martes, 14 de agosto de 2018

Me llamas desde el silencio





Me llamas
desde las cosas,
hechas miel y veneno
reflejo silencioso de mi propia raíz.

Un latido silente
se abre camino.
Sendero de los dioses,
entre nieve y bosques.

Aturde el silencio de cada cosa
y cada corazón.
Vive hablando - bendito silencio -,
desde las profundidades.

Solo el miedo no amado
impide la visión y la vida.
Y el milagro del silencio
se renueva cuando el Amor es amado.

Tan liviana la Vida
y el existir.
Enamorarse otra vez
de la fragilidad,
es el único vivir.

Cual blanca pluma
y canto de gorrión,
maravillosa y quieta
la vida acontece y se esfuma.
Deslizándose en secreta armonia
entre mis venas. 



sábado, 11 de agosto de 2018

Juan 6, 41-52



Seguimos leyendo el capitulo 6 de Juan. El texto de hoy nos presenta una de las cuestiones clave: la identidad de Jesús.
Juan presenta a Jesús como “el pan bajado del cielo” – el “cielo” era considerado el mundo de Dios – y la gente se sorprende porque conoce bien de donde viene: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre.
Es la misma sorpresa e incomprensión que subrayan los evangelios sinopticos después de la enseñanza de Jesús en la sinagoga de Cafarnaum: “¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?». Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo” (Mc 6, 3).

¿Jesús viene del “cielo” o es hijo de los hombres?

Es la gran pregunta cristologica a la cual la iglesia contestó en los primeros concilios: Jesús viene del cielo y viene de los hombres, Hijo de Dios y hombre verdadero.

¿Cómo comprender esto hoy en día?
Ya no podemos considerar “la venida desde el cielo” de Jesús como una venida desde afuera, desde un supuesto “mundo de Dios” (es el teísmo, en término técnicos).
Es esta la gran revolución y el cambio de paradigma: ¡no hay ningún dios “ahí afuera”!
Esta manera de entender lo divino viene del paradigma racional-mitico que la humanidad superó y está superando… y que a la iglesia – enroscada y empeñada en defender doctrinas – le cuesta ver y aceptar.

El nuevo paradigma no-dual o místico que está surgiendo es fruto de la evolución de la conciencia y la comprensión de la humanidad. La autonomia del ser humano y de las leyes del Universo es un dato cientifico y filosofico de nuestro tiempo: desconocerlo sería quedarse en un fideismo esteril y anacronico.
El paradigma (la manera de ver) místico subraya la profunda unidad de lo real: no hay nada separado de nada. Es la intuición mística de todos los tiempos: es tiempo de encarnarla y ponerla en el eje de nuestra fe.

¿Cómo comprender entonces la identidad de Jesús a partir de este paradigma místico?
Jesús viene del cielo en el sentido que su identidad profunda lo trasciende por completo. La identidad de Jesús – como la nuestra por supuesto – nos viene regalada y se manifiesta en seres humanos concretos e historicos que no agotan esta idenetidad en un supuesto e ilusorio “yo”, sino que expresan y revelan la única identidad compartida – vida divina, amor – en sus exitencias historicas.

Se armoniza definitivamente así el eterno debate entre inmanencia y trascendencia, es decir: entre lo que es propio de nuestro ser y lo que nos supera. Entre “interior” y “exterior”, entre “adentro” y “afuera”, entre “profundidad” y “alteza”, entre “tiempo” y “eternidad”, entre “historia” y “resurrección”.
En su fondo más íntimo inmanencia y trascendencia – paradojicamente – coinciden.
En otras palabras: mi centro es descentrado. Mi centro está afuera de mí, sin dejar de centrarme. Lo que soy y me define – simultaneamente – me supera infinitamente.
El filosofo y psiquiatra alemás Kar Jaspers lo dice así: “Lo que hay de más mío en mí mismo, y mi libertad misma, me viene de otra parte.

Cuando Jesús dijo: “Yo Soy” (Jn 8, 58) se refería justamente a este nivel de identidad, a este Misterio de Amor. Jesús es Eso y Eso vino a revelarnos.

