sábado, 7 de noviembre de 2026

Mateo 25, 1-13


   

El evangelio nos regala hoy, un texto fascinante: la parábola de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes.

 

Llama la atención un detalle: las diez se duermen, también las prudentes (25, 5). La diferencia no está en quién logra mantenerse despierta, sino en quién previó que la espera sería larga y se preparó para ella.

La vigilancia no consiste en no dormirse nunca, sino en llevar aceite de reserva para cuando llegue el cansancio. Y ese aceite, lo que sostiene la luz cuando la atención flaquea, es lo que las cinco prudentes tenían y las necias no llevaron.

 

La lámpara es la luz de la consciencia; el aceite, la reserva interior que la sostiene cuando la atención se apaga. Sin esa reserva caemos en el sueño de los automatismos, de la reacción, de lo superficial. Volver al silencio, a detenerse, a la contemplación es lo que va llenando esa reserva.

 

Quisiera hoy detenerme a reflexionar con ustedes sobre el eslabón que une lámpara y aceite: la prudencia. Las necias no llevaron aceite: no por maldad, sino por no haberse preguntado qué harían si la espera se alargaba. Es el olvido de quien nunca se hizo la pregunta.

 

¿En qué consiste, entonces, esta prudencia evangélica?

 

Hoy entendemos la prudencia casi exclusivamente como un actuar atento y hasta temeroso, como un “no te arriesgues mucho”, una timidez excesiva.

 

La prudencia evangélica asume un significado mucho más contundente, desde el cual podemos comprender mucho mejor la parábola.

 

La prudencia es una virtud y una actitud contemplativa y espiritual: consiste esencialmente en el discernimiento inteligente y sabio. Podemos definir la prudencia como “sabiduría práctica”.

San Gregorio Magno, por ejemplo, nos dice: “La prudencia del justo consiste en no precipitarse en las palabras ni en las obras, en sopesar las acciones a la luz de la eternidad y en no dejarse deslumbrar por los halagos del siglo presente ni intimidar por sus amenazas.”

 

Prudencia: “sopesar las acciones a la luz de la eternidad”.

 

¿Lo que hago tiene que ver con la eternidad?

¿Adónde están orientadas mis acciones?

 

Maestro Eckhart por su lado afirma: “El hombre verdaderamente prudente no es el que calcula el mañana con su propia razón, sino el que ha dejado atrás el tiempo y mora en el presente eterno. Esa alma actúa sin porqué, porque su prudencia es la misma sabiduría divina que la habita.”

 

Eckhart une la prudencia a la sabiduría divina que nos habita.

 

¿Desde dónde actúo?

¿Solo desde mi mente o desde la sabiduría y la luz que me habitan?

 

Esta visión de la prudencia me parece sumamente necesaria en nuestro mundo y en nuestras sociedades. Es un mundo donde la superficialidad y la estupidez abundan por doquier: se opina de todo y sobre todo sin saber, se emiten juicios sin fundamentos, se desperdicia el tiempo en banalidades, se compran cosas que nunca usaremos.

 

Las vírgenes prudentes nos invitan a entrar en un camino de sabiduría y de discernimiento.

¿La lámpara de mi corazón tiene aceite?

¿Reflexiono antes de actuar o simplemente reacciono?

 

La prudencia tiene que ver, también, con el ejercicio del pensar, porque la sabiduría del corazón que nos habita, necesita también del pensamiento para expresarse, tomar forma y comprender el mundo.

 

Aprender a pensar es también fundamental para discernir y actuar. Si no pensamos, otros pensarán por nosotros y decidirán en nuestro lugar.

 

¿Cómo se aprende a pensar?

Leyendo, estudiando, cuestionándose y cuestionando; y habitando la duda sin miedo.

 

El aceite en las lámparas es también nuestra capacidad de pensar y reflexionar con profundidad sobre el misterio de la vida y reconocer que la mente es una herramienta increíble, pero herida y limitada. La mente que acepta y reconoce su límite se abre a una sabiduría más grande.

