sábado, 15 de abril de 2017

Pascua entre visión y casa




La resurrección de Cristo, centro de la fe cristiana, es también piedra de escandalo y cuestionamiento perenne.
¿Dónde vemos reflejada la victoria de Cristo sobre mal, dolor y muerte en nuestro mundo?
Es tal vez la pregunta más radical que los no creyentes hacen a los cristianos más o menos abiertamente.
Es la pregunta clave que tendríamos que hacernos y que, lamentablemente, rehuimos con asombrosa superficialidad.
Y, si acaso, intentamos dar algunas respuestas a menudo más que respuestas son escapatorias fáciles porque no sabemos que responder: “la vida eterna será después de la muerte”… “el mal es fruto del egoísmo humano”… “es un misterio”, etcétera… Intentos de respuestas: superficiales y parciales. No convencen para nada.
Postergar la felicidad en el futuro es una manera simplista para no querer enfrentar el dolor y es una infidelidad al anhelo más hermoso y puro del corazón humano: vida plena y feliz.
En realidad ni me interesa una hipotética felicidad futura y estoy convencido que esperar la plenitud después de esta experiencia terrena es indigno del ser humano, indigno de Dios, indigno de la misma resurrección de Cristo.
Extraño y cruel Dios sería este: crea el universo, seres humanos sintientes, infinitas formas de vida para que sufran un rato y darle felicidad quien sabe cuando.
En esta semana santa tuve la alegría de celebrar la Misa en un hogar de ancianos. Una mujer no muy mayor huésped del hogar no se cansaba de repetir: “quiero volver a casa, quiero volver a casa”. En cada oportunidad que se brindaba durante la Misa la mujer insistía: “quiero volver a casa”. Más allá de su tristeza y dolor la mujer dio voz al anhelo de todo corazón humano: volver a casa.
La Pascua es nuestra Casa. La Pascua es nuestra Casa porque la Vida es nuestra Casa. La Vida es nuestra Casa porque es lo que somos: somos Vida expresándose por un momento en forma humana. Y la Vida siempre ocurre en el aquí y el ahora.
Entonces nuestra Casa, la Casa verdadera es esta: el aquí y el ahora. La resurrección de Cristo no es un acontecimiento histórico: es el acontecimiento donde la historia ocurre.
¿Cómo podría el acontecimiento que define la historia, ser histórico? En realidad la resurrección precede, acompaña y cierra la historia, individual y universal.
Vivimos en la resurrección porque somos Vida, participamos y somos manifestación de la Única Vida.
Comprendemos así que la vida no tiene un sentido, sino que vivir es el sentido. No existe un “sentido” de la vida afuera de la vida. Tu vida, aquí y ahora, es el sentido.
Volviendo entonces a la pregunta del comienzo: ¿Dónde vemos reflejada la victoria de Cristo sobre mal, dolor y muerte en nuestro mundo?
En la Vida y en el vivir de este momento.
Es la misma y única Vida la que se manifiesta y expresa también como mal, dolor y muerte. Por eso todo está siempre a salvo. Lo único necesario es vivir y vivir el instante.
Para eso necesitamos visión, necesitamos ver. Ver que ya estamos en Casa. Ver la Casa, ver la Vida.
La palabra Pascua como bien sabemos significa “pasaje”: de la muerte a la vida. Dicho de otra manera: de la visión a la Casa.
Vivimos adentro de la Vida, adentro de la resurrección, adentro del seno de Dios.
En este momento Dios te está respirando y tu respirar es el respirar de Dios.
Vivir en plenitud, vivir en la resurrección, vivir como resucitados es una continua Pascua: de la visión a la Casa.
¡Feliz Vida! ¡Feliz Pascua!



domingo, 9 de abril de 2017

Semana Santa entre olivos, burro, pan, sangre y luz





El domingo de ramos inaugura oficialmente la Semana Santa. Semana de turismo para muchos, semana de descanso para otros. En el fondo poco importa si sabemos como vivirla.
Para los cristianos y especialmente los que frecuentan regularmente los templos y se sienten parte de la gran familia de la iglesia es la Semana más importante. La Semana que resume el Misterio de la vida del Maestro de Nazaret. Resume y concentra.

¿Cómo vivirla para no desperdiciar tiempo y celebraciones?

Hay elementos de esta Semana que nos pueden ayudar a vivirla en plenitud y, sobre todo, desde la paz y hacia la paz.
Olivos y burro abren la Semana y son los protagonistas de este domingo. Domingo de fiesta porque el Maestro entra en Jerusalén… pero en el fondo una fiesta hipócrita, como muchas de nuestras fiestas: apariencia, superficialidad, ruido. Los olivos de la cotidianidad serán quemados y olvidados, pero es lo que hay: olivos. Ramas de olivos que no conocerán el sabor delicioso del aceite. Arrancadas para la hipocresía no pueden dar fruto. El burro camina y camina sin saber adonde ir: lo espera un destino de muerte. Muere con Jesús el pobre burro. Lleva al Maestro y no sabe a quien lleva y adonde lo lleva. Así es de quien no sabe adonde va: ignoramos quienes somos y adonde vamos.

