sábado, 31 de enero de 2026

Mateo 5, 1-12

 

Hoy se nos presenta uno de los textos más conocidos, más famosos y más bellos de todos los evangelios: las bienaventuranzas.

Para muchos es como la “Magna Carta” del mensaje de Jesús, un resumen de sus enseñanzas y de su vida, la transparencia de su corazón.

 

Las bienaventuranzas nos abren un ventanal sobre el gran tema de la felicidad.

 

En primer lugar, conviene recordar que la misma palabra “evangelio” significa “Noticia buena”, “Buen anuncio”, “linda noticia”. El evangelio es una linda noticia, antes que nada. El evangelio y las enseñanzas de Jesús son para nuestra felicidad y realización. Nunca olvidarlo.

 

En segundo lugar, debemos preguntarnos con honestidad y profundidad: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué significa ser feliz o vivir una vida plena?

 

Todos queremos ser felices, vivir una vida plena, realizada, con sentido y valor.

El deseo de felicidad está sellado con fuego en nuestro corazón.

La Alegría es nuestro origen y nuestro destino, mientras peregrinamos en la historia e intentamos convertir la misma historia en una fuente de gozo.

 

¿No es hermoso ver el propósito de la humanidad y de cada ser humano, como el trabajo de convertir la historia y la evolución, en belleza y alegría?

 

El problema es que nos confundimos.

Confundimos “felicidad” con “placer”, confundimos “felicidad” con total ausencia de dificultad y de dolor, confundimos “felicidad” con la sola satisfacción inmediata de los deseos (caprichos, en realidad) de nuestro ego.

 

La felicidad, en cambio, es algo mucho más profundo y más simple a la vez. La felicidad es algo también misterioso, que se escapa a nuestros intentos de definición.

 

La felicidad – y acá radica el mensaje de las bienaventuranzas – tiene que ver con la vida y el vivir.

 

La felicidad, una vida con sentido y con propósito, tiene que ver con la aceptación radical y confiada de todo lo que la vida nos presenta: luces y sombras.

Creemos que debemos evitar a toda costa la sombra y el dolor. Pero, como dicen muchos maestros espirituales: “escapar del dolor es la forma mejor para encontrarse con él”.

 

Una vida plena es una vida que agradece todo, asume todo, convierte la sombra en luz. Los artistas y los poetas lo saben muy bien: en muchos casos el éxtasis de la creatividad surge desde la noche, emerge del dolor, brota de la angustia.

 

Una vida plena es la que sabe aprovechar del dolor como combustible para crecer, que sabe ver el amanecer dentro de la noche.

Una vida plena es una vida que vive la vida y que no huye de la vida.

Una vida plena es una vida que reconoce el límite, abraza el límite y lo convierte en oportunidad y desafío.

 

¡Qué hermoso!

 

Es el Misterio de la vida, es el Misterio de la Alegría, es el Misterio del Amor.

 

No me crean: experimenten ustedes mismos.

 

Las bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza que no hay “felicidad individual”: el ser humano es un ser-en-relación, un ser que es relación. “Somos” porque “somos con el otro, desde el otro y con la creación”.

 

La felicidad bebe al inabarcable pozo de la relación. Lo sabemos por experiencia.

 

¿Cómo nos sentimos cuando podemos aliviar el dolor de otro ser humano?

¿Cómo nos sentimos cuando nuestra vida aporta valor a otra vida?

¿Cómo nos sentimos cuando nos reconocen y nos ayudan?

 

Aliviar el dolor del otro, llena de sentido el existir.

Levantar al otro de su caída, nos regala paz y alegría.

Caminar junto al otro, es fuente de plenitud.

Amar la creación, todo ser viviente, nos proporciona un gozo inimaginable.

 

No existe “felicidad individual” porque no existe un “yo individual”: lo que llamamos “yo” está siempre en relación a un “tu”.

Ser feliz, entonces, es abrirse a la alteridad y a la unidad, a la danza festiva de lo Uno y de lo diferente.

