Mostrando las entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Dios. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de junio de 2021

 

         ¿Qué es el amor? 

¿Por qué nos cuesta amar y dejarnos amar?

 

La sensación de ser amado es una de las sensaciones más lindas y pletóricas. Tal vez la sensación más buscada y la que más nos da seguridad y paz.

En realidad el amor – el amor verdadero – es más que una sensación, un sentimiento, una emoción. Mucho más. El amor coincide con lo real; y lo real coincide con “lo que es” y “lo que es” a su vez, con “lo que está siendo”.  Por eso que una buena “definición poética” del amor podría ser: un paisaje completo. El amor es totalidad y si no hay totalidad no es amor. Por eso que cada amor “parcial” o “particular” – por personas, cosas, animales, proyectos, trabajos – tiene que ser escrito en el amor total, es una participación subjetiva a la totalidad. Es un matiz del paisaje.

El amor es. Solo el amor es.

La sensación es camino a la búsqueda y reconocimiento de que solo el amor es real y de que solo el amor existe.

Todos buscamos el amor, que seamos conscientes o no. Basta un mínimo de consciencia y honestidad para con uno mismo, un mínimo de lucidez, para caer en la cuenta de esta verdad universal.

Y no puede ser de otra manera. Somos amor. El amor nos constituye. Es nuestra esencia, nuestro destino, nuestra casa.

Pero, ¿qué es el amor?

¿Se puede definir?

Tal vez unas definiciones a nivel psicológico se pueden intentar. Pero su esencia se nos escapa continuamente, así como se escapa la realidad. Es sumamente interesante y sugerente que la física cuántica – por lo menos hasta el momento – no pueda “atrapar” lo que en mínima esencia constituye la realidad, es decir, los fotones. Cuando se observan se nos escapan. Es el “principio de indeterminación de Heisenberg” que podemos resumir así: no se puede determinar, en términos de la física cuántica, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son, la posición y el momento lineal. Dicho en términos espirituales: la divinidad, cuando queremos verla, se oculta.

No podemos atrapar el amor, así como no podemos atrapar lo real. Porque en el amor se oculta el secreto de la vida, el secreto de la divinidad. “Dios es amor” dice la Escritura y todas las religiones y las tradiciones espirituales de la humanidad asocian de una manera u otra la esencia divina al Misterio del Amor y de la bondad.

Decir que “somos amor” es reconocer nuestra procedencia, nuestro radical misterio y nuestro destino. Es reconocer que todo está bien y que ya somos salvados. No hay nada que temer. Por eso que la mística de todo tipo y color insiste en subrayar que “todo está bien y cada cosa está bien y cada cosa estará bien”, en palabras de Juliana de Norwich.

La mística es el camino para captar y percibir el paisaje completo. Por eso es tan esencial y por eso en la actualidad hay un retorno y una búsqueda de los caminos místicos. La humanidad está cansada de lo particular, de la fragmentación. Lo particular – el matiz del paisaje – no dio los resultados esperados y la plenitud tan anhelada. Solo el paisaje completo nos regala la plenitud y ubica cada cosa en su lugar y armonía.

La certeza de saber que “somos amor” no nos alcanza para transitar en este mundo y para poder vivir los pocos años que nos tocan con fecundidad y desde la paz.

En sentido estricto esta “certeza” no nos alcanza porque a menudo es una certeza más bien mental y no una comprensión integral, desde nuestras fibras más profundas.

Si esta “certeza” surgiera desde un conocimiento y comprensión integral – es decir si fuera vida – alcanzaría sin duda.

Seguimos profundizando.

Este misterioso amor que nos constituye se encarna en una estructura extremadamente frágil y débil: esencialmente en nuestro cuerpo y nuestra psique. Con todo lo que significa.

Nuestra esencia amorosa y espiritual se asocia a una determinada estructura psicofísica, sumamente limitada y limitante.

Esta estructura tiene la capacidad de oscurecer profundamente nuestra esencia amorosa. Aunque nunca la puede apagar.

A esta estructura limitada – cuerpo/mente – se suman más limitaciones y más desafíos: la familia, la cultura, la educación, las creencias, la religión o la no religión, la sociedad, etcétera.

Nuestra estructura limitada y los demás condicionantes llegan con tremendo poder a oscurecer nuestra profunda, eterna y verdadera realidad: somos amor.

