sábado, 25 de abril de 2026

Juan 10, 1-10


  


Nuestro texto de hoy termina así: “yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (10, 10): es para mí uno de los versos más bellos y reveladores de todos los evangelios. Para mí, y para muchos otros, resume el mensaje de Jesús.

 

El evangelista Juan centra todo su relato, desde la perspectiva de la vida y la palabra clave griega que Juan usa para “vida” es Zoé. Juan utiliza este término 36 veces, Mateo 7, Marcos 4 y Lucas 5: la centralidad de “zoé” en Juan, es más que evidente.

En griego hay tres palabras que se pueden traducir como “vida”, pero su significado es muy distinto.

Bios” es la vida animal, biológica, la vida que nace y muere: Juan nunca utiliza esta palabra.

Psiqué”, en cambio, se refiere a la vida individual, afectiva, relacional y Juan la utiliza 10 veces.

Zoé” es el termino clave de Juan: es la “vida eterna”, la vida plena, la vida divina que Jesús quiere comunicar. La vida que genera vida.

Para Juan entonces, Jesús vino a revelar y compartir esta vida plena, que no tiene comienzo ni fin. Por eso su evangelio se encuadra en el tema de la vida, que se convierte en marco y horizonte. La zoé hace de inclusión a su evangelio:

·     Empieza con: “En ella estaba la vida (zoé), y la vida (zoé) era la luz de los hombres” (1, 4).

·     Termina con: “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida (zoé) en su Nombre” (20, 31).

 

Jesús ama la vida con profundidad e intensidad. Ama vivir y descubre en cada encuentro, al Dios de la vida. Ama las flores y los pájaros, ama el lago y el viento, ama a los niños y su sonrisa, ama a los que sufren y a los excluidos. Ama, se ama, ama a todos. Ama en la verdad. Ama con valentía y hasta el fin. Ama la vida, es honesto con la vida y la asume en su totalidad, con sus luces y sombras. No quiere morir, pero acepta atravesar el misterio del dolor y de la muerte, porque ama a la humanidad y quiere abrir un camino de luz y plenitud. Jesús atraviesa desde el amor la puerta de la muerte, para que nosotros la podamos también atravesar con confianza y sin miedo. Ama hasta morir, para que aprendamos que Dios ama la vida y quiere vida plena para cada uno de sus hijos. Jesús se entrega para que entendamos, de una vez, que Dios “no quiere sacrificios” (Mt 9, 13), no quiere que sacrifiquemos la vida, sino que la amemos y la entreguemos.

 

Jesús ama la vida, disfruta de las fiestas, de la comida, del caminar con sus amigos. Ama la vida, la disfruta y la recibe como un don.

Jesús ama la vida y no se retira de la vida frente a las críticas y a los juicios. Sigue amando la vida, perdonando, avanzando, abriendo caminos, sembrando luz y también cuestionando.

 

Jesús ama la vida y por eso denuncia con fuerza, todo lo que hace despreciable, pobre y estéril, la vida del hombre. Por eso se indigna frente a la injusticia.

Jesús levanta la vida, donde esta está caída y dice: “kum”, “levántate”. Y la vida recomienza.

Jesús abre a la vida, donde la vida se cierra y dice: “efatá”, “ábrete”. Y la vida vuelve a sonreír.

Jesús ama la vida y la pone en marcha, cuando la enfermedad la bloquea, cuando los miedos la tienen atrapada. Y le dice al paralitico: “levántate y camina”.

 

Jesús ama la vida y nos devuelve a la vida, porque cree en el ser humano. Jesús no nos ata a él mismo, sino que quiere que nos volvamos adultos, autónomos y, como él, amantes de la vida, capaces de disfrutar la vida, entregarla, dar fruto.

Jesús no entiende de una vida que no sea fecunda, una vida que no de fruto, que no sea creativa.