Felicidad es bailar con lo Uno abrazando lo distinto.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 24 de enero de 2026

Mateo 4, 12-17


 

Mateo nos dice que Jesús “se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago”.

En dos oportunidades – ya hace muchos años – tuve el regalo de visitar la tierra santa y los lugares donde Jesús vivió, caminó, enseñó.

Estuve en Cafarnaúm, a orilla del lago: hermoso lugar, hermosa visión del lago, donde se respira una paz única y especial.

 

Cafarnaúm se encuentra en la región de Galilea, al norte de Israel, situada específicamente en la orilla noroeste del “Mar de Galilea” o Lago de Tiberíades. Geográficamente, está a unos quince kilómetros al noreste de la ciudad de Tiberíades y muy cerca de otros sitios históricos importantes como Tabgha y el Monte de las Bienaventuranzas.

 

No tengo certezas, pero tampoco dudas, de que Jesús también amaba este lugar y esta visión. Jesús elige establecerse cerca del agua; la amaba y muchas veces la utiliza para sus enseñanzas. Basta con recordar el maravilloso encuentro con la samaritana junto al pozo y las palabras del Maestro: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna» (Jn 4, 14).

 

Me imagino al maestro al amanecer, sentado a orillas del lago, solo, contemplando. Su mirada serena y enamorada se pierde en el horizonte del lago: tal vez ahí, con la vista perdida en el horizonte, Jesús conectó con la libertad. Su mirada silenciosa se convierte en oración y sus ojos se humedecen. Jesús deja que el lago le hable y se deja atravesar por su silencio y su quietud. Su corazón arde: el fuego del amor lo consume. Desde el lago percibe el Espíritu, aprende a escuchar, ora por sus amigos y su misión. El lago expande la consciencia de Jesús y el infinito horizonte le habla del amor infinito del Padre.

 

Cada uno de nosotros tiene que encontrar su propio lago, su propia orilla. Debemos sentarnos a la orilla simbólica de nuestro lago simbólico: y escuchar, arder, orar, abrirnos al Espíritu.

Debemos encontrar, a orilla del lago, la libertad y el fuego del amor; y estamos llamados a encontrar, a orilla del lago, la luz que nos habita y en la cual habitamos.

Es la luz que Mateo conecta con Jesús: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz” (4, 16).

Mateo, como es su costumbre, cita a los profetas para mostrarnos que, en Jesús, se cumplen las profecías: la luz que Isaías anuncia, se revela en Jesús.

 

La luz, esta extraordinaria metáfora de lo divino. La luz que nos habita y nos permite ver.

Es la luz del salmo: “En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz” (36, 10). Por la luz divina, podemos ver la luz. La luz divina es principio y causa de nuestra posibilidad de ver: vemos, podemos ver, porque estamos en La Luz.

Jesús fue luz, vivió en la luz, anunció la luz.

 

Vivir en la luz, es nuestra vocación. San Pablo nos lo recuerda con fuerza: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (1 Tes 5, 5).

La luz no lucha en contra de la oscuridad. La luz ilumina. La luz sabe que la oscuridad tiene un rol que jugar.

La luz baila con la oscuridad: queremos bailar también.

Queremos ser una luz suave, cálida. No queremos encandilar. Jesús fue esta luz cálida, que supo bajar la intensidad para llegar a nosotros, hablar nuestro lenguaje y mostrar el rostro luminoso del Padre, sin cegarnos.

 

La luz de la transfiguración es un relámpago momentáneo que nos recuerda quienes somos y nos instala en Dios… pero lo cotidiano está hecho de luz serena, humilde, ajustada al otro y a su capacidad de visión. Una luz como el lago y su calma.

 

Enséñanos a ser luz, maestro de Nazaret.

Enséñanos a vivir en tu luz, en la luz del Padre.

