sábado, 10 de enero de 2026

Mateo 3, 13-17


 

Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús. Jesús es bautizado por Juan – probablemente un pariente cercano – en el río Jordán: evento central y transmitido por los cuatro evangelistas, aunque de manera indirecta por el cuarto evangelio.

 

Mateo nos dice que Juan se resiste y no quiere bautizar a Jesús. Posiblemente esta resistencia de Juan refleja una tensión de los primeros tiempos entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús: ¿quién es el más grande?

Mateo, como es su costumbre, quiere mostrarnos la superioridad de Jesús y su estatus de Mesías. Por eso la actitud de respeto y veneración de Juan.

 

Por otro lado, se nos revela la humildad de Jesús. Jesús, nos sugiere Mateo, acepta el bautismo de Juan. Se pone en la fila, como todos, y se hace bautizar.  

Jesús no busca ni admite privilegios: que buen testimonio y que hermosa enseñanza para nuestras sociedades y nuestras autoridades, ávidas de privilegios y reconocimiento.

 

Los beneficios y los privilegios de los parlamentarios de la mayoría de los estados (supuestamente) democráticos, son notorios y escandalosos. También ocurre, a veces, con las autoridades religiosas. Gran tentación, gran peligro. El poder, en todos los campos, fascina, atrapa y mata… como las sirenas de Homero que cantan a Ulises: “¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos!

Detén tu nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negra nave sin escuchar nuestra dulce voz, sino que se van deleitados y sabiendo más cosas. Pues sabemos cuántas fatigas ocurrieron en Troya por voluntad de los dioses, y sabemos todo lo que sucede en la fértil tierra.”

Ulises solo puede escapar del canto mortífero de las sirenas, porque – a partir de su indicación previa – es atado al mástil de la nave por sus compañeros de navegación.

 

¿Cuál es tu mástil que te impide caer en la tentación del poder, del orgullo, de la búsqueda de privilegios?

 

Jesús, en su bautismo, ya vive lo que anunciará en su predicación: Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14, 8-11).

 

Para las autoridades religiosas, vienen bien estas otras palabras del maestro: Tengan cuidado de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas” (Lc 20, 46).

 

Jesús no necesita reconocimiento externo, porque está conectado con su verdad, con su esencia. Sabe quién es. Y quién sabe quién es, ha encontrado la libertad y el camino del servicio desinteresado.

Es lo que se revela, propio en su bautismo.

A mi parecer, la experiencia del bautismo de Jesús es clave. Es el momento central de su iluminación.

A través de los simbolismos que Mateo nos proporciona – los cielos se abren, baja el Espíritu en forma de paloma, se oye la voz del Padre – podemos intuir la experiencia mística de Jesús.

Jesús toma plena consciencia de su identidad y de su vocación/misión.

 

El tema de la identidad y de la vocación reflejan las dos dimensiones centrales de todo camino espiritual: los encontramos en todas las religiones y tradiciones espirituales, con diferentes matices.

Son, de igual forma, las preguntas claves de la filosofía, de la ética, de la búsqueda científica: ¿Quién soy? ¿Para que estoy acá?

 

La identidad: ¿quién soy en profundidad? ¿Quién soy, cuando todo se derrumba? ¿Quién soy, cuando todo lo que puede morir, se muere?

 

San Simeón el Nuevo Teólogo, místico bizantino del año mil, nos dice: “Sé que no moriré, pues estoy dentro de la vida y tengo toda la vida que brota dentro de mí

 

La vocación: ¿para qué me dieron la vida? ¿Qué tengo que hacer en este mundo? ¿Cuál es mi aporte único e insustituible a la humanidad?

Termino con un poema de Rumi que apunta también a nuestra más profunda identidad, desde la cual brotan y fluyen, la vocación y la misión:

 

Bendito el momento en que nos sentamos en el jardín, Tú y yo.

Dos formas, dos caras, pero una sola alma, Tú y yo.

Los pájaros cantarán canciones de vida eterna en cuanto entremos en el jardín de rosas, Tú y yo.

Las estrellas del cielo vendrán a mirarnos, bellas como la luna, entrelazados en éxtasis, Tú y yo.

Los pájaros del paraíso se llenarán de envidia cuando nos oigan reír felizmente, Tú y yo.

Qué maravilla, nosotros juntos sentados aquí, y al mismo tiempo en Iraq y Khorasan. Tú y yo.