¿Podremos vivir una Semana donde la cotidianidad es rescatada, honrada y vivida?
¿Podremos vivir esta Semana plenamente conscientes de nuestro sentir, nuestro actuar… dueños del rumbo y amantes del destino?

Llegaremos al pan entonces. El pan de la cena compartida. Pan muy pobre por cierto, pero pan al fin. Pan partido y compartido entre amigos: verdadera Eucaristía. Eucaristía de las lágrimas y de la traición, Eucaristía de la amistad y de la esperanza, Eucaristía de un amor sin límites.
¿Podremos sacar por fin la Eucaristía de los fríos templos? ¿Sabremos devolver la Eucaristía a su verdadero hogar: la calle, la casa, la familia?

Celebrado el pan nos sorprenderá la sangre. Sangre inocente del viernes santo. La misma sangre de los niños sirianos victimas de una guerra absurda: tragedia infinita y olvidada; olvidada por el hombre racional, por gobiernos democráticos, por los defensores de los pobres y marginados. Olvidada por los hijos de los mismos hombres que escribieron la carta de los derechos humanos: ¡hipócritas y asesinos! Se repite la misma historia: “Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado (Mt 27, 24-25).
La sangre inocente de los niños de Siria, la sangre inocente de los que mueren sin medicamentos en Venezuela, la sangre inocente de los que buscan verdadera democracia, la sangre inocente de los pobres condenados a una vida indigna por la codicia humana: esta sangre recaerá sobre nosotros hasta que no aprendamos que sangre hay una sola. Es la misma sangre: del Maestro, de los inocentes, de los asesinos, de los hipócritas. Hasta que la familia humana no aprenda que es la misma y única sangre seguiremos destrozándonos por un maldito puñado de dólares, por unos metros de tierra y por la aclamación de la multitudes.
En el fondo no hay pan sin sangre. Lo mismo que decir: no hay vida plena sin atravesar las oscuras sendas del dolor. Aprender a amar pasa necesariamente por enfrentar el sufrimiento. Antes el nuestro, siempre el nuestro. Mi dolor primero. No podemos ir pregonando al mundo paz y amor cuando en nuestro corazón se agitan miedos, violencia, ira. Sentarse con tu propio sufrimiento y disolverlo. Como Buda, como Cristo. Entonces brota la compasión: hacia mí mismo y hacia los hipócritas y asesinos, solo culpables de no querer enfrentar su propio dolor, su soledad, sus miedos. Ahí la clave. Compasión y más compasión.
La Cruz del Cristo es su gran trono de meditación. Trono único por cierto: nadie lo quiso, nadie lo quiere. Como nadie se sentó con el Buda en medio del infierno.
Lo hicieron ellos para y con nosotros. Han vencido como muchos otros. Se puede, se debe. Para ir sonriendo al mundo e indicar que no hay un camino a la paz: la paz es el camino. Para comenzar a ver por fin. Ver la belleza escondida en el medio del dolor y del mal: “también en el infierno florecen las violetas” dijo el poeta.

Entonces asomará la luz. La luz de la Pascua, la luz de la visión. Una luz siempre presente en realidad porque es la luz que todo sostiene, abarca, ilumina. Necesitamos de la Pascua para comprenderlo. Necesitamos que Cristo se levante del sepulcro y nos toque los ojos.
Sus amorosas manos, sus tiernas manos nos tocarán los ojos otra vez. Estas mismas manos que tocaron leprosos y muertos, las misma manos que tocaron prostitutas y niños. Las mismas manos que sacudieron la hipocresía, la codicia y la idolatría. Estas mismas manos con heridas de luz se posarán tiernas sobre tus ojos. Y verás al fin. Y veremos. Luz, solo luz, simplemente luz. Abiertos los ojos nos sorprenderemos: no habrá Cristo, ni ojos, ni vos, ni yo. Solo luz.




martes, 4 de abril de 2017

Asombrado de la bondad




Estos días pasados fueron muy intensos: muchas visitas, muchos encuentros. Muchas charlas y mucho compartir. Me descubrí varias veces asombrado: asombrado de la bondad natural del ser humano. Tantos gestos pequeños y grandes de generosidad, lindas sonrisas, tiernos abrazos. Mensajes, palabras, gestos concretos.

Pude captar y percibir la bondad innata del ser humano. Bondad esencial que siempre asume rostros concretos, según la historia y el caminar de cada cual. Rostros y nombres, manos y corazones. Estoy asombrado por la bondad que se expresa a través de estos rostros, estos nombres, estas manos y estos corazones. Agradezco a la Vida, a Dios, al Amor: cada cual puedo nombrar como quiera. Y agradezco estos rostros concretos y fraternos. Rostros que se dejaron transparentar por esa bondad innata. Rostros de hermanos, rostros de amigos, rostros amantes y amados.

