“De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (22, 40): termina así nuestro texto de hoy.
Los dos mandamientos que, en el fondo, son uno: el amor.
Los debates entre fariseos y con los doctores de la ley eran pan cotidiano en la época de Jesús: era una forma de profundizar y aprender. El judaísmo tenía y tiene muchos preceptos y, por eso, la pregunta del doctor tiene sentido: “¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (22, 36).
La respuesta de Jesús es extraordinaria y de una sabiduría excepcional: no anula todos los preceptos, sino que pone orden. El orden del amor. El amor es la Ley suprema: las demás leyes dependen de esta Ley y se sostienen en esta Ley.
La Ley del amor es, entonces, la ley principal que está en los cimientos de todas las demás leyes y preceptos.
Amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente, y al prójimo como a uno mismo no son dos amores distintos, sino un solo movimiento: no se puede amar a Dios, a quien no vemos, sin amar al hermano que tenemos delante (1 Jn 4, 20).
Dejémonos cuestionar:
¿Por qué nos cuesta tanto vivirlo así?
¿Qué se entiende por “amor” y por “amar”?
Como siempre, voy abriendo unas pistas de reflexión que puedan servirles en su camino.
¿Por qué nos cuesta vivir en el amor?
Les comparto tres pistas de reflexión:
1. La vulnerabilidad. Abrirse al amor es volverse vulnerable: no existe un amor que no sea vulnerable y, el ser humano le tiene pavor a la vulnerabilidad. Cuando nos disponemos a amar, nos estamos abriendo al otro y este abrirse nos hace vulnerables. Abrirse es sentir: sentimos el dolor, los miedos, lo efímero de la existencia.
2. Las heridas. Nuestras heridas no reconocidas nos condicionan. Nos cuesta abrirnos al amor, porque tememos volver a sufrir. Por eso es esencial el trabajo de reconocimiento y sanación de las heridas. Y Jesús dice “como a ti mismo”: quien no reconoce ni cuida sus propias heridas difícilmente podrá amar al prójimo sin proyectarlas sobre él.
3. El egoísmo. Amar es salir de la autorreferencialidad: no soy el centro del universo. Existen los demás y los demás son distintos, con otros criterios y otra forma de vivir. Preferimos comodidad y seguridad. Nos cuesta desplazar el “yo” y el “mío”.
¿Qué se entiende por “amor” y por “amar”?
Hay muchos malentendidos y reduccionismo alrededor del concepto del amor. Nuestra sociedad redujo el amor a los sentimientos, al placer y al bienestar.
Esta visión genera mucho sufrimiento y nos bloquea en nuestra capacidad de amar.
Debemos respetar el Misterio del amor y adentrarnos con humildad. Para el amor vale lo mismo que para Dios: si parece que hemos entendido, en realidad, no hemos entendido.
Escribe San Agustín en el sermón 117: “Si lo has comprendido, no es Dios; si pudiste comprenderlo, has comprendido otra cosa en lugar de Dios. Y si te pareció que podías comprenderlo, te engañaste con tu propio pensamiento”.
Podemos intentar entrar en este asombroso misterio desde dos claves que, obviamente, están profundamente en conexión:
1. La clave cosmológica
El amor es la raíz de todo lo que es. Muchas tradiciones espirituales insisten en eso. El amor no es “una cosa” entre “otras cosas”. El amor es la matriz de todo lo que existe: desde las piedras, hasta los universos. Los cristianos lo tenemos expresado en la Escritura de muchas maneras.
Escribe Pablo a los colosenses (1, 15-16): “Él es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él.”
Y la primera carta de Juan afirma: “amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4, 7-8).
El camino contemplativo es una de las principales herramientas para poder experimentar de primera mano esta clave cosmológica del amor.
Es también mi pequeña experiencia personal: cuando me detengo en silencio y quietud – desplazando mi “yo” – tengo la percepción evidente de que, por ejemplo, la esencia vital del ciruelo que tengo en frente, es el amor… y lo mismo puede ocurrir con todo.
2. La clave psicológica/espiritual
Desde la clave cosmológica comprendemos una de las leyes del amor: dar y recibir, expansión y contracción. El amor que genera vida, vive de este dinamismo. Los cristianos lo tenemos plasmado en la Pascua: muerte y resurrección. Para dar tengo que recibir y lo que recibo tengo que darlo. Si salimos de este dinamismo, la vida se estanca y el amor se disuelve.
Por otro lado, la dinámica del amor consiste en “crear espacio”. También esto lo aprendemos de manera extraordinaria de la creación. Desde la visión de la mística hebrea, Dios mismo tuvo que contraerse para crear un espacio, un vacío adonde pudiera crear “algo” que no fuera estrictamente Él.
Amar, entonces, es habitar el vacío y abrir espacio para la alteridad. El vacío no es la nada: es pura apertura y posibilidad.
Por último, el amor va de la mano del conocimiento: no se ama lo que no se conoce y no se conoce lo que no se ama. Habitar este misterio no excluye el pensamiento; lo purifica. El propio mandato evangélico nos invita a amar “con toda la mente”: una inteligencia despierta que discierne, busca lo verdadero y no pretende poseer ni agotar el misterio, sino contemplarlo, custodiar la libertad y cuidar lo que ama.
Y todo esto se juega en lo concreto:
¿A quién tengo hoy delante, y qué espacio le estoy dejando?




