sábado, 28 de febrero de 2026

Mateo 17, 1-9


  



En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el texto de la transfiguración de Jesús en la versión de Mateo. El relato está presente también en Marcos (9, 2-10) y Lucas (9, 28-36). Sin duda fue una experiencia muy fuerte, reveladora y transformadora.

 

Es un texto riquísimo de metáforas y simbolismos y no podría ser de otra forma: ¿Cómo relatar lo inefable? ¿Cómo explicar lo inexplicable?

Siempre tenerlo presente: el lenguaje conceptual, lógico, lineal, estrictamente racional, es muy limitado y muy frágil a la hora de “decir el Misterio”. Por eso que, desde siempre, el lenguaje de la experiencia mística es la poesía, la metáfora, el símbolo y, a menudo, el silencio adorante y contemplativo.

Se calla por un exceso, por una trascendencia inalcanzable y asombrosa. 

Este uso del lenguaje es lo que, magistralmente, hace Mateo a través del símbolo de la luz: “su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (17, 2).

 

La metáfora del sol nos quiere sugerir una luz incandescente, una luz que no podemos fijar. Sin duda Mateo tiene en su mente la experiencia de Moisés: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 29-30)

 

Mateo, con delicadeza, siempre vuelve a sugerirnos y presentarnos a Jesús, como el nuevo Moisés.

 

Es evidente, también, a través del paralelo del miedo:

 

Moisés: “los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 30).

Jesús: “los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor” (17, 6).

 

Las experiencias de Moisés y de Jesús, nos ofrecen algunas pistas fundamentales sobre la experiencia mística.

Descubrimos tres claves que se convierten, también, en tarea.

 

En primer lugar, es una experiencia luminosa. No acaso el símbolo de la luz atraviesa todas las religiones y las tradiciones espirituales. En el budismo se sintetiza la experiencia más elevada, justamente con el término “iluminación”. En el cristianismo Jesús se define como luz, nos habla muchas veces de la luz y el evento central de la resurrección está envuelto en la luz: “Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve” (Mt 28, 3). El Resucitado tiene las mismas características del Transfigurado: Mateo traza una línea que une la transfiguración con la resurrección.

Es la luz de la Creación, lo primero que Dios hace: “Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió” (Gen 1, 3) y es la luz del prólogo de Juan: “La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre
” (Jn 1, 9).

Es la luz de Pablo: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día” (1 Tes 5, 5).

Es la luz que nos habita y que nos enamora: ¿Cómo no vivir enamorados de la luz?

Esta luz que nos enamora y nos habita es, también, compromiso. Escuchemos otra vez a Pablo: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).

 

En segundo lugar, es una experiencia que genera temor. Este “temor” hay que diferenciarlo del miedo. Es el “temor reverencial” frente a algo que nos supera: el estremecimiento frente a lo sagrado. Es un temor sano, necesario, educativo. El fenómeno fue analizado por expertos en la fenomenología de las religiones, como Rudolf Otto y Mircea Eliade. Es el “temor” frente a la majestuosidad de una montaña o una catarata. Es el “temor” frente a la experiencia naciente de la maternidad o la paternidad. Es el “temor” del asombro frente a la belleza insondable de una flor o a un gesto de ternura. Es el “temor” delante de un perdón que pensábamos imposible.

Este “temor” es un signo de discernimiento de la validez de la experiencia espiritual.

 

Por último, es una experiencia transformadora.

Moisés no es el mismo después del encuentro con la luz y Pedro, Santiago y Juan tampoco son los mismos. La experiencia espiritual auténtica, el encuentro con la luz, transforma la vida, transforma especialmente la mirada.

Vamos aprendiendo a mirar al mundo de manera nueva: la luz contemplada se refleja y vemos al mundo a través de su reflejo luminoso.

 

Por eso no hay transfiguración sin contemplación, no hay luz sin silencio, ni música sin pentagrama.

Por eso Jesús se lleva a Pedro, Santiago y Juan en la soledad del monte, los retira del ruido del entorno y del ruido del ego.

