domingo, 19 de marzo de 2017

Juan 4, 5-26




El tercer domingo de cuaresma nos regala una de las joyas del evangelio: el texto del encuentro de Jesús con la samaritana alrededor del pozo de Jacob.
Juan es un maestro escribiendo: el relato está tejido admirablemente entre el nivel literal y el simbólico. La mujer es también el pueblo de Samaria, la sed física es también la sed de plenitud y al agua no solo es agua sino la Vida plena que Dios nos ofrece.
La sed expresa muy bien el anhelo de infinito del corazón humano. La samaritana como todo ser humano desea la vida plena, la paz definitiva, el amor absoluto.

El primer paso es tomar contacto con ese deseo. No es fácil como puede aparentar. Nuestra amiga samaritana justamente no entiende donde el Maestro la quiere llevar: “Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? (Jn 4, 11). El deseo de infinito que nace con cada uno de nosotros es distorsionado, desconocido y mal interpretado por nuestro ego. Entonces se disfraza y se trasforman en “los deseos”: placer, materialismo, éxito. Ahí se aferra y nos atrapa la maldición consumista. Se aferra a la ilusión que colmando los deseos se apagará nuestra sed. Terrible ilusión que tenemos delante de los ojos cada día: colmado un deseo vuelve la sensación de vacío…y surge otro deseo y otro y otro…Caemos en un circulo vicioso y nunca encontramos paz.

Todos los deseos en realidad esconden el único verdadero deseo: vida plena, amor eterno. En este sentido juegan un rol importante, pero hay que estar atentos.
Reconocer esta dinámica es fundamental. Reconocer mi sed de eternidad y vida plena me lleva a caminar y buscar, aunque sea en la oscuridad, como recuerda San Juan de la Cruz: “de noche iremos, de noche que para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra”.
Según los místicos nuestra sed de infinito es la prueba más incontestable de la existencia de la fuente. Atendiendo a la sed se llega a la fuente: se puede dar por cierto.

El agua viva que Jesús ofrece a la samaritana y a cada uno es el descubrimiento de nuestra autentica identidad. “Si conocieras el don de Dios…”: el agua viva es lo que somos, nuestra identidad eterna, nuestra unidad con la divinidad. Jesús revela el hombre al hombre. Nos descubre a nosotros mismos. ¡Esto es ser Maestro!
Si conocieras el don de Dios…”, “Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. (Jn 4, 23-24).
La iglesia tuvo y tiene miedo de estas palabras que el evangelio de Juan nos regala. La sombra gris del gnosticismo (salvarse a través del conocimiento) no deja de preocupar. Es la angustia de creer que el camino del conocimiento reemplace la necesidad del Salvador Jesucristo. Este miedo absurdo esconde la ilusión de la separación: Dios por una lado, humanidad por otro y mundo por otro. Hasta que vivamos en la creencia de la separación no podremos escapar de este miedo y buscaremos una salvación que venga solo del exterior. La realidad es una: conocimiento y Salvador coinciden, no hay oposición. Son distintas dimensiones de lo real. Conocer y conocerse coincidirá con descubrir que solo hay salvación, aquí y ahora.
Desde ahí podremos comprender que templos, iglesias y religiones son aspectos relativos e históricos de la manifestación de esta misma realidad: lo Absoluto – el Espíritu – trasciende todo eso. Asume, se expresa y trasciende.