Una forma en esta tierra y en la Eternidad. Tú y yo

 

 

sábado, 3 de enero de 2026

Juan 1, 1-18

 


 

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (1,1): empieza así el texto de hoy. Empieza así uno de los textos espirituales más conocidos, más profundos, más bellos de la historia. Empieza así el prólogo de San Juan: texto místico, cósmico, inspiradísimo, inacabable, insuperable.

 

Quisiera centrarme en la dimensión de la palabra.

Palabra” traduce el termino original griego “Logos”, un término de una riqueza semántica muy amplia. No significa solo “palabra/discurso” con el significado restringido que le damos nosotros hoy. Significa también “orden, sentido, armonía”.

Podemos intuir, entonces, la intención de Juan: al principio – no es un principio temporal, sino de fundamento – hay un orden, un sentido. La creación, en su origen y fundamento, tiene un Logos, tiene un por qué: el caos y el vacío de Genesis 1, 2 tienen un sentido. Hay una armonía invisible que todo lo sostiene, hay un sentido, un propósito. ¡Qué maravilla y que paz!

Con frecuencia este sentido y propósito nos quedan ocultos y nuestra mente limitada no los capta: confiemos y abrámonos al Espíritu desde el alma ilimitada y no solo desde la limitada racionalidad.

 

Este “Logos” es también Palabra, se revela como palabra y como palabra humana. Es el principio fundamental de la encarnación que vemos reflejado de una manera única en la carne de Jesús de Nazaret. Dios se encarna no solo en Jesús, sino en las palabras humanas y, para nosotros, de una manera especial, en las palabras de la Escritura. Dios se revela en palabras humanas y no podría ser de otra forma: ¿Cómo podríamos entenderlo?

 

Cuando la Virgen María se le apareció a Bernardita en Lourdes en 1858, le hablaba en el dialecto local que Bernardita podía entender. Principio de encarnación, otra vez.  

 

El lenguaje, que toma cuerpo y forma en la palabra y en las palabras, nos define como seres humanos. La palabra es humana y solo humana. Los demás seres vivientes se comunican desde otros lugares.

La palabra: ¡misterio inefable!

El ser humano es palabra, hasta tal punto, que si a un bebé no se le habla puede morir o su desarrollo queda drásticamente bloqueado. No se crece sin palabra, no vivimos sin palabra.

Por eso, La Palabra está en el origen y por eso, en el relato mítico de la creación, Dios crea a través de la palabra.

Porque la palabra auténtica, la palabra que crea, no es solo voz, sonido, aire y cuerdas vocales. La palabra es energía creadora, es revelación del ser, manifestación de la vida, visibilidad de lo invisible y lo interior. La palabra es puente entre el ser invisible e inefable y su revelación concreta, humana, histórica.

 

Dios no tiene voz, pero tiene palabra. Su creación es su palabra.

En la palabra humana, Dios se revela y se oculta a la vez. La palabra es siempre, simultáneamente, revelación y ocultamiento.

 

La palabra humana es el vértice y la cumbre de la dimensión paradójica de la existencia. La palabra humana es sumamente frágil y sumamente poderosa. Es luz y tiniebla. Crea y destruye.

La palabra humana necesita siempre escucha e interpretación.

Nos comunicamos y nos revelamos a través de la palabra y también nos ocultamos y huimos, detrás de la palabra inauténtica o mal comprendida. La palabra es compleja y hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en nuestro inconsciente y en el inconsciente colectivo.

Una palabra puede resucitar o matar. Puede ser fuente de vida o camino de muerte. La palabra une y divide. En su vocación más pura la palabra es luz: la luz de la consciencia, de la comprensión, de la vida.

 

Por eso, para nosotros, Jesús es La Palabra. En Jesús, Dios pudo hablar sin obstáculos. Jesús fue transparente, abierto, disponible. Dios pudo “hablar” a través de Jesús, con total libertad. Por eso Jesús es revelación de Dios, es luz y nos transmite la luz.

 

Por eso también, las palabras de Jesús fueron palabras de vida: Jesús hablaba desde la verdad, desde el ser, desde el Espíritu. La palabra de Jesús nunca fue solo voz, solo aire. La palabra de Jesús tenía autoridad porque era vida, siempre en función de la vida y en total coherencia. En Jesús, palabra y acción coincidían: su palabra era su hacer y su hacer era su palabra.

