Se nos presenta hoy un texto fascinante y radical, un texto de difícil interpretación, sobre todo si nos quedamos en la superficie y lo literal.
Particularmente duras e incomprensibles, son estas palabras: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).
A lo largo de la historia y de la espiritualidad cristiana, con frecuencia, este verso fue interpretado de forma literal y aplicado especialmente a las personas consagradas y los sacerdotes. Se interpretó como una exigencia radical del seguimiento de Jesús: una exigencia que exigía subordinar el amor a la familia.
Más allá de la heroicidad de muchos que vivieron con radicalidad estas palabras, creo que el sentido más profundo sugiere otro camino.
Recordemos que Jesús es un judío observante y tiene bien presente el mandamiento del amor a los padres y el evangelio lo atestigua como, por ejemplo, en Mateo 15, 4-6.
Lo que Jesús está sugiriendo no es una jerarquía en al amor: todos estamos participando del Amor Uno y de la Vida Una y, simple y maravillosamente, el Amor se manifiesta y se vive en modalidades distintas. La cualidad y la modalidad cambian, no la cantidad o la calidad: cambia la forma, no la fuente.
Entrar a comparar en el amor es infantil y destructivo: el “más” o “menos”.
Imaginemos el amor de una madre: ¿amará más a un hijo que a otro? ¿Amará más a su hijo y menos a su pareja o a su misma madre?
Hay que desterrar el “más” o “menos” en el amor: cambia la modalidad, la manifestación, la forma… no la cantidad. El amor es amor. El amar es amar y se manifiesta y se vive de infinitas formas.
Sin duda el amor y el amar, exigen entrega y desapego. Podemos entender este verso y todo este texto a través de la metáfora de la “espada” que el mismo Jesús utiliza y, no acaso, justo en los versos anteriores a nuestro texto: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra” (10, 34-35).
Aprender a amar necesita de la espada, de la separación. La palabra griega que se traduce con “espada” en su significado originario integra también el significado de “cuchillo”: queda evidente, entonces, el sentido del “corte”. Podemos reconocer aquí, en términos junguianos, el proceso de individuación: un proceso de madurez que requiere varios cortes.
La separación de los propios padres es necesaria para emprender el camino propio, único y original. Sin desprendimiento no hay crecimiento. Cada cual tiene su vocación y su luz única para aportar al mundo. Este proceso de comprensión de la propia vocación, exige el corte de la separación. Jesús mismo exige este corte: muchas veces impide que la gente le siga e invita a cada cual a emprender su camino.
En este sentido es contundente el texto del endemoniado de Gerasa: “En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti».” (Mc 5, 18-20).
Estos versos de Marcos parecen contradecir nuestro verso de Mateo 10, 37: ¡Jesús impide al ex endemoniado que le siga a él y, justamente, lo envía a su familia!
Este proceso de la “espada” – el corte de la separación – no es un fin en sí mismo, sino parte del aprendizaje mismo del amor.
La espada no produce “más amor” sino amor más limpio, sin apropiación ni dependencia y, por ende, una comunión profunda y verdadera.
¿Cómo comprender el “más que a mí”?
El griego - ὑπὲρ ἐμὲ - señala la psicoanalista Marie Balmary, desde una visión psico-espiritual, permite la lectura “por encima del yo”
El sentido sería este: quién ama a su familia por encima del corte necesario para volverse un individuo integro y autónomo, no será capaz de vivir la plenitud del amor, encarnada en Jesús.
Jesús ya no está compitiendo egocéntricamente con los padres del discípulo por ver a quién quieren más. Lo que está diciendo es que el amor maduro, necesita un desapego radical.
Entendemos así mucho mejor también los siguientes y muy conocidos versos: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (10, 39).
Aquel que vive aferrado a su propio “yo” y quiere evitar el corte – la espada/cuchillo – se perderá el verdadero sentido de la vida y del vivir. Mientras que aquel que tendrá el valor del corte, el valor de dejarse aferrar por el amor y de ser fiel a su llamado, encontrará el sentido y la plenitud.
Es la vivencia del amor que en nuestra condición humana experimentamos como paradójica: solo el corte de la separación permite un “yo” autónomo capaz de encarnar su vocación única y la vivencia del amor nos llevará a trascender este mismo e ilusorio “yo” para dejar espacio al Único autentico “Yo”: lo Absoluto. Entonces no seré yo que vivo, sino Cristo que me vive (Gal 2, 20).
Podemos entonces hablar de “pureza” del amor, de la intención en el amor y en el amar: a esto Jesús nos invita y en este proceso el Espíritu nos acompaña.
Importa la pureza del amor y la transparencia, no la supuesta cantidad: “un vaso de agua fresca al sediento” (10, 42) desde esta pureza, es revelación de lo divino.
Plenitud es pureza.
Así lo entendieron los místicos.
San Juan de la Cruz afirma:
“Más vale un poquito de este puro amor, y más precioso es a Dios y al alma, aunque no parezca que se hace nada, que todas las otras obras juntas”.
Por su lado Teresa de Ávila, nos dice:
“El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen.”





