sábado, 11 de julio de 2026

Mateo 13, 1-23


      

En el capítulo 13 el evangelista Mateo reúne toda una serie de parábolas, empezando por la conocida parábola del sembrador. Es la parábola que abre el capítulo y es el texto que la liturgia nos propone hoy para nuestra reflexión y oración.

 

El teólogo y mártir protestante, Dietrich Bonhoeffer, nos ofrece unas palabras muy lúcidas que concentran el mensaje de nuestro texto:

 

No debemos buscar en la Escritura solo lo que nos gusta o lo que nos ayuda hoy. Debemos permitir que la Palabra nos hable en su totalidad, incluso cuando no la entendemos de inmediato. La Palabra necesita tiempo para echar raíces en nosotros, y ese tiempo se lo damos mediante la meditación diaria y constante.

 

El paralelo comparativo que el evangelio hace entre la Palabra y la escucha por un lado y la semilla y los frutos por el otro es muy claro, fuerte y tajante.

La Palabra – y la misma enseñanza de Jesús – no puede dar fruto en nosotros si no hay una actitud profunda de escucha, paciencia, perseverancia.

Como la semilla necesita tiempo en la oscuridad de la tierra para germinar, crecer y dar fruto, así la Palabra necesita tiempo para echar raíz en el corazón humano y ser fecunda.

 

En este mundo obsesionado por la rapidez, la eficiencia y la productividad, esta parábola es revolucionaria.

En el camino espiritual no hay atajos. Obviamente el Espíritu actúa con soberana libertad y puede iluminar a cualquiera, en el momento que sea. Pero, generalmente, el Espíritu interactúa con nuestra consciencia y con los tiempos y los procesos psicológicos.

Nuestra tarea entonces es imprescindible, inevitable y urgente.

Debemos dar todos los pasos necesarios, por lo que depende de nosotros, con el fin de que la semilla de la Palabra, pueda encontrar el terreno fértil de la apertura, de la escucha, de la disponibilidad.

 

Debemos ser concretos: encontrar todos los días de nuestra vida un momento de silencio, de escucha, de quietud interior.

Debemos ser concretos, sino huiremos: fijar lugar y horario. Y ser fieles.

 

El texto de hoy también nos presenta un mensaje bastante duro y de difícil comprensión. Son los versos 12-15: “Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure»”.

 

Por un lado, estas palabras nos revelan la dinámica interna y aparentemente paradójica del amor: cuanto más doy más tengo, cuanto más retengo, menos tengo. El amor es la única realidad que se multiplica cuando se entrega. Lo sabemos, porque lo hemos experimentado. Pero nos cuesta vivirlo, porque el ego siempre está defendiéndose y nos hace creer que si entregamos quedamos con las manos vacías… ¡y el ego le tiene terror al vacío!

Toda la enseñanza de Jesús va en esta línea: “entréguense y confíen. Cuanto más amor entregan, más amor experimentarán y tendrán”.

Lucas lo dice así: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (6, 38).

 

Es la ley de la vida: lo que se retiene, se pudre. Lo que se entrega, florece. Y nosotros florecemos junto con lo que entregamos.

Recordemos estas otras palabras del maestro: No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).

 

En segundo lugar, Jesús insiste, como en muchos otros lugares, en el tema de la ceguera y la dureza del corazón y cita a Isaías, el cual parece decirnos, que detrás de la dureza del corazón hay un proyecto de Dios.

La Biblia misma nos dice, en un pasaje esencial de la historia de Israel: “el Señor endureció el corazón del Faraón, y él no dejó partir a los israelitas” (Ex 10, 20).

Es un tema que abrió debates teológicos muy profundos:

¿Es Dios mismo que, en su diseño de amor, “endurece” el corazón o permite la “ceguera”?

 

Podemos descubrir dos pistas complementarias.

En primer lugar, la Biblia y Jesús mismo, sugieren que detrás de nuestra estupidez y ceguera, se oculta misteriosamente y en cualquier caso, la sabiduría divina.

Lo que la Biblia llama “Dios endurece” es una forma hebraica de reconocer que Dios permite la libertad humana hasta sus últimas consecuencias. En este caso entonces, Dios no es el autor de la dureza, sino el testigo de cómo el corazón humano, al rechazar la luz, termina volviéndose impermeable a ella.

