sábado, 30 de mayo de 2026

Juan 3, 16-18


      

Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.

 

Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, abrimos esta reflexión, con esta hermosa oración de Santa Catalina de Siena.

 

Catalina, en su oración, define a la Trinidad como “insondable profundidad” y nos invita a entrar en la dinámica del deseo infinito e insaciable.

 

El Misterio de Dios, es un abismo de luz que no tiene fin y cuanto más entramos, más el abismo se hace profundo y más nuestro amor se inflama y el deseo se ensancha.

 

San Gregorio de Nisa lo decía así: El alma que mira hacia Dios... cuanto más participa de Su luz, tanto más desea participar de ella. El disfrute de lo que ya posee no extingue su deseo, sino que lo inflama.

 

Raimon Panikkar intuyó que el Misterio de la Trinidad no puede estar constreñido en un dogma: “La Trinidad no es un dogma, sino la estructura misma de la realidad. Es la convicción de que la Realidad no es una, ni dos, sino tres: es el Misterio (el Padre, la fuente), la Manifestación (el Hijo, el logos) y la Experiencia (el Espíritu, el amor). Estas tres no son piezas, sino dimensiones de un único acto de ser.

 

Panikkar abre: nos hace entender que un dogma que se no abre hacia el Misterio se convierte en ídolo y ya no cumple su función. El dogma es ícono, no ídolo.

 

Otro gran místico, Ricardo de San Víctor, intenta explicarnos la Trinidad a través de la experiencia humana del amor: “Cuando el uno da su amor al otro y el uno ama solamente al otro, solo hay amor, pero no amor común. Cuando dos se aman mutuamente y los dos se conceden mutuamente su afecto y su deseo ardiente, y este afecto discurre de este a aquel y de aquel a este como quien corre en sentido contrario, en ambos hay amor, pero no amor común. Se puede decir con razón que hay amor común cuando los dos concuerdan en amar a un tercero, lo admiten en una comunidad de amor y el afecto de los dos se hace uno por el ardiente amor que sienten hacia el tercero.

 

A este respecto es sumamente fascinante – y a mi parecer esencial – conectar el Misterio trinitario con la física cuántica.

La dimensión esencialmente relacional de la divinidad y de lo real es la misma que, desde otra perspectiva, descubre la física.

Afirma el físico italiano, Carlo Rovelli: “Las cosas no tienen estado, sino solamente estados en relación. Las cosas no tienen propiedades en sí, son las relaciones las que constituyen lo que llamamos realidad.

 

El monje budista Thich Nath Hanh, en la misma línea, acuñó el término “interser”: el “yo” separado es ilusorio. No hay nada separado de nada y cada cosa nace y se sostiene desde la relación, en la relación, para la relación.

 

El texto del evangelio concentra toda esta sabiduría en el tema de la entrega: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El Misterio de la Trinidad es un Misterio de entrega, un Misterio de amor, un Misterio de salvación, de plenitud de vida.

 

Dios amó tanto al mundo”, nos dice Juan.

Dios ama tanto al mundo. En Dios, el juicio coincide con la misericordia y con el deseo de vida plena. El “juicio” del Padre de la parábola de los dos hijos en Lucas, se corresponde a su correr hacia el hijo y abrazarlo (Lc 15, 20).

 

Esto no quita nuestra responsabilidad, al contrario, nos hace más responsables. La consciencia de este Misterio de Amor nos mueve a la conversión, al cambio, al compromiso.

Como afirmaba el monje italiano Enzo Bianchi: “no es el arrepentimiento que causa el perdón. Es el perdón que causa el arrepentimiento”.

Es decir: siempre nos precede la gracia. La gratuidad del amor, de la misericordia y del perdón, vienen antes. Este es el gran anuncio cristiano. Estamos en el corazón del evangelio.

 

Isaac de Ninive con una finura psicológica y espiritual extraordinarias, nos revela cual es el verdadero juicio y el verdadero dolor del pecado: no haber correspondido al amor.