Jesús desea que entremos con amor ardiente en el dinamismo de la vida y que no seamos solo “receptores”, sino que nos convirtamos en fuente de vida para otros, en manantial de “agua viva” (Jn 7, 37-38).

 

El místico cristiano y dominico del 1300, Juan Taulero lo expresó, también, con fuerza y clarividencia:

Hay muchos que llevan el nombre de cristianos y practican grandes obras exteriores, pero su fondo está muerto; son como tumbas blanqueadas. La verdadera Vida no se mide por la cantidad de rezos, sino por la libertad del fondo que se ha vuelto uno con la Fuente.

 

¿Qué hicimos del mensaje de Jesús y del evangelio?

¿Qué hicimos de esta maravilla?

¿No hemos “reducido” en muchos casos, la Vida a una religión, a doctrinas a ritos, a moralismo?

¿No hemos perdido la esencia y no nos hemos perdidos en las formas?

 

Cada cual saque sus conclusiones y actúe consecuentemente.

 

sábado, 18 de abril de 2026

Lucas 24, 13-35


  


Se nos presenta hoy el famoso y bellísimo relato de los discípulos de Emaús.

Es un texto que nos ofrece muchas pistas para nuestro caminar y crecimiento espiritual.

Nos centramos en estos versos:

 

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (24, 15-16)

 

Lucas, en su relato, nos presenta una catequesis sobre el reconocimiento del Resucitado.

 

¿Por qué no lo reconocemos?

¿Cómo reconocerlo?

 

Es también nuestra propia experiencia.

Los discípulos “conversan y discuten”: están en sus cosas, en sus cabezas, en sus ideas de como tendrían que funcionar las cosas. Conversan y discuten sobre los acontecimientos pascuales, por cierto, pero están atrapados en su forma de ver que, en el fondo, es un no-ver. No hay silencio, no hay atención, no hay escucha.

 

Es lo que nos ocurre: estamos atrapados en nuestras ideas sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre el mundo y perdemos mucho tiempo en conversaciones estériles. Hablamos mucho, escuchamos poco. Nos falta apertura, silencio, atención.

Nos falta dejar sorprendernos.

 

El Resucitado se acerca a los discípulos que conversan y discuten. Se acerca igual, se “hace prójimo”, como el buen samaritano. El Espíritu no se asusta de nuestras conversaciones y tampoco de nuestra estupidez o superficialidad. Se acerca.

Jesús se acerca y camina con ellos: ¡qué hermosa imagen!

Tal vez, Lucas, tenía en su mente las palabras del profeta Miqueas: “Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios.” (6, 8).

 

Estamos invitados a caminar humildemente con nuestro Dios, y lo podemos hacer, porque Él es el primero que se acerca y camina con nosotros.

Nunca estamos solos: el Espíritu es nuestro acompañante. Un acompañante humilde, paciente, silencioso.

 

¿Nos dejamos acompañar? ¿Lo acompañamos?

 

Este “caminar juntos”, lo podemos ampliar a los demás: los discípulos caminan juntos, son dos y van juntos.

Caminar juntos supone también paciencia y apertura, respetar los tiempos del otro, detenernos a descansar.

Supone dejar el ego y los prejuicios.

Caminar juntos es todo un arte, es algo que nos transforma, nos enriquece. En este caminar juntos podemos también ver y agradecer el magnífico de la amistad.

La amistad es también y, tal vez, sobre todo, “caminar juntos”.

 

Jesús se acerca, camina con ellos, los escucha, pero los discípulos no lo reconocen: ¿cómo no lo van a reconocer?

Podemos hacer muchas especulaciones, pero, sin duda, la situación es muy extraña.

Lucas, en realidad, quiere sugerirnos algo más profundo: el reconocimiento de la Presencia no es automático, requiere unas condiciones, un camino. “Otros ojos”.

Podemos hacer una “teología del reconocimiento”.

 

¿Cómo reconocer la Presencia de Dios en nuestra vida?