Tu Espíritu nos enseñe a ser una luz amiga, fresca, humilde. Una luz atenta, serena y fiel. Amén.

sábado, 17 de enero de 2026

Juan 1, 29-34


 

Yo lo he visto”: en pocos versículos se repite dos veces está expresión. También dos veces se repite la palabra “testimonio”.

 

Visión y testimonio están profundamente conectados: solo se puede testimoniar, lo que se ve.

 

Yo lo he visto”, expresa una experiencia personal, directa, “in-mediata”, es decir, sin mediaciones.

 

Imprescindible la referencia a la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1, 1-3).

 

Es interesante notar como toda la escuela de Juan – el evangelista, Juan Bautista, el autor de la carta – insiste sobre la experiencia directa del encuentro con Jesús, a través de verbos muy concretos: ver, tocar, oír.

 

Yo lo he visto” es también la expresión central del camino espiritual y, en especial, de la mística.

 

Yo lo he visto” y no puedo decir que “no lo vi”.

He tocado con mano, y no puedo decir que “no lo toqué”.

He oído su voz, y no puedo decir que “no lo oí”.

 

La experiencia te pone contra las cuerdas.

 

Negar la experiencia es muy difícil: el nivel de autoengaño o de hipocresía tiene que ser muy elevado. A veces se puede negar la experiencia a partir del miedo, como le ocurrió a Pedro cuando traicionó a Jesús en la noche del proceso.

Sea lo que sea, la persona que vio, sabe que vio. La persona que tocó el fuego, sabe que quema.

 

Ver” nos libera: libera lo que tenemos adentro, libera para el amor y la creatividad. Libera para ser lo que somos. Es la experiencia de los artistas. Miguel Ángel, esculpiendo el David, dijo: “He visto un ángel en el mármol, y lo he esculpido para liberarlo”. Extraordinario: vio, esculpió, liberó. Somos este mármol, esperando la visión.

 

Yo lo he visto”: la crisis del cristianismo y la crisis de la iglesia, es la crisis de la visión. Crisis de la visión que es crisis de la experiencia y, por consecuencia, crisis del testimonio.

Es una crisis que se viene gestando desde décadas y que pide un cambio urgente. La fe ya no puede limitarse a una tradición, a una cultura, a la exterioridad de ritos y cultos y, menos, a dogmas y doctrinas.

 

En este cambio de época, el Espíritu nos invita con más decisión a “ver”, a tener una experiencia directa y personal del Misterio.

 

Resuenan las famosas y proféticas palabras de Karl Rahner, escrita en los años setenta: “El hombre espiritual del futuro o será un «místico», es decir una persona que ha «experimentado» algo, o no lo será más. Porque la espiritualidad del futuro no será transmitida ya más a través de una convicción unánime, evidente y pública, o a través de un ambiente religioso generalizado, si esto no presupone una experiencia y un compromiso personal.

 

Yo leo, en todo este proceso, la evolución de la consciencia, animada y sostenida por el Espíritu.

La unicidad y la irrepetibilidad de cada ser humano exige la visión, la experiencia directa y personal. Dios se revela y se expresa en cada ser humano y cada ser humano está llamado a revelar algo del Misterio divino. Por eso es imprescindible la experiencia directa, “el toque inmediato”, diría Raimon Panikkar.

 

Solo la experiencia directa es realmente transformadora.

Esta experiencia es también la base sólida y fecunda de una verdadera comunión. El sentido comunitario y la vivencia de la unidad – lo Uno que somos –, toman forma y sentido desde esta experiencia. Cuando nos enfocamos exclusivamente, o restringimos, el camino comunitario a las ideas, a los conceptos y a las opiniones, no puede haber una verdadera comunión.

 

Este es el problema de un ecumenismo simplemente doctrinal y un dialogo “políticamente correcto”. Es también el problema de los sistemas políticos y de las culturas.

No es posible un verdadero encuentro solo a partir de ideas, conceptos, doctrinas: el ser humano es mucho más que racionalidad.

