sábado, 14 de enero de 2023

Juan 1, 29-34

 

 

 

Está comúnmente aceptado por los estudiosos que entre los discípulos de Juan Bautista y los discípulos de Jesús existía un cierto enfrentamiento. Por eso el evangelista Juan, que escribe alrededor del año 100, siente la necesidad de aclarar definitivamente el asunto y por eso pone en boca de Juan las famosas palabras: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (1, 29); un testimonio profundamente mesiánico.

 

En realidad, el reconocimiento del mesianismo de Jesús no viene del Bautista, sino de la comunidad del evangelista Juan.

 

Es importante reconocerlo y es fundamental la honestidad. Esto nos evitará caer en la que, Enrique Martínez llama, la “trampa teísta”.

 

Para explicar lo que es esta trampa, el mismo Enrique Martínez nos propone un cuento:

 

“Todos en la comunidad sabían que Dios hablaba al rabino todos los viernes, hasta que llegó un extraño que preguntó: —¿Y cómo lo saben? —Porque nos lo ha dicho el rabino. —¿Y si el rabino miente? —¿Cómo podría mentir alguien a quien Dios habla todas las semanas?”.

 

Otros teólogos lo expresan así: la iglesia deriva su autoridad de la Palabra de Dios; ¿Y quién dice lo que es la Palabra de Dios? La iglesia.

 

Es un círculo vicioso, que no permite discusión.

 

Es la trampa de las creencias, de las cuales solo salimos con humildad y honestidad intelectual. Falta mucho camino a recorrer. Las creencias nos atrapan porque nos otorgan el sentido de seguridad que tanto buscamos y además justifican el poder y el “statu quo”, que hace caer en el inmovilismo e impide el crecimiento y el desarrollo. Las creencias son tan potentes que a menudo llegan a cegar.

 

Ser abiertos y humildes; ser honestos y cuestionarnos: por ahí va el camino.

Estas cualidades psicológicas y espirituales nos permitirán comprender el tema del mesianismo de una forma más integral, potente, actual y fructífera.

 

Sabemos que, para los cristianos, Jesús de Nazaret es el enviado, el esperado, el Mesías (el ungido, Cristo) que nos revela el rostro de Dios.

Y sabemos que Israel, el pueblo elegido, sigue esperando a su Mesías.

 

Hoy en día, y recuperando también antiguas intuiciones, hay otras posturas; posturas sumamente interesantes y sugerentes.

 

Las investigaciones de la mística hebrea nos proponen dos ulteriores pistas.

 

1)  Cada uno – cada alma – es una chispa del Mesías.

2)  Cada uno – cada alma – es su propio Mesías.

 

Si en lugar de encerrarnos cada cual en su postura y visión, nos abriéramos al dialogo y a la investigación sin fanatismos, todos nos enriqueceríamos terriblemente y descubriríamos la deslumbrante belleza de la armonía naciente.

 

Estoy convencido – y conmigo muchos estudiosos que no existen posturas y posiciones totalmente incompatibles. Cada postura, cada visión, es una perspectiva y las perspectivas dependen de las culturas, de las creencias y de las cosmovisiones… es decir son siempre limitadas y condicionadas.

 

La Verdad no es manipulable y siempre está más allá de nuestros intentos de control y de posesión. Ha llegado la hora de comprenderlo y vivirlo, si queremos un futuro mejor para la humanidad.

 

Los cristianos estamos llamados a “entrar” en la consciencia del Maestro de Nazaret. Cuando soltamos los miedos, el afán de poder y de reconocimiento, cuando nos abrimos con confianza y humildad, la consciencia de Jesús nos atrapa y nos atraviesa.

Empezaremos a ver como él ve. Empezaremos a vivir verdaderamente desde el Espíritu. Seremos verdaderamente libres. Seremos uno con él, seremos él.

Lo afirma, de manera contundente y extraordinaria, Simeón el Nuevo Teólogo:

 

Nos despertamos en el cuerpo de Cristo

cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.

Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;

él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.

Muevo la mano, y esta, por milagro,

se convierte en Cristo,

deviene todo él.

 

¡Maravilla que no se puede decir!

Silencio.