¿Por qué ocurre esto?

¿Por qué a menudo es tan difícil el juego de la vida y el reconocer nuestra esencia amorosa?

En el corazón de esta pregunta se oculta – otra vez – el Misterio divino.

Dios quiere reconocerse en su esencia amorosa a través de nuestro esfuerzo de regreso de la estructura psicofísica personal a la esencia. Es el camino inverso de la creación.

En la creación Dios se exilió de sí mismo para crear un mundo “separado” e “independiente” de él. En realidad – es importante decirlo desde ya – está separación e independencia son relativas, ya que la creación y el Universo acontecen “adentro” de Dios mismo y son expresión y revelación del mismo Dios.

Ahora – “este ahora” único y eterno – es Dios mismo que está volviendo a casa a través de nuestro regreso consciente, a través de nuestro recorrido desde la estructura psicofísica a la esencia.

En realidad es Dios mismo que regresa a través de nosotros.

Solo en este proceso de exilio y regreso se puede dar la creación y nuestro existir.

El amor entonces es lo que somos y es nuestro regreso.

Todo el Universo y toda la historia de la humanidad es este proceso de manifestación de la esencia divina, de exilio y de regreso a Casa.

Nuestra esencia amorosa y divina se encarna en nuestra estructura psicofísica limitada y condicionada por el entorno.

El amor se achica, se oscurece, se oculta. Surge la búsqueda. Búsqueda a menudo inconsciente y casi siempre temblorosa, hecha de caídas, errores, sangre y sudor.

Buscamos el amor que somos, porque sabemos o intuimos que solo este hallazgo nos regalará la deseada paz y plenitud que anhelamos.

El caminante y peregrino que sube una montaña se puede perder, puede caerse y lastimarse, puede hasta no llegar a su destino, en la esplendida cumbre desde donde la vista se pierde en lo infinito y se enamora. Al final no importa mucho o importa relativamente. Porque el camino es la meta. El camino, y toda la montaña está indestructiblemente conectada a la cumbre. Los caminos son la cumbre que se hace camino. Y así las caídas, los extravíos, los cansancios del peregrino. La montaña es cumbre y camino y todo lo que ocurre en ella.

 

Somos caminantes y peregrinos que buscamos el “amor que somos”.

Nuestra historia personal es la historia de esta búsqueda y este regreso. No es una simple historia individual. Es la misma historia de Dios contigo y a través de ti. Recuerda que es Dios que vuelve a casa, a su esencia amorosa, a través de tu regreso.

Las limitaciones y los condicionantes nos hacen sufrir y no nos permiten ver: no es esto un problema, inicialmente. Es parte del juego, es parte del regreso. En el caminar es nuestra percepción limitada la que nos hace “perder” en las caídas y los extravíos. Hay que alzar la mirada y cambiar de percepción, una y otra vez. Una y otra vez.

Nuestra estructura limitada se tiene que expandir y se expande a través de todas las experiencia de la vida. Cuanta más expansión, más amor y más conexión con la esencia amorosa.

El amor es totalidad, como Dios es totalidad e infinitud. El amor, en su esencia, es infinito y total. No puede ser de otra manera. Este Amor infinito y total se limita a sí mismo cuando se encarna en nuestra estructura limitada y finita. Por eso el dolor, por eso el anhelo y el deseo.

¡Queremos serlo todo y para siempre! ¡Queremos ser Amor pleno, eterno, total! Y es lógico, porque lo somos. Simplemente ahora lo estamos experimentando y viviendo a partir de las limitaciones y restricciones que el mismo amor se puso, para poder crear y revelarse. En la creación – y por ende en todo lo creado – el Amor Infinito se autolimita. Sin esta autolimitación no podría existir nada “separado” de lo Infinito. Lo Infinito tuvo que restringirse para dar lugar a “otra cosa”. La luz infinita tuvo que oscurecerse para que se pudiera ver. Este mundo no es solo la revelación de Dios, sino su ocultamiento. En nosotros mismos Dios se limita y oculta: no podríamos soportar la luz.

 

Moisés dijo: Por favor, muéstrame tu gloria. El Señor le respondió: Yo haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo. Luego el Señor le dijo: Aquí a mi lado tienes un lugar. Tu estarás de pie sobre la roca, y cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después retiraré mi mano y tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro.” (Ex 33, 18-23)

 

El regreso entonces es el camino de la finitud y limitación a lo Infinito e ilimitado. Por eso, amar es expandirse y englobar cada vez más, a más personas, aspectos, dimensiones, cosas.