 

Y aquí la parábola se vuelve dura. Las prudentes no comparten el aceite, y la puerta se cierra. ¿Egoísmo? No: hay cosas que nadie puede hacer por otro. Nadie puede pensar, discernir ni abrirse a la sabiduría en lugar de otro. Se puede acompañar, no suplir. La puerta cerrada dice una verdad: el encuentro con el Esposo es personal e intransferible.

 

Todo este camino de prudencia y sabiduría nos ayudará a estar atentos, despiertos, vigilantes.

 

Vigilar no es no dormir nunca, sino una orientación del corazón que permanece incluso cuando dormimos. El Cantar de los Cantares lo dice con una imagen hermosa: “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (5, 2).

Mateo cierra con una sola invitación: “Vigilen, porque no saben el día ni la hora” (25, 13).

Quien vigila está en la luz y ya vive en lo eterno.

 

Otras tradiciones lo dicen también. El Dhammapada, uno de los textos fundamentales del budismo, recopilación de sentencias atribuidas al Buda, afirma:

“La vigilancia es el sendero de la inmortalidad; la negligencia es el sendero de la muerte. Los vigilantes no mueren; los negligentes son como si ya estuvieran muertos.”

 

La sabiduría práctica de la prudencia nos regalará la prontitud y la alegría para abrir todos los días la puerta del corazón al Cristo viviente, el Esposo, que sale a nuestro encuentro.

 

 

sábado, 31 de octubre de 2026

Mateo 5, 1-12


   

Maestro Jesús, viniste para abrirnos el camino de la felicidad, el camino de la plenitud y de la luz.

Tu evangelio es alegría y la plenitud de tu gozo es nuestro gozo (Jn 15, 11).

 

Hoy tu Espíritu, este Espíritu alegre que nos habita, susurra desde el fondo de mi alma:

 

"Felices los que viven la vida con soltura, sin apegarse a nada, libres y sonrientes.

Felices los que saben dejar ir lo que se va y recibir con agradecimiento, lo que viene.

Benditos los que toman la vida con una sabia ligereza y con humor inteligente y amoroso.

 

Felices los que tienen paciencia consigo mismos y con los demás, los que saben y confían que los tiempos de Dios son perfectos. Dichosos los que abrazan este tiempo de espera y saben disfrutar del camino más que de la meta, que aman el caminar más que la llegada.

 

Felices los que saben vivir el dolor con inteligencia y profundidad. Felices los que saben que en la herida se esconde siempre una luz y una enseñanza. Felices los que acompañan el sufrimiento y no huyen.

 

Benditos los enamorados de la justicia y de la belleza y que consiguen unir la justicia a la misericordia. Felices los que descubren la justicia en su interior y no en reglas impuestas desde afuera. Felices los que, desde la sencillez, construyen un mundo más justo.

 

Qué plenitud la de aquellos que viven la misericordia desde el corazón de Cristo y el Espíritu de Dios y benditos los que descubren que la misericordia es la poderosa fuerza que todo sostiene, sana y resucita. Felices los que respiran misericordia y la exhalan cada día. Felices los que hacen de la misericordia su bandera y su horizonte.

 

Felices los que tienen el corazón entero y unificado, los que aman sin doble intención. Felices los que viven desde la pureza de la honestidad y la coherencia. Benditos los que tienen una mirada pura que todo convierte en puro: es la alquimia milagrosa de la auténtica pureza.

 

Qué plenitud la de aquellos que aman la paz y la siembran cada día con sus actos y sus sonrisas. Felices los que encontraron la paz definitiva del corazón y la reflejan. Felices los que construyen puentes de paz y de reconciliación.

 

Felices quienes asumen el conflicto, la oscuridad del mundo y del corazón humano y saben descubrir la luz, justo ahí. Felices los que viven la porción de dolor que les corresponde sin enojo y sin convertir todo en tragedia. Felices los que, a través de las dificultades y las incomprensiones, logran crecer y volverse más completos.