Esta fue una de las críticas más contundentes del maestro a las autoridades religiosas de su época: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt 23, 2-3).

Esta es la gran conversión que necesitamos. Tal vez la única. Esta es la conversión: volver a la coherencia de la palabra. Volver a una palabra viva, fiel, creadora, auténtica. Volver a una palabra viva, que coincida con la vida.

Decía el maestro: “Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no.” (Mt 5, 37).

 

La crisis de la política es la crisis de la palabra. Los políticos mienten y se mienten: su palabra es vacía, palabra podrida e hipócrita, solo aire.

La crisis de la sociedad es la crisis de la palabra: ya no podemos confiar en la palabra, la palabra no coincide con el pensamiento y con los hechos.

La palabra de la iglesia y de sus responsables también es, en demasiadas oportunidades, palabra vacía, palabra repetitiva, aburrida, superflua.

 

Necesitamos menos palabras y palabras más auténticas. Necesitamos palabras creadoras, palabras de fuego.

Necesitamos de silencio, para volver a fecundar la palabra. Necesitamos de un silencio auténtico, no de un silencio como huida de nosotros y del otro. Hay un silencio enfermizo que nos encierra, que es una burda evitación de lo real y un escape al solipsismo. Hay un silencio terrible que genera violencia, como nos recuerda el filósofo francés Gilles Deleuze: “la violencia no habla”. Cuando muere la palabra, como muere la capacidad de escucha y de dialogo, solo queda lugar para el conflicto, la violencia, la muerte.

Cuando muere la palabra, muere la democracia y se engendran dictaduras, totalitarismos, opresiones.

 

Necesitamos apagar voces, conversaciones superfluas, aparatos digitales.

Nuestro tiempo necesita destronar la palabra vacía, egoica, hiriente y volver a una palabra viva.

 

La palabra verdadera solo nace del silencio interior, solo brota de la escucha atenta de La Palabra divina que resuena en el alma de cada ser humano y de toda la creación.

 


sábado, 27 de diciembre de 2025

Mateo 2, 13-15.19-23


 

El relato de hoy parece no tener fundamento histórico. Hay consenso común en los estudiosos en reconocer que la huida de José, María y Jesús a Egipto nunca ocurrió.

Nos encontramos frente al clásico recurso exegético de Mateo que, entre otras cosas y para confirmar todo eso, es el único evangelista que relata la huida a Egipto.

Mateo, arraigado al judaísmo, quiere anclar el evento Jesús de Nazaret a la Escritura y a las profecías. Por eso, es el evangelista que más cita la Primera Alianza (el Antiguo Testamento) para mostrarnos que Jesús es el Mesías esperado por Israel. En el texto de hoy quiere conectar Oseas 11, 1: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” con Jesús, y por eso aplica a Jesús lo que Oseas aplicaba al pueblo de Israel: “Desde Egipto llamé a mi hijo” (2, 15).

 

No hay motivos para escandalizarnos. Debemos simplemente comprender. Ya los decía el genio de Spinoza: “No llores. No te indignes. Entiende

Como sabemos, los evangelios, no son biografías de Jesús, sino anuncio de fe, testimonios de un encuentro, expresión de una experiencia.

Tomar los textos de forma literal, forzarlos para que entren en nuestros esquemas y creencias y manipularlos, no llevan por mal camino. Sobre todo, corremos el peligro de caer en la hipocresía y la deshonestidad.

 

La misma iglesia reconoce que la Escritura no es “Palabra de Dios”, sino que la contiene y la comunica… es decir, no se puede tomar al pie de la letra. El documento del Concilio, Dei Verbum, nos dice: “inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios” (DV 21).

 

Y la Dei Verbum, en otro lugar, recuerda también que la Palabra de Dios se revela a través de la palabra humana: “las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.” (DV 13).

 

La palabra humana es frágil, limitada, condicionada y necesita interpretación. La Palabra de Dios se revela a través de esta palabra humana, tan frágil.

 

Así que nada de escandalizarnos: ¡abrámonos al Espíritu! ¡Dejémonos cuestionar! Tengamos la valentía de salir de las creencias e ir en profundidad.

 

¿Cuál es el mensaje que podemos extraer del texto de hoy para nuestro caminar?

