domingo, 5 de marzo de 2017

Mateo 4, 1-11





Hoy la iglesia, después del pasado miércoles de ceniza, celebra el primer domingo de cuaresma. Al comenzar el camino que nos lleva a la Pascua siempre se nos presenta el texto de las tentaciones de Jesús.

Sin duda – más que un hecho histórico – es una catequesis que hunde sus raíces en la experiencia del éxodo de Israel.
Jesús estaba solo en el desierto, así que nadie fue testigo de lo que ocurrió. Tal vez el Maestro compartió algo de su experiencia. Tal vez. En estas cosas era bastante reservado el Maestro.

Jesús solo en el desierto: el desierto es justamente uno de los elementos centrales de nuestro texto y de todo el camino cuaresmal. La poderosa imagen del desierto evoca muchas y fundamentales dimensiones: la soledad, la lucha, la muerte, el silencio, la sed.

El evangelio parecería sugerir que sin pasar por el desierto no hay crecimiento y no hay novedad de vida. El Espírito llevó a Jesús al desierto y Jesús se dejó llevar.
¿y tu? ¿y nosotros? ¿Nos dejamos conducir al desierto?
La vida con su sabiduría nos conduce, nos quiere conducir al desierto. Las pequeñas y grandes dificultades, los momentos de soledad, muerte, sed… son nuestro desierto cotidiano. Lo que nos pasa – al contrario de Jesús – es que, en cuanto andamos los primeros pasos desierto adentro, nos invade el miedo y regresamos como pollitos mojados a nuestras superficiales seguridades. Así no funciona, así no crecemos.

El desierto es esencial, es una etapa central en nuestra experiencia humana. En el desierto se nos revelan los secretos de la vida, las motivaciones ocultas de nuestro actuar, las heridas todavía sangrantes, el egoísmo siempre presente. En el desierto nos conocemos y conocemos a Dios.
Las tentaciones de Jesús que Mateo nos presenta son paradigmáticas de la condición humana, es decir, hacen parte de nuestra humanidad más allá del tiempo y la cultura.

Lo que activa las tentaciones es siempre el hambre: nuestra hambre de ser, de felicidad, de vida plena. La sensación de tener hambre y el anhelo de plenitud del corazón humano despiertan las fuerzas ocultas y una búsqueda constante y a menudo terrible por encontrar el objeto de nuestro anhelo.
Las tentaciones expresan las tres dimensiones del ego de todo ser humano: el tener, el aparentar, el dominar. Es la triple tentación del dinero, de la imagen y del poder.
Curiosamente e irónicamente reflejan cándidamente la situación del hombre y la sociedad moderna. Una sociedad en muchos aspectos enferma y esclava del dinero, de la fama y del poder.
Cada ser humano, cada cultura y cada sociedad – si quieren crecer –  tienen que reconocer y enfrentar la triple tentación. Solo el desierto es liberador. La historia de Israel es – otra vez – paradigmática: el pueblo llega a la libertad solo después de la experiencia purificadora del desierto.

Es necesario el desierto, es una bendición. Por cuanto duro pueda ser.
¡No nos escapemos entonces! Adentrémonos voluntariamente, sin mirar atrás. Miramos de frente al desierto de nuestro corazón: miedos, heridas, dolor.
Simplemente no escapando, simplemente estando, el desierto es curativo.

Porque en el fondo también el desierto es el lugar de Dios: “se acercaron los ángeles y le servían” (Mt 4, 11).
Tal vez – paradójicamente – el lugar más hermoso, más íntimo.
Solo para enamorados:
Por eso, yo la seduciré,
la llevaré al desierto
y le hablaré a su corazón” (Os 2, 16).


jueves, 2 de marzo de 2017

Normal y anormal



Esta simpática e interesante tira de Charlie Brown me sugirió compartir algo sobre el tema.
Creo es importante. En nuestra sociedad occidental reina una gran confusión sobre temas claves, cuales: derechos y deberes, respeto, tolerancia, normal y no normal, legal y no legal, ley y libertad. Hace relativamente poco tiempo el hombre occidental forjado en la revolución francesa y la filosofía positivista creyó que la luz de la razón lo hubiera arreglado todo, conduciendo el ser humano a la deseada paz, justicia, fraternidad. Nos estamos dando cuenta con dureza que no es así. Esta confusión general y este clima constante de insatisfacción y de lucha revelan fehacientemente la insuficiencia y los limites de la razón y lo razonable. El ser humano es mucho más que su cerebro y su intelecto. Sobre todo porque sabemos muy bien que razón e intelecto están heridos por la afectividad y condicionados terriblemente por el ego. En sustancia: a la hora de ver y discernir la mente, por si sola, falla. O, en el mejor de los casos, se vuelve fanáticamente parcial.

