domingo, 4 de diciembre de 2016

Mateo 3, 1-12




Ya estamos, casi sin darnos cuenta, en el segundo domingo de Adviento. Sería bueno hacer una pausa en nuestra rutina diaria para ir preparándonos interiormente al Gran Misterio cristiano: la encarnación. La Navidad. Dios hecho hombre, hecho humanidad.

El texto de hoy propone a nuestra reflexión la figura de Juan Bautista, el “precursor”. Juan prepara la venida del Mesías y esta en el fondo es la vocación de cada cristiano: crear las condiciones externas e internas para que cada ser humano que entra en contacto con nosotros sienta la Presencia de Dios y se abra al Dios que está aconteciendo justo ahora.

Quisiera subrayar dos aspectos del texto de hoy.

En primer lugar el tono amenazador del Bautista. Obviamente hay que ubicar la amenaza en el contexto histórico y en la vida concreta del Bautista. Hoy en día no tiene cabida ni sentido.
Comparto plenamente las palabras de Enrique Martínez sobre el tema:

La amenaza suele ser un arma que utiliza el poder para imponerse. Puede nacer también como proyección de sentimientos escondidos de la persona que la ejerce. No es extraño, por ejemplo, que personas religiosas amenacen en nombre de Dios y que lo hagan, incluso, de buena fe, sin ser conscientes de que tal amenaza es fruto de su proyección y que, a través de ella, sale fuera su propio enfado, juicio o resentimiento. Por todo ello, parece adecuado afirmar que la amenaza es hija del poder, de la ignorancia y de problemas personales no resueltos”.

Aprovechemos este tiempo para estar más atentos a lo que nos ocurre adentro: cuando nos sale algún juicio, alguna condena, alguna amenaza (aunque no expresadas) el problema no es de los demás, es nuestro.

El segundo aspecto lo saco de un versículo de nuestro texto que me pareció sumamente interesante e iluminador.
…no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Mt 3, 9).
Es el gran riesgo de la tradición y la exterioridad: perdemos en autenticidad. Perdiendo en autenticidad perdemos la esencia.
Uno de los rasgos del Bautista es justamente la autenticidad. La autenticidad como fidelidad a sí mismo y a su conciencia. Las mismas fidelidad y autenticidad que le costaron la vida.
En esta sociedad globalizada, consumista y superficial se está acabando una religión basada exclusivamente en la tradición y la exterioridad de ritos y moral.

La crisis de la iglesia es la crisis de una religión que perdió contacto con sus raíces, con la experiencia viva.
Hay una manera sana y constructiva de comprender y vivir la tradición; tradición que tanta importancia reviste en la iglesia católica.
Esta manera sana, la única tal vez, es la de entrar en la misma experiencia de los orígenes. Es el camino de la espiritualidad: entrar con todo nuestro ser en la misma experiencia del Maestro de Nazaret.
En la fe no podemos vivir de renta. La Vida nunca vive de renta porque la vida se renueva cada día, cada instante. Y esta Vida – Dios – no se deja embretar.
Dios saca hijos de las piedras”: ¡maravilloso!

La Vida no se detiene frente a nuestras posturas rígidas, exteriores y superficiales. En general las personas que hoy en día se plantean un camino espiritual, buscan autenticidad y experiencia viva. No se conforman con simples formas exteriores que tranquilizan la conciencia. Este, sin duda, es uno de los grandes logros y pasos de la humanidad. Desde ahí podemos comprender las distintas e infinitas búsquedas de muchas personas. Si como iglesia no sabemos proponer hoy en día un camino espiritual autentico y vivo nos iremos apagando cada vez más y Dios engendrará vida por otro lado.

La Vida sigue generando experiencia auténticas de Dios para quien está abierto y atento.
Estas actitudes nos pide al Adviento: apertura y atención.
Apertura y atención que nos llevarán de la mano a ser auténticos. Otra vez: probar para creer.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Fidel y el Chapecoense




En estos últimos días hemos vividos acontecimientos de muertes que tomaron y toman mucho espacio en la prensa y en los comentarios entre vecinos.

Es paradójico que por un lado la sociedad huye de la muerte y generalmente viva la muerte como una tragedia y por el otro se le da tanta repercusión.

