sábado, 22 de agosto de 2026

Mateo 16, 13-20


   

¿Quién soy?

 

Es la pregunta de fondo de nuestro texto.

Es la pregunta sobre la identidad.

 

La pregunta que Jesús hace a sus discípulos es mucho más astuta, profunda y cuestionadora de lo que puede parecer a una lectura superficial.

 

Cuando Jesús pregunta: “¿quién dicen que soy?” (16, 15) está abriendo la puerta para que cada uno de sus discípulos, se pregunte a sí mismo: ¿Quién soy yo?

 

Jesús, como todo sabio y maestro espiritual, quiere llevar a los discípulos a plantearse la pregunta clave de la existencia.

 

Desde siempre las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad – y también la filosofía – se centran en esta pregunta: “¿Quién soy?

Tal vez la crisis actual de la humanidad, las crisis políticas, educativas, económicas del mundo, tienen mucho que ver con el olvido sistemático – y también inducido – de esta pregunta.

 

A este modelo de sociedad consumista – y sobre todo a los grandes aprovechadores de este modelo – no le sirve que las personas ahonden en su identidad… cuando alguien tiene, aunque sea, un pequeño vislumbre de su verdadera identidad, deja de ser un consumidor compulsivo, deja de comprar… porque disfruta “ser”.

Como afirma el poeta Jorge Guillen:

 

Ser, nada más. Y basta.

Es la absoluta dicha.

¡Con la esencia en silencio

tanto se identifica!

 

Por eso nos preguntamos:

 

¿Quién soy, cuando todo lo que puede pasar, pasa?

¿Quién soy, cuando todo lo que puede morir, muere?

¿Quién soy, cuando pierdo todo lo que se puede perder?

 

Parece evidente que, en este camino, el paso decisivo es el autoconocimiento. La misma psicología, desde las numerosas escuelas y corrientes, lo está reconociendo con fuerza.

Pero, el evangelio y la espiritualidad en general, nos proponen algo mucho más radical. El autoconocimiento psíquico y emocional es fundamental, pero no suficiente, porque no responde a la pregunta sobre la identidad esencial y profunda.

 

¿Qué hay más allá de la mente y las emociones?

 

Toda la mística subraya que conocerse a sí mismo es conocer a Dios y conocer a Dios es conocerse a sí mismo.

El autoconocimiento como camino espiritual, no termina en las dimensiones psíquicas o emocionales, sino que va a la raíz eterna y divina. Es lo que Jesús le recuerda a Pedro: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (16, 17).

 

¿Por qué no tomamos en serio esta invitación?

 

Porque estamos anestesiados. La sociedad del consumo, del apuro, de la exterioridad y la apariencia, nos ha anestesiado. Vivimos en una burbuja: corremos y no sabemos por qué, estamos con ansiedad y tomamos la pastillita, nos encontramos con el vacío y lo tapamos con comida, sexo, fútbol, diversión.

 

¿No es hora de despertar?

¿No es el momento de vivir una vida plena, con sentido?

San Pablo nos invita:

Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 11-12).

La salida es hacia adentro. La puerta se abre hacia adentro.

Evitar la pregunta ¿Quién soy?, es evitar la vida y temer a la muerte. Evitar la pregunta es condenarse a una vida en blanco y negro, a una vida a merced de lo exterior y de los altibajos emocionales.

Debemos ir hacia dentro.

 

San Agustín, maestro de interioridad, es muy explícito y contundente: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba...

 

No salgas fuera de ti, entra en ti mismo; en el hombre interior habita la verdad. Y si encuentras que tu propia naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo. Pero recuerda, al trascenderte, que trasciendes un alma que razona. Dirígete, pues, allí de donde procede la luz misma de la razón.

 

Isaac de Nínive nos recuerda que la búsqueda de la identidad se hace desde el silencio:

Cuando el silencio se adueña de ti, el hombre viejo se apaga y el hombre oculto del corazón despierta. Entonces comienzas a percibir la diferencia entre lo que creías ser y lo que verdaderamente eres en el secreto del Señor.

 

Podría citar muchos más autores que van en la misma línea:

 

¿Por qué estos testimonios no nos bastan?

¿Por qué necesitamos tantas veces del dolor para despertar?