 

Feliz sobre todo y por sobre todas las cosas, quien descubre y conecta con el Dios de la alegría y con la alegría de Dios.

Feliz quien se deja alcanzar por la gratuidad y puede ver que todo es gracia y percibe el actuar sereno del Espíritu transformando el mundo y los corazones.

Felices los que descubren que la alegría es la fuente de la vida y que la creación es el éxtasis de un Dios enamorado."

 

 

sábado, 24 de octubre de 2026

Mateo 22, 34-40


   

“De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (22, 40): termina así nuestro texto de hoy.

Los dos mandamientos que, en el fondo, son uno: el amor.

 

Los debates entre fariseos y con los doctores de la ley eran pan cotidiano en la época de Jesús: era una forma de profundizar y aprender. El judaísmo tenía y tiene muchos preceptos y, por eso, la pregunta del doctor tiene sentido: “¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” (22, 36).

 

La respuesta de Jesús es extraordinaria y de una sabiduría excepcional: no anula todos los preceptos, sino que pone orden. El orden del amor. El amor es la Ley suprema: las demás leyes dependen de esta Ley y se sostienen en esta Ley.

 

La Ley del amor es, entonces, la ley principal que está en los cimientos de todas las demás leyes y preceptos.

Amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente, y al prójimo como a uno mismo no son dos amores distintos, sino un solo movimiento: no se puede amar a Dios, a quien no vemos, sin amar al hermano que tenemos delante (1 Jn 4, 20).

 

Dejémonos cuestionar:

¿Por qué nos cuesta tanto vivirlo así?

¿Qué se entiende por “amor” y por “amar”?

 

Como siempre, voy abriendo unas pistas de reflexión que puedan servirles en su camino.

 

¿Por qué nos cuesta vivir en el amor?

Les comparto tres pistas de reflexión:

 

1.   La vulnerabilidad. Abrirse al amor es volverse vulnerable: no existe un amor que no sea vulnerable y, el ser humano le tiene pavor a la vulnerabilidad. Cuando nos disponemos a amar, nos estamos abriendo al otro y este abrirse nos hace vulnerables. Abrirse es sentir: sentimos el dolor, los miedos, lo efímero de la existencia.

2.   Las heridas. Nuestras heridas no reconocidas nos condicionan. Nos cuesta abrirnos al amor, porque tememos volver a sufrir. Por eso es esencial el trabajo de reconocimiento y sanación de las heridas. Y Jesús dice “como a ti mismo”: quien no reconoce ni cuida sus propias heridas difícilmente podrá amar al prójimo sin proyectarlas sobre él.

3.   El egoísmo. Amar es salir de la autorreferencialidad: no soy el centro del universo. Existen los demás y los demás son distintos, con otros criterios y otra forma de vivir. Preferimos comodidad y seguridad. Nos cuesta desplazar el “yo” y el “mío”.

 

¿Qué se entiende por “amor” y por “amar”?

Hay muchos malentendidos y reduccionismo alrededor del concepto del amor. Nuestra sociedad redujo el amor a los sentimientos, al placer y al bienestar.

Esta visión genera mucho sufrimiento y nos bloquea en nuestra capacidad de amar.

 

Debemos respetar el Misterio del amor y adentrarnos con humildad. Para el amor vale lo mismo que para Dios: si parece que hemos entendido, en realidad, no hemos entendido.

Escribe San Agustín en el sermón 117: “Si lo has comprendido, no es Dios; si pudiste comprenderlo, has comprendido otra cosa en lugar de Dios. Y si te pareció que podías comprenderlo, te engañaste con tu propio pensamiento”.