Murió Fidel Castro: un hombre de 90 años. Normal.
Murieron varios jugadores del equipo de futbol del Chapecoense en un accidente aéreo: también bastante normal. Aunque cueste reconocerlo. Entre los miles de vuelos diarios alrededor del mundo un accidente cada tanto entra en la normalidad: la normalidad de la imperfección y los limites de nuestra condición humana. Entre paréntesis las estadísticas sugieren que el avión es el medio de transporte más seguro.

Todo esto obviamente no quita el inmenso dolor y el deber de la responsabilidad para que se puedan evitar los accidentes y el índice de riesgo baje siempre más.
Duele la muerte y duele por los que quedan: parientes, amigos, hinchas en este caso. Los que mueren en realidad vuelven a Casa, a disfrutar de la plenitud de la Vida y del Amor. Despiertan a la Vida.

Entre Fidel y las víctimas del accidente aéreo participo más hondamente del dolor de los parientes y amigos de estas últimas. Gente joven, con proyectos y vida por construir. Familias destrozadas y gente que quedó sola. Hay que recomenzar.
Fidel terminó el normal peregrinar humano: no hay mucho que agregar.

Lo que no comparto en los dos casos es idolatrar. Se idolatra y crean héroes, donde simple y maravillosamente hay seres humanos. Con sus dones, sus aciertos, sus errores, sus limites.
Nos encantan a los seres humanos inventarnos héroes. Nos encanta idolatrar gente. El fútbol justamente es una evidente y terrible muestra.

El pueblo de Dios en el desierto cuando no esperaba más el regreso de Moisés se inventó un ídolo: el becerro de oro.
Estamos en otros tiempos y otros desiertos y seguimos construyendo ídolos y separando gente.

Fidel – lo constatamos claramente ahora – dividió el mundo en dos: o se ama o se odia. O se idolatra o se rechaza en bloque.
Fanatismo de los dos lados y actitud sumamente inmadura. Y el fanatismo, que casi siempre deriva de una ideología, no nos hace ver bien. No creo en ideologías. Las ideologías han creado más sufrimientos que consuelos, más muertes que paz, más división que unidad. Por la ideas la humanidad ha matado, torturado, exiliado.

Creo en el ser humano y en la realidad así como es y creo en el amor que solo puede transformar.
Hicieron héroes a simples seres humanos y jugadores de fútbol porque murieron en un accidente aéreo: una falta de respeto.

¿Por qué entonces no idolatrar y hacer héroes a todas las víctimas de los accidentes de transito?
¿Y las víctimas de la interminable guerra de Siria?
No seamos hipócritas.
¿Acaso no vale igual la vida y la muerte del refugiado que se ahoga en el mar intentando escapar de la locura humana?

Lindo el gesto del Atlético Nacional que propuso nombrar al Chapecoense campeón de la suramericana. Comprensible pero dictado únicamente por la emotividad: las copas se ganan en las canchas y punto. No es digno ganarla porque se murió. Falta de respeto a la vida y a la muerte.

Nos creamos ídolos y necesitamos héroes porque desconocemos nuestra esencia. Desconocemos la plenitud que somos y ya que la anhelamos con todo nuestro ser, la idealizamos afuera de nosotros.

¿Por qué no nos alcanza simplemente ser?

Simplemente ser, extraordinariamente ser. En la extraordinaria normalidad: se nace, se vive, se ama, se sufre, se muere. Esta es Vida pura. No precisamos idolatrar ni precisamos héroes.
Ser simples seres humanos: este es el camino. Tan normal y tan sencillo que no lo vemos. Y construimos ideologías y nos inventamos héroes para tapar nuestros miedos y escaparle a la muerte.  

No quiero ser héroe, no es digno de la vocación humana.
Dejadme simplemente ser. Porque solo el ser abre a la esencialidad y la plenitud.

Tenemos que volver a amigarnos con la muerte, muerte que siempre anda a la vuelta de la esquina: que te llames Fidel y seas viejo o que juegues al fútbol y seas joven.
Solo una sana amistad con la muerte nos devolverá la sabiduría del vivir y la plena dignidad humana.