 

Seamos sabios. Empecemos ahora, con discernimiento, con una búsqueda sincera y apasionada. Empecemos ahora, saliendo de este estado narcotizado de la consciencia.

 

La luz nos espera. La Vida a todo color que se abrirá, no tiene punto de comparación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 15 de agosto de 2026

Mateo 15, 21-28


 

Hoy se nos presenta un texto desafiante.

Jesús sale de Israel y se encuentra en territorio extranjero y pagano. Se encuentra con una mujer cananea. El texto paralelo de Marcos (7, 24-30) habla de una mujer sirofenicia.

 

La actitud de Jesús con esta mujer es muy dura, tan dura que nos resulta incomprensible. La mujer lo suplica por la hija, grita, lo llama… ¡y Jesús “hace oídos sordos”! Jesús no responde, sigue su camino.

Este pasaje, simple pero tremendamente contundente, tiene que llamarnos la atención.

 

Estamos acostumbrados – así nos enseñaron – a una imagen casi unilateral de Jesús: bondadoso, misericordioso, paciente.

El evangelio nos muestra también otra cara: duro, firme, intransigente, en ocasiones violento, como cuando echó a los vendedores del templo o cuando arremete contra unos fariseos: “¡Serpientes, raza de víboras!” (Mt 23, 33).  

 

¿Por qué tomamos solo una parte?

Y, obviamente, tomamos la parte que nos conviene…

 

El evangelio, como del resto la vida, debemos tomarlo entero: no podemos quitar las páginas que nos complican, no entendemos y nos cuestionan, como no podemos quitar de la vida su parte oscura y difícil:  es cuestión de autenticidad, respeto y valentía.

 

Jesús no responde a la mujer porque está convencido que su misión va dirigida únicamente a Israel: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (15, 24).

 

Afirma uno de los máximos expertos en el estudio de los evangelios, el biblista e historiador húngaro, Geza Vermes:

 

Se puede tomar como cierto que la actividad del mismo Jesús y de sus discípulos a lo largo de su vida se centraba únicamente en los judíos palestinos, excluyendo a paganos y samaritanos. Incluso en las raras ocasiones en que se aventuró fuera del territorio judío, al distrito de Tiro y Sidón y a la zona de Decápolis más allá del río Jordán, no hay referencias de que ahí enseñara. Ni los Evangelios incluyen ninguna insinuación de que más adelante tuviera intenciones de ampliar su llamada

 

Esta exclusividad de la misión de Jesús está reflejada en otros textos evangélicos.

Los evangelios, por otra parte, presentan dichos que subrayan la universalidad del mensaje y la misión de Jesús… Según Vermes – y otros estudiosos – el dato histórico más fiable es que Jesús se consideraba enviado solo a Israel y fue la iglesia primitiva que entendió la universalidad de su mensaje, especialmente a partir de Pablo. Conviene recordar que muchas de las cartas de Pablo son anteriores a los evangelios: los evangelistas beben del universalismo paulino y lo aplican a sus escritos. El mismo Mateo – la contradicción es más que evidente – termina su evangelio con la famosa invitación del resucitado: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Esta frase resumiría la visión de Pablo, no la de Jesús.

 

Estas contradicciones no son en absoluto un problema, sino una bendición: por un lado, nos muestran la riqueza del evangelio que no puede ser constreñida a una sola visión y, por otro lado, nos revela la dinámica evolutiva y creadora del Espíritu.

El evangelio de Juan, el más tardío y fruto de un desarrollo teológico, reconoce esta dinámica: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16, 13).

Es el Espíritu que fue ampliando las enseñanzas de Jesús y su visión. Es el Espíritu que derrumbó los confines de Israel y derrumba nuestros confines actuales y nuestros muros.

 

Esta mujer extranjera, con su insistencia y su fe, su amor por la hija, su deseo ardiente, fue instrumento del Espíritu para que Jesús pudiera comenzar a ver más ampliamente y cuestionara su misión.

 

Aunque la respuesta inicial de Jesús suena dura e insensible, muchos comentaristas bíblicos recuerdan que la respuesta de la mujer tiene un toque de humor y astucia“también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños” –. Jesús se deja desarmar no solo por el sufrimiento de ella, sino por su agudeza. Es una verdadera “contienda” de sabiduría donde ella, ingeniosamente, gana la discusión.

