sábado, 22 de agosto de 2026

Mateo 16, 13-20


   

¿Quién soy?

 

Es la pregunta de fondo de nuestro texto.

Es la pregunta sobre la identidad.

 

La pregunta que Jesús hace a sus discípulos es mucho más astuta, profunda y cuestionadora de lo que puede parecer a una lectura superficial.

 

Cuando Jesús pregunta: “¿quién dicen que soy?” (16, 15) está abriendo la puerta para que cada uno de sus discípulos, se pregunte a sí mismo: ¿Quién soy yo?

 

Jesús, como todo sabio y maestro espiritual, quiere llevar a los discípulos a plantearse la pregunta clave de la existencia.

 

Desde siempre las tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad – y también la filosofía – se centran en esta pregunta: “¿Quién soy?

Tal vez la crisis actual de la humanidad, las crisis políticas, educativas, económicas del mundo, tienen mucho que ver con el olvido sistemático – y también inducido – de esta pregunta.

 

A este modelo de sociedad consumista – y sobre todo a los grandes aprovechadores de este modelo – no le sirve que las personas ahonden en su identidad… cuando alguien tiene, aunque sea, un pequeño vislumbre de su verdadera identidad, deja de ser un consumidor compulsivo, deja de comprar… porque disfruta “ser”.

Como afirma el poeta Jorge Guillen:

 

Ser, nada más. Y basta.

Es la absoluta dicha.

¡Con la esencia en silencio

tanto se identifica!

 

Por eso nos preguntamos:

 

¿Quién soy, cuando todo lo que puede pasar, pasa?

¿Quién soy, cuando todo lo que puede morir, muere?

¿Quién soy, cuando pierdo todo lo que se puede perder?

 

Parece evidente que, en este camino, el paso decisivo es el autoconocimiento. La misma psicología, desde las numerosas escuelas y corrientes, lo está reconociendo con fuerza.

Pero, el evangelio y la espiritualidad en general, nos proponen algo mucho más radical. El autoconocimiento psíquico y emocional es fundamental, pero no suficiente, porque no responde a la pregunta sobre la identidad esencial y profunda.

 

¿Qué hay más allá de la mente y las emociones?

 

Toda la mística subraya que conocerse a sí mismo es conocer a Dios y conocer a Dios es conocerse a sí mismo.

El autoconocimiento como camino espiritual, no termina en las dimensiones psíquicas o emocionales, sino que va a la raíz eterna y divina. Es lo que Jesús le recuerda a Pedro: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (16, 17).

 

¿Por qué no tomamos en serio esta invitación?

 

Porque estamos anestesiados. La sociedad del consumo, del apuro, de la exterioridad y la apariencia, nos ha anestesiado. Vivimos en una burbuja: corremos y no sabemos por qué, estamos con ansiedad y tomamos la pastillita, nos encontramos con el vacío y lo tapamos con comida, sexo, fútbol, diversión.

 

¿No es hora de despertar?

¿No es el momento de vivir una vida plena, con sentido?

San Pablo nos invita:

Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 11-12).

La salida es hacia adentro. La puerta se abre hacia adentro.

Evitar la pregunta ¿Quién soy?, es evitar la vida y temer a la muerte. Evitar la pregunta es condenarse a una vida en blanco y negro, a una vida a merced de lo exterior y de los altibajos emocionales.

Debemos ir hacia dentro.

 

San Agustín, maestro de interioridad, es muy explícito y contundente: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba...

 

No salgas fuera de ti, entra en ti mismo; en el hombre interior habita la verdad. Y si encuentras que tu propia naturaleza es mudable, trasciéndete también a ti mismo. Pero recuerda, al trascenderte, que trasciendes un alma que razona. Dirígete, pues, allí de donde procede la luz misma de la razón.

 

Isaac de Nínive nos recuerda que la búsqueda de la identidad se hace desde el silencio:

Cuando el silencio se adueña de ti, el hombre viejo se apaga y el hombre oculto del corazón despierta. Entonces comienzas a percibir la diferencia entre lo que creías ser y lo que verdaderamente eres en el secreto del Señor.

 

Podría citar muchos más autores que van en la misma línea:

 

¿Por qué estos testimonios no nos bastan?

¿Por qué necesitamos tantas veces del dolor para despertar?

 

Seamos sabios. Empecemos ahora, con discernimiento, con una búsqueda sincera y apasionada. Empecemos ahora, saliendo de este estado narcotizado de la consciencia.

 

La luz nos espera. La Vida a todo color que se abrirá, no tiene punto de comparación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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