 

 

 

 

sábado, 7 de enero de 2023

Mateo 3, 13-17


 

 

Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús.

El bautismo revela una encrucijada en la vida de Jesús: hay un antes y un después.

Para él fue una experiencia de Dios tan fuerte que cambió el rumbo de su vida; con el bautismo empieza la vida de Jesús como maestro itinerante.

 

¿Cuál fue nuestro “bautismo” no sacramental que transformó nuestra vida?

 

Cada experiencia renovadora y transformadora es un bautismo.

Cada “muerte y resurrección” es un bautismo.

La palabra “bautismo” deriva del griego y significa sumergir.

El bautismo es una inmersión. Cuando nos sumergimos en el Espíritu nuestra vida se transforma.

 

En su bautismo, Jesús se siente poseído por el Espíritu y esta consciencia no lo abandonará nunca más.

Es la experiencia clave y fundante de la existencia humana y del camino espiritual: descubrirnos inmersos en el Espíritu, descubrirnos habitados por el Espíritu.

Todo el camino espiritual consiste justamente en “dejarse poseer por el Espíritu”, para que él conduzca nuestra vida y la transforme en fuego: “Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego” (Mt 3, 11).

 

Espíritu y fuego a menudo son sinónimos y simbolizan esta dimensión abrasadora y transformadora; como dice la carta a los hebreos 12,29: “nuestro Dios es un fuego devorador”, en sintonía con Deuteronomio 4, 24.

 

El camino es “espiritual”, solo si nos dejamos atrapar y poseer por el Espíritu.

 

Dejarse atrapar y poseer por el Espíritu”: ¿no es, tal vez, la definición más hermosa de la vida espiritual?

 

La tradición cristiana, especialmente a partir de Pablo, asocia el bautismo a la muerte y resurrección de Cristo.

¿No saben que todos nosotros, al ser bautizados en Cristo Jesús, hemos sido sumergidos en su muerte? Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva. Si la comunión en su muerte nos injertó en él, también compartiremos su resurrección” (Rom 6, 3-5).

 

Vivir como bautizados es entonces entrar en el dinamismo central de la experiencia cristiana.

 

Vivimos el bautismo, cuando morimos a nuestro “yo” y dejamos que Cristo viva en nosotros.

Vivimos el bautismo cuando nos dejamos vivir por el Espíritu.

Vivimos el bautismo cuando estamos abiertos a la luz y al amor.

 

Vivir el bautismo es ser consciente a cada instante de esta Presencia: “en él somos, nos movemos y existimos”, nos recuerda San Pablo (Hechos 17, 28).

 

Es muy interesante y sugerente notar que Mateo, Marcos y Lucas concuerdan en que, después de su bautismo, Jesús fue “arrojado” por este mismo Espíritu al desierto para ser tentado.

El Espíritu no nos hace la vida fácil. La obra del Espíritu es sacar lo mejor de cada uno y llevar a cada cual a vivir su vocación y a revelar la luz por la cual ha venido a este mundo. Por eso el Espíritu purifica, nos pasa por el fuego, para que solo quede el amor.

 

Si logramos leer toda dificultad o problema a la luz del Espíritu que nos está formando y puliendo encontraremos la paz definitiva.

 

El Espíritu nos habla y nos hace crecer a través de cada acontecimiento y encuentro, a través de cada incomprensión u obstáculo.

 

El Espíritu nos habla a través de todo y de todos.

Solo se nos pide apertura, atención y escucha.

 

Terminamos haciendo nuestras las palabras de gratitud al Espíritu Santo de San Simeón el Nuevo Teólogo:

 

Te doy las gracias por haberte hecho un solo espíritu conmigo: sin confusión, sin cambio, sin transformación, tú el Dios sobre todas las cosas. Tú mismo te has hecho por mí todo en todo, alimento inexpresable y completamente gratuito, que siempre te desbordas sobre los labios de mi alma y brotas en la fuente de mi corazón; vestido deslumbrante que quemas los demonios, purificación que me limpias con lágrimas inmortales y santas que tu presencia concede a aquellos a los que asistes. Te doy las gracias por haberte hecho por mí luz perenne y sol sin ocaso, tú que llenando el universo de tu gloria no tienes dónde ocultarte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 31 de diciembre de 2022

Lucas 2, 16-21

 

 

 

Celebramos hoy la fiesta de “María Madre de Dios” y también la jornada mundial de la paz.