 

La comunión profunda y verdadera se da desde otro lugar: el lugar del ser, de la vida, del Espíritu. El lugar donde cada cual está invitado a ser fiel a su vocación única y a su visión.

Negar el “yo lo he visto”, negar la experiencia y el llamado personal, nunca nos llevará a la unidad.

 

Tomás, en el fondo, tenía razón cuando dijo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20, 25).

Tomas quiere ver, quiere tocar y es justamente la experiencia del ver y del tocar que lo lleva al éxtasis místico: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

¿Cómo interpretar entonces las palabras del resucitado “¡Felices los que creen sin haber visto!”? (Jn 20, 29).

En este sentido: felices lo que siempre están viendo, porque ya no necesitan ver. Felices los que tocaron con mano el Misterio, porque ya están libres de creencias y de búsquedas de signos.

 

Es el maravilloso sentido de las palabras del resucitado a María de Magdala: “no me toques” (Jn 20, 17).

Jesús parece decir: “ya me tocaste, ya me viste, ya tuviste experiencia. Ahora es el momento del testimonio. Es el momento de vivir el Misterio. Es el momento de verme en todo y en todos.

 

¡Bellísimo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 10 de enero de 2026

Mateo 3, 13-17


 

Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús. Jesús es bautizado por Juan – probablemente un pariente cercano – en el río Jordán: evento central y transmitido por los cuatro evangelistas, aunque de manera indirecta por el cuarto evangelio.

 

Mateo nos dice que Juan se resiste y no quiere bautizar a Jesús. Posiblemente esta resistencia de Juan refleja una tensión de los primeros tiempos entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús: ¿quién es el más grande?

Mateo, como es su costumbre, quiere mostrarnos la superioridad de Jesús y su estatus de Mesías. Por eso la actitud de respeto y veneración de Juan.

 

Por otro lado, se nos revela la humildad de Jesús. Jesús, nos sugiere Mateo, acepta el bautismo de Juan. Se pone en la fila, como todos, y se hace bautizar.  

Jesús no busca ni admite privilegios: que buen testimonio y que hermosa enseñanza para nuestras sociedades y nuestras autoridades, ávidas de privilegios y reconocimiento.

 

Los beneficios y los privilegios de los parlamentarios de la mayoría de los estados (supuestamente) democráticos, son notorios y escandalosos. También ocurre, a veces, con las autoridades religiosas. Gran tentación, gran peligro. El poder, en todos los campos, fascina, atrapa y mata… como las sirenas de Homero que cantan a Ulises: “¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos!

Detén tu nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negra nave sin escuchar nuestra dulce voz, sino que se van deleitados y sabiendo más cosas. Pues sabemos cuántas fatigas ocurrieron en Troya por voluntad de los dioses, y sabemos todo lo que sucede en la fértil tierra.”

Ulises solo puede escapar del canto mortífero de las sirenas, porque – a partir de su indicación previa – es atado al mástil de la nave por sus compañeros de navegación.

 

¿Cuál es tu mástil que te impide caer en la tentación del poder, del orgullo, de la búsqueda de privilegios?

 

Jesús, en su bautismo, ya vive lo que anunciará en su predicación: Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14, 8-11).

 

Para las autoridades religiosas, vienen bien estas otras palabras del maestro: Tengan cuidado de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas” (Lc 20, 46).

 

Jesús no necesita reconocimiento externo, porque está conectado con su verdad, con su esencia. Sabe quién es. Y quién sabe quién es, ha encontrado la libertad y el camino del servicio desinteresado.

Es lo que se revela, propio en su bautismo.

A mi parecer, la experiencia del bautismo de Jesús es clave. Es el momento central de su iluminación.

A través de los simbolismos que Mateo nos proporciona – los cielos se abren, baja el Espíritu en forma de paloma, se oye la voz del Padre – podemos intuir la experiencia mística de Jesús.

Jesús toma plena consciencia de su identidad y de su vocación/misión.