Por eso Jesús insistía sobre la necesidad de retirarse.

Por eso Jesús pasaba la noche en oración, buscando, en la misma noche, la luz que todo lo ilumina.

 

Este tiempo de Cuaresma es el momento oportuno para comprometernos con todo eso.

 

 

 

 

sábado, 21 de febrero de 2026

Mateo 4, 1-11


   

En este primer domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta, como siempre, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año tenemos la versión de Mateo.

 

Nuestro texto empieza de una forma sorprendente: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (4, 1).

 

Mateo nos dice que Jesús “fue llevado”. Marcos usa un verbo más contundente: fue arrojado” (1, 12). Y Lucas dice: “lleno del Espíritu Santo fue conducido por el Espíritu” (4, 1).

 

Los tres evangelistas sinópticos (Juan no relata las tentaciones) utilizan tres verbos distintos para expresar la entrada de Jesús en el desierto; de este simple hecho, notamos la perspectiva teológica distinta y el énfasis de cada evangelista.

Marcos subraya la fuerza del Espíritu que empuja a Jesús casi contra su voluntad. Mateo utiliza anēchthē (“fue llevado”), situándose en un punto de equilibrio: es una obediencia mansa de Jesús a la iniciativa del Espíritu. Lucas subraya, en cambio, la plena comunión de Jesús con el Espíritu: va al desierto desde la plenitud que lo habita.

En todos los casos la presencia del Espíritu es clave y es central.

El Espíritu – con fuerza, suavidad o plenitud – lleva a Jesús a vivir una experiencia dolorosa y transformadora.

¡Qué gran mensaje y qué gran enseñanza para nosotros y nuestro caminar!

 

El evangelio nos invita a reconocer la presencia del Espíritu en todos los pasajes y vericuetos de nuestra existencia, también en los dolorosos, en las dificultades y en las crisis.

Detrás de cada paso que vamos a dar, el Espíritu nos conduce: a veces con más energía, a veces desde la calma y otras desde la plenitud. Depende. Depende del camino de cada cual, de las etapas vitales, de la necesidad de purificación y aprendizaje de cada cual.

Este tiempo de Cuaresma es muy oportuno para regalarnos un tiempo de calidad para conectar con el Espíritu, para reconocer su presencia y su guía en nuestra vida.

 

Jesús, en el desierto, se enfrenta con la división: es la etimología del término griego que se traduce con “diablo”. Jesús tiene que superar la tentación de la división para unificarse y unificar.

Es el eje del camino espiritual. Es un viaje simbólico: el término opuesto a “diablo” es justamente “símbolo”, que expresa unificación. Es lo que María hacía: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). El término griego es symballousa (del verbo symballō), que significa literalmente “poner juntos” o “unificar”. De ahí viene nuestra palabra símbolo. María “unificaba” todo en su corazón. ¡Qué lindo ver este paralelo entre María y Jesús!

 

Este camino de unificación se despliega en tres direcciones: hacia dentro (integración personal), hacia lo profundo (nuestras sombras) y hacia fuera (el encuentro con el otro).

 

El camino espiritual es el camino de integración de lo que está dividido en nosotros, a comenzar por las tres grandes dimensiones que nos constituyen: cuerpo, mente y espíritu. A menudo experimentamos una fragmentación interior que nos agota: cuerpo, mente y espíritu van cada una por su cuenta. El desgaste energético y emocional es enorme.

El Espíritu, de a poco, nos va unificando, armonizando y nos revela que hay una unidad de fondo que nos habita, nos sostiene y nos constituye.

 

El camino simbólico por el desierto sigue: tenemos que integrar nuestras sombras, nuestras tendencias oscuras. Necesitamos del desierto, necesitamos de un espacio de soledad y de silencio para poder reconocer las sombras que nos habitan, las heridas no reconocidas y sangrantes.

El camino por el desierto es necesario también para poder reconocer nuestro propio ego y sus mecanismos: la tendencia a la autoafirmación, a la apropiación, a confundir nuestra más auténtica identidad con algo superficial y pasajero.

