sábado, 8 de agosto de 2026

Mateo 14, 22-33

 


 

Jesús – en este relato de Mateo que sigue al texto del domingo pasado – despide a la multitud y, otra vez, se queda solo: “subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (14, 23).

 

La compasión había empujado a Jesús a salir de su soledad y oración, y ahora, después de haber atendido a la gente, regresa a su interioridad orante.

 

Mateo parece sugerir que toda la actividad misionera y sanadora de Jesús se realiza dentro del marco de la interioridad y la oración.

 

Jesús se nutre de la Fuente, desde la Fuente toma fuerza y discernimiento y a la Fuente regresa para entregar lo vivido.

 

En todo esto podemos descubrir una extraordinaria sabiduría para nuestra vida y nos podemos preguntar:

 

¿Cuál es el marco de nuestro hacer y de nuestras acciones?

 

La sabiduría de las tradiciones contemplativas nos sugiere, justamente, enmarcar nuestras jornadas entre dos momentos de oración silenciosa: al comenzar el día y al atardecer.

 

Los invito a implementar esta práctica espiritual y asistirán, sin duda, a una profunda transformación.

 

El relato de Mateo continua y nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas, yendo hacia la barca donde se encontraban los discípulos, asustados por el viento y las olas.

El miedo engendra más miedo y genera ilusiones: los discípulos no logran reconocer a Jesús que se acerca y creen ver a un fantasma.

Una mente con miedo, ve cosas que no existen o distorsiona lo que ve. Lo sabemos por experiencia.

Si tenemos miedo a los perros y andamos en bicicleta, cualquier bulto a lo lejos, nos parecerá un perro que nos espera para asaltarnos… si tenemos miedo a que nos roben, cualquier persona que viene caminando detrás de nosotros, se convertirá en un terrible ladrón o asesino en serie…

 

¿Cómo salimos de estos miedos irracionales que nos enferman y bloquean nuestro crecimiento?

 

Este relato catequético de Mateo nos regala una pista clave, invitándonos a escuchar la voz de Jesús: “Tranquilícense, soy yo; no teman” (14, 27).

 

Detrás de cada experiencia que vivimos se esconde el Espíritu del Cristo Viviente que nos repite: “Soy Yo, no teman.”

 

Es la invitación radical a la confianza: “No teman porque valen más que muchos pájaros” (Mt 10, 31) … “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc 12, 32).

 

¿Cómo viviríamos nuestras jornadas, si lográramos escuchar siempre esta voz interior del Espíritu?

 

Nuestro texto llega a su ápice con la invitación de Jesús a Pedro: “ven” (14, 29).

Jesús invita a Pedro a salir de la barca y a caminar sobre el agua, como él. El Espíritu te está diciendo hoy, ahora: “ven”.

 

El mensaje es claro, central y contundente.

 

Jesús invita a Pedro, y te invita a ti, a salir de la zona de confort, de las certezas, de las seguridades que ahogan la vida.

El agua, en la simbología bíblica, expresa las fuerzas oscuras y salvajes de la vida y el caminar sobre las aguas revela lo imposible… el evangelio nos está diciendo: “¡atrévanse a lo imposible!” … porque, como le dijo el ángel a María “no hay nada imposible para Dios” (Lc 1, 37).

 

Es la invitación, maravillosa y extraordinaria, a vivir la vida con pasión, entusiasmo y coraje. Es la invitación del Espíritu a salir de los miedos, de una vida demasiado racional, de una visión estrecha, de un corazón que no asume el riesgo del amor y del amar.

 

La experiencia de una vida plena se regala a aquellos que se atreven, que confían, que aman, que se entregan radicalmente, que son fieles a la voz interior.

 

Este es el testimonio de Jesús, de los santos, de los místicos de todos los tiempos.

 

Pedro se atreve y camina por un instante sobre las aguas… y otra vez aparece el miedo… y el miedo nos hunde, porque el “miedo pesa más que el plomo”.

