sábado, 19 de septiembre de 2026

Mateo 20, 1-16


  

Estamos delante de una parábola revolucionaria y desconcertante: tal vez la más desconcertante de los evangelios.

 

Este relato de Mateo se conoce como “la parábola de los obreros de la última hora”.

 

Debemos tener muy claro desde ya que Jesús, contando esta parábola, nos habla del Reino de Dios: “el Reino de los Cielos se parece a un propietario…” (20, 1).

 

Jesús, a través de esta parábola, nos quiere explicar “cómo funciona el Reino”, cuáles son los criterios del “Reino”.

 

El gran escándalo, que horrorizaría a los sindicalistas y a los gremios es el siguiente: el propietario paga lo mismo a todos los trabajadores, independientemente de sus horas de trabajo. Es, justamente, la queja de los primeros trabajadores: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada” (20, 12).

 

Desde una lógica sindical y laboral puede parecer una injusticia. A este respecto es importante subrayar que el propietario no comete una injusticia, porque cumple con el salario prometido: “Trató con ellos un denario por día” (20, 2). Paga lo que prometió: no es injusto con los primeros, es sumamente generoso con los últimos.

 

¿Dónde reside lo desconcertante?

 

Jesús, con esta parábola, hace saltar por los aires la lógica retributiva y de equivalencia.

La ley de Moisés, esencialmente, funcionaba así, como demuestra el más clásico ejemplo en Levítico 24, 19-20: “Si alguien lesiona a su prójimo, lo mismo que él hizo se le hará a él: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado al otro.

La parábola de Jesús quiere quebrar la lógica sacrificial que tanto seduce a los seres humanos: es la lógica del sacrificio, la lógica del mérito, la lógica puramente comercial.

Es el razonamiento que dice: “si me sacrifico, tengo derecho a algo másy el otro, que se sacrifica menos, tiene que recibir menos.

Jesús rompe definitivamente este razonamiento e inserta el dinamismo de la vida y de la gratuidad: “Yo quiero misericordia y no sacrificios” (Mt 9, 13).

 

La deshumana lógica del sacrificio conduce – nuestra parábola es un claro ejemplo – a la queja y a la envidia.

 

Con esta parábola Jesús está diciendo: “la vida es preciosa en cada instante. Disfruta de la parte que te toca, sin envidiar a los demás. No te compares, no compares la belleza y abundancia de la vida. Ama la vida desde la gratuidad y el agradecimiento, ama la vida desde tu lugar y aprende a ver la sobreabundancia de la vida misma.”

 

Pero no termina acá. Hay algo más aún más profundo que concentra, tal vez, el mensaje central de esta parábola: el llamado.

El verdadero protagonista de la parábola es el llamado: el propietario no deja de llamar.

Llama de madrugada, a media mañana, a mediodía, a media tarde y al caer la tarde.

 

Entonces la clave es: ¿hay respuesta?

 

¿Cuál es tu respuesta? Esto es lo que importa. Lo único que importa.

Lo que importa es la respuesta al llamado y cada llamado es único: no hay dos iguales, no hubo y no habrá, porque cada ser humano es único e irrepetible, cada cual recibe un llamado único a vivir la vida, a celebrar la vida, a ser revelación fascinante y hermosa de la Vida de Dios.

Lo verdaderamente escandaloso y asombroso, es la gratuidad del llamado.

Dios te llama a la vida: ahora y siempre. Te llama a vivir la vida, te llama a recibir la sobreabundancia de la vida.

El llamado nos encuentra en nuestra verdad y unicidad y nos enfrenta con nuestro más profundo anhelo: ¿qué es lo que busco? ¿cuál es mi deseo esencial?

 

El descubrimiento fundamental será el siguiente: mi deseo esencial corresponde exactamente al deseo de Dios. Dios me llama a ser fiel a mi deseo que, también, es el suyo. Este es el eje alrededor del cual se construye una vida fecunda y con sentido.

Se cae el gran y peligroso dilema entre la “Voluntad de Dios” y “mi voluntad”: es justamente esta visión dual que permitió la entrada a la visión sacrificial de la vida cristiana y, por ende, a la lógica del sufrimiento y del mérito.

En realidad – esta es la visión esencial de la mística – desde la experiencia de ser Uno, Dios me pide lo que yo quiero… y lo que yo quiero es lo que Dios me pide.

 

San Juan de la Cruz, por ejemplo, escribe en su Cántico espiritual

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya sólo en amar es mi ejercicio.

 

Y en su comentario en prosa añade:

En este estado ya no puede el alma hacer actos, porque el Espíritu Santo la mueve a obrar; de donde todos sus movimientos son divinos (...) La voluntad de Dios y la suya son una misma voluntad; y así, la voluntad de Dios es del alma, y la del alma es de Dios.

 

Margarita Porete lo expresa así:

Esta alma no quiere ya nada, porque su voluntad es la voluntad de Dios, que nada le pide salvo que sea lo que Él es. Ella desea lo que Dios desea y no desea lo que Dios no desea; y no porque se esfuerce en ello, sino porque no puede querer de otra manera, estando tomada y transformada en la mismidad de Aquel a quien ama.

 

Llegar a esta comprensión requiere paciencia, desapego, vaciamiento. Pero es lo más hermoso que puede ocurrirnos.

 

“Intenta penetrar en la cámara del tesoro que llevas dentro y así verás la celestial; porque ambas son exactamente iguales, entras en una y contemplas las dos”. (Isaac de Nínive)

 

Nuestro corazón explotará en un jubilo eterno y proclamaremos junto a San Pablo: “no soy yo quien vive, sino Cristo quién vive en mí” (Gal 2, 20).

 

 

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