 

El tema de la identidad y de la vocación reflejan las dos dimensiones centrales de todo camino espiritual: los encontramos en todas las religiones y tradiciones espirituales, con diferentes matices.

Son, de igual forma, las preguntas claves de la filosofía, de la ética, de la búsqueda científica: ¿Quién soy? ¿Para que estoy acá?

 

La identidad: ¿quién soy en profundidad? ¿Quién soy, cuando todo se derrumba? ¿Quién soy, cuando todo lo que puede morir, se muere?

 

San Simeón el Nuevo Teólogo, místico bizantino del año mil, nos dice: “Sé que no moriré, pues estoy dentro de la vida y tengo toda la vida que brota dentro de mí

 

La vocación: ¿para qué me dieron la vida? ¿Qué tengo que hacer en este mundo? ¿Cuál es mi aporte único e insustituible a la humanidad?

Termino con un poema de Rumi que apunta también a nuestra más profunda identidad, desde la cual brotan y fluyen, la vocación y la misión:

 

Bendito el momento en que nos sentamos en el jardín, Tú y yo.

Dos formas, dos caras, pero una sola alma, Tú y yo.

Los pájaros cantarán canciones de vida eterna en cuanto entremos en el jardín de rosas, Tú y yo.

Las estrellas del cielo vendrán a mirarnos, bellas como la luna, entrelazados en éxtasis, Tú y yo.

Los pájaros del paraíso se llenarán de envidia cuando nos oigan reír felizmente, Tú y yo.

Qué maravilla, nosotros juntos sentados aquí, y al mismo tiempo en Iraq y Khorasan. Tú y yo.

Una forma en esta tierra y en la Eternidad. Tú y yo

 

 

sábado, 3 de enero de 2026

Juan 1, 1-18

 


 

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (1,1): empieza así el texto de hoy. Empieza así uno de los textos espirituales más conocidos, más profundos, más bellos de la historia. Empieza así el prólogo de San Juan: texto místico, cósmico, inspiradísimo, inacabable, insuperable.

 

Quisiera centrarme en la dimensión de la palabra.

Palabra” traduce el termino original griego “Logos”, un término de una riqueza semántica muy amplia. No significa solo “palabra/discurso” con el significado restringido que le damos nosotros hoy. Significa también “orden, sentido, armonía”.

Podemos intuir, entonces, la intención de Juan: al principio – no es un principio temporal, sino de fundamento – hay un orden, un sentido. La creación, en su origen y fundamento, tiene un Logos, tiene un por qué: el caos y el vacío de Genesis 1, 2 tienen un sentido. Hay una armonía invisible que todo lo sostiene, hay un sentido, un propósito. ¡Qué maravilla y que paz!

Con frecuencia este sentido y propósito nos quedan ocultos y nuestra mente limitada no los capta: confiemos y abrámonos al Espíritu desde el alma ilimitada y no solo desde la limitada racionalidad.

 

Este “Logos” es también Palabra, se revela como palabra y como palabra humana. Es el principio fundamental de la encarnación que vemos reflejado de una manera única en la carne de Jesús de Nazaret. Dios se encarna no solo en Jesús, sino en las palabras humanas y, para nosotros, de una manera especial, en las palabras de la Escritura. Dios se revela en palabras humanas y no podría ser de otra forma: ¿Cómo podríamos entenderlo?

 

Cuando la Virgen María se le apareció a Bernardita en Lourdes en 1858, le hablaba en el dialecto local que Bernardita podía entender. Principio de encarnación, otra vez.  

 

El lenguaje, que toma cuerpo y forma en la palabra y en las palabras, nos define como seres humanos. La palabra es humana y solo humana. Los demás seres vivientes se comunican desde otros lugares.

La palabra: ¡misterio inefable!

El ser humano es palabra, hasta tal punto, que si a un bebé no se le habla puede morir o su desarrollo queda drásticamente bloqueado. No se crece sin palabra, no vivimos sin palabra.