Y siempre aparece la mano segura y compasiva de Jesús que nos reinicia, nos invita a comenzar de nuevo, nos libera continuamente de los miedos que aparecen y reaparecen.

El miedo y la fragilidad de Pedro que lo llevan a hundirse, no son un fracaso, sino aprendizaje. Miedo y fragilidad se convierten en maestros, si sabemos escucharlos, si humildemente agarramos la mano que Jesús nos ofrece.

 

Estamos llamados a honrar el don de la vida, atravesando miedos y caídas. Estamos llamados a hacer que nuestro pasar por este mundo, como enseña la parábola de los talentos, pueda ser fecundo y dar mucho fruto.

 

El Espíritu te dice: “Ven. Atrévete. Vive, sueña, ama. Encuentra tu propósito en esta vida, encuentra tu sentido único y original. Sé fecundo, entrégate. Ama todo, hasta tu fragilidad: si caes, levántate y recomienza. No te obsesiones con una vida larga, sino preocúpate de una vida ancha.

 

 

 

 


sábado, 1 de agosto de 2026

Mateo 14, 13-21


   

Jesús se entera de la muerte de Juan Bautista y se retira en soledad y en oración: navega, solo, en la barca.

Juan Bautista fue, sin duda, un referente en la vida de Jesús y su trágica muerte le afectó. Jesús necesita vivir el duelo en soledad, en silencio y en oración.

Resulta evidente también, en este pasaje de su vida, su profunda humanidad y su sabiduría.

Podemos plantearnos cual es nuestra forma de vivir los duelos, los problemas, las dificultades: ¿escapamos? ¿nos escondemos en la diversión o la superficialidad? ¿intentamos negar lo ocurrido?

 

¿O, como Jesús, nos tomamos el tiempo necesario de silencio, soledad, oración?

 

La soledad de Jesús dura poco: la gente lo busca, lo necesita.

Jesús nos regala otra enseñanza bellísima y fundamental: sabe perder su deseo de soledad para vivir la compasión: “Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (14, 14).  

A menudo no importa tanto la cantidad de tiempo que dedicamos al silencio, la contemplación y la soledad, sino la calidad. En ocasiones puntuales, también, alcanzan la intención y la atención.

 

La compasión es uno de los ejes del evangelio, de la vida de Jesús y de sus enseñanzas. Paralelamente también, la compasión es el eje de prácticamente todas las religiones y tradiciones espirituales de la humanidad.

 

Escribe el Dalai Lama: “El amor y la compasión son necesidades, no lujos. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir.

Por su lado el hinduista Vivekananda dice: “El amor y la compasión son las verdaderas fuerzas que pueden transformar el mundo.

Por último, el rabino Abraham Heschel nos muestra que la compasión de Dios no es debilidad o blandura, sino que va de la mano de la justicia y la exigencia de crecimiento: “Dios es compasión, no una concesión a medias; es justicia, pero no severidad sin misericordia.

 

¿De dónde surge la compasión?

 

La compasión no nace del esfuerzo de la voluntad. Nace, más bien, de la visión y de la comprensión. La compasión es fruto de un esfuerzo consciente de atención y, por eso, en su raíz, la compasión brota de la contemplación.

Es interesante que nuestro texto subraya que la compasión de Jesús por la muchedumbre enferma y necesitada, nace desde su soledad y su silencio: “después” del silencio, surge la compasión.

 

Cuando estamos atentos y contemplamos, ¿qué vemos?

 

Vemos que “el otro soy yo”: es el descubrimiento sublime de la profunda unidad que somos y que nos habita. Vemos que venimos de lo Uno, somos expresión de lo Uno. Vemos que “somos lo mismo, pero diferentes”.

 

Es, otra vez, lo que nos dice la mística y la visión no-dual.

 

Cuando hacemos experiencia directa, personal, concreta de esta verdad, la compasión brota sola. Soy consciente de que el sufrimiento del otro es mi sufrimiento y que lo que hago o no hago “al otro”, lo hago o no lo hago a mí mismo.