 

En segundo lugar, “dureza y ceguera” pueden revelar una estrategia pedagógica del Espíritu.

Las dos pistas, aunque parezcan contradictorias a la mente analítica, son complementarias desde una visión espiritual más profunda.

 

Resumiendo.

La “dureza del corazón” puede ser causada por nuestra estupidez (nuestro ego narcisista), o puede ser permitida o hasta provocada por Dios mismo, con fines correctivos y pedagógicos.

Dejemos la puerta y las preguntas abiertas: no podemos “resolver” el Misterio, sino que estamos llamados a vivirlo. Lo fundamental es reconocer, en cualquier caso, “la mano amorosa de Dios”.

En el proceso de aprendizaje y de crecimiento – que hemos visto a través de la semilla en la oscuridad de la tierra – necesitamos pasar por la experiencia de la ceguera y de la dureza del corazón. Esto nos hace tocar nuestra humanidad y fragilidad.

 

Muchas veces en mi vida he experimentado mi estupidez, mi ceguera y mi dureza de corazón: esta experiencia, a veces muy dura, me ayudó a conectar con mi humanidad y mi vulnerabilidad y me hizo más humilde.

 

Adelante, entonces.

Abrámonos con confianza y alegría a la acción del Espíritu y no tengamos miedo de entregar y de entregarnos.

Abrámonos con confianza al Espíritu y pidamos que nos haga conscientes de nuestra ceguera y dureza de corazón… ¡y después nos haga más humildes y nos abra a la visión!

sábado, 4 de julio de 2026

Mateo 11, 25-30


 

El bellísimo texto de hoy nos presenta dos dimensiones del camino espiritual: la gratitud y la “carga liviana”.

 

Te alabo, Padre”: es la gratitud de Jesús que se vuelve alabanza. La alabanza es como una “gratitud desbordante”. Cuando el corazón estalla en gratitud surge la alabanza, el canto, la música. También nace el silencio: un silencio contemplativo.

A menudo yo mismo me encuentro tan extasiado y agradecido que no tengo palabras y, simplemente, mi gratitud se convierte en silencio adorante.

 

La gratitud es una de las dimensiones más bellas y transformadoras de la vida.

Rumi, en su sabiduría, nos llega a decir: “Agradece a todo lo que venga, porque cada cosa ha sido enviada como un guía del más allá” y también “Si estás agradecido por la constricción del corazón, te será dada la expansión. La gratitud en la adversidad es un fuego que purifica el alma”.

 

Maestro Eckhart nos dice: “El hombre verdaderamente desapegado agradece a Dios tanto en las tinieblas como en la luz, en el dolor como en el gozo, porque no ama los dones de Dios, sino al Dios de los dones”.

 

La mente suele quejarse. La mente siempre encuentra algún motivo para la queja, la desconformidad, el lamento. Esto ocurre porque la mente reduce la realidad a lo útil y a lo necesario para la supervivencia y para reforzar el sentido de identidad del ego.
Por eso es fundamental ejercitar otra visión. Debemos aprender a ver “desde otro lugar”.

 

El ejercicio espiritual que nos proponen Rumi y Eckhart es, entonces, esencial: cuando vemos que surge la queja, detengámonos e intentemos agradecer igual. El agradecimiento nos abrirá a otra visión y la visión profunda y pausada, nos abrirá al agradecimiento: visión y gratitud se retroalimentan.

Cuando agradecemos en el medio de dificultades, del dolor o los problemas, nos estamos abriendo a una confianza mayor y a una percepción más amplia de lo real.

Agradecer, ensancha nuestra consciencia y nos hace crecer en la comprensión que todo es un don, que en el fondo de cada experiencia siempre hay luz, que todo tiene un sentido en el diseño cósmico del amor de Dios: la mente no lo puede ver, el corazón lo puede sentir, tu alma puede confiar. Entonces se agradece: por todo, siempre.

El profeta Tobías también nos lo recuerda: “En cualquier circunstancia bendice al Señor, tu Dios” (4, 19).

 

Este agradecimiento nos abrirá al corazón de Jesús y al conocimiento del Padre: “hijos en el Hijo”, participaremos de su consciencia agradecida y de su misma alabanza.

