pureza.

Así lo entendieron los místicos.

 

San Juan de la Cruz afirma:

Más vale un poquito de este puro amor, y más precioso es a Dios y al alma, aunque no parezca que se hace nada, que todas las otras obras juntas”.

 

Por su lado Teresa de Ávila, nos dice:

El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen.

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