Para Isaac – la intuición es revolucionaria – el verdadero “infierno” es el dolor que sentimos por la falta de correspondencia en el amor. No hay dolor más grande que el darse cuenta de nuestro egoísmo, de no haber amado lo suficiente. Nuestra purificación pasa por la aceptación de este dolor.

Entonces, más que “entender” la Trinidad, estamos llamados a vivirla.

 

¿Cómo?

 

Descubriendo, como nos invitaba Panikkar, la estructura trinitaria de la realidad, centrando nuestras vidas en las dinámicas relacionales y haciendo de la vida una entrega radical.

sábado, 23 de mayo de 2026

Juan 20, 19-23


 

Celebramos hoy la fiesta del Espíritu. Celebrar el Espíritu, es reconocer y agradecer sus dones. San Pablo los nombra en la carta a los gálatas (5, 22-23): amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia.

Celebrar el Espíritu, es aprender otra forma de ver.

Celebrar el Espíritu es, finalmente, vivir una vida desde la profundidad.

 

El evangelio de hoy, nos regala una imagen bellísima: Jesús que sopla (20, 22). Este “soplo” nos conecta con el soplo de Dios en el Génesis: “el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida” (2, 7).

 

Hay un arco que une la creación con la resurrección y este vínculo es el Espíritu. Como bien intuyó San Pablo: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.” (Rom 8, 11)

 

El “aliento de vida” que Dios sopló en el ser humano, es el mismo aliento que Jesús sopla sobre los apóstoles asustados.

Este aliento y este soplo expresan la vida divina que somos y que nos habita. El “soplo” viene desde dentro, donde late la vida: desde “su interior” Dios insufla vida. Dios regala la vida que es, el amor que lo define. Dios nos comparte su misma esencia y nos hace participar de su vida divina. Solo queda un asombro estremecedor y un sagrado temor.

 

Escribe Isaac de Nínive: “el amor cuya causa es Dios se parece a un manantial que mana de las profundidades: su flujo no cesará nunca de correr. Dios es la única fuente del amor, el caudal de su materia no disminuye jamás

 

Me gustaría conectar el Espíritu con dos intuiciones filosóficas a mi parecer extraordinarias. Conectar la espiritualidad con la filosofía y la ciencia es fundamental, especialmente en este tiempo: no son caminos separados, sino caminos distintos que salen de lo mismo y regresan a lo mismo. Cuando somos humildes y nos abrimos a la realidad, descubriremos con asombro y alegría infinita que estos caminos se iluminan y retroalimentan recíprocamente.

Veamos.

 

La primera intuición es la del filósofo francés, Henri Bergson (1859 – 1941). Bergson habla del “elán vital”, el impulso vital. El “elán vital” de Bergson es una fuerza que anima y sostiene la vida, que la empuja desde dentro. Es la fuerza también del amor, la belleza y la creatividad. Sin duda podemos descubrir un rasgo del Espíritu en todo esto.

A esta misma corriente ascendente, apuntaba el místico y científico Teilhard de Chardin al afirmar que “el Amor es la más universal y misteriosa de las energías cósmicas... el impulso mismo de la evolución”, recordándonos que todo el universo está animado desde dentro por un soplo divino que empuja la creación hacia una consciencia cada vez más alta.

 

La segunda intuición es la del psicólogo estadounidense James Hillmann (1926 – 2011), que fue discípulo de Carl Gustav Jung. Hillman, recuperando y actualizando una intuición del mismísimo Platón, habla del daimon. ¿Qué es el daimon? Nada que ver con la idea moderna de demonio. El daimon de Hillman es una dimensión de nuestra alma que nos recuerda y nos empuja a ser fieles a nuestra vocación única y original. El daimon se sirve de los acontecimientos de la vida, del dolor, los fracasos y los síntomas, para que seamos fieles a nuestra esencia y a nuestro llamado y, así, poder vivir una vida plena. Descubrimos acá otro rasgo del Espíritu.

El daimon opera desde lo inconsciente y el Espíritu, que se comunica a través de la consciencia, nos va revelando de a poco nuestra vocación, nos impulsa a ser fieles y a vivirla con radicalidad. Podemos ver acá la maravillosa y delicada “mano pedagógica” del Espíritu que, según nuestra capacidad de aceptación y comprensión, nos revela los contenidos ocultos de la consciencia.

