En el capítulo 13 el evangelista Mateo reúne toda una serie de parábolas, empezando por la conocida parábola del sembrador. Es la parábola que abre el capítulo y es el texto que la liturgia nos propone hoy para nuestra reflexión y oración.
El teólogo y mártir protestante, Dietrich Bonhoeffer, nos ofrece unas palabras muy lúcidas que concentran el mensaje de nuestro texto:
“No debemos buscar en la Escritura solo lo que nos gusta o lo que nos ayuda hoy. Debemos permitir que la Palabra nos hable en su totalidad, incluso cuando no la entendemos de inmediato. La Palabra necesita tiempo para echar raíces en nosotros, y ese tiempo se lo damos mediante la meditación diaria y constante.”
El paralelo comparativo que el evangelio hace entre la Palabra y la escucha por un lado y la semilla y los frutos por el otro es muy claro, fuerte y tajante.
La Palabra – y la misma enseñanza de Jesús – no puede dar fruto en nosotros si no hay una actitud profunda de escucha, paciencia, perseverancia.
Como la semilla necesita tiempo en la oscuridad de la tierra para germinar, crecer y dar fruto, así la Palabra necesita tiempo para echar raíz en el corazón humano y ser fecunda.
En este mundo obsesionado por la rapidez, la eficiencia y la productividad, esta parábola es revolucionaria.
En el camino espiritual no hay atajos. Obviamente el Espíritu actúa con soberana libertad y puede iluminar a cualquiera, en el momento que sea. Pero, generalmente, el Espíritu interactúa con nuestra consciencia y con los tiempos y los procesos psicológicos.
Nuestra tarea entonces es imprescindible, inevitable y urgente.
Debemos dar todos los pasos necesarios, por lo que depende de nosotros, con el fin de que la semilla de la Palabra, pueda encontrar el terreno fértil de la apertura, de la escucha, de la disponibilidad.
Debemos ser concretos: encontrar todos los días de nuestra vida un momento de silencio, de escucha, de quietud interior.
Debemos ser concretos, sino huiremos: fijar lugar y horario. Y ser fieles.
El texto de hoy también nos presenta un mensaje bastante duro y de difícil comprensión. Son los versos 12-15: “Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure»”.
Por un lado, estas palabras nos revelan la dinámica interna y aparentemente paradójica del amor: cuanto más doy más tengo, cuanto más retengo, menos tengo. El amor es la única realidad que se multiplica cuando se entrega. Lo sabemos, porque lo hemos experimentado. Pero nos cuesta vivirlo, porque el ego siempre está defendiéndose y nos hace creer que si entregamos quedamos con las manos vacías… ¡y el ego le tiene terror al vacío!
Toda la enseñanza de Jesús va en esta línea: “entréguense y confíen. Cuanto más amor entregan, más amor experimentarán y tendrán”.
Lucas lo dice así: “Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (6, 38).
Es la ley de la vida: lo que se retiene, se pudre. Lo que se entrega, florece. Y nosotros florecemos junto con lo que entregamos.
Recordemos estas otras palabras del maestro: “No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban. Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 19-21).
En segundo lugar, Jesús insiste, como en muchos otros lugares, en el tema de la ceguera y la dureza del corazón y cita a Isaías, el cual parece decirnos, que detrás de la dureza del corazón hay un proyecto de Dios.
La Biblia misma nos dice, en un pasaje esencial de la historia de Israel: “el Señor endureció el corazón del Faraón, y él no dejó partir a los israelitas” (Ex 10, 20).
Es un tema que abrió debates teológicos muy profundos:
¿Es Dios mismo que, en su diseño de amor, “endurece” el corazón o permite la “ceguera”?
Podemos descubrir dos pistas complementarias.
En primer lugar, la Biblia y Jesús mismo, sugieren que detrás de nuestra estupidez y ceguera, se oculta misteriosamente y en cualquier caso, la sabiduría divina.
Lo que la Biblia llama “Dios endurece” es una forma hebraica de reconocer que Dios permite la libertad humana hasta sus últimas consecuencias. En este caso entonces, Dios no es el autor de la dureza, sino el testigo de cómo el corazón humano, al rechazar la luz, termina volviéndose impermeable a ella.
En segundo lugar, “dureza y ceguera” pueden revelar una estrategia pedagógica del Espíritu.
Las dos pistas, aunque parezcan contradictorias a la mente analítica, son complementarias desde una visión espiritual más profunda.
Resumiendo.
La “dureza del corazón” puede ser causada por nuestra estupidez (nuestro ego narcisista), o puede ser permitida o hasta provocada por Dios mismo, con fines correctivos y pedagógicos.
Dejemos la puerta y las preguntas abiertas: no podemos “resolver” el Misterio, sino que estamos llamados a vivirlo. Lo fundamental es reconocer, en cualquier caso, “la mano amorosa de Dios”.
En el proceso de aprendizaje y de crecimiento – que hemos visto a través de la semilla en la oscuridad de la tierra – necesitamos pasar por la experiencia de la ceguera y de la dureza del corazón. Esto nos hace tocar nuestra humanidad y fragilidad.
Muchas veces en mi vida he experimentado mi estupidez, mi ceguera y mi dureza de corazón: esta experiencia, a veces muy dura, me ayudó a conectar con mi humanidad y mi vulnerabilidad y me hizo más humilde.
Adelante, entonces.
Abrámonos con confianza y alegría a la acción del Espíritu y no tengamos miedo de entregar y de entregarnos.
Abrámonos con confianza al Espíritu y pidamos que nos haga conscientes de nuestra ceguera y dureza de corazón… ¡y después nos haga más humildes y nos abra a la visión!

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