 

Re-conocer supone, antes que nada, un conocer. Re-conozco algo que ya conocí. Acá entonces se nos presenta la necesidad de una experiencia de Dios, de afinar nuestra sensibilidad. Y el conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo: todos los místicos lo subrayan y actualmente también la psicología insiste mucho sobre lo fundamental del autoconocimiento. Afirma Teresa de Ávila, por ejemplo: “No creamos que entraremos en el cielo, antes de entrar en nuestra alma.

El conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo porque no hay separación: Dios no es un “objeto” externo que pueda conocer como conozco una silla. Dios es la raíz más profunda de mi propio ser, por eso conocer a Dios es conocerme y conocerme es conocer a Dios.

San Agustín lo decía así: “Dios es más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad”.

Por todo eso, también, conocer y re-conocer van de la mano.

Re-conocer la Presencia de Dios en nuestra propia vida, necesita detenernos, callar, escuchar.

 

El Espíritu camina en nosotros, con nosotros y entre nosotros. Su caminar es humilde y silencioso. Camina dentro de nuestra humanidad, nuestros pensamientos y preocupaciones. Está muy cerca, “demasiado” cerca y por eso no lo reconocemos. Lo buscamos en la exterioridad, cuando nos habita. Lo buscamos en el “hacer”, en la conquista, en la apropiación, cuando el Espíritu es entrega y desapropiación.

 

Reconocer, finalmente, tiene que ver con la visión: “los ojos” de los discípulos están impedidos, su visión nublada.

Reconocer es aprender a ver. Lucas y el Espíritu nos piden “otros ojos”, otra visión. Es la visión del corazón que, desde siempre, la mística subraya.

Esta visión nace, justamente, cuando cae el deseo de apropiación, cuando disminuye el activismo, cuando sabemos pacificarnos y detenernos.  

Entonces “ocurre la magia”: se quita el velo. Y vemos lo que siempre estuvo ahí.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 11 de abril de 2026

Juan 20, 19-31


  



En este famoso relato del encuentro del Resucitado con los apóstoles y en especial con Tomás, aparece una humilde, pero central, protagonista: la paz. En pocos versos el Resucitado ofrece por tres veces la paz: “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”.

 

Juan nos muestra claramente y sin ningún tipo de duda, la relación vital entre la resurrección y la paz, entre la experiencia del Resucitado y la paz.

 

Encontrarnos con el Resucitado, es encontrarnos con la paz.

 

Vale también lo contrario y, tal vez, puede ser una oportunidad de discernimiento: si falta la paz, posiblemente no me encontré con el Resucitado o mi relación con el Resucitado está oscurecida y estancada.

 

Es interesante notar como la totalidad de los maestros espirituales y de los místicos insistan sobre este criterio de la paz. La paz parece ser el centro desde el cual, todo lo demás, se mueve.

 

Les comparto unos hermosos testimonios:

 

Isaac de Nínive: “permanece en paz contigo mismo, y los cielos y la tierra estarán en paz contigo” y “el lugar donde habita el Espíritu se encuentra enteramente lleno de paz, de amor y de humildad”.

 

San Serafín de Sarov: “Mira al cielo más seguido y habla menos, para que el silencio pueda entrar en tu corazón, y tu espíritu esté en calma y tu vida se llene de paz” y “adquiere la paz interior y miles a tu alrededor encontrarán la salvación.”

 

Esta paz es la paz de Dios, la paz que trasciendo todo, lo abraza todo, lo ama todo.

 

San Pablo lo expresa de una forma maravillosa: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Fil 4, 6-7).

 

Esa paz es don y tarea: don de Dios, pero también consecuencia de la oración y de la “acción de gracias.”

 

La paz, entonces, esa paz, no es en primer lugar un “sentimiento de paz”, sino un “estado de consciencia”, un “estado del ser”. Esa paz, como el resto la alegría y el amor, son “propiedades del ser”, no están condicionadas por nuestro actuar, decisiones, emociones. Nos preceden, nos sostienen: “están ahí”. Como Dios: siempre “está ahí”.