 

Podemos intentar entrar en este asombroso misterio desde dos claves que, obviamente, están profundamente en conexión:

 

1.   La clave cosmológica

El amor es la raíz de todo lo que es. Muchas tradiciones espirituales insisten en eso. El amor no es “una cosa” entre “otras cosas”. El amor es la matriz de todo lo que existe: desde las piedras, hasta los universos. Los cristianos lo tenemos expresado en la Escritura de muchas maneras.

Escribe Pablo a los colosenses (1, 15-16): “Él es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él.”

Y la primera carta de Juan afirma: “amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.” (1 Juan 4, 7-8).

El camino contemplativo es una de las principales herramientas para poder experimentar de primera mano esta clave cosmológica del amor.

Es también mi pequeña experiencia personal: cuando me detengo en silencio y quietud – desplazando mi “yo” – tengo la percepción evidente de que, por ejemplo, la esencia vital del ciruelo que tengo en frente, es el amor… y lo mismo puede ocurrir con todo.

 

2.   La clave psicológica/espiritual

Desde la clave cosmológica comprendemos una de las leyes del amor: dar y recibir, expansión y contracción. El amor que genera vida, vive de este dinamismo. Los cristianos lo tenemos plasmado en la Pascua: muerte y resurrección. Para dar tengo que recibir y lo que recibo tengo que darlo. Si salimos de este dinamismo, la vida se estanca y el amor se disuelve.

 

Por otro lado, la dinámica del amor consiste en “crear espacio”. También esto lo aprendemos de manera extraordinaria de la creación. Desde la visión de la mística hebrea, Dios mismo tuvo que contraerse para crear un espacio, un vacío adonde pudiera crear “algo” que no fuera estrictamente Él.

 

Amar, entonces, es habitar el vacío y abrir espacio para la alteridad. El vacío no es la nada: es pura apertura y posibilidad.

 

Por último, el amor va de la mano del conocimiento: no se ama lo que no se conoce y no se conoce lo que no se ama. Habitar este misterio no excluye el pensamiento; lo purifica. El propio mandato evangélico nos invita a amar “con toda la mente”: una inteligencia despierta que discierne, busca lo verdadero y no pretende poseer ni agotar el misterio, sino contemplarlo, custodiar la libertad y cuidar lo que ama.

 

Y todo esto se juega en lo concreto:

¿A quién tengo hoy delante, y qué espacio le estoy dejando?

sábado, 17 de octubre de 2026

Mateo 22, 15-21


     

El texto de hoy nos presenta la dimensión contradictoria del ser humano, expresada muy fehacientemente por Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 19).

 

Un grupo de fariseos elogia a Jesús: “sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios” (22, 16), pero Mateo nos advierte que quieren sorprenderlo, quieren que se equivoque para poder acusarlo. Elogian una honestidad que no están dispuestos a vivir.

 

La contradicción nos habita y el camino espiritual, siguiendo a Jesús, es el camino del crecimiento en la coherencia, la honestidad y la lucidez.

El primer paso es el reconocimiento de las contradicciones y de las tensiones que nos habitan y, para eso, necesitamos ser honestos, valientes y darnos el tiempo para estar con nosotros mismos.

No es un camino sin dificultades. Afirma la mística inglesa, Evelyn Underhill: “El verdadero y completo conocimiento de uno mismo es un privilegio exclusivo de los más fuertes. Pocos pueden enfrentarse a sí mismos de manera directa, ya que la visión es extraña y aterradora, y lleva consigo el miedo y la contrición”.

 

Unas preguntas pueden orientarnos:

¿De dónde vienen mis contradicciones?

¿Por qué hago lo que critico en los demás?

¿Por qué no hago lo que sé que tengo que hacer?

 

El camino del autoconocimiento es el primer y fundamental peldaño en el camino espiritual y en el conocimiento de Dios.

Afirma Isaac de Nínive: “Aquel que ha sido hecho digno de verse a sí mismo es mayor que aquel que ha sido hecho digno de ver a los ángeles.”

 

Habrá contradicciones que lograremos resolver y otras con las cuales aprender a vivir en paz.

