sábado, 10 de octubre de 2026

Mateo 22, 1-14


  

La metáfora de la boda y del banquete nupcial es muy recurrente en la Biblia y expresa la alianza definitiva y festiva entre Dios y su pueblo, entre Dios y la humanidad.

Ya el profeta Isaías la utilizó muy bellamente: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, medulosos, de vinos añejados, decantados” (25, 6).  

 

Jesús se alinea a la metáfora y sugiere que el Reino de Dios es como una boda y un banquete: es la fiesta maravillosa de la vida a la cual estamos gratuitamente invitados.

 

El evangelista Juan nos dice que el primer gran signo de Jesús fue, justamente, en una boda, en Caná de Galilea: Jesús convierte el agua en vino para que la fiesta de la vida continúe.

 

A menudo reducimos la fe a un peso moral y olvidamos que Jesús sitúa el centro en la gratuidad festiva de la vida. Para comprender esta hondura, vale la pena recordar una conmovedora experiencia de Raimon Panikkar.

Escuchemos su relato de 1998:

“Esto sucedió hace unos treinta años, a orillas del Ganges, en Benarés. Una mujer, que podría tener tanto treinta como cincuenta años – de tal manera la tuberculosis le había afectado –, tenía a su hijo pequeño entre los brazos y otra hija de unos dos años a su lado. No había esperanza para ella. Había sido víctima de un marido alcohólico que finalmente la había abandonado. Una vida, pues, que desde todos los puntos de vista había sido sufrimiento y fracaso. Con toda probabilidad, el pequeño que llevaba en sus brazos iba a morir, y ella sabía que tampoco a ella le quedaba mucho tiempo de vida. Estuvimos hablando. Cargado de mis prejuicios cristianos, o mejor aún, simplemente humanos, trataba de consolarla y le decía: “¿Cómo puedes soportar esta vida?”. Ella no era cristiana, sino hindú. Para mi sorpresa, esta mujer – su recuerdo todavía hoy me emociona – me expresó la alegría que tenía de haber sido invitada al banquete de la vida, de haber tenido la felicidad de una vida conyugal, por muy breve que hubiera sido – pues muy pronto había conocido el horror –, la felicidad de haber sido madre dos veces y saber que ahora este convite llegaba a su fin. Y ella estaba allí, llena de agradecimiento, de alegría por haber sido invitada, de la nada, a disfrutar de un momento de plenitud. ¿Qué podía desear más? ¿Un futuro, que no existía, o al menos no todavía? ¿El recuerdo de un pasado que ya no estaba? Ella había vivido y esa luz de un instante le bastaba con creces.”

 

Si esta entrañable mujer hindú entendió y vivió la vida como un hermoso banquete, lo podemos vivir también nosotros, sin duda.

Resulta conmovedor y paradójico: mientras aquella mujer hindú en los márgenes acogía la existencia con gratitud radiante, los invitados oficiales del relato bíblico desprecian la fiesta por apego a sus propias certezas. Aquí se hace carne el lamento de Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron” (1, 11).

 

A los seres humanos nos cuesta entender la gratuidad y nos cuesta dejarnos amar: preferimos ganarnos y merecernos la vida, preferimos comprar y poseer.

Jesús nos revela la extraordinaria gratuidad del amor y de la vida, la gratuidad del don de Dios y solo nos pide recibir el don, vivir la vida como una fiesta, responder al llamado con entusiasmo.

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo responder?

Poniendo “el traje de fiesta” (22, 11-12).

Si la vida es un banquete, es una boda, es una fiesta, no podemos disfrutar de esta misma vida sin el traje apropiado.

En la cultura semítica existía la costumbre del banquete real o nupcial, donde a menudo el propio señor proveía las túnicas a los huéspedes que llegaban desde el camino. Por tanto, no llevar el traje de fiesta no delata pobreza, sino desprecio deliberado hacia el anfitrión. El traje, entonces, simboliza la fe activa y la gracia acogida: la salvación es un don puramente gratuito, pero no pasivo ni inerte; exige la adhesión de la libertad humana, exige mi respuesta.

En esta misma línea se sitúa Pablo: “Porque todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 26-27).

 

El hombre no compra el traje con sus buenas obras ni lo trae puesto de antemano: el traje es Cristo mismo. La salvación y la pertenencia a la mesa son un puro don. El invitado que entra sin el traje ha rechazado la prenda ofrecida en la puerta, prefiriendo presentarse ante el rey envuelto en su propia suficiencia.

 

Revestirse de Cristo es revestirse de la luz y de las obras de la luz: “Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz” (Rom 13, 12).

Revestirse de Cristo es “revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef 4, 24).

El traje de fiesta es, fundamentalmente, la respuesta al llamado: es Cristo que responde al Padre y nosotros, revestidos de Él, que también respondemos.

 

No podemos vivir sin responder.

El hombre sin traje de la parábola, justamente no responde: “permaneció en silencio” (22, 12).

 

El silencio del hombre no es timidez ni indefensión social: es la imposibilidad de articular excusa alguna ante la evidencia del desprecio. No pudo decir “no tenía dinero para comprarlo” porque el vestido se entregaba a la entrada; tampoco “no me avisaron”, pues estaba dentro de la fiesta. Enmudecer significa que el sujeto prefirió autoexcluirse de la fiesta, reduciendo el banquete a un mero consumo voraz e individualista.

