Este texto, con toda probabilidad, no expresa palabras históricas de Jesús, sino que es un reflejo de la comunidad de Mateo y de su intento de organización y armonía interna.
La comunidad de Mateo, como todo grupo humano, experimentaba tensiones internas: posturas distintas, opiniones diferentes o divergentes, juicios y reconciliaciones.
Son las mismas tensiones que experimenta hoy la iglesia y cualquier comunidad.
Estas tensiones son normales y hunden sus raíces, a mi parecer, en dos grandes vertientes, una luminosa y la otra más oscura pero que, si se trabaja, se convierte también en luminosa.
Por un lado, la luminosa: la irreductible originalidad y unicidad de cada uno.
Cada ser humano es un mundo, es un “microcosmos” como ya había visto el griego Demócrito. Esta unicidad y originalidad necesita respeto y fidelidad. No es posible una experiencia humana plena, sin la fidelidad a nuestra unicidad. Con frecuencia los conflictos nacen de los intentos de descubrir nuestra propia luz y del deseo de manifestarla y vivirla; otras veces surgen cuando no escuchamos esta misma luz y entonces el alma grita porque quiere ser escuchada: ella sabe que solo ahí hallará paz y plenitud… ¡el alma crea conflictos para que sea escuchada!
Por otro lado, la oscura: nuestro ego y nuestras heridas.
El ego es el gran promotor de los conflictos porque se ocupa de nuestra supervivencia y, por eso, vive defendiéndose y atacando, sobre todo cuando se siente amenazado. El ego, el gran usurpador de la identidad, quiere siempre tener la razón porque, ese ego, es la identificación misma con la mente y el pensamiento. El ego cree que, si no tiene la razón, dejamos de ser y existir, y esto no puede permitirlo. Acá radican también todos los fundamentalismos que, obviamente, engendran conflictos.
También nuestras heridas – afectivas y emocionales – generan tensiones: descargamos inconscientemente el dolor no asumido y no resuelto, sobre los demás: brota la agresividad, los celos, las envidias.
Mateo, en nuestro texto, nos ofrece unas pistas para vivir todas estas dinámicas, subrayando que así que cada grupo humano necesita cierto orden para vivir en armonía y superar los conflictos.
En muchos casos y en muchos ámbitos, se tomó este texto como un icono de la “corrección fraterna”. Es un tema de muy difícil aplicación, porque casi siempre emerge más “la corrección” que lo “fraterno”, sobre todo en el caso de la autoridad. Cuando la autoridad no ha trabajado en profundidad los dos ejes que comentaba arriba – lo luminoso y lo oscuro – la supuesta “corrección fraterna” se convierte en imposición, exclusión, manipulación.
La dinámica comunitaria que expresa Mateo es interesante y puede ayudar, pero termina diciendo: “considéralo como pagano o publicano” (18, 17), en contradicción abierta con la actitud fundamental de Jesús. Esto confirma que estas palabras no son de Jesús, sino de Mateo. Jesús, más allá de denunciar la hipocresía, siempre estuvo abierto, acogiendo, recibiendo, perdonando. Nunca excluyendo.
Lamentablemente, a lo largo de la historia, la iglesia tomó al pie de la letra el verso de Mateo y, desde ahí, actuó – increíble e inconscientemente – en contra del mismo mensaje evangélico: desde las aberraciones de la inquisición, hasta la condena y la exclusión.
Todavía cuesta muchísimos – a la iglesia y a la humanidad en general – vivir en tensión amorosa entre la legitima y necesaria afirmación de lo que se cree y opina y el respeto y la valoración de lo que cree y opina el otro.
Tal vez no hay expresión más clara de todo esto que las mismas palabras de Jesús: “¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 3).
Un buen punto de partida sería tener siempre a la vista “la viga en nuestro ojo”: esta paradójica visión nos instala en la verdad de nuestra humanidad y en la verdadera humildad. Solo a partir de la “viga” podemos corregir la “paja”.
Solo a partir de la consciencia de nuestra ceguera, podemos realmente ver: “«He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: «Vemos», su pecado permanece»” (Jn 9, 39-41).
Este trabajo espiritual nos conducirá a la plenitud de la Presencia: “donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (18, 20).
Reunirse en el Nombre, es ser conscientes de una Presencia que nos sostiene y nos trasciende.
No soy “el ombligo de mundo”: soy, verdaderamente “soy”, cuando dejo que el Misterio, “sea en mí”.
Solo la consciencia de la Trascendencia y de la Presencia, nos permitirá vivir las tensiones internas y externas, como oportunidad y no como obstáculo.
Como afirma Karlfried Dürckheim: “¡Se necesita un largo entrenamiento para que el contacto con la trascendencia se haga visible y se manifieste en el mundo sensible! Pero el hecho de que nuestra vida sea a término, sea finita, ¿no será un motivo para que nos hagamos responsables de vivir conscientes todos los momentos que nos restan de nuestra vida?”
¿Qué estamos esperando para comenzar este largo entrenamiento?