Como Jesús, reconocemos que nuestra identidad tiene un fundamento más estable que el ego: la Palabra de Dios. La Palabra que nos nombra y que dice: “Eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

 

Y, por último, el desierto nos lleva a enfrentarnos al otro, a lo distinto. Debemos integrar a la alteridad: Dios se revela en infinitas formas, en cada ser humano, en cada rostro. La alteridad siempre nos desafía y la tentación es marginar – cuando no eliminar – lo diferente y lo distinto.

El Espíritu, presente en todo y en todos, nos llama en cambio a la integración y unificación.

No le tengamos miedo al desierto, a la soledad, a la crisis. Son dimensiones esenciales para nuestro crecimiento, nuestro camino de purificación, de autoconocimiento y de reconciliación.

 

El Espíritu te habita, te acompaña, te conduce, te ilumina.

Si estás pasando por el infierno, sigue caminando”, decía Winston Churchill, porque el Espíritu no te ha llevado al desierto para abandonarte, sino para transfigurarte. Confía y camina.

 

·     Les propongo unas pistas para rumiar en el desierto esta semana:

1.   Identifica la fragmentación: ¿En qué área de mi vida siento que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu van por caminos distintos?

2.   Reconoce la sombra: ¿Qué herida o “tendencia oscura” me está pidiendo el Espíritu que integre hoy con amor, en lugar de rechazarla?

3.   Escucha la Palabra: Ante el ruido del ego, repite lentamente: “Soy hijo/a querido/a, en mí tiene Dios su predilección.”

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 14 de febrero de 2026

Mateo 5, 17-37

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: así se inaugura nuestro texto; se abre con estas palabras de Jesús, que dieron vida a infinitos comentarios, desde distintas perspectivas.

Lo que Mateo pone a continuación es un aterrizaje de la sentencia de Jesús a situaciones y experiencias concretas.

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: el tema es de fundamental importancia; diría que es uno de los temas más importantes de todo el evangelio y, en general, de la experiencia humana.

 

¿Qué se esconde detrás de esta frase de Jesús en la cual concentra su misión?

 

Se esconde el tema de la relación entre la Ley y la libertad o, que es lo mismo, entre la Ley y el amor.

 

La relación entre ley y libertad es, desde siempre, un tema central de la filosofía, de la ética, de la antropología y, obviamente, también de las religiones, la espiritualidad y, por supuesto, de la teología.

Desde siempre el ser humano vive de leyes, se da leyes: es la forma humana del vivir. Cuando aparece el ser humano y, en especial, cuando aparece la consciencia, aparece la Ley. Y, la Ley, está llamada a humanizar la vida. Los animales no tienen ni Ley, ni leyes, solo el instinto natural.

 

La Ley viene a señalar el límite: el ser humano no lo es todo y no puede todo. El límite lo define y este límite hace surgir la necesidad de la Ley. La vocación de la Ley es dar forma al límite para que este, humanice la vida, las relaciones, las culturas.

 

El gran problema se origina cuando el ser humano pierde el sentido de la Ley y su función y se vuelve esclavo de las leyes, perdiendo la vocación original y originaria – de la Ley y del ser humano a la vez – al amor y a la libertad.

 

Jesús vino a “dar cumplimiento a la ley”: ¿qué significa?

Significa que vino a revelarnos el verdadero sentido de la Ley, desde el cual, se puedan vivir todas las leyes, al servicio de la vida, de la libertad y del amor.

Todo su ministerio se concentra en esto.

 

Cuando Jesús afirma: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27) no quiere anular la ley del shabbat, sino devolverla a su auténtico sentido: servir a la vida.