 

Entonces alcanza “entregarnos”, abrirnos, confiar. Alcanza salir de los miedos, quitarnos las máscaras, bajar las defensas. Los discípulos estaban encerrados en casa y con el corazón cerrado… pero la paz estaba ahí. La presencia del Resucitado, reconocer esta presencia, los conectó con la paz y la pudieron recibir y disfrutar. Es la paz que Jesús constantemente nos regala por el Espíritu: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27).

En este mundo tan lleno de conflictos, esta comprensión es esencial. Si el corazón humano no está en paz, la paz en las familias y entre países será imposible. El diálogo no es suficiente, porque los diálogos están condicionados por los intereses y los mecanismos inconscientes de defensa. Necesitamos más silencio y menos diálogos.

 

Por último, importante aclararlo, esta divina paz, no es pasividad, comodidad, ensimismamiento. Al contrario: es suma actividad, amor comprometido. Es una paz que se mueve, porque es una paz amante y enamorada.

 

Lo entendió y lo vivió de una manera excepcional Gandhi:

 

La gota de agua que se ha separado del océano podría tener un momento de descanso, pero la que está en el océano no conoce tal descanso. Lo mismo sucede con nosotros. Tan pronto como nos hacemos uno con el Océano, ya no hay descanso para nosotros y, de hecho, ya no tenemos necesidad de descansar nunca más. Incluso nuestro propio sueño es acción, porque dormimos con el pensamiento de Dios en nuestro corazón. Esta actividad continua constituye el verdadero reposo. Esta agitación incesante contiene el secreto de la paz inefable. Es difícil describir este supremo estado de experiencia humana. Lo han alcanzado muchas almas entregadas y también podemos alcanzarlo nosotros

 

sábado, 4 de abril de 2026

Juan 20, 1-9: ¡Feliz Pascua de Resurrección!


  


Estamos celebrando la Pascua, la celebración que da sentido a la fe cristiana, la celebración que es el centro, desde el cual nacen todas las celebraciones: el fuego nuevo que se encendió en la vigilia pascual, es el mismo y único fuego que alumbra cada domingo y cada celebración de la iglesia. La Resurrección es fuente, orientación y centro. San Pablo lo expresó de esta manera: “si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes.” (1 Cor 15, 14).

 

Nuestra fe en la resurrección, es la fe en la victoria definitiva sobre el mal, la injusticia, la muerte.

 

Y acá empiezan los problemas, porque esta fe choca de frente con la realidad, realidad que tenemos delante de los ojos y de las pantallas todos los días: el sufrimiento sigue, el mal sigue, la estupidez y el egoísmo humano siguen, la muerte sigue.

Sobre la estupidez hasta me parece en aumento.

 

¿Dónde podemos ver el triunfo de la resurrección?

¿Dónde actúa la fuerza renovadora y vital del Cristo Viviente?

 

No podemos evadir estas preguntas y no podemos dar respuestas simplistas: la vida nos pone en crisis y cuanto más evadimos, más crisis. La vida, antes o después, nos obliga a enfrentarnos a estas preguntas claves.

 

Obviamente no tengo respuestas claras y definitivas, ya que estamos en el Umbral del Misterio. Intento dar algunas pistas, partiendo de mi experiencia personal y de la visión de muchos místicos cristianos.

 

Primera pista

 

Debemos recuperar el sentido de la creación y la conexión vital con la resurrección. Cuando descubrimos el sentido profundo de la creación, nos damos cuenta a nivel experiencial que, de cierta forma, “ya estamos viviendo en la resurrección”. San Pablo lo afirma claramente en su discurso en el Areópago de Atenas: “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hec 17, 28). Vivimos en la Vida y morimos en la Vida.

 

Traigo solo tres ejemplos.

Teilhard de Chardin: “Dios se manifiesta en todas partes como un Centro que nos invade... A través de todas las cosas, Tú nos vienes a nosotros. [...] Por la Gracia, el mundo ya está, en sus profundidades, resucitado en Ti.

