En este tercer domingo de Cuaresma, estamos invitados a entrar en otro texto fascinante, profundo, cuestionador: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana al pozo de Jacob. Este extraordinario encuentro dio vida a un sinfín de comentarios y obras de arte, especialmente pinturas. Como sucede siempre en Juan, el texto tiene muchas capas de profundidad: a través de metáforas y símbolos, nos invita a ir más allá de lo literal, para descubrir el mensaje vivo y transformador para nosotros hoy.
Intentemos abordar algunos de estos mensajes.
Desde el comienzo debe sorprendernos el pedido de Jesús a la mujer: “Dame de beber” (4, 7).
Sorprende por varios motivos: en aquellos tiempos era muy mal visto que un hombre se dirigiera a una mujer, especialmente en soledad. Para aumentar el escándalo, Juan nos dice que la mujer es de Samaria, una población en discordia abierta con la parte más ortodoxa de Israel. Los samaritanos eran marginados y considerados no totalmente fieles al judaísmo tradicional. Por último, y tal vez, lo más sorprendente: es Jesús que pide de beber a la mujer. En su sentido literal parece normal: es mediodía, hace calor, Jesús tiene sed. Pero Juan quiere decirnos algo más. En los primeros tres capítulos Juan nos presentó a Jesús como el Verbo hecho carne, aquel que transforma el agua de nuestra frágil humanidad en el vino de lo divino y en aquel que tiene el Espíritu sin medida y tiene todo en sus manos (3, 34-35). Nos esperaríamos, en este encuentro con la samaritana al pozo, que fuera Jesús a ofrecer agua – cosa que ocurrirá después – y en cambio Juan nos muestra a un Jesús necesitado, un Jesús animado por el deseo. Sin duda Juan quiere recalcar la plena humanidad de Jesús, pero también mostrarnos la dinámica esencial del deseo. Juan volverá sobre la sed de Jesús– real y simbólica – en el instante trágico, glorioso y supremo de la crucifixión: “Tengo sed” (19, 28).
Es interesante notar que la sed de Jesús se presenta delante de dos mujeres: la samaritana y María. Tal vez Juan quiere sugerirnos la sensibilidad especial de las mujeres con el deseo y su don para despertarlo.
La sed es símbolo del deseo y, junto al beso y al abrazo, es una de las metáforas más utilizada por los místicos.
Juan de la Cruz lo entendió perfectamente: “de noche iremos, de noche, que para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra.”
Por otro lado, escribía mucho antes, San Agustín en “Las Confesiones”: “Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me inflamé en tu paz.”
Y Maestro Eckhart, es aún más explícito: “Dios es como una fuente que, cuanto más se bebe de ella, más agua da, y cuanta más agua da, más sed produce en quien la bebe.”
La sed de Jesús al pozo es, en definitiva, la expresión más humana y más encarnada del amor: Dios nos ama tanto que su amor se hizo deseo. Dios que, en teoría, no necesita nada y es pleno en su plenitud, quiere experimentar la falta y el deseo. Dios quiere desear. Y te desea, ardientemente.
Juan sigue hilando el relato a través del eje deseo/sed/agua viva.
Jesús con excepcional sentido pedagógico quiere llevar a la samaritana a conectar con su propio deseo; es la clave del impulso para emprender un verdadero camino espiritual: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva»” (4, 10).
Jesús revela su fragilidad y su deseo, para que la mujer conecte con su fragilidad y su deseo; es conmovedor este gesto y es la clave maestra de todo aprendizaje y de todo verdadero maestro. Un auténtico maestro no oculta su fragilidad, sino que la asume y la ofrece.
¿Qué ocurre cuando una persona conecta con su fragilidad y su deseo?
“El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (4, 14): descubrimos el manantial que nos habita, descubrimos la vida que nos habita, descubrimos que el deseo es el mecanismo esencial de la revelación de Dios en el mundo y del funcionamiento del Universo y del ser humano.
Este descubrimiento nos instala en una paz activa, una paz creadora y transformadora. El deseo se convierte en un dinamismo de amor poderoso y transformador.
Por otro lado, conectar con el deseo esencial que nos habita, nos introduce en una nueva relación con Dios: “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (4, 24).
Esta invitación de Jesús dio también origen a infinitos comentarios y reflexiones.
Es una clara sentencia que olvidamos con facilidad, ya que nos desplaza de nuestras certezas y nos lanza a vivir el vértigo de la libertad. Esta sentencia es también, una contundente advertencia sobre los intentos humanos de manipulación del Misterio.
Jesús, rabino judío y practicante fiel, por un lado, nos deja muy claro por otra parte, que ninguna institución, ninguna tradición, ninguna religión, ningún grupo, ninguna persona puede atribuirse el derecho exclusivo de acceso a Dios.
Jesús y Juan desvinculan para siempre el acceso a Dios de los intentos religiosos de apropiación.
Dios es Espíritu: libertad indefinible, no se puede manipular, no se puede controlar, no podemos encerrarlo en categorías mentales.
Jesús nos invita a entrar en esta dinámica de la libertad, de la búsqueda, de la apertura confiada al Misterio.
Para eso debemos renacer, como Jesús le dijo a Nicodemo poco antes, en el capítulo tres: “No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (3, 7-8).
Jesús, hombre de la sed y del Espíritu, nos ancla al deseo, nos ancla a nuestra verdad y nos invita a vivir el gran desafío de la libertad.
