Celebramos hoy la fiesta del Corpus Domini, fiesta de la Eucaristía, y el texto evangélico nos habla del “pan de vida”: estamos el famoso capitulo seis de Juan, conocido como “el discurso sobre el pan de vida”.
El capítulo seis, empieza con el relato de la multiplicación de los panes y continua con los debates de Jesús con un grupo de judíos y con sus discípulos: a todos ellos les cuesta entender sus palabras sobre el pan de vida.
Sin duda el texto refleja las vivencias de las primeras comunidades cristianas que se reunían alrededor de la fracción del pan y Juan aprovecha para plasmar una catequesis contundente sobre la importancia y el sentido de la Eucaristía. Juan, lo recordamos, no relata la última cena de Jesús con sus palabras sobre el pan y el vino y, en su lugar, trae su sentido más profundo, a través del relato del lavatorio de los pies. En este capítulo seis, Juan anticipa el lavatorio de los pies dándonos la clave de lectura: la entrega que da vida, el amor que se hace servicio.
Para Juan el símbolo del pan va más allá de la misma Eucaristía: significa y representa la misma enseñanza de Jesús y su misma vida; él es el pan entregado que nutre al mundo.
Hay una continuidad y coherencia extraordinarias: las palabras de Jesús, sus gestos, toda su vida revelan la entrega radical del amor. Esta misma entrega queda plasmada en la Eucaristía.
Por eso no hay Eucaristía sin entrega. No podemos comprender la Eucaristía, sin el lavatorio de los pies y sin la cruz. No podemos celebrar la Eucaristía al margen de nuestro mismo deseo de entrega: no es un objeto que se posee, sino una dinámica en la que se entra.
Debemos recuperar el sentido radical de la Eucaristía que va mucho más allá del rito.
Muchos padres de la iglesia insisten en su fuerza simbólica y transformadora. Afirma Cirilo de Alejandría: “Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, a pesar de que cada uno de nosotros tenga una personalidad distinta... el Hijo ideó un medio maravilloso: a través de un solo cuerpo, el suyo, santifica a sus fieles en la comunión mística, haciéndolos un solo cuerpo con Él y entre ellos.”
El teólogo contemporáneo ortodoxo, Juan Zizioulas (1931-2023) fundamentó toda su reflexión en la Eucaristía como centro de la vida de la iglesia y fuente de comunión: “La Eucaristía es el único lugar donde la materia y el espíritu, la naturaleza y la historia, se reconcilian plenamente en Cristo, liberando al cosmos de su fragmentación trágica.”
Tal vez fue Teilhard de Chardin quien vislumbró más que nadie – por lo menos en la actualidad – la dimensión cósmica de la Eucaristía. En su libro “La Misa sobre el mundo” nos relata una experiencia mística: en el desierto no tiene ni pan ni vino y por eso no puede celebrar el rito. Entonces entiende la dimensión cósmica de la Eucaristía. Escribe:
“Puesto que una vez más, Señor, no ya en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo Real, y os ofreceré, yo, vuestro sacerdote, sobre el altar de la Tierra total, el trabajo y la pena del Mundo... Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación, movida por vuestra atracción, os presenta al nuevo amanecer. Este pan, nuestro esfuerzo, no es más, lo sé, que una inmensa disgregación. Este vino, nuestro dolor, no es todavía, ¡ay!, más que una bebida disolvente. Pero en el fondo de esta masa informe, Vos habéis puesto —estoy seguro, porque lo siento— un deseo irresistible y santificador que nos hace gritar a todos, desde el salvaje hasta el sabio: «¡Señor, haz que seamos uno!»”
Nos quedan así evidentes las cuatro dimensiones esenciales de la Eucaristía: la entrega, el cuerpo/la materia, la comunión, lo cósmico/universal.
Vivir la Eucaristía, entonces, no se reduce en participar de un rito los domingos, sino es un acto de profunda transformación.
Vivir la Eucaristía, es entrar en la misma dinámica de Jesús: entregar la vida, hacer de la vida una ofrenda, un don.
Vivir la Eucaristía, es recuperar el valor del cuerpo y de la materia y amar su belleza y santidad.
Vivir la Eucaristía, es abrirse a una verdadera comunión: es comprender que todos somos uno y estamos llamados a dar visibilidad a esta unidad.
Vivir la Eucaristía, es danzar con el cosmos y comprender que la raíz de todo es puro amor, belleza entregada: nos instala en el deseo ardiente del Espíritu que confluye e integra todo el cosmos en la Unidad, salvándolo de la disgregación. De este modo, la Eucaristía se revela como la respuesta definitiva al gemido y al deseo de toda la creación que Pablo narra en Romanos 8, 22.
Es urgente recuperar todas estas dimensiones de la Eucaristía: cumplir con el rito dominical es bastante fácil, pero vivir su sentido profundo y sus exigencias no tanto…






