sábado, 13 de junio de 2026

Mateo 9, 35 – 10, 8


  


En el texto de hoy, Mateo recoge múltiples dimensiones: la actividad misionera de Jesús, su compasión, la importancia de la cosecha y de la gratuidad, el llamado de los apóstoles.

 

Nos centraremos en la cosecha y la gratuidad, intentando descubrir el hilo que las une.

 

Los versos 37 y 38 del capítulo 9, son sorprendentes, hasta revolucionarios: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

 

Nos esperaríamos que Jesús invitara a la siembra, no a la cosecha. La parábola del sembrador viene después, en el capítulo 13. Parecería que Mateo invirtiera la lógica: antes la cosecha, después la siembra.

 

Jesús pide trabajadores para ir a cosechar: ¿Qué quiere decirnos?

 

Simple: qué alguien ya sembró, que los frutos ya están maduros.

Jesús nos está invitando a reconocer la abundancia de vida y de presencia, que llenan el mundo. El Espíritu necesita gente despierta que sepa reconocer esta abundancia de vida. El discípulo de Jesús es, entonces, aquel con la mirada atenta, con una capacidad enorme de asombro, con un corazón abierto y disponible.

Estamos llamados a “cosechar vida”, a reconocer la presencia de Dios, a descubrir el actuar del Espíritu.

Todo esto nos conecta con el último verso de nuestro texto: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (10, 8).

 

“Cosechar”, en el fondo, es descubrir la gratuidad.

Es lo que Pablo les recuerda a los corintios: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4, 7).

Todo es un don, a partir, obviamente, del don de la vida.

 

Se nos regaló la vida, se nos regaló el ser.

Somos, sentimos, amamos: ¡todo es un milagro!

La gratuidad es nuestra raíz y la raíz de todo lo que es.

Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19): cosechar es saber ver y reconocer este “amor primero”, desbordante, eterno.

 

Este mensaje adquiere hoy una importancia fundamental: en una sociedad donde todo se puede comprar, vamos perdiendo el sentido de la gratuidad y de un amor que nos precedió, nos precede y siempre nos precederá.

 

Vivimos porque el Misterio de amor que llamamos “Dios” nos mantiene en el ser, nos regala el respiro, momento a momento.

Vivimos y podemos amar, porque otros que nos precedieron nos alimentaron, nos cuidaron, nos sostuvieron.

Vivimos porque se nos regala el sol, el agua, las plantas y los animales. Vivimos porque la creación es una red tan interconectada que la desaparición de las abejas, por ejemplo, pondría en riesgo el equilibrio de nuestra propia subsistencia.

No existe la autosuficiencia: es la gran ilusión y la gran perversión. Somos “pura y amada dependencia”.

 

Vivir desde la gratuidad supone una transformación integral que nos instala en un constante asombro y agradecimiento.

Cada día lo recibo como un regalo, cada encuentro es una fiesta, cada momento de contemplación nos renueva.

Vivir desde la gratuidad nos enseña a agradecer y apreciar el más mínimo detalle: así “cosechamos vida”.

Y así nos enamoramos de todo: del brotar de una yema, del sabor del chocolate, de la sonrisa del vecino, de una pieza musical, de un momento de descanso, del trinar de un pájaro, del saltar de una rana… ¡y hasta de nuestra estupidez!

 

Tendremos que sembrar también, claro está. San Pablo mismo nos lo recuerda: “cada uno cosecha lo que siembra” (Gal 6, 7).

Pero sin olvidar que la vida abundante ya está y pide ser reconocida y honrada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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