 

Jesús es muy realista: también experimenta y sabe que la vida, a veces, es dura, pesada. En ocasiones la vida se vuelve una carga y nos cuesta seguir o avanzar. Aparece entonces la segunda dimensión.

Es muy revelador que Mateo reúna en pocos versos dos enseñanzas de Jesús y dos aspectos de la vida espiritual que parecen contradictorios: por un lado, la alabanza y la gratitud y por el otro la pesadez de la vida.

 

Jesús no niega que la vida pueda ser “un yugo” que nos cansa y nos agobia, pero nos regala una clave. La “carga pesada” encuentra alivio a través de la paciencia y la humildad.

 

El “yugo suave” nos revela otra vez la estructura paradójica de la realidad: el “yugo” por su naturaleza tiene que ser pesado, para cumplir con su función. Un “yugo suave” es contradictorio. Así como paradójico y aparentemente contradictorio es que “el grano de trigo tiene que morir para dar vida” o que “hay que perder la vida, para encontrarla”.

 

¿Qué nos quiere entonces decir Jesús con esta imagen del “yugo suave”?

 

Si conectamos esta metáfora con la paciencia y la humildad podemos ver que el “yugo suave” es, en el fondo, la vivencia del amor.

Cuando vivimos en el amor, las cargas se vuelven livianas: el esfuerzo, a veces necesario, ya no se percibe como esfuerzo, el normal cansancio no nos agobia, el estrés lo manejamos con paz y sabiduría, las dificultades las vivimos con serenidad.

 

La experiencia de la aflicción y del agobio, con frecuencia, es necesaria para dar un salto en nuestro camino.

Cuando todo “parece ir bien” y la vida corre feliz y serena sobre rieles, caemos con facilidad en el “delirio de omnipotencia” o en la creencia de nuestra autosuficiencia e invulnerabilidad…

 La aflicción y el agobio, en cambio, nos devuelven a la consciencia de nuestra humanidad frágil, de nuestra dependencia y de la necesidad de Dios… por eso Jesús nos espera ahí. Nos espera cuando la aflicción y el agobio nos visitan. Nos espera cuando “tocamos fondo”.

 

“Tocar fondo” es la experiencia central humana de nuestra fragilidad y dependencia. Es la experiencia que nos hace palpar sensiblemente que la vida es un don, que “todo es gracia”, como afirmaba continuamente Santa Teresa de Lisieux.

 

Empecemos entonces. Empecemos hoy, ahora.

¡No perdamos ningún momento ni ninguna ocasión para agradecer!

Como bien expresa esa bellísima síntesis moderna que la tradición atribuye al Maestro Eckhart, condensando de forma insuperable su teología del desapego y la gratuidad: “Si la única oración que dijeras en toda tu vida fuera “gracias”, bastaría».”

 

 

 

sábado, 27 de junio de 2026

Mateo 10, 37-42


  

Se nos presenta hoy un texto fascinante y radical, un texto de difícil interpretación, sobre todo si nos quedamos en la superficie y lo literal.

 

Particularmente duras e incomprensibles, son estas palabras: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

 

A lo largo de la historia y de la espiritualidad cristiana, con frecuencia, este verso fue interpretado de forma literal y aplicado especialmente a las personas consagradas y los sacerdotes. Se interpretó como una exigencia radical del seguimiento de Jesús: una exigencia que exigía subordinar el amor a la familia.

 

Más allá de la heroicidad de muchos que vivieron con radicalidad estas palabras, creo que el sentido más profundo sugiere otro camino.

 

Recordemos que Jesús es un judío observante y tiene bien presente el mandamiento del amor a los padres y el evangelio lo atestigua como, por ejemplo, en Mateo 15, 4-6.

 

Lo que Jesús está sugiriendo no es una jerarquía en al amor: todos estamos participando del Amor Uno y de la Vida Una y, simple y maravillosamente, el Amor se manifiesta y se vive en modalidades distintas. La cualidad y la modalidad cambian, no la cantidad o la calidad: cambia la forma, no la fuente.

Entrar a comparar en el amor es infantil y destructivo: el “más” o “menos”.