La pregunta de los fariseos que quieren sorprender a Jesús es la siguiente: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (22, 17).

Jesús los desenmascara con una sola palabra: “hipócritas” (22, 18), y les pide la moneda del impuesto: ellos la tienen a mano. Llevan en el bolsillo el rostro del César mientras fingen preguntar por la fidelidad a Dios. Les pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” (22, 20). “Del César”, responden. Entonces llega la respuesta de Jesús, que se convirtió en un refrán universal: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (22, 21).

 

Esta respuesta de Jesús se utilizó en la teología y en la doctrina social de la iglesia para fundamentar la autonomía de las realidades temporales y la necesidad de leyes y principios propios para ordenar el mundo concreto: el dinero, el trabajo, la convivencia social, etcétera.

Sin duda es algo importante y que necesita constante revisión y profundización. Desde lo concreto de la vida es importante preguntarse con cierta frecuencia, tanto a nivel individual cuanto como sociedad y como iglesia: ¿el trabajo está orientado a los valores evangélicos? ¿el uso del dinero y los bienes están al servicio de la dignidad humana? ¿la política está al servicio del bien?

Desde la respuesta de Jesús podemos también reflexionar sobre la laicidad de la sociedad y de los estados: ¿Qué es y cómo se vive una sana laicidad?

 

Todo válido e importante, pero hay algo más esencial.

 

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”: los invito a dar un paso más hacia la visión mística.

Ya en los primeros siglos, Tertuliano señalaba con agudeza: “Al César se le devuelve la moneda que lleva su rostro; a Dios se le entrega la propia vida, que lleva su imagen”.

Todo pertenece a Dios. La soberanía del César es solo un préstamo sobre lo exterior y efímero; lo íntimo y absoluto jamás le pertenecerá. Recordemos las palabras de Jesús a Pilato: “Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto” (Jn 19, 11).

Lo podemos decir, utilizando la misma metáfora de la moneda: más allá de la imagen que lleva, la moneda misma le pertenece a Dios.

 

Esto no se agota en la interioridad, pero empieza ahí. Y la mística va más hondo: la realidad última es Dios, “el Señor es Dios y no hay otro fuera de él” (Dt 4, 35).

Las tradiciones místicas lo dicen con audacia: Dios es la única Realidad en sentido pleno, y todo lo demás existe solo por Él, en Él y para Él.

Les propongo tres bellísimos testimonios: musulmán, judío y cristiano. Escuchémoslos con humildad: no son una negación del mundo sino la mirada de quienes se asomaron a la realidad desde Dios. Por eso hablan con tanta radicalidad.

 

Abu Hamid Al-Ghazali (Irán, siglo XII):

“No hay en el ser más que Dios. Las cosas no poseen por sí mismas una faz propia hacia el ser; por su propia esencia son pura nada, y sólo existen por el rostro de Dios. Por consiguiente, nada existe verdaderamente excepto la Faz de Dios”

 

Rabí Jaim de Volozhin (Bielorrusia 1749 – 1821):

“La verdad intrínseca es, desde la perspectiva de Su ser, que todo el cosmos está lleno únicamente de Su Esencia simple, sin ninguna separación ni división... No hay en absoluto lugar vacío de Él, ni existencia alguna para ninguna criatura o mundo por sí mismos, sino que sólo Él es la Existencia real”

 

Santa Catalina de Génova (Italia, 1447 – 1510)

“Mi ser es Dios, no por simple participación, sino por una verdadera transformación y aniquilación de mi propio ser... Mi Yo es Dios, ni reconozco ya ningún otro Yo que no sea mi Dios mismo”

 

Esa mirada no los desentendió del mundo: Catalina de Génova dedicó años al cuidado de los enfermos en el hospital de Pammatone, del que llegó a ser directora, y Jaim de Volozhin enseñaba que, desde nuestro lugar, el mundo y sus mandatos son reales y hay que obrar en consecuencia.