 

La inestabilidad de la vida. La vida siempre es inestable, incierta: vamos, venimos, huimos y regresamos. Y no solo físicamente, sino, y sobre todo, existencialmente.

 

Aprender a vivir y aprender a amar, consisten en integrar la inestabilidad. La vida se mueve, el Espíritu se mueve.

 

Cada día es nuevo, cada día estamos invitados a integrar y asumir lo que aparece.

Nuestra historia está repleta de pasajes complejos, cambios existenciales, revoluciones psíquicas y espirituales.

 

Las creencias de cualquier tipo y color, intentan aquietar el miedo existencial frente a la inestabilidad, a los cambios, a lo nuevo y desconocido. A veces las creencias son útiles y necesarias, especialmente en algunas etapas de la vida, pero para los que quieran crecer y enfrentar el vértigo de la libertad, llega un punto donde el Espíritu pide soltar las creencias. El evangelio lo sugiere, por ejemplo, con la imagen del mar: “Navega mar adentro, y echen las redes” (Lc 5, 4), le dice Jesús a Simón Pedro.

 

Es lo que el texto de hoy nos quiere también decir. A través del relato simbólico de la huida y el regreso de José, María y Jesús, el Espíritu nos sugiere: ¡navega mar adentro! Suelta las anclas, suelta los miedos y las creencias… vive el vértigo de la libertad, vive la aventura de la vida, vive el riesgo del amor.

 

 

 

 

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Mateo 1, 18-24


 


Estamos muy cerca de la Navidad y hoy celebramos la fiesta de la maternidad de María. El texto evangélico nos presenta el relato de la anunciación en la versión de Mateo. La versión más conocida es la de Lucas. Solo Mateo y Lucas relatan la anunciación.

 

Enrique Martínez Lozano subraya y nos recuerda algo importante:

 

El Osiris egipcio, “el dios hecho hombre” anunciado por una estrella, nace de una virgen el 25 de diciembre. El dios frigio Attis, llamado “el Salvador”, “el Buen Pastor” y el “Hijo de Dios” nacía de una virgen, Nana, el 25 de diciembre. Del mismo modo, Dionisos nacía de la virgen Semele, en un pesebre, un 25 de diciembre. También Heracles nace de una virgen en esa misma fecha. El propio Buda nacía de la virgen Maya también el 25 de diciembre. Krishna, segunda persona de la trinidad hindú, nació de la virgen Devaki, en una cueva establo iluminada por una estrella donde las vacas lo adoraban.

 

Cada cual saque sus propias conclusiones y siga, con la mayor honestidad posible, su consciencia.

 

Creo que es tiempo de madurar en la fe y dejarnos cuestionar por el evangelio y su mensaje; mensaje que es mucho más profundo y actual del texto exterior y literal. Si somos honestos y dejamos a un lado los prejuicios, las creencias infantiles y los miedos, el Espíritu nos guiará a desentrañar las profundidades de los textos, las metáforas, los símbolos: el evangelio brillará de una nueva luz, se nos abrirá otro nivel de comprensión y nuestra vida se transformará.

 

Nuestro texto nos regala muchas pistas para seguir creciendo y profundizando.

 

El tema de la confianza recorre todo el texto. María y José se ven desbordados por los acontecimientos. No entienden, el Misterio los sorprende y los supera.

 

La reacción de María y de José es muy humana, muy “nuestra”.

 

¿Cuántas veces hacemos la experiencia del Misterio que nos supera?

¿Cuántas veces experimentamos la incomprensibilidad de los acontecimientos?

 

María y José responden desde la confianza y la entrega.

 

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa” (1, 24).

 

El “despertar” de José lo podemos leer en clave simbólica: José despierta desde la confianza en el Misterio. Y actúa. La confianza y el despertar llevan a la acción, a la acción correcta y adecuada. El despertar de José no es intelectual, sino vivencial. José, posiblemente, sigue sin comprender, pero entra en un estado de paz y confianza que lo llevan a actuar.

 

Estar despiertos – iluminados, resucitados – no significa que comprendamos todo. Seguimos siendo humanos: frágiles y limitados.

Estar despiertos nos abre al Misterio desde la rendición y la confianza: logramos “ver” una Presencia invisible y amorosa que todo lo sostiene. Nos entregamos y actuamos con entusiasmo y desapego, soltando la necesidad de controlarlo todo.