 

Santa Catalina de Génova es aún más contundente: “Mi yo es Dios y no conozco otro yo que mi Dios

 

Maestro Eckhart: “El pie de la persona que permanece en el ahora es el mismo pie de Dios. [...] Dios nos ha engendrado a nosotros mismos en su único Hijo en el mismo ahora en que Él es Dios.

 

¿Cuál es la dificultad de esta pista y estos textos?

 

Simple: no se entra por la racionalidad, se entra por el silencio.

 

Segunda pista

 

La resurrección no es algo mágico, que transforma la realidad de golpe. No sería digno del ser humano y tampoco respetuosa de la creación misma y de sus leyes. La fuerza de la resurrección actúa “desde dentro”, lenta pero inexorablemente.

Es como un volcán que en su interior ya erupcionó, pero nosotros solo estamos viendo un poco de humo y de ceniza que salen de la cumbre. Adentro, en las profundidades de la tierra, ya explotó: la historia, la evolución, los procesos humanos, son el lento y paciente trabajo del fuego del volcán para salir al exterior y manifestarse. En el núcleo de la vida la resurrección, inaugurada y anticipada por Cristo, ya ocurrió: la historia es su lento despliegue y manifestarse.

La resurrección es la Vida – el Espíritu – que actúa desde el interior en sinergia con nuestra libertad y el compromiso en el amor. Cada vez que verdaderamente amo, estoy resucitando.

Unos textos:

 

Angelo Silesio: “La resurrección de Cristo no te sirve de nada si no resucitas tú también de tu propio sepulcro.

 

Maurice Zundel: “La Resurrección no es una reanimación de un cadáver, es la liberación total de la Presencia. [...] Ya no somos nosotros los que vivimos, es la Vida la que vive en nosotros. El cielo está en el interior de cada paso que damos en el amor.

 

Tercera pista

 

Nos ilumina la famosa frase de Leonard Cohen que fue retomada por muchos: “Cada cosa tiene una grieta, por esa grieta entra la luz.

El sepulcro vacío es la primera grieta de la historia por donde se filtró la luz.

 

La vulnerabilidad es parte estructural de la condición humana: estamos hechos así. Dios nos hizo así. No es un pecado ser vulnerables, frágiles. Y acá entra de lleno la maravilla y la fuerza de la resurrección.

Cuando asumimos plenamente nuestra vulnerabilidad – proceso que a menudo lleva años – la misma vulnerabilidad se convierte en nuestra mayor fuerza: por ahí pasa la luz. Dios espera pacientemente la entrega de nuestra fragilidad para poder atravesarnos con su luz.

La resurrección actúa convirtiendo la vulnerabilidad, en fuerza y en luz. “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”, recuerda Pablo.

¿Por qué es así?

Para que se manifieste que todo viene de Dios, que Dios lo es todo y nosotros nada.

Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).

 

En esta Pascua, abrámonos a esta fuerza extraordinaria. Dejemos que el Espíritu del Dios Viviente nos convierta en llamas de amor, en llamas vivas, en pura luz y vivamos desde ya como “hijos de la resurrección”.

 

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Mateo 26, 3-5.14-27. 27, 1-66


  


Domingo de ramos: entramos en la Semana Santa y la liturgia, como cada año, nos presenta todo el relato de la pasión de Jesús, relato que volveremos a leer el viernes santo.

 

El trasfondo del texto es evidente y fuerte: el dolor, la injusticia, el mal, la muerte.

 

Son las dimensiones trágicas de la existencia, dimensiones siempre actuales, dimensiones que nos afectan a todos y cuestionan nuestra visión del mundo y nuestra experiencia de Dios.