Jesús conduce de la mano a la samaritana y a cada uno a palpar el agua viva: ¡Qué Maestro Jesús! Puede hacer todo eso porque se descubrió a si mismo. Descubrió el don que es, su identidad con el Padre: “El padre y yo somos uno”, “Yo soy”. Esta es la identidad de Jesús, está es la nuestra: Agua viva. Agua viva que justamente brota desde adentro, como fuente perenne: El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna”. (Jn 4, 13-14)
Lo mismo que Juan nos contará en el capitulo 7: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: De su seno brotarán manantiales de agua viva. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él.” (Jn 7, 37-39).
Entonces sorpresivamente y admirablemente sed y fuente coinciden, como coinciden camino y meta.
La búsqueda se concluye en el descubrimiento del don. Es lo que dicen todos los caminos místicos de todas las tradiciones de la humanidad y todas las religiones: en el fondo no hay nada que buscar, porque todo está ya plenamente dado y plenamente presente. Aquí y ahora la plenitud se manifiesta. La búsqueda – la sed – es simple y terriblemente una experiencia psicológica e histórica necesaria para este descubrimiento. Pero, en realidad, no hay nada que buscar.
Como dice Rumi: “Lo que buscas, te está buscando”. Detente, déjate encontrar.
Porque no hay nada afuera de Dios, nada que no sea manifestación del Amor.
La fuente está ahí: eres tu. Tu sed te quiere llevar a este sencillo y asombroso descubrimiento.


viernes, 17 de marzo de 2017

¿Felicidad de 4 segundos?





Tal vez la única pregunta sensata es la siguiente: ¿Se puede ser feliz cuando cada 4 segundos en el mundo muere un niño por desnutrición o enfermedad curable?
El sitio internet www.globalissues.org (en inglés) se ocupa de los problemas mundiales que afectan a todos. Y nos recuerda cada día esta silenciosa matanza: mueren cada día alrededor de 21.000 niños.

Reitero la pregunta: ¿Se puede ser feliz cuando cada 4 segundos en el mundo muere un niño por desnutrición o enfermedad curable?

Es la única pregunta sensata porque nos enfrenta a la persistente paradoja de la vida: el infinito anhelo de felicidad del corazón humano y la experiencia a menudo terrible del mal y del dolor.
¿Tengo derecho a la felicidad cuando tantos seres humanos como yo sufren las terribles consecuencias del egoísmo y la codicia de otros tantos seres humanos también como yo?
Obviamente estamos hablando del dolor fruto del egoísmo humano y no del dolor “normal” típico de nuestra condición humana.

En mi experiencia en realidad es una pregunta que no tiene respuesta definitiva. Es una pregunta que tendría que quedar siempre ahí, pegada en la heladera, con caracteres grandes.
No para angustiarnos, sino para cuestionar nuestras comodidades, nuestras quejas, nuestras distorsionadas ideas de felicidad.
¿Puedo ser feliz cuando un niño muere cada 4 segundos por la codicia humana?
Puedo y debo si. A dos condiciones: soportar la angustia de la pregunta y saber morir con cada niño que muere.
Puedo y debo ser feliz: estamos hechos para eso. El corazón humano está hecho para la plenitud de vida. Ser feliz, vivir desde la paz que somos, es también la mejor manera para ofrecer luz al mundo y poder transformar las situaciones de dolor.
“Debo” ser feliz justamente para que todos lo sean. Enfrentar mis miedos y mi dolor es la manera más efectiva para ayudar a los demás.

Podemos leer así también la opción de Jesús por los pobres que fue tomada con radicalidad por la teología de la liberación latinoamericana: optar por los pobres y estar cerca de los pobres no significa amar la pobreza y engendrar más pobres, sino justamente lo opuesto: optamos por los pobres para que haya menos y para crecer en justicia, solidaridad y dignidad.

El primero de los cuatro votos del budismo afirma: “Por numerosos que sean los seres sensibles hago el voto de salvarlos a todos.” Es la universalidad característica suprema del Amor, característica que marca también el camino cristiano. El Amor no conoce parcialidad. Mi liberación del sufrimiento es la liberación de todos los seres.
En el camino de crecimiento debería llegar un punto donde mi individualidad se funde con la universalidad: percibo la unidad que sostiene y engendra lo distinto. Me percibo UNO con todo y desde el Amor que soy y somos puedo morir con cada niño, sin dejar de percibir ese mismo y único Amor.
Ahí percibo que liberarme de sufrimiento inútil es liberar a todos los seres de ese mismo sufrimiento y que descubrir mi autentica naturaleza – el amor dicho cristianamente – es un paso decisivo para que todos los seres vivientes lo descubran.
Así que, cuando mi experiencia de felicidad y de paz no excluye, sino incluye al Universo, es legitima, necesaria y colabora misteriosamente para que todos los seres vivos puedan disfrutar desde ya la plenitud anhelada.

