sábado, 28 de marzo de 2026

Mateo 26, 3-5.14-27. 27, 1-66


  


Domingo de ramos: entramos en la Semana Santa y la liturgia, como cada año, nos presenta todo el relato de la pasión de Jesús, relato que volveremos a leer el viernes santo.

 

El trasfondo del texto es evidente y fuerte: el dolor, la injusticia, el mal, la muerte.

 

Son las dimensiones trágicas de la existencia, dimensiones siempre actuales, dimensiones que nos afectan a todos y cuestionan nuestra visión del mundo y nuestra experiencia de Dios.

 

El dolor queda siempre ahí, a la vuelta de la esquina. Nos espía, nos acecha, nos agarra desprevenidos. También cuando todo parece fluir sobre los rieles de la salud, el bienestar y el éxito, el dolor puede y debe cuestionarnos “desde afuera”: “yo estoy bien”, pero en el mundo sigue habiendo mucho dolor. Hoy, gracias a la tecnología, lo tenemos a la vista a cada instante: guerras, muertes, violencia, niños trabajando, sufriendo y muriendo, mujeres oprimidas o maltratadas, jóvenes sin trabajo, mucha gente con depresión y angustia.

Cerrarnos en nuestra cueva de un supuesto bienestar y no dejarnos afectar y cuestionar por el dolor del otro, significa deshumanizarnos.

 

La lucidez de Dostoievski es brutal y nos cuestiona profundamente.

 

En el capítulo “la rebelión” de su obra maestra, Los hermanos Karamázov, nos presenta este mismo dilema.

 

Iván Karamázov, personaje intelectual y atormentado, conversa con su hermano menor, Aliosha, un novicio profundamente religioso.

 

En este diálogo, Iván le plantea a Aliosha un profundo dilema moral y teológico. Le pide que imagine que él es el arquitecto del destino humano y que tiene la oportunidad de construir un mundo final de felicidad, paz y armonía absolutas: el paraíso. Sin embargo, para que este edificio de armonía universal pueda completarse, existe una condición ineludible: es absolutamente necesario torturar hasta la muerte a una sola criatura diminuta e inocente e Iván describe desgarradoramente a una niña pequeña encerrada en una letrina, golpeándose el pecho con sus manitas y llorando a un Dios que parece no escucharla.

 

Iván le pregunta a Aliosha si aceptaría fundar ese paraíso sobre las lágrimas de esa única niña. Aliosha, a pesar de su fe, responde que no. Es entonces cuando Iván declara su famosa rebelión: afirma que, si la armonía eterna y el paraíso cuestan el sufrimiento injusto de un solo niño inocente, el precio es inaceptable. Por lo tanto, Iván le dice a Dios que “devuelve respetuosamente su billete de entrada” prefiriendo quedarse con su indignación y su sufrimiento antes que aceptar un orden divino edificado sobre la crueldad hacia los inocentes.

 

Es el gran tema del libro de Job, entre otras cosas.

 

Así que si: el dolor es parte inevitable de nuestra experiencia y aventura humana. Dar respuestas fáciles, superficiales, dogmáticas y rápidas, es evitar el problema y faltar el respeto hacia el sufrimiento humano y la persona concreta que sufre.

 

¿Qué hace Jesús?

 

No explica el dolor: lo asume. “Entra” en el dolor y lo vive con todas sus facetas: tristeza, angustia, desolación.

Jesús mismo, para seguir la metáfora de Dostoievski, “se convierte en la niña de la letrina”. Jesús es el inocente torturado y Dios no se queda como un espectador del sufrimiento.

Esta es su grandeza extrema, este es su legado. Y es el legado de una multitud de cristianos y no cristianos que supieron asumir el dolor y convertirlo en puente de luz, en camino de crecimiento, en amor puro.

 

Todo esto nos cuesta mucho: somos bastantes cobardes, apegados a nuestro ego y a nuestras comodidades.

A veces lo que más cuesta es el primer paso, este paso de valentía y confianza, este “si”, este salto al vacío.

Porque ocurre el milagro. Cuando asumimos el dolor, el mismo se convierte: se abre el sepulcro, explota la vida. El dolor se convierte en un excelente combustible para el amor. El amor redime el dolor, lo rescata del abismo y amanece la luz.

 

Terminemos con un extraordinario poema del escritor y poeta alemán Richard Dehmel:

 

Hay una fuente que se llama dolor.

De ella mana la dicha pura.

Pero el que mira en sus aguas siente pavor.

Ve en el hondo pozo

su imagen clara enmarcada en la noche.

¡Bebe! La imagen se desvanece.

Brota la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay comentarios.:

Etiquetas