Jesús reconoce esta fe y este deseo y cambia de opinión: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada” (15, 28).

 

Solo los sabios, saben cambiar de opinión. Solo los verdaderos maestros saben cambiar de opinión. Solo los seres humanos humildes, cambian de opinión.

 

La confianza ciega de esta mujer y su ardiente deseo transforman la realidad: Jesús cambia de perspectiva y su hija queda curada.

 

Confianza y deseo son las claves de la vida espiritual, del camino contemplativo y de la vida mística.

 

¿Cómo va tu confianza?

¿Cómo va tu deseo?

 

Confianza y deseo se pueden entrenar, se pueden desarrollar.

La confianza nos permite vivir una vida sin miedos, una vida libre, apasionada.

El deseo nos conecta con la sed de Infinito que somos y que nos habita. El deseo nos mantiene constantemente en movimiento, en búsqueda, en crecimiento, abiertos y enamorados.

 

El Espíritu nos ilumine y nos sostenga.

El Espíritu nos ayude a edificar nuestra vida sobre las hermosas columnas de la confianza y del deseo.

 

 

 

 

 

sábado, 8 de agosto de 2026

Mateo 14, 22-33

 


 

Jesús – en este relato de Mateo que sigue al texto del domingo pasado – despide a la multitud y, otra vez, se queda solo: “subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (14, 23).

 

La compasión había empujado a Jesús a salir de su soledad y oración, y ahora, después de haber atendido a la gente, regresa a su interioridad orante.

 

Mateo parece sugerir que toda la actividad misionera y sanadora de Jesús se realiza dentro del marco de la interioridad y la oración.

 

Jesús se nutre de la Fuente, desde la Fuente toma fuerza y discernimiento y a la Fuente regresa para entregar lo vivido.

 

En todo esto podemos descubrir una extraordinaria sabiduría para nuestra vida y nos podemos preguntar:

 

¿Cuál es el marco de nuestro hacer y de nuestras acciones?

 

La sabiduría de las tradiciones contemplativas nos sugiere, justamente, enmarcar nuestras jornadas entre dos momentos de oración silenciosa: al comenzar el día y al atardecer.

 

Los invito a implementar esta práctica espiritual y asistirán, sin duda, a una profunda transformación.

 

El relato de Mateo continua y nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas, yendo hacia la barca donde se encontraban los discípulos, asustados por el viento y las olas.

El miedo engendra más miedo y genera ilusiones: los discípulos no logran reconocer a Jesús que se acerca y creen ver a un fantasma.

Una mente con miedo, ve cosas que no existen o distorsiona lo que ve. Lo sabemos por experiencia.

Si tenemos miedo a los perros y andamos en bicicleta, cualquier bulto a lo lejos, nos parecerá un perro que nos espera para asaltarnos… si tenemos miedo a que nos roben, cualquier persona que viene caminando detrás de nosotros, se convertirá en un terrible ladrón o asesino en serie…

 

¿Cómo salimos de estos miedos irracionales que nos enferman y bloquean nuestro crecimiento?

 

Este relato catequético de Mateo nos regala una pista clave, invitándonos a escuchar la voz de Jesús: “Tranquilícense, soy yo; no teman” (14, 27).

 

Detrás de cada experiencia que vivimos se esconde el Espíritu del Cristo Viviente que nos repite: “Soy Yo, no teman.”

 

Es la invitación radical a la confianza: “No teman porque valen más que muchos pájaros” (Mt 10, 31) … “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc 12, 32).

 

¿Cómo viviríamos nuestras jornadas, si lográramos escuchar siempre esta voz interior del Espíritu?

 

Nuestro texto llega a su ápice con la invitación de Jesús a Pedro: “ven” (14, 29).

Jesús invita a Pedro a salir de la barca y a caminar sobre el agua, como él. El Espíritu te está diciendo hoy, ahora: “ven”.

 

El mensaje es claro, central y contundente.

 

Jesús invita a Pedro, y te invita a ti, a salir de la zona de confort, de las certezas, de las seguridades que ahogan la vida.

El agua, en la simbología bíblica, expresa las fuerzas oscuras y salvajes de la vida y el caminar sobre las aguas revela lo imposible… el evangelio nos está diciendo: “¡atrévanse a lo imposible!” … porque, como le dijo el ángel a María “no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37).