Y también Jesús nos da una pista para crecer en esta compresión: “Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí” (Jn 6, 45).

¿Dónde oimos al Padre?
¿Dónde recibimos su enseñanza?
¿Dónde escuchamos la voz divina que nos define y sostiene?

Sin duda en el silencio y la profundidad del corazón.
Es lo que Jesús vivió y enseñó. Su amor brota desde ahí y vuelve ahí.

Dato importante: el silencio y la escucha preceden la palabra. Sin silencio y escucha no hay palabra posible ni audible. El cristianismo, como el judaismo y el islamismo son las “religiones del libro”, es decir, se fundamentan en una revelación escrita, en La Palabra.
Pero acá está el giro esencial: recuperar la prioridad del silencio respecto a la Palabra.
Es el gran y primer mandamiento del pueblo de Israel, el famoso “Shema Israel”: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor” (Dt 6, 4). 
El silencio es estable y permanece y solo desde el silencio la Palabra surge y es audible.
Silencio es interioridad.
Desde la interioridad vivida y asumida aprendemos a oir la voz de Dios, aprendemos a descubrir su Presencia. Presencia interior, que define nuestro autentico ser y Presencia exterior que se revela en cada cosa para quien sabe ver.
La Presencia trascendente de lo Divino se esconde y oculta en la inmanencia de nuestro ser más íntimo.

El camino espiritual es camino de identidad, silencio y escucha.
Dimensiones que tienen que echar raices en nosotros y que necesitan espacios y tiempos concretos.
Es un camino que nos llevará a descubrirnos Uno con los demás y con todos lo que existe.
Podremos vernos y descubrirnos en cada arbol y cada flor, en cada rostro humano y en cada paisaje.
La profunda Unidad se nos revelará en cada cosa como su más pura esencia, sin dejar de asombrarnos con la belleza de la diversidad.
Desde el silencio que somos escucharemos la voz del Padre que iluminará y confirmará nuestro caminar en el amor.







sábado, 4 de agosto de 2018

Juan 6, 24-35



Ha nacido lo que el sociólogo francés Gilles Lipovetsky llama el «individuo-moda», de personalidad y gustos fluctuantes, sin lazos profundos, atraído por lo efímero. Un individuo sin ideales ni aspiraciones, ocupado sobre todo en disfrutar, tener cosas, estar en forma, vivir entretenido y relajarse. Un individuo más interesado en conocer el parte meteorológico del fin de semana que el sentido de su vida.

El crudo análisis de José Antonio Pagola haciendo referencia a Lipovetsky creo que no nos tomará por sorpresa. Es lo que respiramos en nuestras sociedades y especialmente lo que los medios y las redes sociales nos refriegan en las caras todos los días. 

Cada tanto me permito ojear algunas que otras noticias de “famosos” o presuntos tales que son propuestos (consciente o inconscientemente) como ejemplos y modelos para la sociedad y especialmente la juventud: obviamente todos lindos, ricos, posiblemente sexualmente desinhibidos, cargando sus selfies en las redes y si hay algo de droga o alcohol no está tan mal… 
A menudo un sentimiento de nausea me envuelve de repente y no sé si llorar por la ridiculez o lo tragedia de semejantes noticias.
Pese a todo esto – vamos al texto evangélico – el anhelo de plenitud sigue intacto en la humanidad. Este anhelo del corazón humano que insistimos en desconocer, tapar, ensuciar, ocultar detrás de infinitas escusas y banalidades.

La gente busca a Jesús porque comió. Un primer dato interesante: las necesidades básicas del ser humano hay que escucharlas y cubrirlas. En un mundo donde hay pan y espacio para todos sigue el escandalo del hambre y la pobreza.
Jesús está atento a estas necesidades básicas y las acompaña, pero también invita a dar otro paso.
El hombre no vive solamente de pan. Jesús invita a descubrirse, a tocar la raíz de nuestro propio ser, a experimentarnos en lo esencial.
Descubrir quienes somos es la clave, clave del cristianismo y de todo camino religioso y espiritual.
La gente, sacia de pan pero no de amor, pregunta: ¿De donde arranca el camino?
¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28).