Los limites del yo psicológico se ensanchan y van abarcando más y más. Se derrumban de a poco las limitaciones y la luz crece y la conexión con la esencia amorosa se hace más directa y más fácil.

Amar cuesta porque expandir los limites es derrumbar al “yo” y sus muros, sus apegos, sus falsas seguridades.

El “yo” quiere estar seguro y no quiere emprender el viaje de regreso. Se cree el dueño y se conforma con muy poco. Confunde la plenitud y el amor con posesión, seguridad, afectos, bienes, éxitos. Por eso, en realidad, nunca se conforma y quiere más y más… pero sufre porque está confundido y busca afuera lo que solo se encuentra adentro.

No hay que confundir esta expansión del amor, este romper los limites del “yo” para englobar más realidad, con la sensación o el sentimiento de amor. No podemos sentir “amor” por todos y con la misma intensidad… no es humano y no se nos pide esto.

“Amar a todos” y “amar todo” no significa “sentir” amor por todos y por todo.

Significa vivir desde la comprensión que todo es amor. En lo concreto cada uno hará su camino, un camino en el aquí y en el ahora, discerniendo y aceptando las limitaciones.

El amor incondicional es una comprensión espiritual, no es un sentimiento.

Estamos llamados a amar la totalidad y universalmente porque somos este mismo amor, pero no estamos llamados a “sentir” amor por todos (cosa además imposible) y tampoco a expresarlo y vivirlo de la misma manera, compromiso e intensidad.

 

Nos cuesta dejarnos amar. Tal vez nos cuesta más dejarnos amar que amar a los demás. Dejarse amar supone el reconocimiento de los limites, la finitud, la vulnerabilidad. El “yo” que se cree omnipotente y quiere serlo, no puede dejarse amar. No quiere dejarse amar. A menudo el amar a otros se convierte en una búsqueda peligrosa de sí mismo, donde el “yo” queda atrapado en el mismo egoísmo y la misma ceguera.

Dejarse amar es dejar que los demás, las cosas, la realidad me revele a mí mismo mi esencia amorosa y así me invite delicadamente al viaje de regreso.

 

Amar a los demás, en un movimiento sincero y auténtico, es regresar a la esencia amorosa. Dejarse amar es lo mismo.

Fundamental es la intención y la actitud interior. Es la honestidad consigo mismo.

Solo una honestidad psicológica e intelectual nos permite emprender el viaje de regreso y la expansión del amor, hacia fuera y hacia dentro.

Amar y dejarse amar entonces representan y significan la doble dimensión de la misma vida: dar y recibir. Exilio y regreso. Ir y venir. Es ley universal, ley de Dios y ley del amor. Ley que late en cada suspiro y cada instante de esta vida y este universo.

Amar y dejarse amar tienen un mismo y único objetivo: salir de la fragmentación y volver a la unidad, a lo Uno. Lo Uno es la Casa.

Se vuelve a casa a través de la fragmentación. Por eso también la fragmentación – que marca y expresa el mundo dual – es bendición. Gracias a sentirnos fragmentados y separados escuchamos el anhelo del amor y de lo Uno. Y el caminante hará la experiencia que este sentir es “solo un sentir”, el sentir que permite la vida y el manifestarse de la Luz. La realidad es que, desde esta misma Luz, desde lo Infinito, nunca existió separación. La ilusión de la separación es necesaria para nuestro existir, nuestro crear, nuestro amor.

La separación es ilusoria, la ilusión es real: ¡aquí otra paradoja esencial!

Intento aclarar más y mejor: la percepción de la separación, de estar separados de la divinidad, del cosmos, de los demás es una percepción errada o, por lo menos parcial. Ken Wilber habla del “manto sin costura del universo” y la física cuántica aclaró fehacientemente que todo es energía y hay un campo energético que une todo, como una “malla” invisible que todo une y sostiene. En esto podemos sin duda vislumbrar al Espíritu.

Cuando digo que la “ilusión es real” quiero expresar que en lo concreto de nuestra existencia y de nuestra cotidianidad vivimos como si la separación fuera real. La ilusión se hace real porque sino no podríamos vivir, ni comunicar, ni crecer, ni crear. La sabiduría de Dios nos supera por completo y está exquisitamente presente en cada detalle… ¡no podría ser de otra manera!

