sábado, 7 de noviembre de 2026

Mateo 25, 1-13


   

El evangelio nos regala hoy, un texto fascinante: la parábola de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes.

 

Llama la atención un detalle: las diez se duermen, también las prudentes (25, 5). La diferencia no está en quién logra mantenerse despierta, sino en quién previó que la espera sería larga y se preparó para ella.

La vigilancia no consiste en no dormirse nunca, sino en llevar aceite de reserva para cuando llegue el cansancio. Y ese aceite, lo que sostiene la luz cuando la atención flaquea, es lo que las cinco prudentes tenían y las necias no llevaron.

 

La lámpara es la luz de la consciencia; el aceite, la reserva interior que la sostiene cuando la atención se apaga. Sin esa reserva caemos en el sueño de los automatismos, de la reacción, de lo superficial. Volver al silencio, a detenerse, a la contemplación es lo que va llenando esa reserva.

 

Quisiera hoy detenerme a reflexionar con ustedes sobre el eslabón que une lámpara y aceite: la prudencia. Las necias no llevaron aceite: no por maldad, sino por no haberse preguntado qué harían si la espera se alargaba. Es el olvido de quien nunca se hizo la pregunta.

 

¿En qué consiste, entonces, esta prudencia evangélica?

 

Hoy entendemos la prudencia casi exclusivamente como un actuar atento y hasta temeroso, como un “no te arriesgues mucho”, una timidez excesiva.

 

La prudencia evangélica asume un significado mucho más contundente, desde el cual podemos comprender mucho mejor la parábola.

 

La prudencia es una virtud y una actitud contemplativa y espiritual: consiste esencialmente en el discernimiento inteligente y sabio. Podemos definir la prudencia como “sabiduría práctica”.

San Gregorio Magno, por ejemplo, nos dice: “La prudencia del justo consiste en no precipitarse en las palabras ni en las obras, en sopesar las acciones a la luz de la eternidad y en no dejarse deslumbrar por los halagos del siglo presente ni intimidar por sus amenazas.”

 

Prudencia: “sopesar las acciones a la luz de la eternidad”.

 

¿Lo que hago tiene que ver con la eternidad?

¿Adónde están orientadas mis acciones?

 

Maestro Eckhart por su lado afirma: “El hombre verdaderamente prudente no es el que calcula el mañana con su propia razón, sino el que ha dejado atrás el tiempo y mora en el presente eterno. Esa alma actúa sin porqué, porque su prudencia es la misma sabiduría divina que la habita.”

 

Eckhart une la prudencia a la sabiduría divina que nos habita.

 

¿Desde dónde actúo?

¿Solo desde mi mente o desde la sabiduría y la luz que me habitan?

 

Esta visión de la prudencia me parece sumamente necesaria en nuestro mundo y en nuestras sociedades. Es un mundo donde la superficialidad y la estupidez abundan por doquier: se opina de todo y sobre todo sin saber, se emiten juicios sin fundamentos, se desperdicia el tiempo en banalidades, se compran cosas que nunca usaremos.

 

Las vírgenes prudentes nos invitan a entrar en un camino de sabiduría y de discernimiento.

¿La lámpara de mi corazón tiene aceite?

¿Reflexiono antes de actuar o simplemente reacciono?

 

La prudencia tiene que ver, también, con el ejercicio del pensar, porque la sabiduría del corazón que nos habita, necesita también del pensamiento para expresarse, tomar forma y comprender el mundo.

 

Aprender a pensar es también fundamental para discernir y actuar. Si no pensamos, otros pensarán por nosotros y decidirán en nuestro lugar.

 

¿Cómo se aprende a pensar?

Leyendo, estudiando, cuestionándose y cuestionando; y habitando la duda sin miedo.

 

El aceite en las lámparas es también nuestra capacidad de pensar y reflexionar con profundidad sobre el misterio de la vida y reconocer que la mente es una herramienta increíble, pero herida y limitada. La mente que acepta y reconoce su límite se abre a una sabiduría más grande.

 

Y aquí la parábola se vuelve dura. Las prudentes no comparten el aceite, y la puerta se cierra. ¿Egoísmo? No: hay cosas que nadie puede hacer por otro. Nadie puede pensar, discernir ni abrirse a la sabiduría en lugar de otro. Se puede acompañar, no suplir. La puerta cerrada dice una verdad: el encuentro con el Esposo es personal e intransferible.

 

Todo este camino de prudencia y sabiduría nos ayudará a estar atentos, despiertos, vigilantes.

 

Vigilar no es no dormir nunca, sino una orientación del corazón que permanece incluso cuando dormimos. El Cantar de los Cantares lo dice con una imagen hermosa: “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (5, 2).

Mateo cierra con una sola invitación: “Vigilen, porque no saben el día ni la hora” (25, 13).

Quien vigila está en la luz y ya vive en lo eterno.

 

Otras tradiciones lo dicen también. El Dhammapada, uno de los textos fundamentales del budismo, recopilación de sentencias atribuidas al Buda, afirma:

“La vigilancia es el sendero de la inmortalidad; la negligencia es el sendero de la muerte. Los vigilantes no mueren; los negligentes son como si ya estuvieran muertos.”

 

La sabiduría práctica de la prudencia nos regalará la prontitud y la alegría para abrir todos los días la puerta del corazón al Cristo viviente, el Esposo, que sale a nuestro encuentro.

 

 

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