Al comenzar un nuevo año social se nos presenta esta sugestiva asociación entre María y la paz.

María puede ser un camino desde la paz y hacia la paz.

El evangelio nos sugiere la actitud clave de María: “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (2, 19).

 

¿De dónde nace la paz?

¿Dónde se encuentra la paz?

¿Cómo construir paz?

 

En nuestro mundo complejo y en crisis, son preguntas claves.

Todos parecen anhelar la paz, invitar a la paz, pero en lo concreto se hace, a menudo, difícil. El proceso es largo y muchas personas y naciones sufren.

 

El evangelista Lucas, subrayando las actitudes de María, nos regala una pistas fundamentales.

 

María – lo podemos afirmar con un alto grado de certeza – no estaba entendiendo lo que le sucedía. Su maternidad la sorprendió y todo lo acontecido alrededor del niño Jesús la cuestionaba.

 

María confía. Tenemos la primera actitud clave para la paz. Sin confiar en el misterio de la vida la paz es imposible; sin confiar en el otro la paz se convierte en un sueño inalcanzable.

María no entiende, pero guarda todo en su corazón. Sabe que el Misterio la supera e intuye desde su corazón que todo tiene sentido.

 

¿Cuándo no entiendo, me abro a la confianza?

¿Logro confiar y abandonarme en las manos del Misterio?

 

En segundo lugar el evangelio nos dice que María “meditaba en su corazón”.

María va “para dentro”. María trabaja su interioridad.

María intuye que la mente no resuelve el Misterio y va más en profundidad. María sabe que las respuestas vienen del corazón, vienen desde otro lugar del ser.

 

María es la mujer del silencio; sabe que solo el silencio tiene las respuestas.

 

La paz verdadera y duradera solo puede surgir desde el descubrimiento y la conexión con nuestra identidad más profunda.

La confusión sobre nuestro ser y nuestra identidad genera violencia y conflictos.

Hasta que nos identifiquemos con nuestra mente, la paz queda una utopía. La identificación con la mente es justamente el ego y el ego siempre se mueve o defendiéndose o atacando, porque quiere mantener su ilusoria y superficial identidad. Toda violencia, en realidad, nace del intento de defender una identidad ilusoria.

Pero la mente no puede decirme “quien soy” y por eso la mente y el pensamiento siempre buscan objetos externos que les puedan otorgar el alivio de cierta identidad y seguridad. Así se explica también el absurdo fanatismo en el fútbol y en la política, por ejemplo; identificándonos con un cuadro de futbol o una postura política nuestro sentido de identidad se ve reforzado y la angustia existencial se alivia por un tiempo… pero el costo es grande. Para defender la supuesta identidad el ego está dispuesto a cualquier cosa… y la historia es testigo.

 

La actitud de María nos recuerda que nuestra verdadera identidad está en otro lugar, no en la mente y en nuestra identificación con ella.

 

¡Eres más que tus pensamientos y emociones!

¡Eres mucho más!

Tus pensamientos y emociones no te definen ni encierran: ¡qué liberación!

 

María sabe que nuestra verdadera identidad se encuentra más allá de la mente: por eso medita, por eso calla, por eso va para dentro. Y nos invita a hacer lo mismo.

 

La paz es tu herencia desde siempre. Tu eres paz. La paz es tu identidad más profunda, porque está en el mismo lugar donde habita el Misterio.

La paz nos precede, nos sostiene y nos espera. Somos paz. Somos paz en este “lugar sin-lugar” donde somos uno con Dios.

 

Entonces entendemos la hermosa invitación: “No hay un camino a la paz, la paz es el camino”.

 

Y también hacemos nuestras las palabras de San Juan Bosco: “Quién tiene paz en su consciencia, lo tiene todo.

 

La paz en el mundo – la paz exterior y en las relaciones – se dará como fruto de la conexión con la paz interior, la paz del ser.

 

Por eso la interioridad y la meditación son claves.

El ser humano solo descubre y encuentra la paz cuando conecta con “lo que es”, con su verdadera identidad.