 

Pongámonos entonces el traje de fiesta: que nuestro vivir desde el amor y desde el “sí” a la vida, sea nuestra respuesta a la infinita gratuidad del amor de Dios.

sábado, 3 de octubre de 2026

Mateo 21, 33-43


    

 

El texto de hoy refleja cómo la comunidad de Mateo reelaboró profundamente una posible parábola original de Jesús, buscando legitimar el surgimiento de una nueva comunidad ante el rechazo de los líderes de Israel a su mensaje.

 

Es un tema muy recurrente a lo largo de la historia y es la misma tentación que se repite y se resume en tres dinámicas: justificar la elección descalificando a los demás, crear divisiones y considerarse los elegidos.

 

La realidad y la historia son mucho más complejas y, como lo sabemos a través de la experiencia, “bien” y “mal” conviven y no podemos “meter a todos en el mismo saco”.

 

Por eso quiero centrarme en la expresión clave que Mateo pone en boca de Jesús: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular” (21, 42).

 

La expresión es una cita literal del Salmo 118, 22.

Encontramos la misma expresión en Marcos 12, 10 y Lucas 20, 17 que son los textos paralelos al texto de Mateo, después en Hechos 4, 11 (discurso del apóstol Pedro ante el Sanedrín), y en 1 Pedro 2, 7 y en Romanos 9, 33 en referencia a Isaías 28, 16 que dice: “así habla el Señor: Miren que yo pongo una piedra en Sión, una piedra a toda prueba, una piedra angular, escogida, bien cimentada: el que tenga fe no vacilará.”

 

La imagen de la “piedra angular” es muy sugerente. Es la piedra que sostiene todo el edificio: si quitamos esta piedra se cae todo.

El mensaje que nos quieren transmitir estos textos es el siguiente: la piedra que los jefes de Israel rechazaron – fuera de metáfora, la persona y el mensaje de Jesús – se convirtió en el fundamento de la nueva comunidad.

 

Esta lectura es, obviamente parcial y condicionada y debemos ubicarla en su contexto. Conviene siempre recordar que un “texto, fuera de contexto, es un pretexto”.

No existe un texto, sin contexto. No existe una visión, sin perspectiva. Somos seres en perspectiva, históricos, limitados. Por eso es fundamental una actitud abierta y humilde.

El proceso de diferenciación del cristianismo del judaísmo no fue de un día para otro: fue un proceso bastante lento. Hasta el comienzo del siglo segundo, no existía “el cristianismo”: los seguidores del nazareno conformaban un movimiento adentro del judaísmo.

 

El trasfondo de la parábola es el famoso texto de la viña en Isaías 5 que, sin duda, conocían tanto Jesús como Mateo.

Isaías 5 canta la viña de Israel y denuncia, desde dentro del propio pueblo, que Dios esperaba frutos de justicia y encontró violencia; Mateo retoma ese canto y lo dirige a quienes custodiaban la viña, los jefes de entonces, y, como advertencia, a su propia comunidad y a la nuestra. Al rechazar al Hijo, los viñadores descartan la piedra que Dios había puesto como fundamento, y ese Cristo rechazado, y luego exaltado por Dios en la resurrección, es el que se identifica con todos los descartados y con nuestra propia vulnerabilidad. Por eso la pregunta de fondo no es quién quedó fuera, sino qué frutos damos nosotros (21, 43) y a quién estamos desechando hoy – adentro y fuera de nosotros –, sin saber que puede ser justamente la piedra angular.

 

Desde aquí, con más serenidad y apertura, podemos dar una lectura más existencial.

 

El mensaje de la piedra angular es extraordinario y lo podemos conectar a la experiencia de Pablo: “me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10).

 

Dios convierte nuestra debilidad en la “piedra angular” de nuestra vida.

Dios convierte “el descarte” en “piedra angular”.

Dios convierte los fracasos en “piedra angular”.

Dios convierte la derrota en victoria, la sombra en luz, la muerte en vida, la nada en todo, la fealdad en belleza.

 

¿Para qué este proceso?

 

Simple, y lo afirma el mismo Pablo: “nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).

Solo se nos pide abrirnos al amor, abrirnos a la acción del Espíritu.

Por eso la cruz es “piedra angular”: por el amor y la entrega de Jesús.

 

Es la autodonación de Jesús que transforma la cruz en ventana sobre lo Infinito, en puerta de luz, en puro amor.

La cruz por sí sola es instrumento de muerte y no salva a nadie y hasta puede convertirse en una versión perversa del cristianismo: sacrificial, masoquista, triste. Todo lo opuesto al mensaje de Jesús.

Solo cuando comprendemos y entramos en la dinámica de la entrega, entendemos la “piedra angular”.

Solo nuestro vacío permite a Dios llenarnos de su luz.

Solo la muerte del ego permite el acceso a la Vida Infinita y plena, ya en esta tierra.

 

No tengas miedo de tu vulnerabilidad: en ella Cristo se identifica con los descartados. El fruto que se nos pide es acogerlos, empezando por lo débil en nosotros; eso descartado es lo que el Espíritu – a través de tu entrega amorosa – quiere convertir en piedra angular de tu propia vida.

 

 

 

 

 

 

 

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