El Amor no necesita ídolos ni héroes. Necesita, simplemente, ser.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Mateo 24, 37-44



Empezamos hoy el Adviento y con eso empezamos también el año litúrgico. “Adviento”: celebramos el Viniente; ¡Dios siempre está viniendo! Año litúrgico: entrar otra vez y con más profundidad en el Misterio de Cristo. Misterio de Cristo que es nuestro Misterio y el Misterio del Universo. Hay un único Gran Misterio: Vida y Amor desbordantes manifestándose aquí y ahora. Misterio justamente por eso: demasiada luz para nuestra capacidad de ver.

El texto evangélico de este domingo no es de fácil interpretación. Quisiera compartir dos breves pautas de reflexión. Empiezo por la más sencilla.

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24, 44). Así se concluye el texto. Es la invitación clásica y repetida del tiempo de Adviento: ¡estén preparados! ¡Vigilen!
A menudo se interpretó en sentido negativo y amenazador, sin duda a partir de una visión de Dios como Alguien separado pronto para juzgarnos.
Una visión mística de la realidad supone otra y más fecunda comprensión de la vigilancia y del “estar preparados”. “Vigilancia” y “estar preparados” los podemos sintetizar en otra hermosa palabra: atención. Estar atentos no supone miedo ni amenazas. Supone y genera conciencia. Estar atentos es la clave de la vida espiritual, porque nos pone en el Centro: aquí y ahora. La atención nos despierta a la Presencia de Dios. Dios está aconteciendo aquí y ahora: justo el mensaje del Adviento. ¡Maravilloso!

Enigmática es la otra expresión: “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada” (Mt 24, 40-41).

¿Qué quiere decir? ¿Cómo interpretarlo?

Hay que salir de las interpretaciones superficiales y moralistas que no nos conducen muy lejos y a menudo solo llevan a la frustración.
Interpretaciones que afirmarían que en el día de la venida del Señor – día del juicio – los “malos” serán dejados y los “buenos” llevados al cielo.

¿Qué es esto de “dejar” o “llevar” a dos personas que están en la misma situación?

Estos versículos apuntan a algo mucho más profundo y humanizante que podemos empezar a comprender solo saliendo del pensamiento. Nuestra mente es profundamente dual e interpreta todo en clave de opuestos. Para centrarnos en nuestros oscuros versículos: bien y mal, antes y después, dejar y llevar. La mente, para conocer, fragmenta.

La autentica experiencia espiritual es unificadora y nos hace trascender las categorías mentales. El camino espiritual reconduce a la unidad lo que la mente fragmentó.

La realidad es Una y simple y maravillosamente se expresa. Es esta expresión que la mente capta de manera dual. Callada la mente y el pensamiento, desde el silencio radical, lo Uno nos aferra y enamora. Desde lo Uno nos vamos dando cuenta que no importa tanto la situación y las coordenadas concretas. Hay algo más. Hay algo más allá del bien y del mal y más allá de toda dualidad.

Continuamente lo estamos experimentando pero sin ser conscientes: bien y mal conviven en nosotros. Todo convive en perfecta y profunda unidad.

El tiempo es pleno. Dios es ahora. Desde esta plenitud que somos a veces experimentamos que nos dejan y otras que nos llevan. Otras veces experimentamos el bien y otras el mal. Experimentamos también el tiempo: antes y después.
La clave está en comprender que no somos “objetos” de una experiencia ni “sujetos” individuales sino que, desde lo Uno que somos, experimentamos la plenitud de la vida en cada momento presente.
Somos Vida que se manifiesta en infinitas formas.

Aplicado a nuestro texto: siendo Uno con el Señor que ahora y aquí está aconteciendo experimentamos la vida en toda su amplitud.
En el fondo es cuestión de actitud y de atención: ¿desde donde vivo y contemplo la vida?

Si vivo simplemente desde los acontecimientos experimentaré una constante fragmentación, típica de la mente y me perderé en los acontecimientos mismos. Si vivo desde lo Uno experimentaré los acontecimientos transitorios y a veces contradictorios de la vida como manifestación de lo mismo: me encontraré a mi mismo, a Dios y a los demás.