 

Desde la perspectiva cristiana es la experiencia del Espíritu que, no es casualidad, es el protagonista oculto del texto.

 

El Espíritu actúa en María y en José. El Espíritu actúa en el embarazo de María y en el niño. No logramos descifrar su Presencia humilde y discreta. El Espíritu actúa en sincronía con nuestra psique, nuestra historia, nuestra carne y nuestra sangre. Actúa desde dentro y desde afuera. Actúa silencioso. Habla poco y su voz es un susurro. Actúa desde y en nuestra libertad. Actúa desde y en nuestro anhelo. Actúa mezclado a nuestros sentimientos y emociones. Actúa también desde nuestro rechazo, en nuestros procesos y lentitudes.

 

Termino corrigiendo a Mateo y volviendo a la importancia de la honestidad.

Mateo citando a Isaías dice: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel” (1, 23).

En realidad, el texto hebreo original de Isaías no dice “virgen”, sino “joven”: “la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel” (Is 7, 14).

Isaías, obviamente, no está pensando en Jesús. Posiblemente está pensando en Ezequías, hijo del rey Acaz.

Mateo fuerza el texto para dar una interpretación cristológica.

Desde la perspectiva cristiana es legítimo interpretar cristológicamente la Escritura; lo que no es honesto es la manipulación de los textos.

 

Aprendamos de María y de José esta honestidad radical. Aprendamos del Espíritu esta honestidad. El Espíritu se abre camino y nos ilumina cuando somos honestos, auténticos, valientes.

 

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

Mateo 11, 2-11


Juan Bautista, figura clave del Adviento, está en la cárcel y manda a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (11, 3).

La respuesta de Jesús es importante, diría esencial, porque nos da la clave de lectura de todo su ministerio y su enseñanza.

Jesús no responde desde la teología, no responde citando doctrinas, no responde con criterios morales.

Jesús, antes que nada, invita a ver, a transmitir una experiencia: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven” (11, 4) … digan lo que están viendo, digan lo que oyen, digan lo que están experimentando. Gran sabiduría y gran advertencia para nosotros hoy: ¿hablamos de Dios a partir de una experiencia personal o a partir de creencias preestablecidas, de conceptos, de ideas?

 

Jesús continua: “los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres” (11, 5).

 

Jesús responde a Juan con el criterio de la vida: ¡esta es la clave!

Jesús manda a decir a Juan: mira como la vida vuelve a florecer, mira como brota vida nueva por todos lados, presta atención a la dinámica siempre nueva de la vida.

Esta es la enseñanza y la práctica clave de Jesús. Jesús levanta la vida, insufla vida, devuelve vida, está atento al florecer de la vida, indica donde amanece la vida. Este es el signo por excelencia.

Donde hay vida, ahí Dios está actuando, ahí el Reino se hace presente y se experimenta; y donde la vida flaquea, el Reino inserta aire nuevo, aire fresco.

Resuenan las palabras del evangelio de Juan: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10, 10).

 

Jesús es un amante de la vida y ama esta vida: disfruta de las comidas y de las fiestas, disfruta de la amistad y de los encuentros, disfruta del contacto con los niños, ama y disfruta de la creación. El rabino de Nazaret queda extasiado frente a la belleza de los lirios del campo, la libertad de los pájaros del cielo, el prodigio de la levadura leudando la harina, la entrega radical de una viuda.

 

Jesús nos enseña a valorar y amar la vida, así como es, así como viene. Nos enseña a amar también las zonas oscuras, las sombras, lo frágil. Jesús recibe la vida como viene – como toda sabiduría enseña – y, desde lo que hay y lo que es, la asume, la transforma, la ilumina.

 

¿No es hermoso comprender y vivir así el evangelio y las enseñanzas del maestro de Nazaret?

 

Iluminar lo que hay, soplar vida en lo poco y lo frágil. Asumir lo que viene, amar la sombra. Levantar la vida, sembrar alegría, contagiar entusiasmo.

 

¡Eso hace Jesús, eso enseña! A eso estamos llamados e invitados.

 

Jesús es también el hombre que cuestiona, que nos pone en crisis. Es el hombre de las preguntas. Jesús desafía a la multitud: “¿Qué fueron a ver?” (11, 8).

 

¿Qué fueron a buscar? ¿Qué están buscando? ¿Por qué fueron a ver a Juan al desierto?