Imaginemos el amor de una madre: ¿amará más a un hijo que a otro? ¿Amará más a su hijo y menos a su pareja o a su misma madre?

 

Hay que desterrar el “más” o “menos” en el amor: cambia la modalidad, la manifestación, la forma… no la cantidad. El amor es amor. El amar es amar y se manifiesta y se vive de infinitas formas.

 

Sin duda el amor y el amar, exigen entrega y desapego. Podemos entender este verso y todo este texto a través de la metáfora de la “espada” que el mismo Jesús utiliza y, no acaso, justo en los versos anteriores a nuestro texto: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra” (10, 34-35).

 

Aprender a amar necesita de la espada, de la separación. La palabra griega que se traduce con “espada” en su significado originario integra también el significado de “cuchillo”: queda evidente, entonces, el sentido del “corte”. Podemos reconocer aquí, en términos junguianos, el proceso de individuación: un proceso de madurez que requiere varios cortes.

 

La separación de los propios padres es necesaria para emprender el camino propio, único y original. Sin desprendimiento no hay crecimiento. Cada cual tiene su vocación y su luz única para aportar al mundo. Este proceso de comprensión de la propia vocación, exige el corte de la separación. Jesús mismo exige este corte: muchas veces impide que la gente le siga e invita a cada cual a emprender su camino. 

 

En este sentido es contundente el texto del endemoniado de Gerasa: “En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti».” (Mc 5, 18-20).

 

Estos versos de Marcos parecen contradecir nuestro verso de Mateo 10, 37: ¡Jesús impide al ex endemoniado que le siga a él y, justamente, lo envía a su familia!

Este proceso de la “espada” – el corte de la separación – no es un fin en sí mismo, sino parte del aprendizaje mismo del amor.

La espada no produce “más amor” sino amor más limpio, sin apropiación ni dependencia y, por ende, una comunión profunda y verdadera.

 

¿Cómo comprender el “más que a mí”?

 

El griego - πρ μ- señala la psicoanalista Marie Balmary, desde una visión psico-espiritual, permite la lectura “por encima del yo

El sentido sería este: quién ama a su familia por encima del corte necesario para volverse un individuo integro y autónomo, no será capaz de vivir la plenitud del amor, encarnada en Jesús.

Jesús ya no está compitiendo egocéntricamente con los padres del discípulo por ver a quién quieren más. Lo que está diciendo es que el amor maduro, necesita un desapego radical.

 

Entendemos así mucho mejor también los siguientes y muy conocidos versos: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (10, 39).

Aquel que vive aferrado a su propio “yo” y quiere evitar el corte – la espada/cuchillo – se perderá el verdadero sentido de la vida y del vivir. Mientras que aquel que tendrá el valor del corte, el valor de dejarse aferrar por el amor y de ser fiel a su llamado, encontrará el sentido y la plenitud.

 

Es la vivencia del amor que en nuestra condición humana experimentamos como paradójica: solo el corte de la separación permite un “yo” autónomo capaz de encarnar su vocación única y la vivencia del amor nos llevará a trascender este mismo e ilusorio “yo” para dejar espacio al Único autentico “Yo”: lo Absoluto. Entonces no seré yo que vivo, sino Cristo que me vive (Gal 2, 20).

 

Podemos entonces hablar de “pureza” del amor, de la intención en el amor y en el amar: a esto Jesús nos invita y en este proceso el Espíritu nos acompaña.

Importa la pureza del amor y la transparencia, no la supuesta cantidad: “un vaso de agua fresca al sediento” (10, 42) desde esta pureza, es revelación de lo divino.

Plenitud es pureza.

Así lo entendieron los místicos.

 

San Juan de la Cruz afirma:

Más vale un poquito de este puro amor, y más precioso es a Dios y al alma, aunque no parezca que se hace nada, que todas las otras obras juntas”.

 

Por su lado Teresa de Ávila, nos dice:

El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen.

sábado, 20 de junio de 2026

Mateo 10, 26-33


 

El texto de hoy es un himno a la confianza, un canto a la “emuná”.

 

La “emuná” – palabra hebrea – expresa la auténtica y radical confianza bíblica. Es la fe de Jesús: “fe” no como asentimiento racional a doctrinas, sino como confianza absoluta en el fondo de lo real, fondo sostenido por una Presencia amorosa.