 

Aprender a sintonizar con el Espíritu es, entonces, fundamental. Es un ejercicio espiritual cotidiano. Diría que es “el” ejercicio. Un ejercicio que requiere silencio, escucha interior, paciencia, humildad.

 

Descubriremos la belleza infinita de vivir desde el Espíritu: viviremos con entusiasmo, creatividad, armonía, paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 16 de mayo de 2026

Mateo 28, 16-20


  


Celebramos hoy la ascensión de Jesús y se nos regala el final del evangelio de Mateo, con la famosa frase: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (28, 20).

 

Celebramos la fiesta del ascender y de la Presencia.

 

Pero atención: ¡no hay ascensión sin descenso y no hay presencia sin ausencia!

Es la dinámica sobre la cual es posible el desplegarse de la vida. Es la estructura paradójica de la existencia, reflejada muy bien, por ejemplo, por la sentencia de Jesús en el evangelio de Juan: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24).

 

Solo si el grano de trigo muere, es fecundo y genera vida. Su muerte es la condición para una vida más abundante.

 

De igual forma: la ascensión de Jesús fue precedida por su descenso, a través de la encarnación y su existencia radicalmente humana. “El Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14).

Tan importante es esta dinámica que la iglesia nos dice que, después de resucitar, Jesús desciende a los infiernos – al sheol bíblico – a liberar a los que están allí: desciende otra vez. Hay iconos muy bellos y significativos que muestran al resucitado que levanta de la mano a Adán y Eva: es la humanidad por fin rescatada y liberada de las garras de la muerte y el dolor.

 

Descenso y ascenso hacen parte de la misma dialéctica del amor y de la vida.

 

Con la presencia y la ausencia también ocurre lo mismo: a menudo la presencia de Dios la percibimos como ausencia. Dios “se retira” sensiblemente – “no lo sentimos” –, para que podamos vivir la experiencia de la ausencia y así, ensanchar el deseo y crecer en la búsqueda.

Y también: ¿Cómo sentir la presencia, sin haber experimentado antes, la ausencia?

Es una etapa imprescindible en el camino y en el crecimiento espiritual.

 

Presencia y ausencia también hacen parte de la misma lógica del amor y de la vida y de la arquitectura de la sabiduría divina.

 

Nuestras relaciones humanas necesitan de esta tensión/oscilación para mantenerse sanas y fecundas. Cuando caemos en los extremos – por ejemplo, la fusión y la división – y nos quedamos ahí, nos enfermamos.

 

Podemos descubrir la misma fuerza vital en la expansión y la contracción. La vida necesita este doble movimiento. Necesitamos de tiempos de expansión: crear, crecer, ser fecundos… y necesitamos tiempos de contracción: descanso, reflexión, interioridad. Es interesante notar como esto ocurre a todo nivel: biológico, psíquico, espiritual, social, político, económico, deportivo…

 

Exhalación e inspiración, sístole y diástole, noche y día revelan la misma estructura.

Cuando logramos entender en profundidad esta ley de la vida, aparece una profunda paz y una alegría serena y estable.

Ya no nos asustan los momentos de descenso y no nos enorgullecen los momentos de ascenso.

Ya no caemos en la angustia por los momentos de “ausencia” y no nos perdemos en la euforia por los momentos de “presencia.”

 

Todo en la vida se convierte en revelación del amor, en posibilidad de una comprensión nueva y un profundo crecimiento.

 

Nuestros “descensos” – caídas, equivocaciones, cansancio, frustración – nos preparan para un nuevo “ascenso”, abren un vacío para que podamos recibir más luz.

 

La aparente “ausencia” de Dios, se convierte en la necesaria purificación, para que busquemos a Dios por Él mismo y no por sus dones. Es la purificación que nos permite crecer en la gratuidad del amor.

 

Los místicos hablan del vacío: solo un espacio vacío puede ser llenado. Vaciarse es la condición de la plenitud: todo eso es una dinámica constante y sin fin. Es el movimiento mismo de la vida y es la expresión misma del amor, en su carácter pascual.