Es la gran verdad que Mateo expresará al final de su evangelio en la parábola del “juicio universal”: Mateo 25, 31-46.

El extraordinario y revolucionario mensaje de esta parábola nos cuesta aceptarlo y vivirlo, – a pesar de su evidencia –.

Esta parábola puede ser el mejor comentario a nuestro texto también: el criterio que Jesús y Mateo ponen para la salvación – la vida plena – no es un criterio religioso, doctrinal, dogmático, cultural. Es un criterio ético.  Se “salva” – realiza su vida en plenitud – quién vive la compasión. Una vida “realizada” es una vida que supo entregarse en el amor y reconocer la raíz única que nos habita.

 

Esta compasión, lo hemos visto en las palabras de Heschel, no es para nada “asistencialismo” o “paternalismo barato”: el amor y la verdadera compasión, son exigentes y liberan a la persona para que pueda caminar sola, en autonomía.

Por eso, cuando los discípulos se quejan y piden a Jesús que despida a la multitud, la compasión del maestro se convierte en una orden: “denles de comer ustedes mismos” (14, 16).

 

La verdadera compasión no genera personas dependientes, sino ayuda a crecer y a volverse autónomos.

Es una enseñanza muy fuerte y necesaria, especialmente en este tiempo donde en la iglesia y en muchos gobiernos o instituciones, quedan nichos de un paternalismo que genera dependencia, baja autoestima y pobreza.

 

Sin duda, la misma compasión – y es la otra cara de la medalla – se hace cargo de la impotencia del “otro/yo” y, cuando es necesario, responde desde la entrega más gratuita y generosa. Es lo que hace Jesús con la multiplicación de panes y peces.

Pero, esta es la clave, lo hace no desde la superioridad, sino desde la referencia al Padre, la gratitud y la bendición.

 

La compasión no puede ser nunca vivida desde arriba hacia abajo o desde una supuesta superioridad hacia lo inferior.

Es, justamente, al revés: la compasión se realiza desde una profunda horizontalidad.

 

Soy compasivo, no porque “soy más que tu” o “tengo más que tu”. Soy compasivo porque “soy como tú”, “soy tú”.

Soy compasivo porque soy reflejo y manifestación del Amado, el Compasivo.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 25 de julio de 2026

Mateo 13, 44-52


  

Seguimos analizando y dejándonos cuestionar, por las parábolas del capítulo 13 de Mateo.

 

Hoy tenemos tres parábolas muy cortas, pero sumamente interesantes: el tesoro escondido, la perla fina y la red en el mar. Para no extenderme, me ocuparé de las primeras dos.

 

Las parábolas del tesoro y la perla son mellizas: nos transmiten el mismo mensaje con metáforas distintas y un matiz importante que las distingue.

 

Si, como vimos el domingo pasado, el “Reino de los Cielos” puede ser interpretado como una metáfora de un “estado de consciencia”, podemos comprender “tesoro” y “perla” como esta consciencia plena que vale más que cualquier otra cosa.

 

Esta “consciencia plena” es un estado de lucidez, de comprensión, de visión: salimos de la visión estrecha, reductiva e interesada del ego y nos abrimos a una visión más profunda de lo real. En esta “consciencia plena” se centran todos los caminos contemplativos y místicos de la humanidad.

 

¿Como llegar a esta consciencia y esta sublime visión?

 

Las parábolas nos regalan pistas… no hay recetas. Cada cual debe recorrer su camino.

Como recuerda Raimon Panikkar: “La mística no tiene criterio extrínseco de verdad más allá de la propia experiencia.

 

Esta consciencia plena no es un logro, es un regalo. Se encuentra. Es el mensaje de la parábola del tesoro: el hombre no está buscando, simplemente encuentra. En este caso “no se llega” al Reino y la consciencia plena no es una meta: se descubre que ya estamos en él o en ella.

Picasso hizo la misma experiencia: “Yo no busco, encuentro.”