 

Es la invitación, maravillosa y extraordinaria, a vivir la vida con pasión, entusiasmo y coraje. Es la invitación del Espíritu a salir de los miedos, de una vida demasiado racional, de una visión estrecha, de un corazón que no asume el riesgo del amor y del amar.

 

La experiencia de una vida plena se regala a aquellos que se atreven, que confían, que aman, que se entregan radicalmente, que son fieles a la voz interior.

 

Este es el testimonio de Jesús, de los santos, de los místicos de todos los tiempos.

 

Pedro se atreve y camina por un instante sobre las aguas… y otra vez aparece el miedo… y el miedo nos hunde, porque el “miedo pesa más que el plomo”.

Y siempre aparece la mano segura y compasiva de Jesús que nos reinicia, nos invita a comenzar de nuevo, nos libera continuamente de los miedos que aparecen y reaparecen.

El miedo y la fragilidad de Pedro que lo llevan a hundirse, no son un fracaso, sino aprendizaje. Miedo y fragilidad se convierten en maestros, si sabemos escucharlos, si humildemente agarramos la mano que Jesús nos ofrece.

 

Estamos llamados a honrar el don de la vida, atravesando miedos y caídas. Estamos llamados a hacer que nuestro pasar por este mundo, como enseña la parábola de los talentos, pueda ser fecundo y dar mucho fruto.

 

El Espíritu te dice: “Ven. Atrévete. Vive, sueña, ama. Encuentra tu propósito en esta vida, encuentra tu sentido único y original. Sé fecundo, entrégate. Ama todo, hasta tu fragilidad: si caes, levántate y recomienza. No te obsesiones con una vida larga, sino preocúpate de una vida ancha.

 

 

 

 


sábado, 1 de agosto de 2026

Mateo 14, 13-21


   

Jesús se entera de la muerte de Juan Bautista y se retira en soledad y en oración: navega, solo, en la barca.

Juan Bautista fue, sin duda, un referente en la vida de Jesús y su trágica muerte le afectó. Jesús necesita vivir el duelo en soledad, en silencio y en oración.

Resulta evidente también, en este pasaje de su vida, su profunda humanidad y su sabiduría.

Podemos plantearnos cual es nuestra forma de vivir los duelos, los problemas, las dificultades: ¿escapamos? ¿nos escondemos en la diversión o la superficialidad? ¿intentamos negar lo ocurrido?

 

¿O, como Jesús, nos tomamos el tiempo necesario de silencio, soledad, oración?

 

La soledad de Jesús dura poco: la gente lo busca, lo necesita.

Jesús nos regala otra enseñanza bellísima y fundamental: sabe perder su deseo de soledad para vivir la compasión: “Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (14, 14).  

A menudo no importa tanto la cantidad de tiempo que dedicamos al silencio, la contemplación y la soledad, sino la calidad. En ocasiones puntuales, también, alcanzan la intención y la atención.

 

La compasión es uno de los ejes del evangelio, de la vida de Jesús y de sus enseñanzas. Paralelamente también, la compasión es el eje de prácticamente todas las religiones y tradiciones espirituales de la humanidad.

 

Escribe el Dalai Lama: “El amor y la compasión son necesidades, no lujos. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir.

Por su lado el hinduista Vivekananda dice: “El amor y la compasión son las verdaderas fuerzas que pueden transformar el mundo.

Por último, el rabino Abraham Heschel nos muestra que la compasión de Dios no es debilidad o blandura, sino que va de la mano de la justicia y la exigencia de crecimiento: “Dios es compasión, no una concesión a medias; es justicia, pero no severidad sin misericordia.

 

¿De dónde surge la compasión?

 

La compasión no nace del esfuerzo de la voluntad. Nace, más bien, de la visión y de la comprensión. La compasión es fruto de un esfuerzo consciente de atención y, por eso, en su raíz, la compasión brota de la contemplación.

Es interesante que nuestro texto subraya que la compasión de Jesús por la muchedumbre enferma y necesitada, nace desde su soledad y su silencio: “después” del silencio, surge la compasión.

 

Cuando estamos atentos y contemplamos, ¿qué vemos?