El vacío del que hablan los místicos no es la nada, sino la máxima disponibilidad; es el espacio donde la vibración del amor puede resonar sin obstáculos.

 

El evangelio nos muestra claramente que la ausencia de Jesús – su partida, su ascensión – es otra forma de presencia: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.

 

 

 

 

 

sábado, 9 de mayo de 2026

Juan 14, 15-21


   

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, no son solo una promesa, son una revelación de nuestra verdadera arquitectura interior: ¡El Espíritu nos habita!

 

Estamos habitados y animados por el Espíritu de Jesús, este mismo Espíritu que Jesús nos dejó como luz, guía, amigo y compañero. Es el “Espíritu de la verdad”: es el Espíritu que coincide también con nuestra consciencia y con el deseo de autenticidad que nos impulsa y quiere emerger.

 

Sorprendentemente el evangelio nos dice, refiriéndose al Espíritu: “a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

 

El “mundo”, para Juan, es una metáfora de los que viven desde la superficie, desde su propio ego, centrados solo en sí mismos y lejos de un auténtico amor. “Este mundo” no puede recibir al Espíritu, porque está cerrado, ciego… “este mundo”, en realidad, no puede darse cuenta que el Espíritu, ya está presente y actuando.

 

Para Juan solo el amor abre. Más aún: el amor es apertura. Por eso que el texto de hoy empieza con la invitación de Jesús al amor: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.

 

Entrar libremente en la dinámica del amor, nos hace caer de inmediato, en la presencia del Espíritu. Cuando nos abrimos – salimos de los prejuicios y conectamos con el deseo auténtico de vida que nos habita – descubrimos este mismo Espíritu que siempre estuvo ahí, esperándonos pacientemente.

Por eso Jesús dice: “Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.”

 

Desde nuestro ser más profundo y verdadero, “conocemos el Espíritu”, porque Él ya nos habita, desde siempre y para siempre y, para los cristianos, el bautismo es el signo sacramental y exterior de esta inhabitación divina. Lo que ocurre es que vivimos en la inconsciencia, perdidos en la mente, en los pensamientos y en las emociones descontroladas: todo eso crea un velo que impide la conexión y la percepción del Espíritu.

 

Por eso que Rumi, místico sufí, pudo decir: “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has construido contra él.

 

La intuición de Rumi, es la misma intuición de toda la mística cristiana. Esta intuición está avalada hoy por la psicología y la neurociencia: desde niños construimos barreras psíquicas como protección y defensa y estas barreras nos impiden reconocer nuestro ser y nuestra identidad más profunda. Es un mecanismo normal y “hasta sano” y por eso hay que salir de la culpa y de los reproches. Simple y maravillosamente, hay que emprender el camino espiritual de derrumbe de estas barreras del ego, para conectar con el Espíritu de amor que nos habita.

 

Cuando hablamos de “camino espiritual”, estamos justamente hablando de un camino desde el Espíritu, en el Espíritu y con el Espíritu: no hay que entenderlo en oposición a la materia o a lo concreto de la vida.

 

Vivir desde el Espíritu, es vivir desde la autenticidad del ser, desde la verdad del deseo que nos habita y que coincide con el proyecto de Dios sobre cada uno; es aprender una forma nueva, coherente y responsable de ver la vida.

 

Vivir desde el Espíritu, es vivir con el corazón de Cristo, mirar el mundo como él lo ve.

 

Vivir desde el Espíritu, es reconocer la Presencia de Dios en todo y en todos, hasta en su aparente ausencia, en la noche y la tiniebla.

 

Vivir desde el Espíritu, es adquirir una calidad y una calidez humanas únicas, es volverse más sensible, misericordioso, compasivo. Es descubrir que no hay separación, que somos diferentes, pero no estamos separados. Es vivir desde lo Uno, para la unidad, hacia lo Uno.

 

Es vivir desde un asombro constante, una paz estable, una alegría profunda y contagiosa.