Al ser humano nos cuesta horrores esta comprensión. Nos resulta más fácil obedecer a leyes, que vivir el espíritu de la Ley. Toda la revelación bíblica es la larga y paciente pedagogía de Dios para con su pueblo, para llevarlo a la comprensión profunda del sentido de la Ley. Dios que, en la revelación judeocristiana, se revela desde la historia y en la historia, asume los procesos humanos y se revela según la capacidad de comprensión histórica del ser humano. Por eso encontramos en la Biblia, páginas durísimas sobre leyes, sacrificios, guerras, violencia, violaciones, engaños, incestos, traiciones. La Escritura no hace descuentos, es honesta con la condición humana, sus dramas y su búsqueda.

 

La ley de Moisés es la típica ley de retribución: si haces el bien, será premiado y si haces el mal, serás castigado. El capítulo veinteocho del libro de Deuteronomio es una muestra evidente de todo eso.

 

Pero, ya los libros de Qoelet y de Job, ponen en crisis esta visión, porque la experiencia dice que, a menudo, el que hace el bien sufre y el que hace el mal, la pasa bien. No funciona la justicia retributiva. Dios no es este tipo de juez.

 

Entonces aparecen los profetas que nos regalan otra visión, que será la raíz del cumplimiento, del cual habla Jesús.

 

Escribe Ezequiel:

Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes.” (Ez 36, 26-27)

 

Escribe Jeremías:

Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo del Señor –: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33)

 

Jesús, como rabino y profeta de Israel y a partir de su experiencia del Padre, recuperará estas fundamentales intuiciones.

Por eso, cuando afirma, “no piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”, quiere decirnos que la ley del amor, está ya escrita en el corazón.

 

Quiere recordarnos que toda ley que no esté a servicio de la vida, del amor y del bien, perdió su “estatuto de ley” y se convierte en ideología: es un traicionar la misma ley.

Quiere decirnos que toda ley que no está al servicio del bien y de la felicidad de la persona, perdió su vocación.

Quiere decirnos, en positivo, que toda ley hay que comprenderla a la luz del amor.

 

Por eso que resumirá todas las leyes en dos:

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40).

 

¿Algo más claro que esto?

 

Pero no… todavía no entendemos.

Somos tercos: “¡Hombres duros de entendimiento, ¡cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lc 24, 25).

 

Todavía necesitamos de miles de leyes, de burocracia, a nivel político, social, eclesial.

Necesitamos de leyes porque nos asusta el vértigo de la libertad y nos resulta más cómodo el cumplimiento de reglas que la entrega incondicional en el amor.

Necesitamos de leyes porque no sabemos amar y porque el aprendizaje del amor es muy largo y es un camino lleno de vericuetos, de avances y retrocesos.

 

San Pablo, genio y místico, lo había comprendido y lo vivió:

Cristo nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Cor 3, 6).

 

Avancemos confiados.

Avancemos seguros con la lámpara del amor: es lo único necesario.

 

 

 

 

sábado, 7 de febrero de 2026

Mateo 5, 13-16


 

La genialidad, sabiduría e intuición de Jesús encuentran metáforas extraordinarias, para revelarnos el Misterio de Dios y el Misterio de la vida y de la existencia… en realidad, ¡un único Misterio!

 

Sal y luz, luz y sal. Dos pequeñas palabritas, las dos de tres letras: ¿será casualidad?

 

Jesús observa, contempla la realidad con un corazón abierto y en todo encuentra rastros y huellas de la Presencia. Aprendamos esta mirada atenta, no posesiva, abierta. Una mirada enamorada, que se deja atravesar por la realidad.

 

Somos sal”: Jesús nos recuerda lo que somos. No dice: “tienen que ser” sal o “tendrían que ser” sal.

 

La metáfora de la sal – en su primera y más evidente dimensión – se relaciona con el sabor. Jesús nos invita a dar sabor a la vida: esta simple invitación, de por sí, es todo un programa de vida.

¿Qué significa dar sabor a la vida?

¿Qué es una vida con sabor?

 

Sin duda Jesús se refiere a una vida gustosa, una vida con sentido y con propósito. Una vida rica y fecunda. Una vida ancha, más que larga: una “vida viva”, capaz de generar vida.

 

Pero hay una dimensión aún más profunda, a mi parecer.