 

Cuando conectamos con nuestra esencia la paz está ahí, serena y gozosa, esperándonos.

La paz es revelación y expresión del Ser.

 

San Pablo lo vio y lo expresó de manera maravillosa: “Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.” (Fil 4, 7).

 

Dejemos la superficie. Dejemos lo pasajero. Vamos adentro, vamos en profundidad, cueste lo que cueste.

Vivamos las actitudes de confianza e interioridad de María: ahí está el camino, ahí está la meta, ahí están las respuestas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 24 de diciembre de 2022

El vientre amado y bendecido

 

 

NAVIDAD 2022

 

 

En esta Navidad me dejé sorprender por unos versos silenciosos. El Misterio no puede ser expresado y tan solo la poesía y la música pueden dejar entreverLo, vislumbrarLo, intuirLo.

 

Gracias por recibir estos versos que les comparto con mucho amor desde mi corazón agradecido y silencioso.

 

 

 

Como un abismo el vientre y bendecido,

Brisa luminosa, desoperculando.

Como miel silvestre ha nacido;

se teje la luz, hilvanando

y en cada vientre, el Amor amando.

 

 

Fresco pimpollo desde el sol se revela,

todo lo quebrado embellecido, y el amor

recupera, salva y desvela;

calmo, fecundo el dolor,

amanece, hoy y siempre, el Salvador.

 

Se enfrentan las miradas de la historia,

las búsquedas feroces de la luz.

Desde siempre latente es la victoria;

¡bebe lo hondo y se disuelve la cruz!

La paz de los jardines y cada vez más, luz.

 

Se desgarra este velo contundente,

se palpa este silencio que enamora,

el fuego de la zarza y del vientre, envolvente;

hacer espacio, ¡un poco más!, y la vida aflora,

amar las sombras y el vientre, a cada hora.

 

 

¡Feliz Navidad!

sábado, 17 de diciembre de 2022

Mateo 1, 18-24

 


 

 

Escribe Enrique Martínez Lozano: “El relato evangélico que habla de la virginidad de María no tiene nada de original. El mito de la “madre virgen” recorre toda la antigüedad, desde Egipto hasta la India. Horus, en Egipto, nace de la virgen Isis (tras el anuncio que le hace Thaw); Attis, en Frigia, de la virgen Nama; Krishna, en la India, de la virgen Devaki; Dionisos, en Grecia, y Mitra, en Persia, de vírgenes innominadas… Por cierto, de prácticamente todos ellos se dice que nacieron un 25 de diciembre, en el solsticio de invierno – en el hemisferio Norte – , justo cuando el Sol vuelve a “nacer”, venciendo a la noche.

 

Celebramos hoy la maternidad de María y es importante desentrañar su significado más profundo y lo que significa para nosotros hoy.

 

Lo que nos dice Enrique Martínez es muy importante por varias razones. Es un acto de honestidad con la historia y con las historias de las religiones y de la espiritualidad; y sin duda no es casualidad que todas o casi todas las tradiciones religiosas hablen de nacimientos virginales y utilicen la fecha simbólica del 25 de diciembre. Por otro lado, también, nos ayuda a trascender el relato, para captar lo esencial.

 

Siendo honestos, saliendo de una lectura literal del texto y teniendo la valentía de trascender el relato, solo podemos ganar y crecer. Así que…¡adelante!.

 

¿Qué hay detrás de la maternidad de María?

¿Qué expresa la virginidad de María?

 

Virginidad y maternidad van de la mano y son las dos caras de la misma moneda, por cuanto extraño y paradójico nos pueda parecer.

 

María, en la tradición cristiana, resume y concentra la belleza asombrosa de la armonía entre virginidad y maternidad.

María es madre porque es virgen y su ser virgen la convierte en madre.

 

La virginidad de María revela y expresa un corazón puro, abierto y disponible.

Esa es la clave de la virginidad. Por eso todos estamos llamados a la virginidad.

La virginidad indica una honestidad y un vacío radical. María es virgen porque está vacía de su “ego” y está totalmente disponible y abierta al Misterio.

Virginidad es dejarse “atravesar por el Misterio”, es no desear otra cosa que Dios, es dejarse fecundar por la semilla de la divinidad.