Así lo expresa uno de mis maestros, Isaac de Nínive:

Cuando está a punto de surgir en ti el hombre del Espíritu, entonces llega para ti la muerte a todas las cosas; tu alma arde con una alegría que no tiene igual entre las criaturas y tus pensamientos se recogen dentro de ti en la dulzura de tu corazón.

 

La “muerte” de Isaac, es el necesario desapego de nuestro ego, el salir “de este mundo” – ese estado de consciencia egoico –, para que brote la vida plena que el Espíritu nos regala: la “zoé”, vida divina, vida resucitada.

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Juan 14, 1-12


     

 

El texto del evangelio de este quinto domingo de Pascua, comienza con una invitación de Jesús a la confianza: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.

 

No se inquieten”: literalmente sería “no se agite/turbe su corazón”. La referencia al corazón es importante y el texto griego la mantiene. El “corazón”, en la mentalidad semita, indica el centro decisional de la persona. Es una invitación radical de Jesús a confiar, a descansar en la confianza, a establecernos en la confianza.

 

Es esta confianza radical que tiene que guiarnos en la vida y en el camino espiritual.

 

Es el deseo de Tomás y de Felipe, que quieren entrar en la misma confianza del maestro.

 

A este deseo, Jesús responde con la célebre frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (14, 6).

 

¿Cómo entender esta invitación del evangelista Juan y de Jesús?

 

Es importante no fragmentar la profunda unidad de la frase: camino, verdad, vida. A lo largo de la historia, con frecuencia, se aisló “la verdad” o se le dio superioridad con respecto al camino y a la vida. Este error tuvo consecuencias graves y complicadas. Cuando “la verdad” se convierte en algo racional y mental, algo que encerramos en formulas y atamos a un lenguaje, el paso hacia la violencia y el fanatismo, es muy breve. La historia, dramáticamente, lo evidencia.

 

Es el peligro de las ideologías, que tanto cuestionó el Papa Francisco, el cual escribió en la Evangelii Gaudium: “La idea, las elaboraciones conceptuales, están en función de la captación, la comprensión y el manejo de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces... La realidad es superior a la idea.

También escribió en una carta al periodista italiano, Eugenio Scalfari: “Para la fe cristiana, la verdad es el amor de Dios por nosotros en Jesucristo. Por tanto, ¡la verdad es una relación! De hecho, todos nosotros captamos la verdad y la expresamos a partir de nosotros mismos: desde nuestra historia y cultura, desde la situación en que vivimos, etc. Eso no quiere decir que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Más bien indica que se nos da siempre y sólo como camino y vida.

 

Esto no es relativismo. Esto es honestidad, reconocimiento de que el ser humano es siempre un “ser en perspectiva” y su acercamiento a “la verdad” es siempre desde un punto. Nos ilumina la famosa sentencia de Tomás de Aquino: “Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur”, “Todo lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente”.

 

Raimon Panikkar lo expresa muy bien: “El pluralismo no consiste en aceptar que hay muchas verdades (relativismo), sino en reconocer que la Realidad es tan rica que ninguna inteligencia humana puede agotarla. La verdad es perspectivista: cada uno de nosotros ve un ángulo del Misterio. La «verdad» completa solo surge en la comunión de las perspectivas, no en la imposición de una sola.

 

Cuidado, entonces, a convertir la verdad en ideología. En nombre de “las mejores ideologías”, se llevaron a cabo los crímenes más terribles.

 

Cuando el evangelio habla de “verdad”, no está hablando de un concepto, de una idea. Está hablando de un Misterio que no cabe en nuestras mentes limitadas, heridas y condicionadas por el ego y sus ambiciones de poder y de control.

Por eso que, muy sabiamente, el evangelio asocia la verdad con el camino y la vida. “Camino” y “vida” justamente, nos hablan de algo dinámico, fresco, nuevo, con posibilidad de error y de retrocesos. “Camino” y “vida” no son manipulables, se nos escurren de las manos.

Si la verdad “no camina”, y nuestra comprensión de la misma no evoluciona, no es la verdad de Jesús.

Si la verdad “no da vida” y no es fecunda, no es la verdad de Jesús.