Podemos comprender todo eso desde otra perspectiva: todo sufrimiento inútil está provocado por el egoísmo humano y ese mismo egoísmo es fruto de la ignorancia de nuestro ser: amor pleno y eterno. Desde ahí resulta evidente que descubrir y vivirse a partir de lo que somos es lo único necesario para salir del egoísmo, lo mejor que pueda hacer para la felicidad de todos.

Es el motor de transformación más poderoso.



domingo, 12 de marzo de 2017

Mateo 17, 1-9




En este segundo domingo de cuaresma la liturgia nos ofrece el famoso texto de la transfiguración de Jesús en la versión de Mateo. También la encontramos en el evangelio de Marcos (9, 2-9) y Lucas (9, 28-36). Experiencia importante entonces, subrayada por los tres evangelios sinópticos.

El texto de Mateo se inspira muy probablemente a Éxodo 24 donde se relata la subida al Sinaí de Moisés con sus tres compañeros (Aarón, Nadab, Abihú). Los elementos comunes son muchos: montaña, nube, tres compañeros, experiencia profunda de Dios. Sin duda Mateo, como es su costumbre, quiere mostrarnos en Jesús al nuevo Moisés.

Llegar al núcleo histórico de esta experiencia de Jesús con Pedro, Santiago y Juan  resulta imposible: son demasiados los elementos simbólicos y catequéticos. Tampoco es lo esencial.
Los evangelios no son un libro de historia, sino un compartir de una experiencia.
Experiencia que podemos y debemos leer en el aquí y ahora de nuestras existencias.

La transfiguración: personalmente me gusta creer que en realidad no fue un cambio externo de Jesús, sino un cambio de visión de sus íntimos amigos: su mente se calmó y su visión se aclaró: vieron la luz interior de Jesús, su esencia, su unidad con el Padre.

¿Por qué Jesús era un hombre transfigurado?
¿Qué quiere expresar la transfiguración?

Jesús era un hombre transfigurado porque vivía plenamente desde su autentica identidad: Dios. En él humanidad y divinidad estaban en perfecta armonía. Su humanidad trasudaba divinidad. Jesús era tan humano, pero tan humano, pero tan humano que simple y maravillosamente transparentaba a Dios. Como dijo bellamente Leonardo Boff: “tan humano, solo Dios”. Con Jesús se terminó de una vez para siempre la ilusoria y terrible separación entre humano y divino, entre hombre y Dios. Humanidad y divinidad son las dos caras de una misma realidad.
Experimentar la transfiguración es darse cuenta de eso, así de simple. Así de fundamental.
Lo que Jesús es todos lo somos. Simplemente él se dio cuenta y nosotros no. A ver si despertamos… Todos somos personas transfiguradas, pero no lo sabemos.
Tal vez demasiada luz y no logramos ver. El ser humano a menudo no soporta la luz: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1, 5)
Como dice Franz Kafka: “Jesús es un abismo de luz. Hay que cerrar los ojos para no despeñarse”. En algún momento habrá que soportar la luz…

Un pensamiento angustioso podría sobrevenir: ¿qué tendríamos que hacer para sentirnos transfigurados?
La mente siempre la quiere complicar. En realidad todo es mucho más simple de lo que creemos.
Para percibirnos como seres transfigurados alcanza con vivir en plenitud nuestra humanidad. Como el Maestro.
La plenitud humana revela y expresa la plenitud divina, ni más ni menos.
Desarrollar nuestra humanidad y a la vez aceptar lo limites de nuestra condición humana es el camino, el único camino para descubrir los seres transfigurados que ya somos.

Tal vez el gran problema actual – el único problema serio – es que ya no sabemos que significa ser humano. El hombre deambula perdido entre bestialidad y deseos angelicales y se pierde lo único real: su humanidad.
Aprender una y otra vez a ser humanos: ahí el desafío.
Jesús es uno de los mejores iconos de lo que significa ser plenamente humano: autenticidad, libertad, compasión son los rasgos que definen su existencia.