 

El dolor queda siempre ahí, a la vuelta de la esquina. Nos espía, nos acecha, nos agarra desprevenidos. También cuando todo parece fluir sobre los rieles de la salud, el bienestar y el éxito, el dolor puede y debe cuestionarnos “desde afuera”: “yo estoy bien”, pero en el mundo sigue habiendo mucho dolor. Hoy, gracias a la tecnología, lo tenemos a la vista a cada instante: guerras, muertes, violencia, niños trabajando, sufriendo y muriendo, mujeres oprimidas o maltratadas, jóvenes sin trabajo, mucha gente con depresión y angustia.

Cerrarnos en nuestra cueva de un supuesto bienestar y no dejarnos afectar y cuestionar por el dolor del otro, significa deshumanizarnos.

 

La lucidez de Dostoievski es brutal y nos cuestiona profundamente.

 

En el capítulo “la rebelión” de su obra maestra, Los hermanos Karamázov, nos presenta este mismo dilema.

 

Iván Karamázov, personaje intelectual y atormentado, conversa con su hermano menor, Aliosha, un novicio profundamente religioso.

 

En este diálogo, Iván le plantea a Aliosha un profundo dilema moral y teológico. Le pide que imagine que él es el arquitecto del destino humano y que tiene la oportunidad de construir un mundo final de felicidad, paz y armonía absolutas: el paraíso. Sin embargo, para que este edificio de armonía universal pueda completarse, existe una condición ineludible: es absolutamente necesario torturar hasta la muerte a una sola criatura diminuta e inocente e Iván describe desgarradoramente a una niña pequeña encerrada en una letrina, golpeándose el pecho con sus manitas y llorando a un Dios que parece no escucharla.

 

Iván le pregunta a Aliosha si aceptaría fundar ese paraíso sobre las lágrimas de esa única niña. Aliosha, a pesar de su fe, responde que no. Es entonces cuando Iván declara su famosa rebelión: afirma que, si la armonía eterna y el paraíso cuestan el sufrimiento injusto de un solo niño inocente, el precio es inaceptable. Por lo tanto, Iván le dice a Dios que “devuelve respetuosamente su billete de entrada” prefiriendo quedarse con su indignación y su sufrimiento antes que aceptar un orden divino edificado sobre la crueldad hacia los inocentes.

 

Es el gran tema del libro de Job, entre otras cosas.

 

Así que si: el dolor es parte inevitable de nuestra experiencia y aventura humana. Dar respuestas fáciles, superficiales, dogmáticas y rápidas, es evitar el problema y faltar el respeto hacia el sufrimiento humano y la persona concreta que sufre.

 

¿Qué hace Jesús?

 

No explica el dolor: lo asume. “Entra” en el dolor y lo vive con todas sus facetas: tristeza, angustia, desolación.

Jesús mismo, para seguir la metáfora de Dostoievski, “se convierte en la niña de la letrina”. Jesús es el inocente torturado y Dios no se queda como un espectador del sufrimiento.

Esta es su grandeza extrema, este es su legado. Y es el legado de una multitud de cristianos y no cristianos que supieron asumir el dolor y convertirlo en puente de luz, en camino de crecimiento, en amor puro.

 

Todo esto nos cuesta mucho: somos bastantes cobardes, apegados a nuestro ego y a nuestras comodidades.

A veces lo que más cuesta es el primer paso, este paso de valentía y confianza, este “si”, este salto al vacío.

Porque ocurre el milagro. Cuando asumimos el dolor, el mismo se convierte: se abre el sepulcro, explota la vida. El dolor se convierte en un excelente combustible para el amor. El amor redime el dolor, lo rescata del abismo y amanece la luz.

 

Terminemos con un extraordinario poema del escritor y poeta alemán Richard Dehmel:

 

Hay una fuente que se llama dolor.

De ella mana la dicha pura.

Pero el que mira en sus aguas siente pavor.

Ve en el hondo pozo

su imagen clara enmarcada en la noche.

¡Bebe! La imagen se desvanece.