El proceso del vivir humano lo vivimos y experimentamos como real pero, de cierta manera, todo ya está custodiado y a salvo en el corazón de Dios.

 

El viaje de regreso es entonces un viaje desde lo Uno, en lo Uno, hacia lo Uno… atravesando la fragmentación. Por eso que, a nivel psíquico, las experiencias más extáticas y de plenitud son siempre experiencias de unidad. Cuando estamos enamorados, por ejemplo, “nos sentimos uno” con la persona amada. Normalmente esta primera percepción es superficial y necesita purificación y poder pasar a nivel más profundos. Por eso las crisis.

La experiencia de la unidad tiene que migrar de lo psíquico a lo espiritual, de lo exterior a lo interior, de lo particular a lo universal, de lo parcial a la totalidad, de las ramas a las raíces, de la apariencia a la esencia.

El movimiento del amor hacia fuera, del dejarse amar y conectar con nuestra esencia amorosa (nuestra más profunda y verdadera identidad) son un mismo y único movimiento. Los tres movimientos reflejan, para los cristianos, el dinamismo trinitario que también se revela en la percepción unitaria de las tres dimensiones de la realidad: cosmos, humanidad, divinidad.

Según las etapas de la vida un movimiento tiene prioridad sobre otro o se empieza por uno en lugar de otro. Pero siempre están presente los tres.

La conexión con nuestra esencia amorosa es la clave que nos instala en la paz y nos capacita y entusiasma para seguir creciendo, dando y recibiendo amor, dando y recibiendo luz.

 

 

jueves, 15 de marzo de 2018

Stephen Hawking: el supuesto ateísmo de un genio.





Falleció ayer a los 76 años de edad el genio moderno de la astrofísica: el británico Stephen Hawking. Muchos lo consideran el Einstein moderno y el más importante científico de la modernidad. Es también muy conocido por sus publicaciones divulgativas y por la terrible enfermedad – ELA, esclerosis lateral amiotrófica –  que lo tuvo prácticamente inmóvil durante 55 años.
Stephen Hawking es también conocido como una especie de “profeta del ateísmo”. En sus libros, conferencias y entrevistas subrayó varias veces que la existencia y le explicación del Universo no exige la existencia de Dios.

Tengo cierta simpatía por el ateísmo y los ateos. Hasta me parecen necesarios para que los creyentes no nos acurruquemos en imágenes de Dios.
Pero esencialmente los ateos me caen bien… porque no existen.
Ya tuve oportunidad de compartirlo en este blog. El ateísmo es una postura mental/racional y muy respetable por cierto.
Pero, desde la vida más allá de la mente, el ateísmo es imposible.
Es como si dijera: “yo no existo”, “yo no estoy viviendo”, “yo no soy/no estoy siendo”. Quien afirmaría eso – más allá de aconsejar una visita con un especialista – igual estaría en el ámbito mental/racional.
Stephen Hawking profesa un ateísmo de una imagen de Dios, de la cual yo mismo me profeso ateo.
En el fondo es el rechazo o la indiferencia hacia el teísmo: un Dios externo que crea el Universo e interviene desde afuera.
Es en el fondo el gran y único problema de la ciencia: el paradigma dualista (sujeto/objeto; Dios/mundo; Dios/hombre; mundo/hombre). Desde este paradigma es imposible salir del problema “Dios si”, “Dios no”. El paradigma dualista puede funcionar – y concretamente funciona – por las cuestiones prácticas de las cuales la ciencia se ocupa. Pero no funciona por las preguntas últimas y fundamentales: ser/no ser; Dios, muerte.

