sábado, 21 de febrero de 2026

Mateo 4, 1-11


   

En este primer domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta, como siempre, el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año tenemos la versión de Mateo.

 

Nuestro texto empieza de una forma sorprendente: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio” (4, 1).

 

Mateo nos dice que Jesús “fue llevado”. Marcos usa un verbo más contundente: fue arrojado” (1, 12). Y Lucas dice: “lleno del Espíritu Santo fue conducido por el Espíritu” (4, 1).

 

Los tres evangelistas sinópticos (Juan no relata las tentaciones) utilizan tres verbos distintos para expresar la entrada de Jesús en el desierto; de este simple hecho, notamos la perspectiva teológica distinta y el énfasis de cada evangelista.

Marcos subraya la fuerza del Espíritu que empuja a Jesús casi contra su voluntad. Mateo utiliza anēchthē (“fue llevado”), situándose en un punto de equilibrio: es una obediencia mansa de Jesús a la iniciativa del Espíritu. Lucas subraya, en cambio, la plena comunión de Jesús con el Espíritu: va al desierto desde la plenitud que lo habita.

En todos los casos la presencia del Espíritu es clave y es central.

El Espíritu – con fuerza, suavidad o plenitud – lleva a Jesús a vivir una experiencia dolorosa y transformadora.

¡Qué gran mensaje y qué gran enseñanza para nosotros y nuestro caminar!

 

El evangelio nos invita a reconocer la presencia del Espíritu en todos los pasajes y vericuetos de nuestra existencia, también en los dolorosos, en las dificultades y en las crisis.

Detrás de cada paso que vamos a dar, el Espíritu nos conduce: a veces con más energía, a veces desde la calma y otras desde la plenitud. Depende. Depende del camino de cada cual, de las etapas vitales, de la necesidad de purificación y aprendizaje de cada cual.

Este tiempo de Cuaresma es muy oportuno para regalarnos un tiempo de calidad para conectar con el Espíritu, para reconocer su presencia y su guía en nuestra vida.

 

Jesús, en el desierto, se enfrenta con la división: es la etimología del término griego que se traduce con “diablo”. Jesús tiene que superar la tentación de la división para unificarse y unificar.

Es el eje del camino espiritual. Es un viaje simbólico: el término opuesto a “diablo” es justamente “símbolo”, que expresa unificación. Es lo que María hacía: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). El término griego es symballousa (del verbo symballō), que significa literalmente “poner juntos” o “unificar”. De ahí viene nuestra palabra símbolo. María “unificaba” todo en su corazón. ¡Qué lindo ver este paralelo entre María y Jesús!

 

Este camino de unificación se despliega en tres direcciones: hacia dentro (integración personal), hacia lo profundo (nuestras sombras) y hacia fuera (el encuentro con el otro).

 

El camino espiritual es el camino de integración de lo que está dividido en nosotros, a comenzar por las tres grandes dimensiones que nos constituyen: cuerpo, mente y espíritu. A menudo experimentamos una fragmentación interior que nos agota: cuerpo, mente y espíritu van cada una por su cuenta. El desgaste energético y emocional es enorme.

El Espíritu, de a poco, nos va unificando, armonizando y nos revela que hay una unidad de fondo que nos habita, nos sostiene y nos constituye.

 

El camino simbólico por el desierto sigue: tenemos que integrar nuestras sombras, nuestras tendencias oscuras. Necesitamos del desierto, necesitamos de un espacio de soledad y de silencio para poder reconocer las sombras que nos habitan, las heridas no reconocidas y sangrantes.

El camino por el desierto es necesario también para poder reconocer nuestro propio ego y sus mecanismos: la tendencia a la autoafirmación, a la apropiación, a confundir nuestra más auténtica identidad con algo superficial y pasajero.

Como Jesús, reconocemos que nuestra identidad tiene un fundamento más estable que el ego: la Palabra de Dios. La Palabra que nos nombra y que dice: “Eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

 

Y, por último, el desierto nos lleva a enfrentarnos al otro, a lo distinto. Debemos integrar a la alteridad: Dios se revela en infinitas formas, en cada ser humano, en cada rostro. La alteridad siempre nos desafía y la tentación es marginar – cuando no eliminar – lo diferente y lo distinto.

El Espíritu, presente en todo y en todos, nos llama en cambio a la integración y unificación.

No le tengamos miedo al desierto, a la soledad, a la crisis. Son dimensiones esenciales para nuestro crecimiento, nuestro camino de purificación, de autoconocimiento y de reconciliación.

 

El Espíritu te habita, te acompaña, te conduce, te ilumina.

Si estás pasando por el infierno, sigue caminando”, decía Winston Churchill, porque el Espíritu no te ha llevado al desierto para abandonarte, sino para transfigurarte. Confía y camina.

 

·     Les propongo unas pistas para rumiar en el desierto esta semana:

1.   Identifica la fragmentación: ¿En qué área de mi vida siento que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu van por caminos distintos?

2.   Reconoce la sombra: ¿Qué herida o “tendencia oscura” me está pidiendo el Espíritu que integre hoy con amor, en lugar de rechazarla?

3.   Escucha la Palabra: Ante el ruido del ego, repite lentamente: “Soy hijo/a querido/a, en mí tiene Dios su predilección.”

 

 

 

 

 

 

 

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