 

Vemos que “el otro soy yo”: es el descubrimiento sublime de la profunda unidad que somos y que nos habita. Vemos que venimos de lo Uno, somos expresión de lo Uno. Vemos que “somos lo mismo, pero diferentes”.

 

Es, otra vez, lo que nos dice la mística y la visión no-dual.

 

Cuando hacemos experiencia directa, personal, concreta de esta verdad, la compasión brota sola. Soy consciente de que el sufrimiento del otro es mi sufrimiento y que lo que hago o no hago “al otro”, lo hago o no lo hago a mí mismo.

Es la gran verdad que Mateo expresará al final de su evangelio en la parábola del “juicio universal”: Mateo 25, 31-46.

El extraordinario y revolucionario mensaje de esta parábola nos cuesta aceptarlo y vivirlo, – a pesar de su evidencia –.

Esta parábola puede ser el mejor comentario a nuestro texto también: el criterio que Jesús y Mateo ponen para la salvación – la vida plena – no es un criterio religioso, doctrinal, dogmático, cultural. Es un criterio ético.  Se “salva” – realiza su vida en plenitud – quién vive la compasión. Una vida “realizada” es una vida que supo entregarse en el amor y reconocer la raíz única que nos habita.

 

Esta compasión, lo hemos visto en las palabras de Heschel, no es para nada “asistencialismo” o “paternalismo barato”: el amor y la verdadera compasión, son exigentes y liberan a la persona para que pueda caminar sola, en autonomía.

Por eso, cuando los discípulos se quejan y piden a Jesús que despida a la multitud, la compasión del maestro se convierte en una orden: “denles de comer ustedes mismos” (14, 16).

 

La verdadera compasión no genera personas dependientes, sino ayuda a crecer y a volverse autónomos.

Es una enseñanza muy fuerte y necesaria, especialmente en este tiempo donde en la iglesia y en muchos gobiernos o instituciones, quedan nichos de un paternalismo que genera dependencia, baja autoestima y pobreza.

 

Sin duda, la misma compasión – y es la otra cara de la medalla – se hace cargo de la impotencia del “otro/yo” y, cuando es necesario, responde desde la entrega más gratuita y generosa. Es lo que hace Jesús con la multiplicación de panes y peces.

Pero, esta es la clave, lo hace no desde la superioridad, sino desde la referencia al Padre, la gratitud y la bendición.

 

La compasión no puede ser nunca vivida desde arriba hacia abajo o desde una supuesta superioridad hacia lo inferior.

Es, justamente, al revés: la compasión se realiza desde una profunda horizontalidad.

 

Soy compasivo, no porque “soy más que tu” o “tengo más que tu”. Soy compasivo porque “soy como tú”, “soy tú”.

Soy compasivo porque soy reflejo y manifestación del Amado, el Compasivo.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 25 de julio de 2026

Mateo 13, 44-52


  

Seguimos analizando y dejándonos cuestionar, por las parábolas del capítulo 13 de Mateo.

 

Hoy tenemos tres parábolas muy cortas, pero sumamente interesantes: el tesoro escondido, la perla fina y la red en el mar. Para no extenderme, me ocuparé de las primeras dos.

 

Las parábolas del tesoro y la perla son mellizas: nos transmiten el mismo mensaje con metáforas distintas y un matiz importante que las distingue.

 

Si, como vimos el domingo pasado, el “Reino de los Cielos” puede ser interpretado como una metáfora de un “estado de consciencia”, podemos comprender “tesoro” y “perla” como esta consciencia plena que vale más que cualquier otra cosa.

 

Esta “consciencia plena” es un estado de lucidez, de comprensión, de visión: salimos de la visión estrecha, reductiva e interesada del ego y nos abrimos a una visión más profunda de lo real. En esta “consciencia plena” se centran todos los caminos contemplativos y místicos de la humanidad.

 

¿Como llegar a esta consciencia y esta sublime visión?

 

Las parábolas nos regalan pistas… no hay recetas. Cada cual debe recorrer su camino.

Como recuerda Raimon Panikkar: “La mística no tiene criterio extrínseco de verdad más allá de la propia experiencia.