Por eso, La Palabra está en el origen y por eso, en el relato mítico de la creación, Dios crea a través de la palabra.

Porque la palabra auténtica, la palabra que crea, no es solo voz, sonido, aire y cuerdas vocales. La palabra es energía creadora, es revelación del ser, manifestación de la vida, visibilidad de lo invisible y lo interior. La palabra es puente entre el ser invisible e inefable y su revelación concreta, humana, histórica.

 

Dios no tiene voz, pero tiene palabra. Su creación es su palabra.

En la palabra humana, Dios se revela y se oculta a la vez. La palabra es siempre, simultáneamente, revelación y ocultamiento.

 

La palabra humana es el vértice y la cumbre de la dimensión paradójica de la existencia. La palabra humana es sumamente frágil y sumamente poderosa. Es luz y tiniebla. Crea y destruye.

La palabra humana necesita siempre escucha e interpretación.

Nos comunicamos y nos revelamos a través de la palabra y también nos ocultamos y huimos, detrás de la palabra inauténtica o mal comprendida. La palabra es compleja y hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en nuestro inconsciente y en el inconsciente colectivo.

Una palabra puede resucitar o matar. Puede ser fuente de vida o camino de muerte. La palabra une y divide. En su vocación más pura la palabra es luz: la luz de la consciencia, de la comprensión, de la vida.

 

Por eso, para nosotros, Jesús es La Palabra. En Jesús, Dios pudo hablar sin obstáculos. Jesús fue transparente, abierto, disponible. Dios pudo “hablar” a través de Jesús, con total libertad. Por eso Jesús es revelación de Dios, es luz y nos transmite la luz.

 

Por eso también, las palabras de Jesús fueron palabras de vida: Jesús hablaba desde la verdad, desde el ser, desde el Espíritu. La palabra de Jesús nunca fue solo voz, solo aire. La palabra de Jesús tenía autoridad porque era vida, siempre en función de la vida y en total coherencia. En Jesús, palabra y acción coincidían: su palabra era su hacer y su hacer era su palabra.

Esta fue una de las críticas más contundentes del maestro a las autoridades religiosas de su época: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt 23, 2-3).

Esta es la gran conversión que necesitamos. Tal vez la única. Esta es la conversión: volver a la coherencia de la palabra. Volver a una palabra viva, fiel, creadora, auténtica. Volver a una palabra viva, que coincida con la vida.

Decía el maestro: “Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no.” (Mt 5, 37).

 

La crisis de la política es la crisis de la palabra. Los políticos mienten y se mienten: su palabra es vacía, palabra podrida e hipócrita, solo aire.

La crisis de la sociedad es la crisis de la palabra: ya no podemos confiar en la palabra, la palabra no coincide con el pensamiento y con los hechos.

La palabra de la iglesia y de sus responsables también es, en demasiadas oportunidades, palabra vacía, palabra repetitiva, aburrida, superflua.

 

Necesitamos menos palabras y palabras más auténticas. Necesitamos palabras creadoras, palabras de fuego.

Necesitamos de silencio, para volver a fecundar la palabra. Necesitamos de un silencio auténtico, no de un silencio como huida de nosotros y del otro. Hay un silencio enfermizo que nos encierra, que es una burda evitación de lo real y un escape al solipsismo. Hay un silencio terrible que genera violencia, como nos recuerda el filósofo francés Gilles Deleuze: “la violencia no habla”. Cuando muere la palabra, como muere la capacidad de escucha y de dialogo, solo queda lugar para el conflicto, la violencia, la muerte.

Cuando muere la palabra, muere la democracia y se engendran dictaduras, totalitarismos, opresiones.

 

Necesitamos apagar voces, conversaciones superfluas, aparatos digitales.

Nuestro tiempo necesita destronar la palabra vacía, egoica, hiriente y volver a una palabra viva.

 

La palabra verdadera solo nace del silencio interior, solo brota de la escucha atenta de La Palabra divina que resuena en el alma de cada ser humano y de toda la creación.

 


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