 

Emuná significa: me entrego a la vida con total confianza. Me lanzo al vacío, porque sé que el Amor me sostiene. Suelto el miedo y vivo en el amor, porque confío.

Emuná significa: confío que en el medio de la noche hay una luz invencible y que adentro del invierno late la fuerza de la primavera y su belleza. Confío que la muerte es un simple y necesario desplegarse de la Vida sin fin.

 

Jesús nos explica la emuná de un forma plástica, concreta y poética a través de las imágenes de los pájaros y los cabellos.

 

El Padre se ocupa de cada pájaro: ningún pajarito se muere sin el Padre.

El Padre conoce cada cabello de nuestras cabezas: ¿por qué preocuparnos?

 

¿Cómo no confiar?

 

Fijémonos en una sutileza decisiva del texto original griego.

 

En nuestra traducción (“el libro del pueblo de Dios”) de Mateo 10, 29 se dice así: “¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.

 

El texto dice: “sin el consentimiento del Padre”. Esta es ya una interpretación – sin duda lícita – de los traductores.

El texto griego dice más escuetamente: “sin el Padre”.

 

Cuando se traduce “sin el consentimiento del Padre” podemos interpretar que el Padre “desea” la muerte del pájaro: su voluntad es que el pájaro se muera. Sin duda una voluntad amorosa, pero una voluntad que consiente la muerte del pájaro.

 

Cuando se traduce “sin el Padre”, desligamos el morir del querer del Padre. El Padre no desearía la muerte del pájaro, pero está ahí. En el morir del pájaro, el Padre está.

 

Esta sutileza es muy importante, porque transforma nuestra visión: Dios siempre es un Dios de la vida y para la vida.

 

Afirma San Pablo: “él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4).

Afirma San Pedro: “no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3, 9).

 

Ya en la primera alianza se revelaba esta Dios amante de la vida: “yo no deseo la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva” (Ez 33, 11).

 

El evangelista Juan lo afirma de una forma contundente: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16).

En Mateo 22, 32, Jesús es extremadamente transparente: “Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído la palabra de Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? ¡Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes!”.

 

Jesús parecería decirnos que lo que experimentamos como muerte es parte de los límites de nuestra condición biológica, un paso doloroso pero inevitable que Dios mismo no diseñó como fin último, y que, de todas maneras, en la experiencia del morir, Dios nos acompaña. Nadie muere “sin el Padre”.

Tal vez podemos atrevernos a usar esta metáfora: Dios mismo “muere” con quién muere. Es un amor al cual no puede ni asomarse la mejor versión de nuestra imaginación o nuestros sueños: nuestra imaginación no puede llegar a pensar un amor tan grande. Por eso nos callamos, por eso el silencio extático.

 

San Pablo exclama con júbilo: “Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios” (Ef 3, 17-19)

 

De esta visión y esta experiencia, surge la emuná.

Cuando experimentamos el dolor, la separación, la muerte, el mal, podemos confiar que Dios está ahí. Dios está viviendo contigo, desde dentro, tu experiencia.

 

Es una de las vivencias centrales de la mística: la Ausencia es otra forma de la Presencia. Así como la muerte es una manifestación más de la Vida.

 

Obviamente, bien lo sabemos y lo vivimos, la otra cara de la confianza es el miedo. Comprender sus mecanismos y trascenderlo es, entonces, vital.

Todas las tradiciones espirituales han enfrentado el tema del miedo.

 

Un ejemplo extraordinario nos viene del filósofo hindú, Jiddu Krishnamurti (1895-1986) que dedicó su vida a la comprensión de la mente humana y del miedo. Sus indicaciones son valiosas.

Krishnamurti nos regala esencialmente dos pistas para comprender el miedo y trascenderlo.

 

La primera nos dice que el miedo surge del tiempo y del pensamiento. Escribe: “El pensamiento es tiempo. El pensamiento nace de la experiencia y del conocimiento... Cuando el pensamiento proyecta en el futuro lo que ha conocido en el pasado, crea el miedo. El pensamiento es la raíz del miedo.”