 

Por otro lado, la parábola de la perla nos recuerda la necesidad de la búsqueda: el negociante de perlas, es un buscador. Busca la perla y, por eso, la encuentra.

 

¿Qué hacer entonces?

¿Buscar o no buscar?

 

Como siempre la visión mística nos viene en ayuda.

No es necesario elegir, solo debemos escucharnos.

Los caminos son complementarios.

Por un lado, el Reino es pura gratuidad: aparece, se encuentra, se te regala.

Por otro, es fruto del esfuerzo y la búsqueda.

 

Esta dinámica se puede vivir diacrónicamente o simultáneamente: el Espíritu nos conduce.

A veces estamos llamados a buscar, otras encontramos sin buscar.

A veces buscamos y no encontramos. Otras encontramos sin buscar.

A veces vivimos las dos dimensiones a través de procesos, otras se nos regalan al mismo tiempo.

 

Es el misterio del camino único y original de cada cual. Es el misterio de la libertad y de la vocación exquisitamente personal.

Hay una constante: cuando hemos encontrado, cuando hemos tocado con mano este Misterio del Reino y de la consciencia plena, no hay vuelta atrás. Aparece una profunda y serena alegría, la misma alegría de los protagonistas de nuestras parábolas.

La visión queda, la experiencia marca un antes y un después, aunque, obviamente, queda la vulnerabilidad y la necesidad de crecimiento… pero todo ya desde otra perspectiva.

 

Por eso es tan esencial este camino y la mística insiste mucho en esto.

 

Detengamos un momento sobre un matiz importante: el hombre que encuentra el tesoro – al contrario del negociante de perlas –, “lo vuelve a esconder”.

 

La experiencia del Reino – la visión mística – necesita cierta reserva e intimidad.

Jesús lo expresó con una advertencia radical sobre el peligro de banalizar lo sagrado: “No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos” (Mt 7, 6).

 

No todo se debe y se puede compartir. Hay un cierto “pudor” también en la vida espiritual. Es muy interesante que el filósofo Byung Chul Han, desde otro lugar, subraye lo mismo.

En su libro “La sociedad de la transparencia” critica con lucidez esta total y superficial transparencia de la sociedad, donde todo se muestra y se publicita, especialmente en un exhibicionismo digital.

Dice, por ejemplo: “La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual” y también: “La confianza sólo es posible en un estado medio entre saber y no saber... donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza... la transparencia deshace la confianza”.

El filósofo subraya que no es posible ni saludable, mantener una total transparencia; también las relaciones humanas más profundas necesitan algo de opacidad, de reserva. Hay ámbitos donde hay que mantener “el secreto”, hay “lugares” íntimos en la persona que no pueden ser revelados. Y hay un “lugar” que solo le pertenece a Dios.

 

Debemos aprender a elegir con quien compartir, qué compartir, cuando compartir. Hay un nivel de transparencia y profundidad que debemos honrar.

La cuenta bancaria no la compartimos con todo el mundo, tal vez solo con la familia o amigos cercanos.

Así sucede con nuestra fragilidad, nuestro pecado, nuestros deseos más profundos, nuestras desilusiones: la transparencia es acotada.

 

Lo mismo ocurre – y de una forma más radical – con la experiencia del “encuentro del tesoro”: hay que custodiar la experiencia. Es una experiencia que tiene características particulares y por eso necesita más cuidado aún. Se ancla en el silencio, no hay palabras adecuadas para comunicarla: debemos elegir con atención a las personas con las cuales intentar compartir.

Un tesoro se custodia con esmero, atención, pudor, respeto.

El Misterio indecible necesita silencio y cuidado para poder “ser dicho”.
La visión y la consciencia plena son humildes y evitan, paradójicamente, las luces y los aplausos.

 

Cuando encontramos el tesoro o la perla, podemos “vender todo”: su belleza es infinita y todo lo demás se relativiza. Todo se vuelve “valor” solo en relación al tesoro.

