Seguimos analizando y dejándonos cuestionar, por las parábolas del capítulo 13 de Mateo.
Hoy tenemos tres parábolas muy cortas, pero sumamente interesantes: el tesoro escondido, la perla fina y la red en el mar. Para no extenderme, me ocuparé de las primeras dos.
Las parábolas del tesoro y la perla son mellizas: nos transmiten el mismo mensaje con metáforas distintas y un matiz importante que las distingue.
Si, como vimos el domingo pasado, el “Reino de los Cielos” puede ser interpretado como una metáfora de un “estado de consciencia”, podemos comprender “tesoro” y “perla” como esta consciencia plena que vale más que cualquier otra cosa.
Esta “consciencia plena” es un estado de lucidez, de comprensión, de visión: salimos de la visión estrecha, reductiva e interesada del ego y nos abrimos a una visión más profunda de lo real. En esta “consciencia plena” se centran todos los caminos contemplativos y místicos de la humanidad.
¿Como llegar a esta consciencia y esta sublime visión?
Las parábolas nos regalan pistas… no hay recetas. Cada cual debe recorrer su camino.
Como recuerda Raimon Panikkar: “La mística no tiene criterio extrínseco de verdad más allá de la propia experiencia.”
Esta consciencia plena no es un logro, es un regalo. Se encuentra. Es el mensaje de la parábola del tesoro: el hombre no está buscando, simplemente encuentra. En este caso “no se llega” al Reino y la consciencia plena no es una meta: se descubre que ya estamos en él o en ella.
Picasso hizo la misma experiencia: “Yo no busco, encuentro.”
Por otro lado, la parábola de la perla nos recuerda la necesidad de la búsqueda: el negociante de perlas, es un buscador. Busca la perla y, por eso, la encuentra.
¿Qué hacer entonces?
¿Buscar o no buscar?
Como siempre la visión mística nos viene en ayuda.
No es necesario elegir, solo debemos escucharnos.
Los caminos son complementarios.
Por un lado, el Reino es pura gratuidad: aparece, se encuentra, se te regala.
Por otro, es fruto del esfuerzo y la búsqueda.
Esta dinámica se puede vivir diacrónicamente o simultáneamente: el Espíritu nos conduce.
A veces estamos llamados a buscar, otras encontramos sin buscar.
A veces buscamos y no encontramos. Otras encontramos sin buscar.
A veces vivimos las dos dimensiones a través de procesos, otras se nos regalan al mismo tiempo.
Es el misterio del camino único y original de cada cual. Es el misterio de la libertad y de la vocación exquisitamente personal.
Hay una constante: cuando hemos encontrado, cuando hemos tocado con mano este Misterio del Reino y de la consciencia plena, no hay vuelta atrás. Aparece una profunda y serena alegría, la misma alegría de los protagonistas de nuestras parábolas.
La visión queda, la experiencia marca un antes y un después, aunque, obviamente, queda la vulnerabilidad y la necesidad de crecimiento… pero todo ya desde otra perspectiva.
Por eso es tan esencial este camino y la mística insiste mucho en esto.
Detengamos un momento sobre un matiz importante: el hombre que encuentra el tesoro – al contrario del negociante de perlas –, “lo vuelve a esconder”.
La experiencia del Reino – la visión mística – necesita cierta reserva e intimidad.
Jesús lo expresó con una advertencia radical sobre el peligro de banalizar lo sagrado: “No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos” (Mt 7, 6).
No todo se debe y se puede compartir. Hay un cierto “pudor” también en la vida espiritual. Es muy interesante que el filósofo Byung Chul Han, desde otro lugar, subraye lo mismo.
En su libro “La sociedad de la transparencia” critica con lucidez esta total y superficial transparencia de la sociedad, donde todo se muestra y se publicita, especialmente en un exhibicionismo digital.
Dice, por ejemplo: “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual” y también: “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber... donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza... la transparencia deshace la confianza”.
El filósofo subraya que no es posible ni saludable, mantener una total transparencia; también las relaciones humanas más profundas necesitan algo de opacidad, de reserva. Hay ámbitos donde hay que mantener “el secreto”, hay “lugares” íntimos en la persona que no pueden ser revelados. Y hay un “lugar” que solo le pertenece a Dios.
Debemos aprender a elegir con quien compartir, qué compartir, cuando compartir. Hay un nivel de transparencia y profundidad que debemos honrar.
La cuenta bancaria no la compartimos con todo el mundo, tal vez solo con la familia o amigos cercanos.
Así sucede con nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestros deseos más profundos, nuestras desilusiones: la transparencia es acotada.
Lo mismo ocurre – y de una forma más radical – con la experiencia del “encuentro del tesoro”: hay que custodiar la experiencia. Es una experiencia que tiene características particulares y por eso necesita más cuidado aún. Se ancla en el silencio, no hay palabras adecuadas para comunicarla: debemos elegir con atención a las personas con las cuales intentar compartir.
Un tesoro se custodia con esmero, atención, pudor, respeto.
El
Misterio indecible necesita silencio y cuidado para poder “ser dicho”.
La visión y la consciencia plena son humildes y evitan, paradójicamente,
las luces y los aplausos.
Cuando encontramos el tesoro o la perla, podemos “vender todo”: su belleza es infinita y todo lo demás se relativiza. Todo se vuelve “valor” solo en relación al tesoro.
Terminemos con Rumi: “Sigue llamando a la puerta del gozo, hasta que la alegría interior abra una ventana y veas quién está allí”.