 

Esta consciencia plena no es un logro, es un regalo. Se encuentra. Es el mensaje de la parábola del tesoro: el hombre no está buscando, simplemente encuentra. En este caso “no se llega” al Reino y la consciencia plena no es una meta: se descubre que ya estamos en él o en ella.

Picasso hizo la misma experiencia: “Yo no busco, encuentro.”

 

Por otro lado, la parábola de la perla nos recuerda la necesidad de la búsqueda: el negociante de perlas, es un buscador. Busca la perla y, por eso, la encuentra.

 

¿Qué hacer entonces?

¿Buscar o no buscar?

 

Como siempre la visión mística nos viene en ayuda.

No es necesario elegir, solo debemos escucharnos.

Los caminos son complementarios.

Por un lado, el Reino es pura gratuidad: aparece, se encuentra, se te regala.

Por otro, es fruto del esfuerzo y la búsqueda.

 

Esta dinámica se puede vivir diacrónicamente o simultáneamente: el Espíritu nos conduce.

A veces estamos llamados a buscar, otras encontramos sin buscar.

A veces buscamos y no encontramos. Otras encontramos sin buscar.

A veces vivimos las dos dimensiones a través de procesos, otras se nos regalan al mismo tiempo.

 

Es el misterio del camino único y original de cada cual. Es el misterio de la libertad y de la vocación exquisitamente personal.

Hay una constante: cuando hemos encontrado, cuando hemos tocado con mano este Misterio del Reino y de la consciencia plena, no hay vuelta atrás. Aparece una profunda y serena alegría, la misma alegría de los protagonistas de nuestras parábolas.

La visión queda, la experiencia marca un antes y un después, aunque, obviamente, queda la vulnerabilidad y la necesidad de crecimiento… pero todo ya desde otra perspectiva.

 

Por eso es tan esencial este camino y la mística insiste mucho en esto.

 

Detengamos un momento sobre un matiz importante: el hombre que encuentra el tesoro – al contrario del negociante de perlas –, “lo vuelve a esconder”.

 

La experiencia del Reino – la visión mística – necesita cierta reserva e intimidad.

Jesús lo expresó con una advertencia radical sobre el peligro de banalizar lo sagrado: “No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos” (Mt 7, 6).

 

No todo se debe y se puede compartir. Hay un cierto “pudor” también en la vida espiritual. Es muy interesante que el filósofo Byung Chul Han, desde otro lugar, subraye lo mismo.

En su libro “La sociedad de la transparencia” critica con lucidez esta total y superficial transparencia de la sociedad, donde todo se muestra y se publicita, especialmente en un exhibicionismo digital.

Dice, por ejemplo: “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual” y también: “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber... donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza... la transparencia deshace la confianza”.

El filósofo subraya que no es posible ni saludable, mantener una total transparencia; también las relaciones humanas más profundas necesitan algo de opacidad, de reserva. Hay ámbitos donde hay que mantener “el secreto”, hay “lugares” íntimos en la persona que no pueden ser revelados. Y hay un “lugar” que solo le pertenece a Dios.

 

Debemos aprender a elegir con quien compartir, qué compartir, cuando compartir. Hay un nivel de transparencia y profundidad que debemos honrar.

La cuenta bancaria no la compartimos con todo el mundo, tal vez solo con la familia o amigos cercanos.

Así sucede con nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestros deseos más profundos, nuestras desilusiones: la transparencia es acotada.

 

Lo mismo ocurre – y de una forma más radical – con la experiencia del “encuentro del tesoro”: hay que custodiar la experiencia. Es una experiencia que tiene características particulares y por eso necesita más cuidado aún. Se ancla en el silencio, no hay palabras adecuadas para comunicarla: debemos elegir con atención a las personas con las cuales intentar compartir.

Un tesoro se custodia con esmero, atención, pudor, respeto.

El Misterio indecible necesita silencio y cuidado para poder “ser dicho”.
La visión y la consciencia plena son humildes y evitan, paradójicamente, las luces y los aplausos.

 

Cuando encontramos el tesoro o la perla, podemos “vender todo”: su belleza es infinita y todo lo demás se relativiza. Todo se vuelve “valor” solo en relación al tesoro.

Terminemos con Rumi: “Sigue llamando a la puerta del gozo, hasta que la alegría interior abra una ventana y veas quién está allí”.

 

 

 

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