Terminemos con Rumi: “Sigue llamando a la puerta del gozo, hasta que la alegría interior abra una ventana y veas quién está allí”.

 

 

 

sábado, 18 de julio de 2026

Mateo 13, 24-30

 


 

Seguimos reflexionando a través de las parábolas del capítulo 13 de Mateo. El texto de hoy sigue al texto del domingo pasado y se nos regala la famosa parábola del “trigo y la cizaña”: también esta parábola – si sabemos leerla – tiene una fuerza revolucionaria increíble.

 

El gran problema es que nos hemos acostumbrado a leer el evangelio – y especialmente algunas parábolas muy conocidas – y nuestra lectura es superficial, moral, anclada a esquemas clásicos y repetidos. Hemos olvidado el carácter desafiante de las parábolas de Jesús.

 

Jesús, entre otras muchas facetas, es un maestro de sabiduría.

Jesús nos enseña la sabiduría, nos enseña a ver la vida, a mirar con más profundidad. Cuestiona nuestro modo de ver y nos invita a otra mirada. Las parábolas – si nos abrimos y bajamos las defensas – son “espadas” que abren una brecha en nuestra mente y desarman nuestra visión.

 

La enseñanza de Jesús – si sabemos leerla y nos liberamos de una lectura mayoritariamente moralista y dogmática – está anclada a toda la tradición de sabiduría de Israel y del mundo semítico y tiene una evidente carga no-dual o mística. Afirma la mística contemporánea y sacerdotisa episcopaliana Cynthia Bourgeault: “Cuando realmente buceamos bajo la superficie de sus enseñanzas, encontramos que hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Mucho más. Y no tiene mucho que ver con ser «bueno».

La parábola de hoy es, desde mi percepción, clarísima.

 

En esta tradición de sabiduría, el “Reino de los cielos” que Jesús anuncia, es un “estado de consciencia”, la dimensión profunda de la vida, una forma de ver y de vivir. Sostiene lo mismo el autor espiritual Jim Marion, diciendo que el Reino de los cielos es realmente una metáfora de un estado de consciencia: no un lugar al que vayamos, sino el lugar del que venimos. El monje benedictino John Main diría: “el Reino es una experiencia.”

 

Esta lectura desde la sabiduría no descarta otros tipos de lectura, como la que hace el mismo Mateo en 13, 36-43 a través del esquema escatológico: lo que Mateo narra como fuerza externa – el diablo – la tradición sapiencial lo relee como la dinámica interior del ego: dos lenguajes para la misma lucha entre luz y sueño.

El texto evangélico tiene varias capas de interpretación y cada capa puede aportarnos algo: podemos integrar las distintas capas sin necesidad de entrar en conflicto. Desde mi experiencia, la lectura mística, revela una de las capas más auténticas y profundas.

 

Jesús compara el Reino con una buena semilla. La semilla es buena y esta semilla está llamada a dar fruto.

¿Qué ocurre? Mientras todos duermen, el enemigo siembra cizaña, un yuyo inútil y dañino.

La referencia de Jesús al dormir es una clara referencia a un estado de consciencia: el estado de quién vive en un sueño, no logra captar la realidad o confunde el sueño con la realidad.

El “enemigo” que siembra la cizaña, aprovechando este estado de ensoñación es, desde esta lectura, el “ego”. Cuando estamos dormidos, cuando vivimos mecánicamente, superficialmente, el “ego” nos atrapa y nos confunde. La vida cae en una rutina sin sentido, nos volvemos narcisistas, no logramos ver la belleza, nos aferramos a falsos sentidos de identidad, vivimos constantemente en conflicto y zarandeados por las emociones.

 

¿Qué hacer?

La indicación de Jesús es sorprendente y va en contra de la lógica: ¡no arranquen la cizaña!

 

Es decir: no intenten extirpar “el mal”, lo “dañino”, antes del tiempo.

Dicho de otra forma también: no luchen en contra del mal.

La lucha “en contra” y a “destiempo”, refuerza lo que se quiere erradicar.

