Empezamos el tiempo de Cuaresma, un
camino interior de cuarenta días que nos llevará
a la Pascua.
El evangelio de hoy comienza propio así:
el Espíritu lleva a Jesús al
desierto. “Entonces
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto” (Mt 4,
1).
El verbo griego que traducimos con “fue llevado” es bastante fuerte y está
en forma pasiva. El Espíritu empuja con fuerza a Jesús hacia el desierto: la
acción y el protagonismo son del Espíritu.
Bastaría este versículo para vivir
plenamente y con provecho la Cuaresma.
¿Es
el Espíritu el protagonista de nuestra vida?
¿Nos
dejamos conducir por él?
Jesús es el hombre del Espíritu, el
hombre atento y disponible.
Solo el Espíritu conoce los caminos y
los tiempos.
Por eso es tan esencial dejarse conducir
por ese mismo Espíritu.
En nuestro peregrinar por esta vida
normalmente se nos presentan dos grandes peligros: o nos creemos los
protagonistas de nuestro viaje espiritual y entonces entra en juego el ego que
nos conducirá por tortuosos caminos o, por otro lado, vivimos a la deriva, sin
rumbo y sacudidos por cualquier corriente o viento que se parece.
La clave está en conectar con el
Espíritu y dejarle el protagonismo y las riendas de nuestra existencia.
¿Dónde
se encuentra el Espíritu?
¿Cómo
conectar con el Espíritu?
Intento dar unas pistas.
En primer lugar el Espíritu no lo
encontramos en ningún lugar. Porque no hay ningún lugar ni ningún tiempo adonde
el Espíritu no esté presente y actuante. El Espíritu lo llena todo, lo anima
todo, todo lo sostiene en el amor y en la vida. El Espíritu es el ambiente
vital en el cual nos movemos, amamos, existimos. El Espíritu es el aliento de
todo aliento, late con los latidos de nuestro corazón, fluye con nuestra sangre
en las venas, mira a través de nuestras miradas.
Tan presente y cercano el Espíritu: es
la Vida de nuestra vida.
Esto no quita que podamos crear o buscar
unas condiciones más favorables para darnos cuenta de esta presencia y eso es,
justamente, lo que propone este tiempo de Cuaresma: oración, atención al otro,
entrega personal.
Uno de los textos sagrados del hinduismo
y entre los textos espirituales más antiguos de la humanidad, las upanishad, dice así: “No existe ningún
otro vidente, excepto él, ningún otro oyente que no sea él, ningún otro
observador excepto él, ningún otro conocedor, excepto él, este Ser, el
gobernante interior, el inmortal.”
Tan íntimo el Espíritu que no lo vemos y
tan íntimo que no nos damos cuenta de su presencia.
Por eso que la primera clave es salir
del dualismo. Salir del dualismo
significa salir de la mente dual. Hasta que dejamos en mano de nuestra mente –
lo que significa en manos de los pensamientos,
los sentimientos y las emociones – nuestra vida espiritual no
podremos salir del dualismo y con él no saldremos de la ilusión de la separación: con uno mismo, con Dios, con
los demás.
Salimos del dualismo acallando la mente
y entrando en el espacio sagrado del silencio. Cuando la mente se aquieta y
surge el silencio desaparece el dualismo y percibimos la realidad única…y el
único Espíritu que la hace ser.
La segunda clave para conectar con el
Espíritu es la atención.
La atención no puede ser mental
obviamente, sino recaemos otra vez en el dualismo. La atención debe surgir
desde el interior, desde otro nivel de conciencia. Es una atención transmental. Es la atención del testigo
imparcial, del observador. Es la atención que también observa la mente. Desde
esta atención empezaremos a percibir más claramente la presencia del Espíritu.
Descubriremos con asombro e inmensa alegría
que somos uno con este mismo Espíritu. Percibiremos simultáneamente que vivimos
en Él, que Él vive en nosotros y que Él nos vive.
Entonces surgirá espontanea la disponibilidad.
Los miedos y las inseguridades se caen y
dejaremos al Espíritu manifestarse y expresarse libremente a través de
nosotros.
Cuando dejamos que el Espíritu conduzca
nuestra existencia y nos entregamos con total disponibilidad, ocurrirá el
milagro que solo podemos expresar paradójicamente: seremos nada y todo,
totalmente aniquilados y totalmente plenos. Seremos libertad. No “libres”,
porque ya no habrá un “yo” que se sienta “libre”. Seremos pura libertad porque,
en y desde el Espíritu, seremos Uno con Él, perfecta y plena libertad.
Desde esta perfecta libertad podremos
vivir el desierto y las tentaciones con total confianza y
serenidad.
El desierto
se convertirá en lugar de soledad, de purificación y de intimidad con Dios y
las tentaciones en lugar de
autoconocimiento y de crecimiento.
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