La luz puede atravesar completamente, solo una ventana virgen: una ventana totalmente transparente.

Una melodía solo puede expresarse a través de un espacio vacío: el agujero de la flauta nos lo muestra a la perfección.

 

Dejarse atravesar por el Misterio es decir “si” a la Vida, “si” al Amor.

Dejarse atravesar por el Misterio es vivir desde un profundo silencio interior, desde el cual, la Palabra puede ser y puede oírse.

Dejarse atravesar por el Misterio es ser cauce del torrente de la Vida.

Dejarse atravesar por el Misterio es estar siempre abiertos, serenos, en calma.

Dejarse atravesar por el Misterio es vivir desde la más pura confianza, sabiendo que todo estuvo bien, todo está bien y todo estará bien.

 

Y ocurre el milagro.

 

Desde esta virginidad brota vida, vida plena y abundante.

 

Desde este espacio vacío, la Vida puede ser, el Ser puede ser. Dios puede ser en ti, Dios puede expresarse y revelarse desde tu vacío asumido y amado.

 

Es la realidad que San Pablo expresaba de esta manera: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20).

 

Cuando trascendemos el “yo individual” – esta es la virginidad fundamental – la Vida puede manifestarse y revelarse. Seremos entonces madres y padres. Viviremos las verdaderas maternidad y paternidad. Seremos cocreadores del Infinito y de nuestra propia historia.

Veremos, por fin y con lágrimas de agradecimiento, que todo es gracias, todo es gratis, todo es gratuidad, todo es Vida.

 

Experimentaremos con asombro y gratitud las palabras del evangelio: “Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (Lc 6, 38).

 

 

 

sábado, 10 de diciembre de 2022

Mateo 11, 2-11

 


 

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10): podría ser perfectamente este el resumen de todo el mensaje de Jesús y del evangelio.

Por eso, también, podría ser perfectamente el mejor comentario al texto evangélico de este tercer domingo de Adviento.

 

Juan desde la cárcel – fascinado y sorprendido por lo que se oye sobre el nazareno – intenta averiguar más sobre su identidad y Jesús le manda a decir: “los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (11, 5).

 

La respuesta de Jesús no es teórica y no es dogmática. No es una respuesta “religiosa”. La respuesta de Jesús trasuda y destila vida.

Jesús vino a mostrarnos y revelarnos al Dios de la vida, al Dios que ama la vida, al Dios que, en todo, se revela y se manifiesta.

 

Como expresó magistralmente San Ireneo de Lyon en el segundo siglo: “La gloria de Dios es el hombre viviente.

Todo vive, todo es manifestación de la Vida Una. Jesús nos invita a entrar en esta visión y en esta dinámica. Jesús y el evangelio nos invitan a dar nuestro aporte para que en el mundo – este maravilloso y sufriente mundo – brille la Vida.

 

Afirma muy bellamente José Antonio Pagola: “Si algo caracteriza la personalidad de Jesús es su amor apasionado a la vida, su biofilia. Los relatos evangélicos lo presentan luchando contra todo lo que bloquea la vida, la mutila o empequeñece. Siempre atento a lo que puede hacer crecer a las personas. Siempre sembrando vida, salud, sentido.

 

Su amor apasionado a la vida”: ¡qué hermosura! ¡Qué caminos infinitos se nos abren!

 

En este sentido, Jesús es patrimonio de la humanidad, no es propiedad exclusiva de la iglesia y de los cristianos y el Papa lo subraya muy a menudo, con sus palabras y actitudes. Hay que devolver a Jesús y al evangelio al mundo entero… ¿no será esta la misión más importante de la iglesia?

 

Ya lo decía con fuerza a los cristianos, el filósofo marxista francés, Roger Garaudy: “Ustedes han recogido y conservado esta esperanza que es Jesucristo. Devuélvanla, pues ella pertenece a todo el mundo.

 

¡Queremos devolverte al mundo, Jesús!

¡Queremos gritar con nuestros silencios y nuestras obras, la Vida que somos y que nos habita!

Nos abriste la puerta, nos dijiste que tú mismo eras puerta. Pasando por ti, todo es vida.

