Jesús se entera de la muerte de Juan Bautista y se retira en soledad y en oración: navega, solo, en la barca.
Juan Bautista fue, sin duda, un referente en la vida de Jesús y su trágica muerte le afectó. Jesús necesita vivir el duelo en soledad, en silencio y en oración.
Resulta evidente también, en este pasaje de su vida, su profunda humanidad y su sabiduría.
Podemos plantearnos cual es nuestra forma de vivir los duelos, los problemas, las dificultades: ¿escapamos? ¿nos escondemos en la diversión o la superficialidad? ¿intentamos negar lo ocurrido?
¿O, como Jesús, nos tomamos el tiempo necesario de silencio, soledad, oración?
La soledad de Jesús dura poco: la gente lo busca, lo necesita.
Jesús nos regala otra enseñanza bellísima y fundamental: sabe perder su deseo de soledad para vivir la compasión: “Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (14, 14).
A menudo no importa tanto la cantidad de tiempo que dedicamos al silencio, la contemplación y la soledad, sino la calidad. En ocasiones puntuales, también, alcanzan la intención y la atención.
La compasión es uno de los ejes del evangelio, de la vida de Jesús y de sus enseñanzas. Paralelamente también, la compasión es el eje de prácticamente todas las religiones y tradiciones espirituales de la humanidad.
Escribe el Dalai Lama: “El amor y la compasión son necesidades, no lujos. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir.”
Por su lado el hinduista Vivekananda dice: “El amor y la compasión son las verdaderas fuerzas que pueden transformar el mundo.”
Por último, el rabino Abraham Heschel nos muestra que la compasión de Dios no es debilidad o blandura, sino que va de la mano de la justicia y la exigencia de crecimiento: “Dios es compasión, no una concesión a medias; es justicia, pero no severidad sin misericordia.”
¿De dónde surge la compasión?
La compasión no nace del esfuerzo de la voluntad. Nace, más bien, de la visión y de la comprensión. La compasión es fruto de un esfuerzo consciente de atención y, por eso, en su raíz, la compasión brota de la contemplación.
Es interesante que nuestro texto subraya que la compasión de Jesús por la muchedumbre enferma y necesitada, nace desde su soledad y su silencio: “después” del silencio, surge la compasión.
Cuando estamos atentos y contemplamos, ¿qué vemos?
Vemos que “el otro soy yo”: es el descubrimiento sublime de la profunda unidad que somos y que nos habita. Vemos que venimos de lo Uno, somos expresión de lo Uno. Vemos que “somos lo mismo, pero diferentes”.
Es, otra vez, lo que nos dice la mística y la visión no-dual.
Cuando hacemos experiencia directa, personal, concreta de esta verdad, la compasión brota sola. Soy consciente de que el sufrimiento del otro es mi sufrimiento y que lo que hago o no hago “al otro”, lo hago o no lo hago a mí mismo.
Es la gran verdad que Mateo expresará al final de su evangelio en la parábola del “juicio universal”: Mateo 25, 31-46.
El extraordinario y revolucionario mensaje de esta parábola nos cuesta aceptarlo y vivirlo, – a pesar de su evidencia –.
Esta parábola puede ser el mejor comentario a nuestro texto también: el criterio que Jesús y Mateo ponen para la salvación – la vida plena – no es un criterio religioso, doctrinal, dogmático, cultural. Es un criterio ético. Se “salva” – realiza su vida en plenitud – quién vive la compasión. Una vida “realizada” es una vida que supo entregarse en el amor y reconocer la raíz única que nos habita.
Esta compasión, lo hemos visto en las palabras de Heschel, no es para nada “asistencialismo” o “paternalismo barato”: el amor y la verdadera compasión, son exigentes y liberan a la persona para que pueda caminar sola, en autonomía.
Por eso, cuando los discípulos se quejan y piden a Jesús que despida a la multitud, la compasión del maestro se convierte en una orden: “denles de comer ustedes mismos” (14, 16).
La verdadera compasión no genera personas dependientes, sino ayuda a crecer y a volverse autónomos.
Es una enseñanza muy fuerte y necesaria, especialmente en este tiempo donde en la iglesia y en muchos gobiernos o instituciones, quedan nichos de un paternalismo que genera dependencia, baja autoestima y pobreza.
Sin duda, la misma compasión – y es la otra cara de la medalla – se hace cargo de la impotencia del “otro/yo” y, cuando es necesario, responde desde la entrega más gratuita y generosa. Es lo que hace Jesús con la multiplicación de panes y peces.
Pero, esta es la clave, lo hace no desde la superioridad, sino desde la referencia al Padre, la gratitud y la bendición.
La compasión no puede ser nunca vivida desde arriba hacia abajo o desde una supuesta superioridad hacia lo inferior.
Es, justamente, al revés: la compasión se realiza desde una profunda horizontalidad.
Soy compasivo, no porque “soy más que tu” o “tengo más que tu”. Soy compasivo porque “soy como tú”, “soy tú”.
Soy compasivo porque soy reflejo y manifestación del Amado, el Compasivo.