Es la dimensión de la esencia.

La sal está hecha para salar: ahí está su esencia y su vocación. Una sal que no sala, no tiene sentido. No vive lo que es, no desarrolla su misión.

Un manzano está hecho para dar manzanas, una higuera para dar higos: y la higuera que no dio higos, fue maldecida por el mismo Jesús (Mt 21, 19).

 

Jesús, a través de la metáfora de la sal y del sabor, quiere conducirnos a descubrir nuestra esencia y nuestra vocación… ¡y no es tan fácil como para el manzano o la higuera!

El ser humano es mucho más complejo, conflictivo, paradójico, profundo, creativo… ¡que una higuera!

Es un gran desafío: el desafío donde nos jugamos la vida, la alegría, la fecundidad.

Es un desafío, porque la esencia del ser humano no es etiquetable, definible, manipulable. Nuestra esencia tiene una raíz divina y polifacética; es el respiro eterno del Espíritu (Gen 2, 7): ¿Cómo definirla, como encerrarla?

 

A eso se suma otra dificultad: podemos encontrar rasgos comunes a nuestra esencia e identidad como seres humanos, pero la otra cara de la medalla, es que esta esencia común se revela de una manera original, única e irrepetible en cada ser humano.

 

¿Cómo la misma esencia se manifiesta en mí?

¿Cómo la misma y única humanidad se revela en cada ser humano, único e irrepetible?

 

A gran escala lo vemos muy claramente en las culturas: la misma humanidad, culturas profundamente distintas.

 

Ser sal, entonces, significa no solo dar sabor a la vida, sino vivir desde mi originalidad y mi vocación única. No existe una manera única de salar, no existe una única forma de dar sabor a la vida.

Los poetas y los artistas son maestros en reconocer esta profunda verdad.

 

León Felipe, poeta español (1884 - 1968), los dice así:

 

Nadie fue ayer, ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen, Dios.

 

La otra metáfora extraordinaria es la de la luz: el arquetipo por excelencia de lo divino. Desde siempre la humanidad ha asociado la luz con los dioses, lo divino, lo trascendente.

 

La Biblia misma, en nuestra tradición judeo-cristiana, empieza con la luz. Dios, en primer lugar, crea la luz (Gen 1, 3).

La luz es vida, conocimiento, consciencia.

También en este caso Jesús es contundente: “Ustedes son la luz del mundo” (5, 14).

Somos luz. Somos luz, porque nuestra más profunda identidad es divina. Somos luz, en cuanto revelación de lo divino. Somos “hijos de la luz”, como afirma Pablo (1 Ts 5, 5).

 

Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la iglesia, escribe: El trono de Dios es su eternidad, en la que reina solo; y todos los que viven son chispas del rayo de su esplendor, como los rayos del sol provienen del sol.

 

Esta luz, como ocurría por la sal, se refiere también a nuestra esencia más profunda. Es la luz que nos habita y en la cual habitamos.

Por eso, una beguina belga del siglo trece – Hadewijch de Amberesnos invita a buscar “adentro” la luz que somos:

 

“En gran error debes de estar si la luz buscas fuera, y en partes, cuando está toda en ti y te hace enteramente libre.”

Terminemos escuchando unas palabras de Jesús el evangelio de Juan:

 

“La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan: porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz.”

 

Jesús nos invita a no desperdiciar el regalo de la luz, a no caer en el error de la posesión y en la trampa del ego: la luz que somos, se puede oscurecer, se puede difuminar. La luz que somos, necesita cuidado, necesita el aceite del amor que la haga arder y resplandecer (Mt 25, 1-13).

 

Como bien intuyeron los místicos, los artistas y los poetas, la meta es la unidad: que nuestro sabor sea luz y que nuestra luz tenga el gusto de la verdad.

Al final del camino, descubriremos que cuidar la propia esencia era, en realidad, la mejor manera de iluminar el mundo, y que iluminar al prójimo era la forma más pura de saborear a Dios.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Mateo 5, 1-12

 

Hoy se nos presenta uno de los textos más conocidos, más famosos y más bellos de todos los evangelios: las bienaventuranzas.