 

Jesús nos cuestiona sobre nuestras intenciones y nuestros ¿por qués?

 

Esta actitud cuestionadora y provocadora de Jesús y del evangelio, es muy actual y muy necesaria también hoy.

La sociedad vive en piloto automático. A menudo, también los que estamos en un camino de búsqueda y de crecimiento, caemos en una rutina apurada y sin sentido. Hasta la oración pueden convertirse en un automatismo vacío y hasta el amor puede degenerar en activismo o manipulación.

 

El Espíritu nos cuestiona, cuestiona nuestra honestidad e intenciones.

 

¿Qué estoy buscando en mi vida?

¿Por qué hago lo que hago?

 

Este tiempo de Adviento que nos prepara a la Navidad, es un tiempo oportuno para detenernos y estar atentos a la vida que florece a nuestro alrededor y para dejarnos cuestionar por las preguntas claves de Jesús y del evangelio.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Mateo 3, 1-12


 


En este segundo domingo de Adviento se nos presenta la figura de Juan Bautista y su tajante invitación a la conversión.

Me parece muy sugerente la imagen del árbol cortado: “El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (3, 10).

 

Esta metáfora empalma a la perfección con el texto de Isaías de la primera lectura: “Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces” (11, 1).

 

Hacha, tronco, raíz, fruto: intentemos conectar estas imágenes y dejémonos sorprender y cuestionar por los importantes mensajes que se desprenden.

 

El tronco de Jesé habla de un “resto”: ¿Qué resta de un árbol cortado? Un tronco. La categoría bíblica del “resto” es central en la visión y la teología bíblica. Siempre queda un resto. Cuando las cosas se ponen mal, cuando la humanidad pierde el rumbo, cuando Dios corrige a su pueblo, “algo queda”: es el famoso resto, un resto que volverá a dar vida, un resto que expresará la fidelidad de Dios. Después del diluvio, resta Noé. Después de la deportación del pueblo a Babilonia, queda un resto: el “resto de Israel”. Y así sucesivamente.

Isaías, fiel a la categoría teológica del “resto”, nos presenta la imagen del tronco de Jesé, padre del rey David: la dinastía de David parece extinguirse. Asiria invade Israel y del pueblo parece no quedar nada, sino solo un tronco sin vida. Pero, de este tronco, surgirá un retoño, vida nueva. Los cristianos leemos este retoño en clave cristológica: del tronco, aparentemente muerto, brota el Mesías, Jesús de Nazaret, descendiente de David.

 

Resta un tronco, resta poco: de este poco, habrá vida. De lo que resta, Dios seguirá generando vida.

Jesús, empapado por esta sabiduría y experiencia, seguirá con esta enseñanza: de lo poco, de lo que resta, se engendra vida. Jesús trabaja con los restos: cinco panes y dos pescados, seis tinajas de agua sucia, doce apóstoles, un grano de mostaza, poca levadura en la masa. Jesús nos muestra que, desde un resto y desde lo poco, la vida brota, crece y se multiplica.

Isaías reafirmará esta idea con las famosas metáforas: el Mesías “no romperá la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente” (42, 3).

Aprendamos entonces a valorar lo pequeño y lo poco, a valorar nuestros restos: nuestra fragilidad, el poco tiempo, la pocas fuerzas, los pocos recursos, los pocos talentos. El resto, amado y ofrecido, brotará en vida abundante y fecunda.

 

Esta misma vida abundante que, a menudo y paradójicamente, se nos presenta en forma de hacha: la vida nos corta, nos poda. Lo sabemos y lo experimentamos. Las experiencias de dolor, de perdidas, nos dejan como un simple y pobre tronco. A veces queda poco y lo que queda parece muerto… pero la vida resurge. La vida rebrota continuamente: ¡esta es la resurrección! Desde dentro, hasta desde dentro de la muerte, la vida resurge. ¿Por qué? Porque la raíz nunca muere. El hacha de Juan Bautista, en realidad, nunca llega a la raíz. Un hacha nunca puede llegar a la raíz. Juan, fiel a su estilo profético, quiere subrayar la importancia de dar fruto. Jesús recuperará esta urgencia: “Al ver una higuera cerca del camino, se acercó a ella, pero no encontró más que hojas. Entonces le dijo: «Nunca volverás a dar fruto». Y la higuera se secó de inmediato.” (Mt 21, 19).