Dejándonos atravesar por ti, todo es vida.

Queremos ver el mundo con tus ojos enamorados y apasionados.

Queremos dejar lo que estanca la vida, lo que nos hacer “perder el tiempo”, lo que debilita la alegría.

Amar la vida y devolver vida con cada gesto, con cada silencio, con cada palabra.

Queremos que el Dios de la vida que nos mostraste, se nos revele y nos viva.

No queremos más vivir desde nuestro pequeño y egocéntrico “yo”; queremos vivir desde el Único, desde el Solo, desde el Auténtico Yo.

Queremos sembrar vida a cada paso, como el buen sembrador de tu parábola.

Queremos desparramar vida, como desparramaste abrazos a los niños y sonrisas a los enfermos y a los tristes.

Queremos recoger el dolor de los hermanos y devolver el sentido y la esperanza.

Queremos cantar de gozo como San Francisco y queremos, una vez más, ser el vacío más radical en tus manos, para que el Misterio que te enamoró, nos traspase totalmente.

Y ser agujeros de tu flauta, por donde el aroma del Espíritu, pueda revelarse al mundo y hacer bailar a las piedras.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 3 de diciembre de 2022

Mateo 3, 1-12



En este segundo domingo de Adviento se nos presenta con fuerza la figura de Juan Bautista.

Juan prepara la venida y la revelación de Jesús a Israel desde un tono amenazador que pide una urgente conversión: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión” (3, 7-8).

 

A veces necesitamos un sacudón para despertar del aletargamiento y de la inercia que nos acechan, pero hay que estar sumamente atentos a no caer en una visión de la fe que hace de la amenaza, de la culpa y del miedo sus armas preferidas.

 

Sabemos que, en muchos casos y a lo largo de los siglos, la evangelización sucumbió a esta visión y muchas personas todavía están pagando un precio muy alto, en cuanto a traumas, sentimientos de culpas, alejamiento de la fe.

 

La evangelización nunca puede usar las armas de la amenaza, de la culpa y del miedo para anunciar el rostro misericordioso de Dios que Jesús nos reveló.

 

El sacudón que a veces necesitamos tiene que hundir las raíces en la misma consciencia y experiencia de Jesús. El sacudón siempre tiene que partir de una intención amorosa y de una visión confiada de la realidad: cada cual está haciendo lo mejor que puede, cada cual es una revelación de la vida de Dios en este mundo.

 

Esta visión surge de la comprensión que, a su vez, genera compasión. La verdadera conversión a la cual invitaba tan fuertemente Juan Bautista, brota de esta comprensión.

 

Si nos miramos y miramos al mundo desde este nivel de consciencia, todo está bien, todo está perfecto para nuestro aprendizaje y nuestro crecimiento: ¡Qué paz y que alegría!

 

Lo que se nos pide es apertura y atención.

A esto se refieren las bellísimas palabras del profeta Isaías que Mateo pone en los labios de Juan:

Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

 

¿Qué es esta voz?

Es la voz de nuestra consciencia que corresponde a la mismísima voz de Dios. Escuchar nuestra consciencia es escuchar a Dios.

Hay que aprender a escuchar esta voz. Es una voz serena, humilde, silenciosa. Es la voz del alma que, a menudo, viene tapada por las demás voces.

El poeta lo tiene claro: A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.” (Antonio Machado).

 

Es la misma y tierna voz de Dios que busca al hombre después del pecado en el libro del Génesis: “¿Dónde estás?” (3, 9).

Es la misma voz del amado que sorprende y enamora a la amada del Cantar de los Cantares: “La voz de mi amado” (2, 8).

 

Aprender a escuchar la única voz, la sola voz. ¡Qué maravilla!

 

Dios mismo nos llama a prepararle el camino.

Dios mismo nos llama a allanarle los senderos.

 

El camino del Adviento nos recuerda lo único que estamos llamados a hacer: vaciarnos, transformarnos en cauces, en huecos, por donde pueda entrar e inundarnos la luz divina.

 

Resuenan hermosas y actuales las palabras de Angelus Silesius: Si Jesús naciera mil veces en Belén, pero no nace en tu corazón, de nada te serviría. 

 

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