Solo el silencio abre la puerta de la experiencia y lo que llamamos “Dios” ya no necesita ser explicado: se vive, me vive. Es cuestión de conciencia: puerta de la conciencia de la cual solo el silencio tiene la llave.
El “Dios” que Hawking negaba estaba demasiado cerca para que lo pudiera ver: latía en su corazón y su cuerpo herido, respiraba en su débil respirar, y pensaba en su maravillosa mente.
Este es el único Dios verdadero. Este Dios no necesita ser creído, necesita ser visto y experimentado. Cuando la mente calla, Dios aparece.
La mente de los genios difícilmente calla o difícilmente cree en la revelación que el silencio proporciona. La mente generalmente gira sobre sí misma y lo que sacamos por la puerta entra por la ventana.
Solo el silencio ilumina, permanece, revela.
Cuando la mente calla, la Vida aparece: esa Vida es Dios. Esa Vida que se manifiesta en el Universo entero con sus misterios y sus leyes y en el florecer de la más humilde flor. La única y mismísima Vida. El único y mismísimo Dios.
Hawking era y continua siendo una expresión, una manifestación, una revelación de ese único Dios. El Universo y sus leyes que Hawking investigó no son distintas del florecer de una rosa y el sonreír de un niño. No son distintas de nuestras emociones y nuestro pensar, nuestras alegrías y dolores.
Este es lo asombroso que la mente humana no puede comprender. Tenía razón Hawking cuando afirmaba “la idea de Dios «no es necesaria» para explicar el origen del Universo.
Dios justamente no es una “idea” y todo dios que sea pensado es un dios inventado o una pura imagen.
Y explicar el origen del Universo tampoco quita nada a la experiencia originaria del ser: el Universo es y yo soy. Cuando la mente calla, Eso aparece.
Aparece la pura conciencia del ser – el “Yo Soy” de Jesús – detrás de la cual no nos es dado llegar. La conciencia de ser que siempre está intacta, pura, presente, gratuita. En este mismo instante – si se detiene tu mente – te podrás dar cuenta de la conciencia de ser: estás siendo. Eres. De esto a oler a Dios el paso es muy corto. El genio místico de Maestro Eckhart lo dijo así: "Si yo no existiera tampoco Dios existiría...". Silencio…

Entonces entendemos los versos del místico y poeta Angelo Silesio:
La rosa es sin porqué.
Florece porque florece.
No se cuida de sí misma.
Ni le importa si la ven.

Surge lo único necesario: la gratuidad que engendra y revela el Misterio, sin agotarlo. Misterio siempre desbordante.
Entonces ciencia y fe van de la mano y más aún: se descubren como la misma y única cosa.
Gracias Stephen por tu ejemplo, tu genialidad, tu trabajo.
Gracias Stephen por tu ateísmo.
Ya no lo necesitas: ya estás viendo el Misterio del Amor.



miércoles, 7 de marzo de 2018

Lo que hay entre tus manos...



Lo que hay entre tus manos es tu Dios.
No hay otro Dios que este.
Lo que hay entre tus manos en este momento:
tus alegrías, tu dolor, tus deseos y proyectos,
tus afectos, tus conflictos e incomprensiones.
Este es el único Dios vivo y real.
Lo otro es un Dios pensado e imaginado.
Lo que hay entre tus manos es el Dios de Jesús,
el despertar del Buda,
el Ser de los filósofos,
el Amor eterno.
No hay otro Dios afuera de este.
Y lo que hay entre tus manos en este momento
no es otra cosa que la Vida, la Vida plena y eterna
que entre tus manos, hoy, se te está regalando y manifestando.
Lo que hay entre tus manos es sagrado y profano,
perfecto e imperfecto,
totalmente pleno en su parcialidad.
Lo que hay entre tus manos es Libertad y exige libertad:
si aprietas los puños lo pierdes,
si dejas las manos abiertas el Infinito
seguirá deslizándose en ellas.
Lo que hay entre tus manos es un Amor infinito e inmenso,
es el Amor que siempre soñaste y deseaste,
es el Amor que desde siempre eres y serás.
Lo que hay entre tus manos en este preciso momento,
te está respirando y sonriendo,
te sostiene y te vive.
Este es tu Dios, están son tus manos.
Este es nuestro Dios, el único Dios real.
Lo único que existe y está justo ahí: en tus manos. Nuestras manos.

jueves, 8 de febrero de 2018

La oración hoy: ¿qué significa orar? ¿Cómo hacerlo?


La oración, esta experiencia típicamente humana, evoluciona. Como todo. Vamos penetrando cada vez más en el misterio de la oración y comprendemos cada vez mejor lo que es y lo que significa.

La oración y la manera - o las maneras – de orar tienen estricta vinculación con la imagen o experiencia de Dios que tenemos.
Más radical aún yo creo: la oración surge y fluye directamente desde nuestra experiencia de Dios y lo Trascendente.
Y puede surgir esplendida y diamantina o apesadumbrada y triste, creativa y fresca o aburrida y rutinaria.