En realidad “dejar y llevar” son las dos caras de lo mismo. La mente no lo comprende, el corazón si. La vida se vive y solo desde la unidad con ella se comprende.

Dejémonos aferrar por el Misterio de la Vida, por el Dios que acontece en este instante.
Dejémonos enamorar por el silencio que solo transforma y nos conduce paulatinamente en el Centro.
Un Centro que es Quietud y Paz y que se manifiesta en tu vida así como es: aquí y ahora. Reconocerlo es el comienzo de la transformación en lo que ya eres.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Desenterrar la belleza




Hace varios años leí un estudio realizado en un barrio pobre de Londres. Seleccionaron dos calles paralelas, situadas a un kilómetro y medio de distancia, ambas en una situación de pobreza similar y con problemas comunes, que incluían un alto grado de delincuencia. Sin el conocimiento de los vecinos, se decidió en secreto que una de las calles se limpiaría cada día. Se recogía la basura, se limpiaban las pintadas de las paredes, se replantaban y regaban las flores en los canteros, se reparaban y pintaban las farolas y señales deterioradas. Públicamente no se comentó nada sobre estas actividades de limpieza y embellecimiento extras. Al cabo de un año, sin embargo, se compararon las calles. Las estadísticas demostraron una reducción de casi un 50 por ciento de la delincuencia en la calle que se había limpiado y cuidado

Jack Kornfield

Esta simple experiencia que nos comparte este maestro norteamericano de meditación me gustó mucho y nos sugiere algo tan sencillo como profundo: la belleza sana.

La humanidad lo sabe desde siempre. Los testimonios y las experiencias son infinitas y hermosas. En nuestra sociedad lo hemos un poco olvidado. La sociedad occidental, esclava del consumismo y excesivamente pragmática y racional, perdió este contacto sanador con el orden y la belleza. Creyó que la sanación y la plenitud surgieran del capital, la comodidad y el bienestar: parece claro que no es así.
El consumismo y el racionalismo degeneran a menudo en violencia y la violencia va siempre de la mano del desorden y la fealdad.
Sanar nuestra sociedad, sanar nuestros grupos humanos y nuestra convivencia pasa por recuperar el sentido de la belleza y el orden. Sin descuidar otros importantes aspectos: educación, justicia, solidaridad.

¿Cuál es la raíz de tan hermosa explicación?
¿Por qué la belleza sana?

El orden y la belleza sanan porque nos devuelven a lo esencial: la armonía de amor. El amor es armónico, ordenado, bello.
Esa armonía del amor es nuestra identidad más profunda y es una armonía siempre presente y siempre actuante. A menudo no la vemos: está recubierta de nuestros deseos egoístas y superficiales, de la ilusión del tener, del miedo a morir.
Hay que desenterrar la armonía oculta siempre presente. Hay que desenterrar la belleza infinita del corazón humano.

Es la experiencia de los artistas, en especial de los escultores. Escuchamos su testimonio:

Elijo un bloque de mármol y quito todo aquello que no necesito” (Auguste Rodin respondiendo a quien le preguntaba como lograba crear sus estatuas)
Ves un bloque, piensas en la imagen: la imagen está adentro, alcanza desnudarla” (Miguel Ángel Buonarroti)
Vi a un ángel en el mármol y tallé hasta liberarlo” (Miguel Ángel Buonarroti)
La figura ya estaba adentro del mármol y yo solo quité lo que sobraba” (Miguel Ángel Buonarroti)

La belleza siempre está y está porque es nuestra fuente y nuestra meta. Descubrirla, manifestarla y ordenarla, genera vida y paz.
Exterior e interior son simples categorías mentales: la realidad es siempre y solamente UNA que se expresa como adentro y como afuera. Por eso que construyendo belleza “afuera” se construye también “adentro”. Ordenando la vida “afuera” se ordena también “adentro”. Y al revés obviamente.

Tenemos que ser muy concretos en todo eso: cuidar nuestros espacios vitales, nuestros ambientes. Cuidar la limpieza, la prolijidad, el orden. Trabajar la armonía.
Hacer esto nos ayuda a ser más bellos y ordenados en todo sentido.
Y la belleza alimenta y expresa el amor.

Buen camino: desenterrando belleza.






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