¿Qué es lo que estamos viendo hoy?

Que lo que antes era considerado “normal” ahora en muchos casos es considerado “anormal” y viceversa. Antes lo “normal” era una familia con papá, mamá y los hijos de la misma pareja. Hoy parecería que ya esto no es normal. Antes “normal” era ser y sentirse heterosexual. Hoy parece al revés. Antes nos centrábamos en los deberes, ahora parece que solo existen los derechos. Los ejemplos se podrían multiplicar por miles. Me detengo acá.

¿Dónde está la falla?

En primer lugar en los conceptos de “normal” y “anormal”. Vivir a partir de conceptos – o ideales dicho de otra manera – no siempre lleva por buen camino. A menudo, especialmente cuando nos empecinamos y absolutizamos las ideas, en lugar de construir humanidad la destruimos.
El psiquiatra escocés Ronald David Laing hablando sobre lo “normal” afirmó una vez que el hombre considerado “normal” – justamente a partir de la conquistada racionalidad – es aquel que en el último siglo del pasado milenio mató a millones de seres humanos.
¿Desde donde juzgamos que algo es “normal” o “anormal”?
Tal vez la primera cosa es dejar de juzgar. Dejar de discriminar, mejor dicho. Discriminar en el sentido original de la palabra: dejar de separar. La Vida siempre se nos presenta y se nos regala entera, limpita, perfecta. Una. Dejar de separar es el primer gesto sabio y honesto hacia la vida.
En realidad “normal” y “anormal” son simples conceptos mentales que poco o nada tienen que ver con la vida. Lo que es “normal” para una araña es el fin del mundo para la mosca atrapada en su tela.
Lo que importa es la vida plena, aquí y ahora. Podemos entonces hablar de lo que construye vida y lo que la destruye.
En segundo lugar comprender la distinción entre reacción y acción.
Lo que estamos viviendo hoy, la proclamada crisis de valores y confusión, se debe a que no hemos aprendido las leyes básicas de la física que se estudian en la adolescencia. En concreto la tercera ley de Newton: “Siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, el segundo objeto ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección opuesta sobre el primero”.
En otras palabras: a cada acción corresponde una reacción igual y contraria.
Por siglos hemos machacado con ideales de normalidad: heterosexualidad, estilo de familia, maneras de vivir la fe, posturas políticas.
Lo que estamos viendo hoy en muchos casos es la reacción igual y contraria. Con la misma intensidad con la cual la sociedad anterior rechazó la homosexualidad, la sociedad actual – en sus lobbies de poder – parece rechazar lo heterosexual.
En política parece ocurrir lo mismo: las izquierdas y las derechas se alternan en el poder con la misma escalofriante superficialidad de una reacción emotiva adolescente.

¿Dónde está la verdad? En ningún lado obviamente. Y en todo.
¿Dónde está lo “normal”? En ningún lado obviamente. Y en todo.

La verdad no está en ningún ideal, conceptos, reacción.
La verdad precede todo esto, lo abarca y trasciende. Porque la verdad es la vida, no un concepto sobre la vida.

La verdad la vislumbramos en la acción correcta de la cual hemos ya hablado en este blog.
Es la acción pura que nace de un amor indiscriminado e incondicionado a la vida. El amor es acción, no reacción. La reacción es fruto de nuestro ego, o sea, nuestras ideas sobre lo que es o no es “normal”. Vivimos reaccionando, vivimos superficialmente a partir de lo que creemos “normal”. Creencias, obviamente, que son parciales, temporales y a menudo irracionales y erradas.

La vida es vida. Intacta. Perfecta. Plena. La vida no se pregunta sobre “normalidad”. La flor simplemente florece, sin preguntarse como florecer “normalmente”.
Amar la vida en su totalidad, así como se manifiesta: solo esto es sabio. Solo este amor incondicionado construye humanidad.
Y esto se logra solo saliendo de la mente que juzga y discrimina. La verdadera tolerancia precede la razón y el pensar: se sitúa donde la vida brota como regalo incondicional. En palabras de Jesús: “el Padre hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).