La historia enseña, la psicología enseña, la espiritualidad enseña, la medicina enseña: todavía no hemos aprendido.

 

El “mal”, ya lo decía San Agustín, no tiene consistencia propia: es ausencia de “bien”.

La oscuridad no se combate: simplemente se prende la luz. Y, la luz, es el símbolo más potente de la consciencia.

La cizaña juega su propio rol. No crecemos en consciencia de forma automática: necesitamos tiempo, necesitamos caminar, aprender, caer y levantarnos.

 

El “estado de consciencia” del Reino se nos regala en un proceso: saltar etapas o apresurar procesos, puede ser contraproducente o hasta peligroso.

El “ego” tiene su función y su rol: “aniquilarlo” sin comprenderlo, tiene graves consecuencias. Trascenderlo desde la comprensión, en cambio, nos abre al camino místico.

Por eso los maestros nos advierten que “locura” y “mística” están muy muy cerca.

 

Además, la parábola de Jesús, nos invita a reconocer que en nuestra propia vida y en la realidad, “bien” y “mal” conviven, como la luz y la oscuridad. La vida necesita de la tensión complementaria de la polaridad.

 

Intentar erradicar el “polo negativo”, sin comprender su mensaje y sin integrarlo, nos destruye.

 

La locura de las guerras revela precisamente esto: la incapacidad radical de ver la oscuridad propia, se descarga sobre un supuesto “enemigo”. El “ego” siempre necesita inventarse “enemigos”.

 

Podemos resumir el extraordinario mensaje de esta parábola y buena parte de la enseñanza de Jesús en cuatro grandes ejes:

 

1.   Crecer en la capacidad de integrar el manifestarse de la vida en todas sus dimensiones. Sin negación, asumiendo y trascendiendo.

2.   Aprender la sabiduría del tiempo. Hay un tiempo para todo. Saber discernir los tiempos puede transformar por completo una realidad.

3.   Crecer en consciencia mediante la atención a los mecanismos inconscientes del ego.

4.   Entender el Reino como un estado del ser y como la experiencia vital del encuentro y de la presencia.

 

 

 

 

 

 


sábado, 11 de julio de 2026

Mateo 13, 1-23


      

En el capítulo 13 el evangelista Mateo reúne toda una serie de parábolas, empezando por la conocida parábola del sembrador. Es la parábola que abre el capítulo y es el texto que la liturgia nos propone hoy para nuestra reflexión y oración.

 

El teólogo y mártir protestante, Dietrich Bonhoeffer, nos ofrece unas palabras muy lúcidas que concentran el mensaje de nuestro texto:

 

No debemos buscar en la Escritura solo lo que nos gusta o lo que nos ayuda hoy. Debemos permitir que la Palabra nos hable en su totalidad, incluso cuando no la entendemos de inmediato. La Palabra necesita tiempo para echar raíces en nosotros, y ese tiempo se lo damos mediante la meditación diaria y constante.

 

El paralelo comparativo que el evangelio hace entre la Palabra y la escucha por un lado y la semilla y los frutos por el otro es muy claro, fuerte y tajante.

La Palabra – y la misma enseñanza de Jesús – no puede dar fruto en nosotros si no hay una actitud profunda de escucha, paciencia, perseverancia.

Como la semilla necesita tiempo en la oscuridad de la tierra para germinar, crecer y dar fruto, así la Palabra necesita tiempo para echar raíz en el corazón humano y ser fecunda.

 

En este mundo obsesionado por la rapidez, la eficiencia y la productividad, esta parábola es revolucionaria.

En el camino espiritual no hay atajos. Obviamente el Espíritu actúa con soberana libertad y puede iluminar a cualquiera, en el momento que sea. Pero, generalmente, el Espíritu interactúa con nuestra consciencia y con los tiempos y los procesos psicológicos.

Nuestra tarea entonces es imprescindible, inevitable y urgente.