Dime quien es tu Dios y te diré como rezas.

La visión mística – no dual – de la realidad sugiere y se ancla en unos puntos claves. Los nombramos simplemente para después pasar a analizar su repercusión en la oración.

1)   Dios y la realidad no son dos dimensiones distintas. No hay separación. Dios, a la vez, se manifiesta en la realidad y la trasciende.
2)   La profunda unidad de lo real. Todo lo que vemos y experimentamos es manifestación y revelación de lo Uno que todo abarca y en todo se expresa.
3)   El Ser siempre es y siempre está a salvo. Esto significa, entre otras cosas, que Paz y Calma son verdaderos nombres de Dios.
4)   Nuestra auténtica identidad divino-humana radica más allá del pensamiento y cualquier cosa que puede ser pensada. Más allá también de toda forma pasajera, exterior o interior. Nuestra identidad hunde sus raíces en el mismo Ser, más allá de su manifestación temporal.
Somos: lo demás pasa y, en cierto sentido, sobra. Jesús lo expresó diciendo: “Yo Soy” (Jn 8, 58). Eso que dice: “Yo Soy” en Jesús, no es su “yo” individual, sino el mismo y único Ser que en Jesús se manifiesta y revela. El mismo y único Ser que en cada uno de nosotros dice, cuando callamos: “Yo Soy”.
5)   El silencio. Para conectar con nuestra identidad y con esta experiencia mística de Dios, el silencio es absolutamente necesario. Los procesos mentales, aprovechados por el ego, siempre nos llevarán afuera del camino.

Subrayo, como ya hice otras veces, que estos puntos “espirituales” concuerdan y se armonizan de manera maravillosa con la visión científica actual y con los distintos campos del saber.

A partir de esos puntos claves de la experiencia de Dios/Ser en este cambio de paradigma y en este momento evolutivo nos preguntamos: ¿cómo esta visión y experiencia afectan a la oración y a nuestra manera de rezar?


1)   Orar es agradecer
La oración de petición (pedir, pedir, pedir…) que tuvo gran importancia y centralidad en la espiritualidad de los siglos pasados, cede el paso a la oración de agradecimiento.
Cuando caemos en la cuenta de la Presencia desbordante de Dios, ¿quedan espacio y lugar para el pedir?
La visión mística nos lleva a experimentar a Dios en la vida, en todo lo que vivimos y sentimos. Todo se transforma en experiencia de Dios y por ende, experiencia de plenitud y de amor.
También las normales y a veces necesarias experiencias de dolor o de los límites asumen otro matiz y otro color. Se transforman, principalmente, en aprendizaje y crecimiento.

Entonces la oración se convierte, esencialmente, en agradecimiento. En todo descubrimos la vida y la belleza y solo queda espacio para cantar agradecidos.

La oración de petición puede ser vivida y comprendida desde nuestra necesidad psicológica de expresar el dolor o los deseos.
Pero en realidad, si el momento presente está preñado de Dios, ¿qué puede faltar?
A la plenitud no falta nada y por eso no hay nada que pedir ni nada que desear en sentido estricto.
Cuando esto lo tenemos claro a nivel espiritual, a nivel de nuestra identidad más honda, entonces podremos también vivir en ciertos momentos esta forma de orar. Pediremos y expresaremos “a Dios” nuestros dolores y deseos, sabiendo que nos hace bien a nosotros expresarlo, pero que, en el fondo, no es necesario y todo está bien.
Si no comprendemos así la oración de petición caemos en una imagen de Dios hasta ridícula, perversa y para nada cristiana: ¿por qué Dios escucha a unos y otros no? ¿Sana a unos y otros no?
¡Qué Dios tan extraño e injusto es ese! En realidad un dios creado por nuestras necesidades y nuestros miedos…
Por no decir de cuando se pide para que gane nuestro cuadro de fútbol, para ganar la lotería o cosas por el estilo…

Desde la oración de agradecimiento podemos entonces redescubrir la Eucaristía: acción de gracias, justamente.
Acción de gracias que parte de la vida y lleva a la vida.
Acción de gracias que concentra la vida, la santifica, la redistribuye.