lunes, 27 de febrero de 2017

Misionero y monje


Feliz en la soledad
Sin el hijo que tanto deseaba;
sin los besos de una mujer compañera;
lidiando todo el día con lo austero.
Así la soledad me miró.
Y Dios me hice feliz de otra manera.
Dentro de paredes y rigurosa clausura
el cielo y la tierra mis fronteras,
en la rutina monástica y seria,
sólo con la aventura de la fe.
Y Dios me hace feliz de otra manera.
Como una nube que vuela solitaria,
bella parábola del grano de trigo,
así vivo en mi celda sin testigo,
ningún otro entretenimiento que mi oración.
Y Dios me hace feliz, y yo lo bendigo.
Vibro con mi cuerpo consagrado
como piedra esculpida en la minería;
a la espera de la Eterna Primavera
suspirando así tanto como yo soñaba.
Y Dios me hace feliz de otra manera.
Domino el corazón con la castidad,
la humanidad sin ninguna dificultad;
en silencio en mi celda, a la espera
sin nada que suavice mi soledad.
Y Dios me hace feliz, y ¡cómo!
(un monje cartujo)

Me gustó este texto/oración del anónimo monje cartujo. Me gustó y me encuentro. Los cartujos fueron fundados por San Bruno. Son monjes de vida semieremítica y contemplativa. Distribuyen el tiempo entre la soledad individual y la oración en la comunidad monástica.
Soy un poco monje. Lo descubrí hace unos años. Soy misionero y monje. Amo estar con la gente, amo jugar con los niños, cenar con familias, escuchar personas, construir dignidad. Amo reír y bailar con los jóvenes, compartir el barro codo a codo con los pobres. Simultáneamente amo el silencio y la soledad. Amo estar solo, amo leer, contemplar pájaros y flores. Amo la celda de mi cuarto y mi corazón. Mi corazón de monje es misionero. En el fondo misionero y monje expresan las dos caras de lo mismo. Es el mismo y único amor que se manifiesta hacia fuera y hacia adentro.
Misionero y monje, monje y misionero. Cada cristiano, cada ser humano tendría que ir incorporando las dos dimensiones del Ser: adentro y afuera. Silencio y Palabra. Virginidad y fecundidad. Cada cual en el ruido de mundo, rodeado a menudo de estupidez y superficialidad, puede encontrar su corazón de monje. Es esencial.

Gracias infinitas a la Vida que me hizo misionero del silencio. Mano tendida. Monje feliz.

domingo, 26 de febrero de 2017

Mateo 6, 24-34





Hoy se nos regala un texto maravilloso, algo poético, empapado de confianza. Tiene su paralelo en el evangelio de Lucas (12, 22-31).

Justamente la confianza es una de las actitudes fundamentales de Jesús. El Maestro de Nazaret tiene una actitud constante de confianza hacia la vida y los evangelios la subrayan a menudo.

Esta radical confianza de Jesús tiene espesor, porque fue puesta a dura prueba. No es la confianza barata de quien vive superficialmente, en la comodidad y sin preocuparse por el otro. La vida del Maestro no fue fácil: incomprensiones, conflictos, pobreza, inestabilidad… hasta la pasión y muerte. Nunca perdió la confianza.

¿De donde surgía esta confianza inquebrantable?

Sin duda de su experiencia y su visión. Jesús experimentó el fondo de bondad de lo real. Vio que la raíz de la realidad es el amor. Esta es su experiencia y la experiencia fundante de lo que los cristianos llamamos “Dios”. Todo lo demás brota de eso y en eso encuentra su sentido.
Esta confianza y esta visión conducen de la mano a una nueva y asombrosa actitud frente a la vida: desaparece la inquietud (otras traducciones dicen “agobio”) y todo aparece como un milagro.
La inquietud típica del hombre moderno nace del constante afán de poseer y de la ilusoria sensación de falta: buscamos y buscamos algo que nos llene la vida y eso inquieta y agobia. La búsqueda compulsiva e insaciable del ego.
En realidad nada falta: la plenitud está siempre presente, aquí y ahora. Tu vida es plena en este preciso momento. Cada cosa es expresión única y maravillosa de lo Uno: Dios, el Amor. En cada detalle Todo está misteriosamente contenido y escondido. Solo hace falta verlo y para eso hay que entrenar la visión. La mente no puede verlo, solo el silencio del corazón ve.
Jesús lo vio y brotó poesía. Y todo se convierte en milagro.
Viendo que todo es un milagro explota la gratuidad: “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?” (Mt 6, 26-27).

Comprendemos entonces la paradoja de la sabiduría oriental que insiste en el “no-hacer”: no hay nada que hacer, simplemente aceptar, disfrutar, fluir. Nuestra sociedad occidental enferma de pragmatismo e individualismo cree que la plenitud sea fruto exclusivo del esfuerzo: terrible engaño. Todo es un don, a partir de tu respirar de este momento. Comprendido esto, el esfuerzo, a veces necesario, cobra su sentido y su valor.
Desde este paradójico “no-hacer” – desde la experiencia radical de la gratuidad – brotará la quietud y la acción correcta.

Y la vida fluirá desde el Amor, como un milagro constante, come poesía repetida y siempre nueva.


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