 

Toda la historia de la filosofía y de la teología nos enseñan este profundo y humilde respeto hacia “la verdad” y nos muestran claramente que “la verdad” no es una cosa, un objeto, una idea. La verdad no es algo que se posee, sino algo que “sucede” mientras caminamos. No es una propiedad de la proposición mental, sino un acontecimiento del ser.

Jesús, justamente, nos enseña con sus palabras y sus gestos que la verdad va siempre de la mano con el amor: no hay amor sin verdad, no hay verdad sin amor. Todo amor auténtico es verdadero y toda verdad auténtica es amorosa. Este es el criterio clave que puede orientarnos en la vida y que nos ayuda a evitar caer en la hipocresía más ciega y deshumana.

 

La verdad es relación y es relacional: el Misterio de la Trinidad es la expresión más contundente. Por eso Jesús no ata las personas a sí mismo, sino que las libera, las pone en relación. Jesús quiere hacernos entrar en la dinámica relacional del amor y de la verdad y el capítulo 15 de Juan se centrará en esto, a través de la metáfora de la vid y los sarmientos.

 

Otra vez Panikkar, nos viene en ayuda: “La verdad no es el reflejo de un objeto en un espejo (la mente), sino el florecimiento de una relación. La verdad no se «dice», la verdad «sucede» cuando dos realidades se encuentran en libertad. Por eso, el nombre más profundo de la verdad es el Amor, porque solo en el amor el otro es reconocido en su verdad sin ser convertido en un objeto.

Por su lado, el teólogo y obispo italiano Bruno Forte lo dice así: “La verdad es un acontecimiento que nos sale al encuentro, una música que nos envuelve pero que no podemos atrapar en una jaula de conceptos. Somos peregrinos en una sinfonía que solo en el encuentro final encontrará su resolución.

 

La historia es maestra y sería importante aprender de una vez.

En nombre de la “verdad” del evangelio del amor, hemos asesinado, excluido, juzgado, abusado, manipulado.

En nombre de “verdades políticas”, pasó lo mismo.

En nombre de “verdades científicas”, pasó lo mismo.

En nombre de “verdades filosóficas”, pasó lo mismo.

En nombre de “verdades económicas”, pasó lo mismo.

Podría seguir…

 

¿No es el momento de dar un salto?

 

En el fondo nos falta humildad, solo esto. La humildad frente al Misterio, la humildad frente a la cruz de Cristo – donde toda verdad ideológica sobre Dios cayó a pedazos –, la humildad frente a otro ser humano igual que yo.

Es la humildad que es consciencia de nuestra frágil y herida humanidad… no acaso la raíz etimológica de humildad y humanidad es la misma, “humus”, tierra; esa misma tierra que recibirá nuestros cuerpos, más allá de las ideologías, de nuestras supuestas verdades, de los títulos, los roles, las placas, las vestimentas, las cuentas bancarias.

 

Nos dice Isaac de Ninive:

No hay nadie que tenga discernimiento si no es también humilde; y nadie que sea humilde si no tiene discernimiento. No hay nadie que sea humilde si no es también pacífico, ni nadie que sea pacífico si no es humilde. No hay nadie que sea pacífico si no es también alegre.

 

Esta humildad es la que afirmó poco antes de morir el mismo teólogo y doctor de la iglesia, Tomás de Aquino: “Todo lo que he escrito es paja comparado con lo que se me ha revelado.” Al final, su increíble inteligencia se rindió frente al Misterio: ¿y la nuestra?

 

 

 

sábado, 25 de abril de 2026

Juan 10, 1-10


  


Nuestro texto de hoy termina así: “yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (10, 10): es para mí uno de los versos más bellos y reveladores de todos los evangelios. Para mí, y para muchos otros, resume el mensaje de Jesús.

 

El evangelista Juan centra todo su relato, desde la perspectiva de la vida y la palabra clave griega que Juan usa para “vida” es Zoé. Juan utiliza este término 36 veces, Mateo 7, Marcos 4 y Lucas 5: la centralidad de “zoé” en Juan, es más que evidente.

En griego hay tres palabras que se pueden traducir como “vida”, pero su significado es muy distinto.

Bios” es la vida animal, biológica, la vida que nace y muere: Juan nunca utiliza esta palabra.