Podemos entonces leer nuestra existencia como una invitación a la vida y a una vida fecunda. Una hermosa invitación a dar fruto. Todo lo que nos ocurre, nos invita a descubrir y redescubrir, la raíz divina que somos y que nos habita.

 

Siempre recomenzar, siempre adelante. Siempre naciendo de nuevo, como retoños del Espíritu. Siempre brotando con fuerza, como una flor entre las grietas del hormigón.

Siempre naciendo, una y otra vez, de lo que queda, de lo que resta. Naciendo de nuevo de nuestra raíz: el Espíritu.

 

Es la invitación que Jesús le hizo un día a Nicodemo: “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3).

 

 

 

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Mateo 24, 37-44


 

Empezamos hoy el camino del Adviento y el texto evangélico se centra y concentra sobre la atención y la vigilancia.

Jesús vino, Jesús viene, Jesús vendrá. Jesús siempre está viniendo a través del Espíritu y la única forma de recibirlo y encontrarlo es estando atentos, centrados, despiertos.

 

El texto de hoy es claro y contundente.

En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre” (24, 38-39): estamos en la misma situación que en el tiempo de Noé, con el añadido de las complicaciones tecnológicas: Noé no tenía WhatsApp, ni Instagram. Se comunicaba a través de palomas. La tecnología, más allá de todo lo positivo, vino también para revelarnos nuestro nivel interior de dispersión y de superficialidad.

La gente “parece vivir” pero, en el fondo, muchas personas simple y trágicamente sobreviven: están vivos, pero no viven.

Es la vida “en piloto automático”: “la gente comía, bebía y se casaba…”. Se evaden las preguntas claves y se entra en la espiral mortífera de una rutina mecánica y deshumanizante.

Lo expresa muy bien esta anécdota:

En cierta ocasión un discípulo preguntó a un venerable anciano:

-      Santo Padre, ¿hay algo que yo pueda hacer para conseguir la iluminación?”.

Y el santo varón respondió:

-      Tan poco como por hacer que el sol salga por la mañana”.

-      Entonces – preguntó el sorprendido discípulo – ¿de qué sirven los ejercicios espirituales que prescribes?”.

-      Para asegurarte – dijo el anciano – de no estar dormido cuando el sol comience a salir”.

El sol sale, Dios está presente, el Espíritu nos habla: nuestros “ejercicios espirituales” – oración, meditación, silencio, retiros, estudios – no provocan la Presencia, sino que la evocan; no provocan la Presencia, la reconocen.

 

Jesús es el hombre atento, el hombre vigilante, el hombre que ama la atención y nos la muestra como camino autentico de crecimiento: “Miren los lirios del campo” (Mt 6, 28). ¡Miren!

Visión, atención, luz, vigilancia, interioridad: muchas formas de expresar lo mismo. Cada una con su matiz.

Un texto extraordinario de Simone Weil lo expresa así:

El deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención. Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años aparentemente estériles, un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará el alma. Cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer.

 

Podemos comprender ahora los enigmáticos versos de nuestro texto: “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada” (24, 40-41).

¿Qué quiere decirnos Jesús?

Que lo que importa es lo interior, la actitud interior. Lo de afuera puede ser igual, pero la actitud interior lo cambia todo. La atención lo cambia todo, la consciencia lo cambia todo… aunque “afuera” no cambie nada.

Podemos estar haciendo la mismo: quién actúa con atención, “entra en la Vida”, es decir, se hace consciente de la Presencia de Dios. Quién actúa distraído, sin intención, sin consciencia, vive en la superficie de la vida… y se perderá la experiencia del encuentro con lo divino.

Dios nos espera en el aquí y el ahora: presente y Presencia son las dos caras de lo mismo.

Dios nos espera en la vida y la vida siempre es aquí y ahora.

Dios se nos revela en la vida y cuando vivimos la vida con atención, entusiasmo, amor.

El más pequeño detalle puede transformar nuestra vida: basta estar ahí.

El más pequeño detalle, la más “insignificante” experiencia, puede convertirse en iluminación: basta estar atentos.

Vivamos este tiempo con más atención, abiertos al instante, este instante, en el cual Dios te está amando, te quiere encontrar y quiere manifestarse al mundo a través de ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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