sábado, 28 de febrero de 2026

Mateo 17, 1-9


  



En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el texto de la transfiguración de Jesús en la versión de Mateo. El relato está presente también en Marcos (9, 2-10) y Lucas (9, 28-36). Sin duda fue una experiencia muy fuerte, reveladora y transformadora.

 

Es un texto riquísimo de metáforas y simbolismos y no podría ser de otra forma: ¿Cómo relatar lo inefable? ¿Cómo explicar lo inexplicable?

Siempre tenerlo presente: el lenguaje conceptual, lógico, lineal, estrictamente racional, es muy limitado y muy frágil a la hora de “decir el Misterio”. Por eso que, desde siempre, el lenguaje de la experiencia mística es la poesía, la metáfora, el símbolo y, a menudo, el silencio adorante y contemplativo.

Se calla por un exceso, por una trascendencia inalcanzable y asombrosa. 

Este uso del lenguaje es lo que, magistralmente, hace Mateo a través del símbolo de la luz: “su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz” (17, 2).

 

La metáfora del sol nos quiere sugerir una luz incandescente, una luz que no podemos fijar. Sin duda Mateo tiene en su mente la experiencia de Moisés: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 29-30)

 

Mateo, con delicadeza, siempre vuelve a sugerirnos y presentarnos a Jesús, como el nuevo Moisés.

 

Es evidente, también, a través del paralelo del miedo:

 

Moisés: “los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él” (Ex 34, 30).

Jesús: “los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor” (17, 6).

 

Las experiencias de Moisés y de Jesús, nos ofrecen algunas pistas fundamentales sobre la experiencia mística.

Descubrimos tres claves que se convierten, también, en tarea.

 

En primer lugar, es una experiencia luminosa. No acaso el símbolo de la luz atraviesa todas las religiones y las tradiciones espirituales. En el budismo se sintetiza la experiencia más elevada, justamente con el término “iluminación”. En el cristianismo Jesús se define como luz, nos habla muchas veces de la luz y el evento central de la resurrección está envuelto en la luz: “Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve” (Mt 28, 3). El Resucitado tiene las mismas características del Transfigurado: Mateo traza una línea que une la transfiguración con la resurrección.

Es la luz de la Creación, lo primero que Dios hace: “Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió” (Gen 1, 3) y es la luz del prólogo de Juan: “La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre
” (Jn 1, 9).

Es la luz de Pablo: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día” (1 Tes 5, 5).

Es la luz que nos habita y que nos enamora: ¿Cómo no vivir enamorados de la luz?

Esta luz que nos enamora y nos habita es, también, compromiso. Escuchemos otra vez a Pablo: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).

 

En segundo lugar, es una experiencia que genera temor. Este “temor” hay que diferenciarlo del miedo. Es el “temor reverencial” frente a algo que nos supera: el estremecimiento frente a lo sagrado. Es un temor sano, necesario, educativo. El fenómeno fue analizado por expertos en la fenomenología de las religiones, como Rudolf Otto y Mircea Eliade. Es el “temor” frente a la majestuosidad de una montaña o una catarata. Es el “temor” frente a la experiencia naciente de la maternidad o la paternidad. Es el “temor” del asombro frente a la belleza insondable de una flor o a un gesto de ternura. Es el “temor” delante de un perdón que pensábamos imposible.

Este “temor” es un signo de discernimiento de la validez de la experiencia espiritual.

 

Por último, es una experiencia transformadora.

Moisés no es el mismo después del encuentro con la luz y Pedro, Santiago y Juan tampoco son los mismos. La experiencia espiritual auténtica, el encuentro con la luz, transforma la vida, transforma especialmente la mirada.

Vamos aprendiendo a mirar al mundo de manera nueva: la luz contemplada se refleja y vemos al mundo a través de su reflejo luminoso.

 

Por eso no hay transfiguración sin contemplación, no hay luz sin silencio, ni música sin pentagrama.

Por eso Jesús se lleva a Pedro, Santiago y Juan en la soledad del monte, los retira del ruido del entorno y del ruido del ego.

Por eso Jesús insistía sobre la necesidad de retirarse.

Por eso Jesús pasaba la noche en oración, buscando, en la misma noche, la luz que todo lo ilumina.

 

Este tiempo de Cuaresma es el momento oportuno para comprometernos con todo eso.

 

 

 

 

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