Brota la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 21 de marzo de 2026

Juan 11, 1-45


  


Eres el amigo: el amigo de Marta y María y el amigo del muerto, Lázaro.

Eres amigo maestro Jesús, amigo del ser humano, amigo y amante.

Amigo de hombres y mujeres, amigo de los niños, los ancianos, los enfermos. Amigo de publicanos y prostitutas, amigos de los justos y los injustos.

Y, antes que nada y por sobre todas las cosas: amigo de la vida. Toda vida te adora y te alaba, amigo Jesús. Toda forma de vida te rinde honor y te canta, comenzando por los lirios del campo y las aves del cielo.

 

Tu amigo Lázaro está muerto y ya no puedes abrazarlo, ni escuchar su voz. No puedes compartir el pescado a la brasa que tanto te gusta. No puedes conversar con él. Ya no se ríen juntos.

Todo esto te entristece y te conmueve, amante de la vida, que de la Vida viniste, en la Vida viviste, a la Vida volviste y en la Vida vives.

 

Tu amigo Lázaro debe volver, por lo menos una vez más en esta carne, para que tú lo abrace. Tú sabes que la tumba de Lázaro es la tumba de una vida muerta, una vida encadenada y demasiado solitaria. Lázaro debe volver a una vida viva.

Nos haces volver a todos, en cada instante que amamos y que creemos en el amor.

Nos haces volver, cuando estamos en este eterno ahora, el eterno ahora del Eterno Amor.

Amigo del Eterno Amor: siempre tendiendo la mano para que volvamos a una vida viva, a una vida que es fuente y manantial.

Tu mano tendida que levanta, tu voz firme y tierna que sacude nuestras muertes: y así lo Eterno entra en el tiempo y la carne respira el Espíritu que la habita.

Tú que destruyes los sepulcros, levántanos y respíranos otra vez.

Tu única labor, maestro, es destruir y abrir sepulcros y hacer florecer las tumbas.

Abre las tumbas de nuestros corazones miedosos, egoístas, cerrados. 

 

Tu voz que quiebra los cedros, quiebre nuestra sordera y levante nuestras vidas.

Tu voz y tu mirada de fuego abran los sepulcros de la hipocresía y de la violencia y nos devuelvan un corazón de carne, humilde, tierno y sensible.

Amigo de lo Eterno y de la Vida fecunda, dirige tu mirada compasiva al mundo en llamas.

 

Tú que estableciste el sacramento de la amistad, abres el corazón de los pueblos para el encuentro y la fiesta. Regálanos el Espíritu, nuestra herencia común: el espíritu de la fraternidad universal, el espíritu que ama la diferencia, el espíritu que abre las puertas y fecunda el amor.

Amigo de la vida y del caminar que dijiste: “Desátenlo para que pueda caminar” (11, 44), danos la audacia y la rebeldía necesarias para desatar nuestras vidas y toda vida que se encuentra atada y enredada.

 

Tú que celebras el amor y la amistad, derrumba nuestras tendencias a la eficacia y a la productividad. Tú que celebras la amistad por simplemente ser, devuélvenos a la gratuidad.

 

Amigo y maestro: que nuestra vida sea un canto a la libertad, un canto a la pura amistad y que podamos, como tú, ¡ser amigos de la creación entera!

Así, contigo, celebraremos el amor, celebraremos la fiesta de la vida. Amigo Jesús.

 

sábado, 14 de marzo de 2026

Juan 9, 1-41

   


En este cuarto domingo de cuaresma leemos todo el capítulo nueve del evangelio de Juan, el famoso capítulo del “ciego de nacimiento”.

 

El texto se abre con una pregunta clave: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” (9, 2).

 

Es la pregunta que, desde siempre, se hace el ser humano, pregunta que a menudo nace de la angustia, de la tristeza, de la incomprensión. Es, también, la pregunta de la filosofía y de la teología: ¿Cuál es la raíz del sufrimiento?