Debemos dar todos los pasos necesarios, por lo que depende de nosotros, con el fin de que la semilla de la Palabra, pueda encontrar el terreno fértil de la apertura, de la escucha, de la disponibilidad.

 

Debemos ser concretos: encontrar todos los días de nuestra vida un momento de silencio, de escucha, de quietud interior.

Debemos ser concretos, sino huiremos: fijar lugar y horario. Y ser fieles.

 

El texto de hoy también nos presenta un mensaje bastante duro y de difícil comprensión. Son los versos 12-15: “Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure»”.

 

Por un lado, estas palabras nos revelan la dinámica interna y aparentemente paradójica del amor: cuanto más doy más tengo, cuanto más retengo, menos tengo. El amor es la única realidad que se multiplica cuando se entrega. Lo sabemos, porque lo hemos experimentado. Pero nos cuesta vivirlo, porque el ego siempre está defendiéndose y nos hace creer que si entregamos quedamos con las manos vacías… ¡y el ego le tiene terror al vacío!

Toda la enseñanza de Jesús va en esta línea: “entréguense y confíen. Cuanto más amor entregan, más amor experimentarán y tendrán”.

Lucas lo dice así: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (6, 38).

 

Es la ley de la vida: lo que se retiene, se pudre. Lo que se entrega, florece. Y nosotros florecemos junto con lo que entregamos.

Recordemos estas otras palabras del maestro: No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).

 

En segundo lugar, Jesús insiste, como en muchos otros lugares, en el tema de la ceguera y la dureza del corazón y cita a Isaías, el cual parece decirnos, que detrás de la dureza del corazón hay un proyecto de Dios.

La Biblia misma nos dice, en un pasaje esencial de la historia de Israel: “el Señor endureció el corazón del Faraón, y él no dejó partir a los israelitas” (Ex 10, 20).

Es un tema que abrió debates teológicos muy profundos:

¿Es Dios mismo que, en su diseño de amor, “endurece” el corazón o permite la “ceguera”?

 

Podemos descubrir dos pistas complementarias.

En primer lugar, la Biblia y Jesús mismo, sugieren que detrás de nuestra estupidez y ceguera, se oculta misteriosamente y en cualquier caso, la sabiduría divina.

Lo que la Biblia llama “Dios endurece” es una forma hebraica de reconocer que Dios permite la libertad humana hasta sus últimas consecuencias. En este caso entonces, Dios no es el autor de la dureza, sino el testigo de cómo el corazón humano, al rechazar la luz, termina volviéndose impermeable a ella.

 

En segundo lugar, “dureza y ceguera” pueden revelar una estrategia pedagógica del Espíritu.

Las dos pistas, aunque parezcan contradictorias a la mente analítica, son complementarias desde una visión espiritual más profunda.

 

Resumiendo.

La “dureza del corazón” puede ser causada por nuestra estupidez (nuestro ego narcisista), o puede ser permitida o hasta provocada por Dios mismo, con fines correctivos y pedagógicos.

Dejemos la puerta y las preguntas abiertas: no podemos “resolver” el Misterio, sino que estamos llamados a vivirlo. Lo fundamental es reconocer, en cualquier caso, “la mano amorosa de Dios”.

En el proceso de aprendizaje y de crecimiento – que hemos visto a través de la semilla en la oscuridad de la tierra – necesitamos pasar por la experiencia de la ceguera y de la dureza del corazón. Esto nos hace tocar nuestra humanidad y fragilidad.

 

Muchas veces en mi vida he experimentado mi estupidez, mi ceguera y mi dureza de corazón: esta experiencia, a veces muy dura, me ayudó a conectar con mi humanidad y mi vulnerabilidad y me hizo más humilde.

 

Adelante, entonces.

Abrámonos con confianza y alegría a la acción del Espíritu y no tengamos miedo de entregar y de entregarnos.

Abrámonos con confianza al Espíritu y pidamos que nos haga conscientes de nuestra ceguera y dureza de corazón… ¡y después nos haga más humildes y nos abra a la visión!

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