 

Jesús vivió, como pocos, la experiencia directa de lo divino.

La mística y los místicos – tampoco exentos de contradicciones – se nos presentan como el camino que, de a poco, va integrando la polaridad de la vida y disolviendo algunas contradicciones o dándonos herramientas para vivirlas en paz.

 

Podemos leer la respuesta del maestro – “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” – desde esta clave: vivan desde la consciencia de que Dios lo es todo. Vivan arraigados, desde su interioridad, a esta Presencia Absoluta. Vivan como si solo estuvieran viendo a Dios.

 

Esta visión de Jesús y de los místicos es la visión desde Dios, la cual no anula el compromiso con un mundo donde luz y sombra conviven y donde la hipocresía genera sufrimiento: es la visión que nos permite actuar con mayor coherencia y lucidez.

Si todo viene de Dios y es amado por Él, nada de lo que sufre el mundo le es indiferente. Por eso Jesús no huyó hacia lo absoluto: respondió la pregunta concreta del impuesto.

 

Ellos sostenían una moneda con el rostro del César. Nosotros llevamos, en lo más hondo, el rostro de Dios. La pregunta de hoy no es solo a quién pagamos impuestos, sino qué rostro mostramos.

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Mateo 22, 1-14


  

La metáfora de la boda y del banquete nupcial es muy recurrente en la Biblia y expresa la alianza definitiva y festiva entre Dios y su pueblo, entre Dios y la humanidad.

Ya el profeta Isaías la utilizó muy bellamente: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, medulosos, de vinos añejados, decantados” (25, 6).  

 

Jesús se alinea a la metáfora y sugiere que el Reino de Dios es como una boda y un banquete: es la fiesta maravillosa de la vida a la cual estamos gratuitamente invitados.

 

El evangelista Juan nos dice que el primer gran signo de Jesús fue, justamente, en una boda, en Caná de Galilea: Jesús convierte el agua en vino para que la fiesta de la vida continúe.

 

A menudo reducimos la fe a un peso moral y olvidamos que Jesús sitúa el centro en la gratuidad festiva de la vida. Para comprender esta hondura, vale la pena recordar una conmovedora experiencia de Raimon Panikkar.

Escuchemos su relato de 1998:

“Esto sucedió hace unos treinta años, a orillas del Ganges, en Benarés. Una mujer, que podría tener tanto treinta como cincuenta años – de tal manera la tuberculosis le había afectado –, tenía a su hijo pequeño entre los brazos y otra hija de unos dos años a su lado. No había esperanza para ella. Había sido víctima de un marido alcohólico que finalmente la había abandonado. Una vida, pues, que desde todos los puntos de vista había sido sufrimiento y fracaso. Con toda probabilidad, el pequeño que llevaba en sus brazos iba a morir, y ella sabía que tampoco a ella le quedaba mucho tiempo de vida. Estuvimos hablando. Cargado de mis prejuicios cristianos, o mejor aún, simplemente humanos, trataba de consolarla y le decía: “¿Cómo puedes soportar esta vida?”. Ella no era cristiana, sino hindú. Para mi sorpresa, esta mujer – su recuerdo todavía hoy me emociona – me expresó la alegría que tenía de haber sido invitada al banquete de la vida, de haber tenido la felicidad de una vida conyugal, por muy breve que hubiera sido – pues muy pronto había conocido el horror –, la felicidad de haber sido madre dos veces y saber que ahora este convite llegaba a su fin. Y ella estaba allí, llena de agradecimiento, de alegría por haber sido invitada, de la nada, a disfrutar de un momento de plenitud. ¿Qué podía desear más? ¿Un futuro, que no existía, o al menos no todavía? ¿El recuerdo de un pasado que ya no estaba? Ella había vivido y esa luz de un instante le bastaba con creces.”

 

Si esta entrañable mujer hindú entendió y vivió la vida como un hermoso banquete, lo podemos vivir también nosotros, sin duda.