El budismo sabe todo esto y en el camino espiritual apunta justamente a descubrir esta bondad innata que llama “autentica naturaleza”.
Los cristianos descubrimos esta bondad innata en el Cristo interior: la luz que Jesús de Nazaret nos reveló y nos dejó. Podemos llamarla también Espíritu Santo y la vemos reflejada en el misterio de María Inmaculada.
El misterio de María Inmaculada expresa que todos somos inmaculados. Todo en el fondo es inmaculado. Hay un lugar en el centro de cada ser y de cada cosa que es inmaculado: es nuestra esencia, nuestra raíz, nuestra “autentica naturaleza”, nuestro hogar. Es el lugar más íntimo, más sagrado. Lugar donde el mal y el egoísmo humano no tienen acceso. Siempre está a salvo.

Es importante volver a subrayarlo cuando somos testigos de tanta violencia, egoísmo, ceguera. Especialmente la ceguera absurda de tantos políticos, gobernantes y empresarios que desconociendo esta bondad innata buscan la felicidad en el poder, la fama, el dinero. Sin resultado obviamente. Opresores hipócritas tan ciegos que ni saben que lo son. Tan ciegos que no logran ver que la bendita muerte lo vendrá a buscar también a ellos. Ciegos que generan sufrimiento. Terrible sufrimiento inocente.

La paz no empieza por la ceguera, empieza por la visión.
La paz verdadera y autentica empieza ahora. Empieza aquí. Empieza por vos. Empieza por ese lugar sagrado e inmaculado. Lugar donde el Amor te respira, te engendra, te sostiene.
Lugar que te define más allá de toda definición.
Descubrirlo y vivir la vida desde este lugar es tarea de todos. Tarea imprescindible y urgente. Es el auténtico camino espiritual, el único camino que coincide con la meta.




domingo, 2 de abril de 2017

Juan 11, 1-45




El quinto y último domingo de cuaresma nos presenta el conocido texto de la resurrección de Lázaro.
De entrada quisiera subrayar el comentario de Jesús al enterarse de la enfermedad de su amigo: Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11, 4). Y obviamente el evangelista sabía bien que Lázaro había muerto y además nos advierte que Jesús no va de apuro a ver al amigo, sino que “espera” que muera. Resuena lo que escuchamos el domingo pasado sobre el motivo de la ceguera del ciego de nacimiento: “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3).

También la muerte – de cualquier forma la entendamos e interpretamos – es manifestación y glorificación de Dios. Juan justamente interpreta la muerte misma de Jesús como glorificación.
Si la misma muerte – lo que más nos asusta y preocupa – expresa la gloria de Dios, ¿qué otras cosas podrían quitarnos la deseada paz?

Podemos experimentar la muerte desde la Vida si nos atrevemos a entrar en la experiencia de Jesús. Entrar en la experiencia de Jesús es aprender a ver la realidad como él la vio y a vivir desde la realidad contemplada. Cuando Marta profesa su fe en futuro: “Sé que mi hermano resucitará en el último día” (Jn 11, 24), Jesús contesta al presente: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). En este preciso instante somos Vida. “Yo soy la resurrección y la vida” expresa la experiencia central y fundante del maestro. Jesús se experimenta Uno con la Vida, Uno con el principio originario de toda las cosas, Uno con el Ser que engendra y sostiene todo lo existente.

Esta maravillosa experiencia que sostiene toda la vida del maestro de Nazaret no quita nada a toda su humanidad. El texto de hoy nos muestra la humanidad de Jesús en su emotividad, afectividad y fragilidad. Juan nos dice que Jesús se conmueve, sufre, llora. Como vos, como yo.
La experiencia de la plenitud de la Vida que todo abarca y sostiene no quita nada a la humanidad: le da pleno sentido.
Podemos llorar, reír, sufrir, conmovernos. Podemos: es un regalo. Somos seres sintientes y sentir la vida en todas sus manifestaciones es la aventura más hermosa.
Lo podemos hacer desde un sepulcro cerrado o desde un sepulcro abierto: y ahí todo cambia.

Experimentar la vida desde un sepulcro cerrado significa perderse en la experiencia, reducir todo a lo que sentimos y quedarnos muchas veces en las lagrimas: son las lagrimas de Marta que ve un sepulcro cerrado.
Experimentar la vida desde un sepulcro abierto es volverse dueño de lo que sentimos y abrazar todo experiencia y todo sentir desde la Vida que somos: son las lagrimas de Jesús que ve un sepulcro abierto.
El sepulcro de Lázaro resume y concentra todos los sepulcros de la historia. Tu sepulcro, mi sepulcro. El sepulcro de los asesinos y el sepulcro de los inocentes.
Sepulcros siempre abiertos. Siempre abriéndose. Constantemente la voz del Cristo está abriendo sepulcros. Entonces podemos vivir nuestra humanidad con total libertad, transparencia, entrega.

Nuestras lagrimas riegan los sepulcros abiertos de la historia. Nuestro dolor fecunda los sepulcros convertidos en jardines.
Desde los sepulcros abiertos de la historia la muerte no asusta más. Simple y maravillosamente se vuelve otra manifestación y glorificación del Dios de la Vida.



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