 

La segunda sugiere que el miedo es lo contrario del amor. Afirma: “Solo cuando el corazón es libre del miedo hay amor, no antes... Donde hay amor no hay miedo, y donde hay miedo no puede haber amor.

Es sorprendente la perfecta sintonía con la primera carta de Juan: “En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor” (1 Jn 4, 18).

 

Tenemos así dos pistas claves para trascender el miedo y vivir en la emuná: observar la mente para no quedar atrapados en los pensamientos y vivir en el amor.

La práctica contemplativa es, entonces, esencial: observar sin juzgar a un pájaro o volver al cuerpo, por ejemplo, nos instalan en el presente, donde habita la emuná.

Cuando surge el miedo, entreguémonos al amor: aparecerá, como don del cielo, la emuná.

 


 

sábado, 13 de junio de 2026

Mateo 9, 35 – 10, 8


  


En el texto de hoy, Mateo recoge múltiples dimensiones: la actividad misionera de Jesús, su compasión, la importancia de la cosecha y de la gratuidad, el llamado de los apóstoles.

 

Nos centraremos en la cosecha y la gratuidad, intentando descubrir el hilo que las une.

 

Los versos 37 y 38 del capítulo 9, son sorprendentes, hasta revolucionarios: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

 

Nos esperaríamos que Jesús invitara a la siembra, no a la cosecha. La parábola del sembrador viene después, en el capítulo 13. Parecería que Mateo invirtiera la lógica: antes la cosecha, después la siembra.

 

Jesús pide trabajadores para ir a cosechar: ¿Qué quiere decirnos?

 

Simple: qué alguien ya sembró, que los frutos ya están maduros.

Jesús nos está invitando a reconocer la abundancia de vida y de presencia, que llenan el mundo. El Espíritu necesita gente despierta que sepa reconocer esta abundancia de vida. El discípulo de Jesús es, entonces, aquel con la mirada atenta, con una capacidad enorme de asombro, con un corazón abierto y disponible.

Estamos llamados a “cosechar vida”, a reconocer la presencia de Dios, a descubrir el actuar del Espíritu.

Todo esto nos conecta con el último verso de nuestro texto: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (10, 8).

 

“Cosechar”, en el fondo, es descubrir la gratuidad.

Es lo que Pablo les recuerda a los corintios: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4, 7).

Todo es un don, a partir, obviamente, del don de la vida.

 

Se nos regaló la vida, se nos regaló el ser.

Somos, sentimos, amamos: ¡todo es un milagro!

La gratuidad es nuestra raíz y la raíz de todo lo que es.

Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19): cosechar es saber ver y reconocer este “amor primero”, desbordante, eterno.

 

Este mensaje adquiere hoy una importancia fundamental: en una sociedad donde todo se puede comprar, vamos perdiendo el sentido de la gratuidad y de un amor que nos precedió, nos precede y siempre nos precederá.

 

Vivimos porque el Misterio de amor que llamamos “Dios” nos mantiene en el ser, nos regala el respiro, momento a momento.

Vivimos y podemos amar, porque otros que nos precedieron nos alimentaron, nos cuidaron, nos sostuvieron.

Vivimos porque se nos regala el sol, el agua, las plantas y los animales. Vivimos porque la creación es una red tan interconectada que la desaparición de las abejas, por ejemplo, pondría en riesgo el equilibrio de nuestra propia subsistencia.

No existe la autosuficiencia: es la gran ilusión y la gran perversión. Somos “pura y amada dependencia”.

 

Vivir desde la gratuidad supone una transformación integral que nos instala en un constante asombro y agradecimiento.

Cada día lo recibo como un regalo, cada encuentro es una fiesta, cada momento de contemplación nos renueva.

Vivir desde la gratuidad nos enseña a agradecer y apreciar el más mínimo detalle: así “cosechamos vida”.

Y así nos enamoramos de todo: del brotar de una yema, del sabor del chocolate, de la sonrisa del vecino, de una pieza musical, de un momento de descanso, del trinar de un pájaro, del saltar de una rana… ¡y hasta de nuestra estupidez!

 

Tendremos que sembrar también, claro está. San Pablo mismo nos lo recuerda: “cada uno cosecha lo que siembra” (Gal 6, 7).

Pero sin olvidar que la vida abundante ya está y pide ser reconocida y honrada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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