Para muchos es como la “Magna Carta” del mensaje de Jesús, un resumen de sus enseñanzas y de su vida, la transparencia de su corazón.

 

Las bienaventuranzas nos abren un ventanal sobre el gran tema de la felicidad.

 

En primer lugar, conviene recordar que la misma palabra “evangelio” significa “Noticia buena”, “Buen anuncio”, “linda noticia”. El evangelio es una linda noticia, antes que nada. El evangelio y las enseñanzas de Jesús son para nuestra felicidad y realización. Nunca olvidarlo.

 

En segundo lugar, debemos preguntarnos con honestidad y profundidad: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué significa ser feliz o vivir una vida plena?

 

Todos queremos ser felices, vivir una vida plena, realizada, con sentido y valor.

El deseo de felicidad está sellado con fuego en nuestro corazón.

La Alegría es nuestro origen y nuestro destino, mientras peregrinamos en la historia e intentamos convertir la misma historia en una fuente de gozo.

 

¿No es hermoso ver el propósito de la humanidad y de cada ser humano, como el trabajo de convertir la historia y la evolución, en belleza y alegría?

 

El problema es que nos confundimos.

Confundimos “felicidad” con “placer”, confundimos “felicidad” con total ausencia de dificultad y de dolor, confundimos “felicidad” con la sola satisfacción inmediata de los deseos (caprichos, en realidad) de nuestro ego.

 

La felicidad, en cambio, es algo mucho más profundo y más simple a la vez. La felicidad es algo también misterioso, que se escapa a nuestros intentos de definición.

 

La felicidad – y acá radica el mensaje de las bienaventuranzas – tiene que ver con la vida y el vivir.

 

La felicidad, una vida con sentido y con propósito, tiene que ver con la aceptación radical y confiada de todo lo que la vida nos presenta: luces y sombras.

Creemos que debemos evitar a toda costa la sombra y el dolor. Pero, como dicen muchos maestros espirituales: “escapar del dolor es la forma mejor para encontrarse con él”.

 

Una vida plena es una vida que agradece todo, asume todo, convierte la sombra en luz. Los artistas y los poetas lo saben muy bien: en muchos casos el éxtasis de la creatividad surge desde la noche, emerge del dolor, brota de la angustia.

 

Una vida plena es la que sabe aprovechar del dolor como combustible para crecer, que sabe ver el amanecer dentro de la noche.

Una vida plena es una vida que vive la vida y que no huye de la vida.

Una vida plena es una vida que reconoce el límite, abraza el límite y lo convierte en oportunidad y desafío.

 

¡Qué hermoso!

 

Es el Misterio de la vida, es el Misterio de la Alegría, es el Misterio del Amor.

 

No me crean: experimenten ustedes mismos.

 

Las bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza que no hay “felicidad individual”: el ser humano es un ser-en-relación, un ser que es relación. “Somos” porque “somos con el otro, desde el otro y con la creación”.

 

La felicidad bebe al inabarcable pozo de la relación. Lo sabemos por experiencia.

 

¿Cómo nos sentimos cuando podemos aliviar el dolor de otro ser humano?

¿Cómo nos sentimos cuando nuestra vida aporta valor a otra vida?

¿Cómo nos sentimos cuando nos reconocen y nos ayudan?

 

Aliviar el dolor del otro, llena de sentido el existir.

Levantar al otro de su caída, nos regala paz y alegría.

Caminar junto al otro, es fuente de plenitud.

Amar la creación, todo ser viviente, nos proporciona un gozo inimaginable.

 

No existe “felicidad individual” porque no existe un “yo individual”: lo que llamamos “yo” está siempre en relación a un “tu”.

Ser feliz, entonces, es abrirse a la alteridad y a la unidad, a la danza festiva de lo Uno y de lo diferente.

Felicidad es bailar con lo Uno abrazando lo distinto.

 

 

 

 

 

 

 

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