sábado, 17 de enero de 2026

Juan 1, 29-34


 

Yo lo he visto”: en pocos versículos se repite dos veces está expresión. También dos veces se repite la palabra “testimonio”.

 

Visión y testimonio están profundamente conectados: solo se puede testimoniar, lo que se ve.

 

Yo lo he visto”, expresa una experiencia personal, directa, “in-mediata”, es decir, sin mediaciones.

 

Imprescindible la referencia a la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1, 1-3).

 

Es interesante notar como toda la escuela de Juan – el evangelista, Juan Bautista, el autor de la carta – insiste sobre la experiencia directa del encuentro con Jesús, a través de verbos muy concretos: ver, tocar, oír.

 

Yo lo he visto” es también la expresión central del camino espiritual y, en especial, de la mística.

 

Yo lo he visto” y no puedo decir que “no lo vi”.

He tocado con mano, y no puedo decir que “no lo toqué”.

He oído su voz, y no puedo decir que “no lo oí”.

 

La experiencia te pone contra las cuerdas.

 

Negar la experiencia es muy difícil: el nivel de autoengaño o de hipocresía tiene que ser muy elevado. A veces se puede negar la experiencia a partir del miedo, como le ocurrió a Pedro cuando traicionó a Jesús en la noche del proceso.

Sea lo que sea, la persona que vio, sabe que vio. La persona que tocó el fuego, sabe que quema.

 

Ver” nos libera: libera lo que tenemos adentro, libera para el amor y la creatividad. Libera para ser lo que somos. Es la experiencia de los artistas. Miguel Ángel, esculpiendo el David, dijo: “He visto un ángel en el mármol, y lo he esculpido para liberarlo”. Extraordinario: vio, esculpió, liberó. Somos este mármol, esperando la visión.

 

Yo lo he visto”: la crisis del cristianismo y la crisis de la iglesia, es la crisis de la visión. Crisis de la visión que es crisis de la experiencia y, por consecuencia, crisis del testimonio.

Es una crisis que se viene gestando desde décadas y que pide un cambio urgente. La fe ya no puede limitarse a una tradición, a una cultura, a la exterioridad de ritos y cultos y, menos, a dogmas y doctrinas.

 

En este cambio de época, el Espíritu nos invita con más decisión a “ver”, a tener una experiencia directa y personal del Misterio.

 

Resuenan las famosas y proféticas palabras de Karl Rahner, escrita en los años setenta: “El hombre espiritual del futuro o será un «místico», es decir una persona que ha «experimentado» algo, o no lo será más. Porque la espiritualidad del futuro no será transmitida ya más a través de una convicción unánime, evidente y pública, o a través de un ambiente religioso generalizado, si esto no presupone una experiencia y un compromiso personal.

 

Yo leo, en todo este proceso, la evolución de la consciencia, animada y sostenida por el Espíritu.

La unicidad y la irrepetibilidad de cada ser humano exige la visión, la experiencia directa y personal. Dios se revela y se expresa en cada ser humano y cada ser humano está llamado a revelar algo del Misterio divino. Por eso es imprescindible la experiencia directa, “el toque inmediato”, diría Raimon Panikkar.

 

Solo la experiencia directa es realmente transformadora.

Esta experiencia es también la base sólida y fecunda de una verdadera comunión. El sentido comunitario y la vivencia de la unidad – lo Uno que somos –, toman forma y sentido desde esta experiencia. Cuando nos enfocamos exclusivamente, o restringimos, el camino comunitario a las ideas, a los conceptos y a las opiniones, no puede haber una verdadera comunión.

 

Este es el problema de un ecumenismo simplemente doctrinal y un dialogo “políticamente correcto”. Es también el problema de los sistemas políticos y de las culturas.

No es posible un verdadero encuentro solo a partir de ideas, conceptos, doctrinas: el ser humano es mucho más que racionalidad.

 

La comunión profunda y verdadera se da desde otro lugar: el lugar del ser, de la vida, del Espíritu. El lugar donde cada cual está invitado a ser fiel a su vocación única y a su visión.

Negar el “yo lo he visto”, negar la experiencia y el llamado personal, nunca nos llevará a la unidad.

 

Tomás, en el fondo, tenía razón cuando dijo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20, 25).

Tomas quiere ver, quiere tocar y es justamente la experiencia del ver y del tocar que lo lleva al éxtasis místico: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).

¿Cómo interpretar entonces las palabras del resucitado “¡Felices los que creen sin haber visto!”? (Jn 20, 29).

En este sentido: felices lo que siempre están viendo, porque ya no necesitan ver. Felices los que tocaron con mano el Misterio, porque ya están libres de creencias y de búsquedas de signos.

 

Es el maravilloso sentido de las palabras del resucitado a María de Magdala: “no me toques” (Jn 20, 17).

Jesús parece decir: “ya me tocaste, ya me viste, ya tuviste experiencia. Ahora es el momento del testimonio. Es el momento de vivir el Misterio. Es el momento de verme en todo y en todos.

 

¡Bellísimo!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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