Psiqué”, en cambio, se refiere a la vida individual, afectiva, relacional y Juan la utiliza 10 veces.

Zoé” es el termino clave de Juan: es la “vida eterna”, la vida plena, la vida divina que Jesús quiere comunicar. La vida que genera vida.

Para Juan entonces, Jesús vino a revelar y compartir esta vida plena, que no tiene comienzo ni fin. Por eso su evangelio se encuadra en el tema de la vida, que se convierte en marco y horizonte. La zoé hace de inclusión a su evangelio:

·     Empieza con: “En ella estaba la vida (zoé), y la vida (zoé) era la luz de los hombres” (1, 4).

·     Termina con: “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida (zoé) en su Nombre” (20, 31).

 

Jesús ama la vida con profundidad e intensidad. Ama vivir y descubre en cada encuentro, al Dios de la vida. Ama las flores y los pájaros, ama el lago y el viento, ama a los niños y su sonrisa, ama a los que sufren y a los excluidos. Ama, se ama, ama a todos. Ama en la verdad. Ama con valentía y hasta el fin. Ama la vida, es honesto con la vida y la asume en su totalidad, con sus luces y sombras. No quiere morir, pero acepta atravesar el misterio del dolor y de la muerte, porque ama a la humanidad y quiere abrir un camino de luz y plenitud. Jesús atraviesa desde el amor la puerta de la muerte, para que nosotros la podamos también atravesar con confianza y sin miedo. Ama hasta morir, para que aprendamos que Dios ama la vida y quiere vida plena para cada uno de sus hijos. Jesús se entrega para que entendamos, de una vez, que Dios “no quiere sacrificios” (Mt 9, 13), no quiere que sacrifiquemos la vida, sino que la amemos y la entreguemos.

 

Jesús ama la vida, disfruta de las fiestas, de la comida, del caminar con sus amigos. Ama la vida, la disfruta y la recibe como un don.

Jesús ama la vida y no se retira de la vida frente a las críticas y a los juicios. Sigue amando la vida, perdonando, avanzando, abriendo caminos, sembrando luz y también cuestionando.

 

Jesús ama la vida y por eso denuncia con fuerza, todo lo que hace despreciable, pobre y estéril, la vida del hombre. Por eso se indigna frente a la injusticia.

Jesús levanta la vida, donde esta está caída y dice: “kum”, “levántate”. Y la vida recomienza.

Jesús abre a la vida, donde la vida se cierra y dice: “efatá”, “ábrete”. Y la vida vuelve a sonreír.

Jesús ama la vida y la pone en marcha, cuando la enfermedad la bloquea, cuando los miedos la tienen atrapada. Y le dice al paralitico: “levántate y camina”.

 

Jesús ama la vida y nos devuelve a la vida, porque cree en el ser humano. Jesús no nos ata a él mismo, sino que quiere que nos volvamos adultos, autónomos y, como él, amantes de la vida, capaces de disfrutar la vida, entregarla, dar fruto.

Jesús no entiende de una vida que no sea fecunda, una vida que no de fruto, que no sea creativa.

Jesús desea que entremos con amor ardiente en el dinamismo de la vida y que no seamos solo “receptores”, sino que nos convirtamos en fuente de vida para otros, en manantial de “agua viva” (Jn 7, 37-38).

 

El místico cristiano y dominico del 1300, Juan Taulero lo expresó, también, con fuerza y clarividencia:

Hay muchos que llevan el nombre de cristianos y practican grandes obras exteriores, pero su fondo está muerto; son como tumbas blanqueadas. La verdadera Vida no se mide por la cantidad de rezos, sino por la libertad del fondo que se ha vuelto uno con la Fuente.

 

¿Qué hicimos del mensaje de Jesús y del evangelio?

¿Qué hicimos de esta maravilla?

¿No hemos “reducido” en muchos casos, la Vida a una religión, a doctrinas a ritos, a moralismo?

¿No hemos perdido la esencia y no nos hemos perdidos en las formas?

 

Cada cual saque sus conclusiones y actúe consecuentemente.

 

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