Ejercitarse en eso es aprender a ser humanos. Practicar la compasión, vivir desapegados en profunda libertad, ser auténticos: ahí el camino de humanización que, simultáneamente, es camino de divinización. Camino sin origen y sin meta. Camino desde ya transfigurado.









domingo, 5 de marzo de 2017

Mateo 4, 1-11





Hoy la iglesia, después del pasado miércoles de ceniza, celebra el primer domingo de cuaresma. Al comenzar el camino que nos lleva a la Pascua siempre se nos presenta el texto de las tentaciones de Jesús.

Sin duda – más que un hecho histórico – es una catequesis que hunde sus raíces en la experiencia del éxodo de Israel.
Jesús estaba solo en el desierto, así que nadie fue testigo de lo que ocurrió. Tal vez el Maestro compartió algo de su experiencia. Tal vez. En estas cosas era bastante reservado el Maestro.

Jesús solo en el desierto: el desierto es justamente uno de los elementos centrales de nuestro texto y de todo el camino cuaresmal. La poderosa imagen del desierto evoca muchas y fundamentales dimensiones: la soledad, la lucha, la muerte, el silencio, la sed.

El evangelio parecería sugerir que sin pasar por el desierto no hay crecimiento y no hay novedad de vida. El Espírito llevó a Jesús al desierto y Jesús se dejó llevar.
¿y tu? ¿y nosotros? ¿Nos dejamos conducir al desierto?
La vida con su sabiduría nos conduce, nos quiere conducir al desierto. Las pequeñas y grandes dificultades, los momentos de soledad, muerte, sed… son nuestro desierto cotidiano. Lo que nos pasa – al contrario de Jesús – es que, en cuanto andamos los primeros pasos desierto adentro, nos invade el miedo y regresamos como pollitos mojados a nuestras superficiales seguridades. Así no funciona, así no crecemos.

El desierto es esencial, es una etapa central en nuestra experiencia humana. En el desierto se nos revelan los secretos de la vida, las motivaciones ocultas de nuestro actuar, las heridas todavía sangrantes, el egoísmo siempre presente. En el desierto nos conocemos y conocemos a Dios.
Las tentaciones de Jesús que Mateo nos presenta son paradigmáticas de la condición humana, es decir, hacen parte de nuestra humanidad más allá del tiempo y la cultura.

Lo que activa las tentaciones es siempre el hambre: nuestra hambre de ser, de felicidad, de vida plena. La sensación de tener hambre y el anhelo de plenitud del corazón humano despiertan las fuerzas ocultas y una búsqueda constante y a menudo terrible por encontrar el objeto de nuestro anhelo.
Las tentaciones expresan las tres dimensiones del ego de todo ser humano: el tener, el aparentar, el dominar. Es la triple tentación del dinero, de la imagen y del poder.
Curiosamente e irónicamente reflejan cándidamente la situación del hombre y la sociedad moderna. Una sociedad en muchos aspectos enferma y esclava del dinero, de la fama y del poder.
Cada ser humano, cada cultura y cada sociedad – si quieren crecer –  tienen que reconocer y enfrentar la triple tentación. Solo el desierto es liberador. La historia de Israel es – otra vez – paradigmática: el pueblo llega a la libertad solo después de la experiencia purificadora del desierto.

Es necesario el desierto, es una bendición. Por cuanto duro pueda ser.
¡No nos escapemos entonces! Adentrémonos voluntariamente, sin mirar atrás. Miramos de frente al desierto de nuestro corazón: miedos, heridas, dolor.
Simplemente no escapando, simplemente estando, el desierto es curativo.

Porque en el fondo también el desierto es el lugar de Dios: “se acercaron los ángeles y le servían” (Mt 4, 11).
Tal vez – paradójicamente – el lugar más hermoso, más íntimo.
Solo para enamorados:
Por eso, yo la seduciré,
la llevaré al desierto
y le hablaré a su corazón” (Os 2, 16).


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