Se nos presenta hoy, en el texto de Mateo, el primero de los tres anuncios de la pasión, muerte y resurrección. Estos anuncios reflejan la visión pos-pascual de Mateo y su comunidad: están escritos después de los hechos.
Sabiendo todo esto asume todavía más relevancia, la reacción de Pedro que el texto evidencia. Mateo no oculta la debilidad y el miedo de Pedro y tampoco su incomprensión.
Su amor por el maestro, activa su reacción: quiere evitar el sufrimiento y la muerte de Jesús.
El miedo de Pedro al sufrimiento es muy humano, muy nuestro. Sentimos a Pedro muy cercano: sus miedos son los nuestros.
La respuesta de Jesús es tajante y contundente: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (16, 23).
En la tradición bíblica y en la mística hebrea el Satán es el “adversario”: un “adversario” que nos cuestiona, nos presenta dificultades, nos desafía para que crezcamos… un “adversario” que, por eso, está siempre al servicio de Dios, como podemos ver claramente en el libro de Job.
Jesús, desde su lucidez, reconoce que el intento de Pedro de apartarlo de su misión es una tentación, un obstáculo.
Aunque la lectura de Mateo es pos-pascual nos revela una actitud esencial de Jesús y central en todo camino espiritual: la aceptación confiada de lo que ocurre.
El dolor mismo es parte de la existencia, de nuestra estructura finita y limitada y de nuestro ego narcisista, herido y ambicioso. Intentar escapar del dolor es inútil y, con frecuencia, lo engrandece y perpetua.
Esa fue la misma búsqueda del Buda. Quinientos años antes que Pedro, Buda se enfrentó con el sufrimiento, con el miedo y la muerte. Buda encontró su camino y ofreció al mundo unas pistas para vivir con sabiduría el sufrimiento. El camino de Jesús, por un lado, va en la misma línea y, por el otro, nos aporta matices propios. En la misma línea encontramos la importancia de la aceptación de lo que es y del coraje de vivir la porción de dolor que nos toca: no evadir, sino asumir.
Los matices propios los podemos encontrar en el sentido redentor del sufrimiento: el dolor vivido desde el amor y la entrega, redime y transforma. El amor hace que el dolor cambie de signo: de negativo a positivo y este es el sentido fundamental del término “redención”.
El místico alemán Juan Taulero lo expresa de una forma fuerte y cruda subrayando que, intentar sacar a alguien del dolor – cuando expresa la pedagogía divina – es arruinar el proyecto mismo de Dios:
“Cuando se está en pleno invierno, en un abandono árido y oscuro, oprimido por una oscuridad creciente, eso es superior a todo gozo que se pueda concebir, siempre que se permanezca en él con constante ecuanimidad […]. Si una criatura te quita la apretura, sea la criatura que sea, arruina por completo el nacimiento de Dios en ti.”
Buda y Jesús coinciden también en la visión que, buena parte del sufrimiento humano, se deba a nuestra estupidez, nuestra ignorancia, nuestro ego herido y narcisista.
Crecer en sabiduría y en un auténtico amor, nos evitaría – y evitaría a los demás – mucho sufrimiento. Pero, a los seres humanos, nos gusta aprender más a través del dolor que del discernimiento y la sabiduría…
Para que quede claro: tanto Buda como el evangelio distinguen el sufrimiento “inútil” del dolor como parte inevitable de nuestra finitud. Evangélicamente el dolor tiene sentido cuando está al servicio de la entrega en el amor y es un signo de fidelidad a la propia vocación y misión, como queda claro en la famosa expresión de Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (16, 24-25).
Todo esto me conecta a las dos preguntas finales de Jesús, preguntas que son dos espadas que se nos clavan en el alma:
“¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (16, 26).
Es fundamental comprender que entiende Mateo por “vida”: podemos descubrir dos niveles de profundidad.
Mateo usa el término “psiqué” traduciendo el hebreo “nefesh”: es la vida física, concreta, vulnerable del ser humano. En este plano el sentido es evidente: ¿de qué sirve ganar lo que sea, si me muero? Acumular por acumular no tiene sentido. Es el mismo mensaje del hombre que acumuló la abundante cosecha en nuevos graneros: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”. (Lc 12, 20)
En un nivel más profundo podemos conectar la “psiqué” de Mateo con la “zoé” de Juan. Para Juan “zoé” es el termino clave para expresar la vida divina, eterna y plena que Dios comunica al hombre. Mateo utiliza más el término “psiqué” – 16 veces – y menos “zoé”, solo 7 veces. Juan en cambio utiliza “zoé” 36 veces y “psiqué” solo 10.
Mateo, a pesar de no usar “zoé” en este pasaje, integra en la “psiqué” algo de las dimensiones de la “zoé”: ¿de qué sirve ganar lo que sea, si mi existencia no tiene sentido, no tiene un propósito?
Resumiendo:
¿Qué es lo que verdaderamente importa?
¿Cuál es el sentido – mi sentido –, de la vida?
¿Para que estoy en este cuerpo y este mundo?
¿Para qué vivo?
Las preguntas de Jesús nos quieren conducir a lo esencial, desde distintos niveles de profundidad.
Las preguntas de Jesús chocan de frente con nuestra sociedad hiperactiva y consumista, donde todos corren y compran y no saben por qué, ni para que…. Entonces llega el dolor y nos para en seco para que nos pongamos a la escucha de las preguntas del maestro de Nazaret. Amado Maestro: ¡Gracias!
Las preguntas de Jesús están orientadas al descubrimiento de la vocación única y original de cada cual: solo ahí descubro la plenitud de vida. Solo desde ahí, la entrega en el amor, encuentra su verdadera dimensión.
Solo desde el descubrimiento de mi unicidad, mi vocación, mi misión, dejaré de vivir de una forma superficial y consumista.
Solo desde ahí, el dolor encontrará su sentido y se convertirá en combustible para la vida.
Solo desde ahí, recibiré la muerte como un sereno y amable cumplimiento de una obra de arte.




