sábado, 17 de octubre de 2026

Mateo 22, 15-21


     

El texto de hoy nos presenta la dimensión contradictoria del ser humano, expresada muy fehacientemente por Pablo: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 19).

 

Un grupo de fariseos elogia a Jesús: “sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios” (22, 16), pero Mateo nos advierte que quieren sorprenderlo, quieren que se equivoque para poder acusarlo. Elogian una honestidad que no están dispuestos a vivir.

 

La contradicción nos habita y el camino espiritual, siguiendo a Jesús, es el camino del crecimiento en la coherencia, la honestidad y la lucidez.

El primer paso es el reconocimiento de las contradicciones y de las tensiones que nos habitan y, para eso, necesitamos ser honestos, valientes y darnos el tiempo para estar con nosotros mismos.

No es un camino sin dificultades. Afirma la mística inglesa, Evelyn Underhill: “El verdadero y completo conocimiento de uno mismo es un privilegio exclusivo de los más fuertes. Pocos pueden enfrentarse a sí mismos de manera directa, ya que la visión es extraña y aterradora, y lleva consigo el miedo y la contrición”.

 

Unas preguntas pueden orientarnos:

¿De dónde vienen mis contradicciones?

¿Por qué hago lo que critico en los demás?

¿Por qué no hago lo que sé que tengo que hacer?

 

El camino del autoconocimiento es el primer y fundamental peldaño en el camino espiritual y en el conocimiento de Dios.

Afirma Isaac de Nínive: “Aquel que ha sido hecho digno de verse a sí mismo es mayor que aquel que ha sido hecho digno de ver a los ángeles.”

 

Habrá contradicciones que lograremos resolver y otras con las cuales aprender a vivir en paz.

La pregunta de los fariseos que quieren sorprender a Jesús es la siguiente: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (22, 17).

Jesús los desenmascara con una sola palabra: “hipócritas” (22, 18), y les pide la moneda del impuesto: ellos la tienen a mano. Llevan en el bolsillo el rostro del César mientras fingen preguntar por la fidelidad a Dios. Les pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” (22, 20). “Del César”, responden. Entonces llega la respuesta de Jesús, que se convirtió en un refrán universal: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (22, 21).

 

Esta respuesta de Jesús se utilizó en la teología y en la doctrina social de la iglesia para fundamentar la autonomía de las realidades temporales y la necesidad de leyes y principios propios para ordenar el mundo concreto: el dinero, el trabajo, la convivencia social, etcétera.

Sin duda es algo importante y que necesita constante revisión y profundización. Desde lo concreto de la vida es importante preguntarse con cierta frecuencia, tanto a nivel individual cuanto como sociedad y como iglesia: ¿el trabajo está orientado a los valores evangélicos? ¿el uso del dinero y los bienes están al servicio de la dignidad humana? ¿la política está al servicio del bien?

Desde la respuesta de Jesús podemos también reflexionar sobre la laicidad de la sociedad y de los estados: ¿Qué es y cómo se vive una sana laicidad?

 

Todo válido e importante, pero hay algo más esencial.

 

“Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”: los invito a dar un paso más hacia la visión mística.

Ya en los primeros siglos, Tertuliano señalaba con agudeza: “Al César se le devuelve la moneda que lleva su rostro; a Dios se le entrega la propia vida, que lleva su imagen”.

Todo pertenece a Dios. La soberanía del César es solo un préstamo sobre lo exterior y efímero; lo íntimo y absoluto jamás le pertenecerá. Recordemos las palabras de Jesús a Pilato: “Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto” (Jn 19, 11).

Lo podemos decir, utilizando la misma metáfora de la moneda: más allá de la imagen que lleva, la moneda misma le pertenece a Dios.

 

Esto no se agota en la interioridad, pero empieza ahí. Y la mística va más hondo: la realidad última es Dios, “el Señor es Dios y no hay otro fuera de él” (Dt 4, 35).

Las tradiciones místicas lo dicen con audacia: Dios es la única Realidad en sentido pleno, y todo lo demás existe solo por Él, en Él y para Él.

Les propongo tres bellísimos testimonios: musulmán, judío y cristiano. Escuchémoslos con humildad: no son una negación del mundo sino la mirada de quienes se asomaron a la realidad desde Dios. Por eso hablan con tanta radicalidad.

 

Abu Hamid Al-Ghazali (Irán, siglo XII):

“No hay en el ser más que Dios. Las cosas no poseen por sí mismas una faz propia hacia el ser; por su propia esencia son pura nada, y sólo existen por el rostro de Dios. Por consiguiente, nada existe verdaderamente excepto la Faz de Dios”

 

Rabí Jaim de Volozhin (Bielorrusia 1749 – 1821):

“La verdad intrínseca es, desde la perspectiva de Su ser, que todo el cosmos está lleno únicamente de Su Esencia simple, sin ninguna separación ni división... No hay en absoluto lugar vacío de Él, ni existencia alguna para ninguna criatura o mundo por sí mismos, sino que sólo Él es la Existencia real”

 

Santa Catalina de Génova (Italia, 1447 – 1510)

“Mi ser es Dios, no por simple participación, sino por una verdadera transformación y aniquilación de mi propio ser... Mi Yo es Dios, ni reconozco ya ningún otro Yo que no sea mi Dios mismo”

 

Esa mirada no los desentendió del mundo: Catalina de Génova dedicó años al cuidado de los enfermos en el hospital de Pammatone, del que llegó a ser directora, y Jaim de Volozhin enseñaba que, desde nuestro lugar, el mundo y sus mandatos son reales y hay que obrar en consecuencia.

 

Jesús vivió, como pocos, la experiencia directa de lo divino.

La mística y los místicos – tampoco exentos de contradicciones – se nos presentan como el camino que, de a poco, va integrando la polaridad de la vida y disolviendo algunas contradicciones o dándonos herramientas para vivirlas en paz.

 

Podemos leer la respuesta del maestro – “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” – desde esta clave: vivan desde la consciencia de que Dios lo es todo. Vivan arraigados, desde su interioridad, a esta Presencia Absoluta. Vivan como si solo estuvieran viendo a Dios.

 

Esta visión de Jesús y de los místicos es la visión desde Dios, la cual no anula el compromiso con un mundo donde luz y sombra conviven y donde la hipocresía genera sufrimiento: es la visión que nos permite actuar con mayor coherencia y lucidez.

Si todo viene de Dios y es amado por Él, nada de lo que sufre el mundo le es indiferente. Por eso Jesús no huyó hacia lo absoluto: respondió la pregunta concreta del impuesto.

 

Ellos sostenían una moneda con el rostro del César. Nosotros llevamos, en lo más hondo, el rostro de Dios. La pregunta de hoy no es solo a quién pagamos impuestos, sino qué rostro mostramos.

 

No hay comentarios.:

Etiquetas