 

En la evolución de la consciencia humana y en la historia de la religiosidad, la respuesta clásica consistía en encontrar la raíz del sufrimiento y del mal en el pecado: si el ser humano padece un sufrimiento sin duda la responsabilidad es suya, algo hizo mal. El sufrimiento llega como castigo, corrección o consecuencia de sus acciones.

El extraordinario libro bíblico de Job gira alrededor de todo esto a partir de la constatación que, con frecuencia, es el justo y el inocente aquel que sufre y el malvado, en cambio, la pasa bien.

 

Por eso la pregunta de los discípulos que abre el texto de hoy, empalma a la perfección con la mentalidad de la época.

 

La respuesta de Jesús es tajante y revolucionaria. Hay un antes y un después, como lo hay en el caso de Abraham y el sacrificio suspendido de Isaac.

Jesús responde: “Ni él ni sus padres han pecado; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (9, 3).

Jesús no solo desvincula definitivamente el sufrimiento y el mal del pecado, sino que lo inserta en el proyecto amoroso y luminoso de Dios: “para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

 

Surge espontanea la pregunta: ¿Cuáles son las obras de Dios?

 

Si seguimos el desarrollo del texto, la respuesta es bastante clara y podemos - las obras - resumirlas en una: la luz.

Las obras de Dios consisten en traer luz al mundo.

 

Todo el lenguaje de Juan en este capítulo está anclado a la luz: manifestar, abrir los ojos, visión.

 

Juan quiere sugerirnos que Jesús vino a abrirnos los ojos, no los físicos, sino los ojos del alma o, en la expresión del místico cristiano del año mil, Hugo de San Víctor, el “tercer ojo”.

 

Dios se revela, Dios se manifiesta, Dios es luz, pero nosotros somos ciegos y no logramos ver.

 

Por eso el capítulo nueve se cierra con la dramática y cuestionadora sentencia de Jesús: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: «Vemos», su pecado permanece” (9, 41).

 

Retorna con potencia el prólogo: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (1, 5).

Por eso Jesús se define como luz: “Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8, 12)

 

Cuando se nos abre la visión, cuando logramos ver la Presencia de Dios en todo, ¿qué nos puede faltar?

 

Lo sorprendente, asombroso y cuestionador para nosotros es que la luz se esconde también en el dolor, los problemas, las dificultades.

Descubrir la luz en un día radiante de sol es fácil, descubrirla en la noche es el desafío.

 

Jesús invita a los discípulos a darse cuenta que, en la ceguera del ciego de nacimiento, se esconde una luz, se oculta una revelación divina. La curación del ciego es el signo exterior de una verdad interior más real y más profunda.

 

Maestro Eckhart llega a decir algo desconcertante para nuestra mentalidad tan lineal, lógica y racional: “En toda obra, incluso en la mala, el mal digo, de culpa y de pena, la gloria de Dios se manifiesta e ilumina igualmente.

Obviamente Eckhart no está haciendo una apología del pecado, sino subrayando la infinidad de Dios y su omnipresencia. Es lo que la mística hebrea dirá en estos términos: “Ein Od Milvadó” – no hay nada afuera de Él –, citando Deuteronomio 4, 35.

 

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras reconocer la luz que se oculta en las tinieblas?

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras ver la revelación de Dios en tu dolor, tu angustia, tus dificultades?

 

En el fondo Juan nos quiere decir algo maravilloso y extraordinario: la oscuridad solo puede ser una luz que aún no hemos aprendido a percibir.

 

Quiero terminar con otro bellísimo y extraordinario texto de Eckhart:

 

Algunos imaginan que no hay luz en sus vidas, salvo una larga oscuridad. Digo que la luz nunca está ausente, siempre intenta fluir en el interior del alma, pero la bloqueamos en nuestra confusión y no vemos cómo brilla y arde en nosotros. Así que si quieres conocer la luz, primero debes enfrentarte a la oscuridad que hay en ti. Sólo entonces, esta luz desbordará tu alma y bailará con el resplandor de tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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