Resulta conmovedor y paradójico: mientras aquella mujer hindú en los márgenes acogía la existencia con gratitud radiante, los invitados oficiales del relato bíblico desprecian la fiesta por apego a sus propias certezas. Aquí se hace carne el lamento de Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (1, 11).

 

A los seres humanos nos cuesta entender la gratuidad y nos cuesta dejarnos amar: preferimos ganarnos y merecernos la vida, preferimos comprar y poseer.

Jesús nos revela la extraordinaria gratuidad del amor y de la vida, la gratuidad del don de Dios y solo nos pide recibir el don, vivir la vida como una fiesta, responder al llamado con entusiasmo.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo responder?

Poniendo “el traje de fiesta” (22, 11-12).

Si la vida es un banquete, es una boda, es una fiesta, no podemos disfrutar de esta misma vida sin el traje apropiado.

En la cultura semítica existía la costumbre del banquete real o nupcial, donde a menudo el propio señor proveía las túnicas a los huéspedes que llegaban desde el camino. Por tanto, no llevar el traje de fiesta no delata pobreza, sino desprecio deliberado hacia el anfitrión. El traje, entonces, simboliza la fe activa y la gracia acogida: la salvación es un don puramente gratuito, pero no pasivo ni inerte; exige la adhesión de la libertad humana, exige mi respuesta.

En esta misma línea se sitúa Pablo: “Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 26-27).

 

El hombre no compra el traje con sus buenas obras ni lo trae puesto de antemano: el traje es Cristo mismo. La salvación y la pertenencia a la mesa son un puro don. El invitado que entra sin el traje ha rechazado la prenda ofrecida en la puerta, prefiriendo presentarse ante el rey envuelto en su propia suficiencia.

 

Revestirse de Cristo es revestirse de la luz y de las obras de la luz: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).

Revestirse de Cristo es “revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4, 24).

El traje de fiesta es, fundamentalmente, la respuesta al llamado: es Cristo que responde al Padre y nosotros, revestidos de Él, que también respondemos.

 

No podemos vivir sin responder.

El hombre sin traje de la parábola, justamente no responde: “permaneció en silencio” (22, 12).

 

El silencio del hombre no es timidez ni indefensión social: es la imposibilidad de articular excusa alguna ante la evidencia del desprecio. No pudo decir “no tenía dinero para comprarlo” porque el vestido se entregaba a la entrada; tampoco “no me avisaron”, pues estaba dentro de la fiesta. Enmudecer significa que el sujeto prefirió autoexcluirse de la fiesta, reduciendo el banquete a un mero consumo voraz e individualista.

 

Pongámonos entonces el traje de fiesta: que nuestro vivir desde el amor y desde el “sí” a la vida, sea nuestra respuesta a la infinita gratuidad del amor de Dios.

sábado, 3 de octubre de 2026

Mateo 21, 33-43


    

 

El texto de hoy refleja cómo la comunidad de Mateo reelaboró profundamente una posible parábola original de Jesús, buscando legitimar el surgimiento de una nueva comunidad ante el rechazo de los líderes de Israel a su mensaje.

 

Es un tema muy recurrente a lo largo de la historia y es la misma tentación que se repite y se resume en tres dinámicas: justificar la elección descalificando a los demás, crear divisiones y considerarse los elegidos.

 

La realidad y la historia son mucho más complejas y, como lo sabemos a través de la experiencia, “bien” y “mal” conviven y no podemos “meter a todos en el mismo saco”.

 

Por eso quiero centrarme en la expresión clave que Mateo pone en boca de Jesús: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular” (21, 42).

 

La expresión es una cita literal del Salmo 118, 22.

