sábado, 9 de mayo de 2026

Juan 14, 15-21


   

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, no son solo una promesa, son una revelación de nuestra verdadera arquitectura interior: ¡El Espíritu nos habita!

 

Estamos habitados y animados por el Espíritu de Jesús, este mismo Espíritu que Jesús nos dejó como luz, guía, amigo y compañero. Es el “Espíritu de la verdad”: es el Espíritu que coincide también con nuestra consciencia y con el deseo de autenticidad que nos impulsa y quiere emerger.

 

Sorprendentemente el evangelio nos dice, refiriéndose al Espíritu: “a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.

 

El “mundo”, para Juan, es una metáfora de los que viven desde la superficie, desde su propio ego, centrados solo en sí mismos y lejos de un auténtico amor. “Este mundo” no puede recibir al Espíritu, porque está cerrado, ciego… “este mundo”, en realidad, no puede darse cuenta que el Espíritu, ya está presente y actuando.

 

Para Juan solo el amor abre. Más aún: el amor es apertura. Por eso que el texto de hoy empieza con la invitación de Jesús al amor: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.

 

Entrar libremente en la dinámica del amor, nos hace caer de inmediato, en la presencia del Espíritu. Cuando nos abrimos – salimos de los prejuicios y conectamos con el deseo auténtico de vida que nos habita – descubrimos este mismo Espíritu que siempre estuvo ahí, esperándonos pacientemente.

Por eso Jesús dice: “Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.”

 

Desde nuestro ser más profundo y verdadero, “conocemos el Espíritu”, porque Él ya nos habita, desde siempre y para siempre y, para los cristianos, el bautismo es el signo sacramental y exterior de esta inhabitación divina. Lo que ocurre es que vivimos en la inconsciencia, perdidos en la mente, en los pensamientos y en las emociones descontroladas: todo eso crea un velo que impide la conexión y la percepción del Espíritu.

 

Por eso que Rumi, místico sufí, pudo decir: “Tu tarea no es buscar el amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has construido contra él.

 

La intuición de Rumi, es la misma intuición de toda la mística cristiana. Esta intuición está avalada hoy por la psicología y la neurociencia: desde niños construimos barreras psíquicas como protección y defensa y estas barreras nos impiden reconocer nuestro ser y nuestra identidad más profunda. Es un mecanismo normal y “hasta sano” y por eso hay que salir de la culpa y de los reproches. Simple y maravillosamente, hay que emprender el camino espiritual de derrumbe de estas barreras del ego, para conectar con el Espíritu de amor que nos habita.

 

Cuando hablamos de “camino espiritual”, estamos justamente hablando de un camino desde el Espíritu, en el Espíritu y con el Espíritu: no hay que entenderlo en oposición a la materia o a lo concreto de la vida.

 

Vivir desde el Espíritu, es vivir desde la autenticidad del ser, desde la verdad del deseo que nos habita y que coincide con el proyecto de Dios sobre cada uno; es aprender una forma nueva, coherente y responsable de ver la vida.

 

Vivir desde el Espíritu, es vivir con el corazón de Cristo, mirar el mundo como él lo ve.

 

Vivir desde el Espíritu, es reconocer la Presencia de Dios en todo y en todos, hasta en su aparente ausencia, en la noche y la tiniebla.

 

Vivir desde el Espíritu, es adquirir una calidad y una calidez humanas únicas, es volverse más sensible, misericordioso, compasivo. Es descubrir que no hay separación, que somos diferentes, pero no estamos separados. Es vivir desde lo Uno, para la unidad, hacia lo Uno.

 

Es vivir desde un asombro constante, una paz estable, una alegría profunda y contagiosa.

Así lo expresa uno de mis maestros, Isaac de Nínive:

Cuando está a punto de surgir en ti el hombre del Espíritu, entonces llega para ti la muerte a todas las cosas; tu alma arde con una alegría que no tiene igual entre las criaturas y tus pensamientos se recogen dentro de ti en la dulzura de tu corazón.

 

La “muerte” de Isaac, es el necesario desapego de nuestro ego, el salir “de este mundo” – ese estado de consciencia egoico –, para que brote la vida plena que el Espíritu nos regala: la “zoé”, vida divina, vida resucitada.

 

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