El texto del evangelio de este quinto domingo de Pascua, comienza con una invitación de Jesús a la confianza: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.”
“No se inquieten”: literalmente sería “no se agite/turbe su corazón”. La referencia al corazón es importante y el texto griego la mantiene. El “corazón”, en la mentalidad semita, indica el centro decisional de la persona. Es una invitación radical de Jesús a confiar, a descansar en la confianza, a establecernos en la confianza.
Es esta confianza radical que tiene que guiarnos en la vida y en el camino espiritual.
Es el deseo de Tomás y de Felipe, que quieren entrar en la misma confianza del maestro.
A este deseo, Jesús responde con la célebre frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (14, 6).
¿Cómo entender esta invitación del evangelista Juan y de Jesús?
Es importante no fragmentar la profunda unidad de la frase: camino, verdad, vida. A lo largo de la historia, con frecuencia, se aisló “la verdad” o se le dio superioridad con respecto al camino y a la vida. Este error tuvo consecuencias graves y complicadas. Cuando “la verdad” se convierte en algo racional y mental, algo que encerramos en formulas y atamos a un lenguaje, el paso hacia la violencia y el fanatismo, es muy breve. La historia, dramáticamente, lo evidencia.
Es el peligro de las ideologías, que tanto cuestionó el Papa Francisco, el cual escribió en la Evangelii Gaudium: “La idea, las elaboraciones conceptuales, están en función de la captación, la comprensión y el manejo de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces... La realidad es superior a la idea.”
También escribió en una carta al periodista italiano, Eugenio Scalfari: “Para la fe cristiana, la verdad es el amor de Dios por nosotros en Jesucristo. Por tanto, ¡la verdad es una relación! De hecho, todos nosotros captamos la verdad y la expresamos a partir de nosotros mismos: desde nuestra historia y cultura, desde la situación en que vivimos, etc. Eso no quiere decir que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Más bien indica que se nos da siempre y sólo como camino y vida.”
Esto no es relativismo. Esto es honestidad, reconocimiento de que el ser humano es siempre un “ser en perspectiva” y su acercamiento a “la verdad” es siempre desde un punto. Nos ilumina la famosa sentencia de Tomás de Aquino: “Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur”, “Todo lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”.
Raimon Panikkar lo expresa muy bien: “El pluralismo no consiste en aceptar que hay muchas verdades (relativismo), sino en reconocer que la Realidad es tan rica que ninguna inteligencia humana puede agotarla. La verdad es perspectivista: cada uno de nosotros ve un ángulo del Misterio. La «verdad» completa solo surge en la comunión de las perspectivas, no en la imposición de una sola.”
Cuidado, entonces, a convertir la verdad en ideología. En nombre de “las mejores ideologías”, se llevaron a cabo los crímenes más terribles.
Cuando el evangelio habla de “verdad”, no está hablando de un concepto, de una idea. Está hablando de un Misterio que no cabe en nuestras mentes limitadas, heridas y condicionadas por el ego y sus ambiciones de poder y de control.
Por eso que, muy sabiamente, el evangelio asocia la verdad con el camino y la vida. “Camino” y “vida” justamente, nos hablan de algo dinámico, fresco, nuevo, con posibilidad de error y de retrocesos. “Camino” y “vida” no son manipulables, se nos escurren de las manos.
Si la verdad “no camina”, y nuestra comprensión de la misma no evoluciona, no es la verdad de Jesús.
Si la verdad “no da vida” y no es fecunda, no es la verdad de Jesús.
Toda la historia de la filosofía y de la teología nos enseñan este profundo y humilde respeto hacia “la verdad” y nos muestran claramente que “la verdad” no es una cosa, un objeto, una idea. La verdad no es algo que se posee, sino algo que “sucede” mientras caminamos. No es una propiedad de la proposición mental, sino un acontecimiento del ser.
Jesús, justamente, nos enseña con sus palabras y sus gestos que la verdad va siempre de la mano con el amor: no hay amor sin verdad, no hay verdad sin amor. Todo amor auténtico es verdadero y toda verdad auténtica es amorosa. Este es el criterio clave que puede orientarnos en la vida y que nos ayuda a evitar caer en la hipocresía más ciega y deshumana.
La verdad es relación y es relacional: el Misterio de la Trinidad es la expresión más contundente. Por eso Jesús no ata las personas a sí mismo, sino que las libera, las pone en relación. Jesús quiere hacernos entrar en la dinámica relacional del amor y de la verdad y el capítulo 15 de Juan se centrará en esto, a través de la metáfora de la vid y los sarmientos.
Otra vez Panikkar, nos viene en ayuda: “La verdad no es el reflejo de un objeto en un espejo (la mente), sino el florecimiento de una relación. La verdad no se «dice», la verdad «sucede» cuando dos realidades se encuentran en libertad. Por eso, el nombre más profundo de la verdad es el Amor, porque solo en el amor el otro es reconocido en su verdad sin ser convertido en un objeto.”
Por su lado, el teólogo y obispo italiano Bruno Forte lo dice así: “La verdad es un acontecimiento que nos sale al encuentro, una música que nos envuelve pero que no podemos atrapar en una jaula de conceptos. Somos peregrinos en una sinfonía que solo en el encuentro final encontrará su resolución.”
La historia es maestra y sería importante aprender de una vez.
En nombre de la “verdad” del evangelio del amor, hemos asesinado, excluido, juzgado, abusado, manipulado.
En nombre de “verdades políticas”, pasó lo mismo.
En nombre de “verdades científicas”, pasó lo mismo.
En nombre de “verdades filosóficas”, pasó lo mismo.
En nombre de “verdades económicas”, pasó lo mismo.
Podría seguir…
¿No es el momento de dar un salto?
En el fondo nos falta humildad, solo esto. La humildad frente al Misterio, la humildad frente a la cruz de Cristo – donde toda verdad ideológica sobre Dios cayó a pedazos –, la humildad frente a otro ser humano igual que yo.
Es la humildad que es consciencia de nuestra frágil y herida humanidad… no acaso la raíz etimológica de humildad y humanidad es la misma, “humus”, tierra; esa misma tierra que recibirá nuestros cuerpos, más allá de las ideologías, de nuestras supuestas verdades, de los títulos, los roles, las placas, las vestimentas, las cuentas bancarias.
Nos dice Isaac de Ninive:
“No hay nadie que tenga discernimiento si no es también humilde; y nadie que sea humilde si no tiene discernimiento. No hay nadie que sea humilde si no es también pacífico, ni nadie que sea pacífico si no es humilde. No hay nadie que sea pacífico si no es también alegre.”
Esta humildad es la que afirmó poco antes de morir el mismo teólogo y doctor de la iglesia, Tomás de Aquino: “Todo lo que he escrito es paja comparado con lo que se me ha revelado.” Al final, su increíble inteligencia se rindió frente al Misterio: ¿y la nuestra?





