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viernes, 12 de agosto de 2016

¿Disciplina o espontaneidad?



La vida un día u otro nos presenta o presentará este dilema: ¿disciplina o espontaneidad?
Se presenta también, y con fuertes tintas, en el camino espiritual. Eso por qué, lo recordamos, no hay dos vidas o dos caminos: vida “normal” y vida espiritual. Lo espiritual no es un añadido a la vida. La vida de por sí es espiritual y lo espiritual es vida. Nos orienta como una luz el conocido aforismo de Teilhard de Chardin: “no somos seres humanos en un viaje espiritual, sino seres espirituales en un viaje humano”.

Dicho esto, establecida la profunda unidad entre vida y espiritualidad, volvemos a la cuestión: ¿disciplina o espontaneidad?

La vida es una continua tensión entre estos dos aspectos. A veces logramos vivirla con profunda belleza y armonía, otra veces con búsquedas y tropiezos.
Disciplina y espontaneidad nos acompañan en muchas dimensiones de nuestras vidas: trabajo, familia, fe/religión, amistades y diversión.
Según nuestro carácter, educación y talentos tendemos más a una que a otra. También varia según las etapas de la vida o momentos particulares.
Cuando hablo de disciplina me refiero a observancia de reglas, normas, horarios, conductas. A cierta perseverancia y estabilidad en el tiempo.
Cuando me refiero a la espontaneidad entiendo lo que surge desde más allá del pensamiento: la intuición, la creatividad. Lo que trasciende muchas veces el armazón de una estructura.

Todo esto, según mi sentir, encuentra una admirable luz de comprensión a partir de dos realidades: el arte y la meditación.
Cuando abordamos el arte con superficialidad y distracción (que en el fondo es lo mismo) creemos que todo es genialidad, espontaneidad, creación. Pensamos que los grandes genios y artistas de la humanidad vivieron solo y simplemente de eso.
En realidad eso no es cierto ni es posible. Siempre la creación tiene un marco a través del cual expresarse. Es decir: necesita disciplina. La genialidad de Mozart o de cualquier músico tiene su marco: las siete notas musicales y el silencio entre las notas. Un marco muy pobre de por sí: solo 7 notas y silencio entre ellas. La genialidad compositora de Mozart tuvo que expresarse y servirse de esta disciplina. Y también, viene al caso subrayarlo, de estudio y ejercicio. Por cuanto genio musical se pueda ser si no sé escribir las notas en un pentagrama, si no se leerla, si no me ejercito, será imposible que la genialidad se exprese.
Dígase lo mismo por la pintura. ¿Cuál es el marco – la disciplina – del pintor? Fundamentalmente los colores. No se puede pintar a partir de colores que no existen. Y también en este caso, como con la música, el ejercicio, la paciencia, el ensayo.
Por último la poesía. ¿Cuál es el marco de los poetas? Sin duda las letras y el lenguaje. Por creatividad poética que uno tenga, si no se conocen las letras y las reglas del lenguaje será difícil escribir poesía. ¡Y cuantas horas entregadas a buscar la palabra correcta!
El arte tiene, y la necesita, su disciplina.

Así la meditación: hermosísima paradoja. La meditación va al corazón del silencio, al vacío, al Espíritu: pura posibilidad, pura creatividad, pura espontaneidad. Y al mismo tiempo exige la más estricta disciplina: postura corporal, quietud, paciencia, perseverancia.
No hay una sin la otra. No hay espontaneidad sin disciplina ni disciplina sin espontaneidad. La meditación es la práctica de esta paradoja, que en el fondo es la paradoja de la vida.

La práctica meditativa nos enseña que la máxima apertura y creatividad se dan en el marco de una estricta disciplina.
Desde siempre la humanidad y la iglesia viven esta tensión: los genios, artistas y maestros espirituales son los que más lograron armonizar esta tensión.
La vida auténtica y la belleza surgen desde esta delicada y frágil tensión: cuerda fina y agarrada finamente entre Dios y hombre.

En un pasado bastante reciente nos habíamos quedado con mucha disciplina y casi nada de espontaneidad, con el marco y poca pintura: muchas reglas, mucho cumplir, mucha moral exterior.
Viendo la infecundidad de todo eso hoy hemos pasado a lo opuesto: todo es espontaneidad y nada de disciplina. Pintura sin marco, melodías sin notas ni silencio.
Infecundo también.

La autentica espiritualidad armoniza continuamente disciplina y espontaneidad. No hay una sin la otra: ¿cómo las vives en tu vida?


El arte y la meditación nos pueden ayudar a recuperar e integrar creativa y armoniosamente esta doble dimensión.

sábado, 6 de agosto de 2016

El arte de desaparecer



Desaparecer es un arte. Un arte como pintar, escribir poesía, componer música. Pero tal vez es un arte más profundo y exigente aún. No basta la genialidad que todos, en mayor o menor medida, tenemos escondida en un baúl de acero de nuestra intimidad. No estoy hablando del desaparecer de magia y magos obviamente: esto es arte barato en comparación.

Hablo del desaparecer del “yo”, de nuestra identificación con un personaje, un rol o, en definitiva, algo superficial de nuestra persona que, en definitiva, no es lo que somos.
Este “yo” que confundimos constantemente con nuestros pensamientos.

Para que nuestro verdadero ser aparezca el “yo” tiene que desaparecer. Para que el verdadero ser brille hay que correr las cortinas del “yo”. Para que Dios sea en todo su esplendor el “yo” tiene que dejar de “ser”. Lo intuyó Juan Bautista cuando dijo: Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30) y lo afirmó cabalmente Jesús: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

Hacer desaparecer el “yo” es un arte, sí. Se aprende y se práctica, como todo arte. Aunque el don ya lo tenemos. Como la genialidad, la creatividad: ahí, en el baúl de acero.