2)  Orar es ser
Orar entonces significa simple y maravillosamente ser.
La oración con palabras deja lugar al ser. Enraizados en el Ser que nos hace ser, enraizados en el Ser que somos, ¿hay necesidad de palabras?
Sin duda que no. Ser se transforma en la oración más linda y sencilla.
Ser es pura vida, vivir en plenitud todo lo que la Vida/Dios nos presente en el aquí y ahora. Las palabras entonces sobran.
También en este caso vale lo que se dijo arriba. En ocasiones podemos usar las palabras, sabiendo que nos hace bien a nosotros, que sirven para comunicarnos con los demás, pero que no mejoran nuestra relación con Dios.
Porque la relación con Dios es inmejorable. Somos relación con Dios, perfecta en cada instante y a menudo, inconsciente.
Nuestra pura existencia es relación viva con Dios. Vivimos y existimos porque somos en Dios.
Entonces, otra vez, basta ser. Vivir desde el centro, vivir desde la raíz.
Usaremos las palabras como un don, cuando sean necesarias, para comunicar y sobre todo para crear y para cantar.
Palabras como expresión de creación. Palabras para decir el amor.

3)  Orar es estar atentos
En sentido más practico entonces la oración se convierte en atención.
En este aspecto es donde podemos ver la parte de esfuerzo que supone la oración y el camino espiritual. Estar atentos. Estar atentos requiere esfuerzo, no en el sentido de la fuerza de voluntad para lograr algo, pero si en el sentido de una tensión interna justa que nos permite descubrir y valorar cada momento, como un momento de Vida plena.
Como una cuerda de violín o de guitarra afinada (en la tensión correcta) que suelta la nota justa.
Estar atentos es estar en el nivel correcto de tensión – distinto para cada uno – que nos alinea con la vida expresándose en el momento presente.
Entonces todo se transforma en oración, porque en todo momento estoy permitiendo a la Vida que se exprese conscientemente a través de mí.
Estoy siendo conscientemente y el canto del ser consciente es el canto que conmueve al Universo y la más pura oración.

4)  Orar es contemplar en silencio
La oración, a partir de lo dicho hasta ahora, se convierte en contemplación silenciosa. Asombrados por la maravilla de la vida no nos queda que contemplar.
En realidad esto lo hacemos espontáneamente en los acontecimientos que definen nuestra humanidad y nos atrapaban emotivamente. Por ejemplo en el nacimiento de un bebé, frente a un moribundo, mirando a un ser que amamos mientras duerme, contemplando algo de la naturaleza: no hay palabras, solo contemplamos en silencio.
Esta capacidad innata de contemplar se puede entrenar, es necesario entrenarla. Para que se transforme en un habito y podamos vivir de contemplación en contemplación, cada día, cada instante, en cada detalle.
El silencio se transforma en perfecta oración: puro ser, pura disponibilidad, pura escucha. En las profundidades del silencio aprendemos a escuchar y a dejar que Dios hable en nuestra vida. Nos volvemos, como el Cristo, Palabra de Dios.
Orar es ser silencio y vivir desde el silencio.

A partir de estos 4 puntos que definen lo que – a mi modo de ver y a partir de mi experiencia – es la oración que surge de la vivencia mística de Dios en la realidad y de la realidad en Dios, podemos reinterpretar las formas tradicionales de oración de cada espiritualidad o religión.
No todo hay que dejar, no todo hay que mantener.
Esta podría ser la tarea: discernir lo esencial en cada forma de oración y reinterpretarlo para el hoy, para que sea una propuesta viva y vivificante para la gente hoy, para que abra las puertas a una experiencia auténtica de lo trascendente. Hoy y aquí.

En ámbito cristiano podemos sin duda reflexionar, releer y reinterpretar toda la práctica sacramental de la iglesia, las devociones y la liturgia de las horas.

Unos puntos para trabajar a mi entender son:
-      purificar los sacramentos de todo lo mágico que los rodea.
-      conectar lo sacramental más estrechamente y simbólicamente con la vida real y cotidiana.
-      actualizar el lenguaje y los gestos.
-      enfocarse en la interioridad que da sentido y valor al culto externo y priorizar la interioridad sobre la exterioridad.
-      reducir drásticamente el palabrerío y volver a la Palabra.
-      buscar nuevas formas de oración en común que se centren en la dimensión contemplativa.


Etiquetas