Encontramos la misma expresión en Marcos 12, 10 y Lucas 20, 17 que son los textos paralelos al texto de Mateo, después en Hechos 4, 11 (discurso del apóstol Pedro ante el Sanedrín), y en 1 Pedro 2, 7 y en Romanos 9, 33 en referencia a Isaías 28, 16 que dice: “así habla el Señor: Miren que yo pongo una piedra en Sión, una piedra a toda prueba, una piedra angular, escogida, bien cimentada: el que tenga fe no vacilará.”

 

La imagen de la “piedra angular” es muy sugerente. Es la piedra que sostiene todo el edificio: si quitamos esta piedra se cae todo.

El mensaje que nos quieren transmitir estos textos es el siguiente: la piedra que los jefes de Israel rechazaron – fuera de metáfora, la persona y el mensaje de Jesús – se convirtió en el fundamento de la nueva comunidad.

 

Esta lectura es, obviamente parcial y condicionada y debemos ubicarla en su contexto. Conviene siempre recordar que un “texto, fuera de contexto, es un pretexto”.

No existe un texto, sin contexto. No existe una visión, sin perspectiva. Somos seres en perspectiva, históricos, limitados. Por eso es fundamental una actitud abierta y humilde.

El proceso de diferenciación del cristianismo del judaísmo no fue de un día para otro: fue un proceso bastante lento. Hasta el comienzo del siglo segundo, no existía “el cristianismo”: los seguidores del nazareno conformaban un movimiento adentro del judaísmo.

 

El trasfondo de la parábola es el famoso texto de la viña en Isaías 5 que, sin duda, conocían tanto Jesús como Mateo.

Isaías 5 canta la viña de Israel y denuncia, desde dentro del propio pueblo, que Dios esperaba frutos de justicia y encontró violencia; Mateo retoma ese canto y lo dirige a quienes custodiaban la viña, los jefes de entonces, y, como advertencia, a su propia comunidad y a la nuestra. Al rechazar al Hijo, los viñadores descartan la piedra que Dios había puesto como fundamento, y ese Cristo rechazado, y luego exaltado por Dios en la resurrección, es el que se identifica con todos los descartados y con nuestra propia vulnerabilidad. Por eso la pregunta de fondo no es quién quedó fuera, sino qué frutos damos nosotros (21, 43) y a quién estamos desechando hoy – adentro y fuera de nosotros –, sin saber que puede ser justamente la piedra angular.

 

Desde aquí, con más serenidad y apertura, podemos dar una lectura más existencial.

 

El mensaje de la piedra angular es extraordinario y lo podemos conectar a la experiencia de Pablo: “me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10).

 

Dios convierte nuestra debilidad en la “piedra angular” de nuestra vida.

Dios convierte “el descarte” en “piedra angular”.

Dios convierte los fracasos en “piedra angular”.

Dios convierte la derrota en victoria, la sombra en luz, la muerte en vida, la nada en todo, la fealdad en belleza.

 

¿Para qué este proceso?

 

Simple, y lo afirma el mismo Pablo: “nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).

Solo se nos pide abrirnos al amor, abrirnos a la acción del Espíritu.

Por eso la cruz es “piedra angular”: por el amor y la entrega de Jesús.

 

Es la autodonación de Jesús que transforma la cruz en ventana sobre lo Infinito, en puerta de luz, en puro amor.

La cruz por sí sola es instrumento de muerte y no salva a nadie y hasta puede convertirse en una versión perversa del cristianismo: sacrificial, masoquista, triste. Todo lo opuesto al mensaje de Jesús.

Solo cuando comprendemos y entramos en la dinámica de la entrega, entendemos la “piedra angular”.

Solo nuestro vacío permite a Dios llenarnos de su luz.

Solo la muerte del ego permite el acceso a la Vida Infinita y plena, ya en esta tierra.

 

No tengas miedo de tu vulnerabilidad: en ella Cristo se identifica con los descartados. El fruto que se nos pide es acogerlos, empezando por lo débil en nosotros; eso descartado es lo que el Espíritu – a través de tu entrega amorosa – quiere convertir en piedra angular de tu propia vida.

 

 

 

 

 

 

 

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