Desaparecer no significa “aniquilar”, ni matar. En el fondo nuestro “yo”, por ilusorio y superficial que sea, juega su rol y nos presta su servicio: aunque sea por aprender el arte de hacerlo desaparecer. Y alcanzaría. El arte es bello por sí mismo, es útil en sí mismo. No tiene finalidad, no quiere lograr nada, no entra en dinámicas comerciales. El arte vive de otra utilidad: más profunda, más humana y humanizante.
Por ejemplo: se pinta por pintar. Se escribe poesía por el simple placer de escribir. Nada más. Y nada menos tampoco. Como el jugar de los niños: ¿Para qué juegan los niños? Por el simple disfrute del jugar.

¿Le preguntaríamos a Beethoven o Mozart la finalidad de sus secuencias deliciosas de notas?
¿O a Van Gogh la utilidad de su famoso autorretrato o de los girasoles?

Claramente hay que vivir y por eso a veces también – muy a pesar – hay que “vender” y “comprar” arte, aunque no es casualidad que muchos artistas murieron en pobreza: su vida fue rica y útil de otra manera.
Nuestro “yo” entonces puede desaparecer pero queda ahí, recordándonos que somos tierra, polvo de estrellas, pero polvo. Siempre tentados por la apariencia, lo superficial, lo fácil, lo puramente placentero.

Para ser feliz en este caminar entre polvo hay que aprender este arte. Y hay que vivirlo. Es un arte sutil, que requiere paciencia.
Hay que pescar en nuestro baúl de acero para que la luz estalle. Ahí reside nuestro ser auténtico, imperecedero, divino. Entonces de a poco el “yo” desaparece. Paulatinamente, como deslizándose con algo de vergüenza. Todo un arte.
Un arte que necesita silencio, profundidad, intimidad, coraje. Un arte que va tiñendo todo de los colores del Amor.

Hay que estar vivo y sumamente presente desde la luz imperecedera. Atento y despierto, pero sin “yo”: es delicado, ciertamente. Y frágil, muy frágil. Justamente un arte. Un golpe de pincel mal dado puede arruinar una palabra. Como una “coma” mal puesta una poesía.

En el fondo hay que ser Vida, para estar vivo. Hay que ser Luz, para iluminar. El arte de desaparecer es el arte de estar presente a la Vida sin que nuestros pensamientos estropeen su belleza y su fluir, sin que nuestros sentimientos y emociones nos arrebaten la paz.

Mi amigo Rumi lo había entendido perfectamente cuando exclamó jubiloso: “¡Qué alivio estar vacío. Dios puede vivir tu vida!”. Y otro amigo – San Pablo – había dicho siglos antes: “No soy yo que vivo, es Cristo que vive en mí” (Gal 2, 20).
Porque en esto justamente consiste este arte: ser vacío, para que Dios sea.

Sin duda, en mi parecer, el arte más hermoso.




miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Ausencia o Presencia?




Hace pocos días, en una reunión, escuché lo que tantas veces escucho: “el problema es la ausencia de Dios.”
Estribillo repetido en nuestra iglesia, nuestras programaciones pastorales, nuestra tarea evangelizadora.
Quedé sorprendido cuando, al escuchar la famosa queja, resonó con fuerza inaudita en mi corazón la certeza opuesta: “la Presencia de Dios desborda por todos lados.”
Lo sabía. Hace tiempo estoy convencido y vivo a partir de Esa Presencia.
Verlo tan claramente y sentirlo casi físicamente me sorprendió y solo pude agradecer.
Si, porque sé que es un don.
El don que hay que pedir, descubrir, buscar es el don de la visión.
Decía Albert Einstein que el mundo se puede dividir en dos: “los que viven como si nada fuera un milagro y los que viven como si todo fuera un milagro.
En este caso me atrevo a parafrasear al amigo Albert: “los que viven como si Dios estuviera ausente y los que viven desbordados por la Presencia.”

Como aquel monje que preguntó a su maestro:
-       ¿Dónde está Dios?”
y el maestro le contestó con otra pregunta:
-       ¿Dónde no está Dios?

En realidad la Presencia de Dios – o tan solo y más bellamente “La Presencia” – desborda en cada instante y cada acontecimiento.
Como sugiere Jesús: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.” (Lc 6, 38).

La percepción de la ausencia de Dios es justamente una percepción errada que encuentra su terreno fértil en nuestras carencias psicológicas y nuestro vivir solamente en un nivel mental.
La percepción y la visión de la mente son muy estrechas y limitadas: tiene la carga de nuestro pasado, nuestra historia, nuestros limites.

Hay que aprender otro nivel de percepción, que surge más allá de lo mental.
Callada la mente, rayando el Silencio, escuchando atentos, sólo vemos Presencia.

Lo comprobé una vez más estando atento a los detalles: un niño jugando a la pelota, una familia tomando mate juntos, una pareja de novios mirándose con ternura, un camionero lavando su camión, el viento entre los arboles, los colores de la primavera, una sinfonía de Mozart, el florecer del ciruelo, la llamada de un amigo, los deseos de amar, el sabor de una manzana, el placer del dormir, el agua de la ducha, el pan y el vino de la Eucaristía… y también las incomprensiones de las personas, el cansancio al anochecer, las búsquedas compulsivas de felicidad… en el fondo de situaciones que nos duelen y parecen ocultar la Presencia, Esa desborda poderosa como anhelo, deseo, búsqueda.

En el corazón de cada cosa solo hay Dios: solo Presencia, pura Presencia, simple Presencia.

¿Dónde no está Dios?






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