Como siempre: desde la confianza.
Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.
La gente pregunta por “las obras”, acostumbrada al legalismo y al cumplimiento de numerosas leyes y Jesús contesta al singular: “la obra”. La “obra” – en otras traducciones “el trabajo” – es una sola: confiar. Porque la clave de la fe evangelica no es “creer en Jesús”, sino “creer como Jesús”, es decir, confiar.
Jesús vivió de la confianza y a partir de la confianza. Por eso es el modelo y el espejo de nuestra fe y de nuestro confiar.
El simbolo del pan, caracteristico de Juan, no se refiere solo a la Eucaristia, sino también y prioritariamente a la enseñanza de Jesús. Enseñanza que nos conduce a descubrirnos como plenitud, como frágil barro, amado y amante.
Por eso la gente, al final de nuestro texto, pide de este pan, para saciar su ahnelo y su sed de infinito: “Señor, danos siempre de ese pan” (Juan 6, 34).

Señor, danos siempre de ese pan: es el grito que sale de cada corazón humano, que sea consciente o menos. Es el grito de un Amor eterno y verdadero. Es el deseo más profundo que mueve el Universo y cada cosa.
Son las palabras de Dante al final de la Divina Comedia (Paradiso XXXIII, 145):
A l’alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle,
sì come rota ch’igualmente è mossa,
l’amor che move il sole e l’altre stelle
(Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía, pero ya eran movidos mi deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente, por el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas).

Jesús responde a este anhelo: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”(Juan 6, 35).
Reducir este maravilloso y revolucionario versiculo al acto de comulgar sería profundamente limitante e injusto. Esencialmente por dos motivos, uno teologico y el otro existencial.
Del punto de vista teologico excluiría de la experiencia de la plenitud a la gran mayoría de los seres humanos, que ni comulgan ni tiene interés en comulgar y que, de igual manera, son revelación y manifestación del Misterio divino. Y hay muchisima gente que, sin comulgar, vive desde el Amor y para el Amor. Y eso, es evangelio.

Del punto de vista existencial una simple y triste constatación: la impresión de que mucha gente de comunión cotidiana o semanal vive alejada de una experiencia real de plenitud. Se lo puede sospechar por los rostros amargados, por las continuas quejas y juicios, por el poco interés por los demás.
Si el sencillo gesto de comulgar alcanzaría para apagar el ardiente anhelo de plenitud tendríamos los templos rebosantes de gente.
No es así, lo sabemos y hay que ser honestos.

La experiencia de plenitud – de la cual la comunión eucaristica puede ser un signo y un momento culmen – pasa esencialmene por el reconocimeinto de nuestro autetico ser, del cual el Maestro de Nazaret es un espejo transparente.
Lo que Jesús es, lo somos todos. Jesús nos descubre y revela nuestra identidad de hijos, nuestra identidad serena y quieta.
Nos conecta con nuestra propia raíz y con la raíz de cada cosa.
Raíz que definimos con una hermosa y abusada palabra: Amor.
Conectarse a nuestra propia raíz a partir del silencio puede devolver espesor y verdad a esta palabra, para que se convierta en el centro de nuestra existencia: vida como amor y amor como vida.
Así de simple es el evangelio. Así de profundo y revolucionario.





domingo, 29 de julio de 2018

Juan 6, 1-15



El famoso relato de la multiplicación de los panes nos permite descubrir – entre otras cosas – el significado y el sentido que las primeras comunidades cristianas otorgaban a la celebración de la eucaristía: fraternidad y compartir.
Como expresa lucidamente Luis González-Carvajal: “Cuando falta fraternidad, sobra la eucaristía.

Más allá de la historicidad o menos del hecho es necesario descubrir su significado simbólico y su sentido originario.
Símbolo y sentido traspasan el espeso muro de la historia y nos traen la frescura y la verdad del evangelio hasta nuestros días y nuestras concretas existencias.

El sentido lo descubrimos – paralelamente – en el actuar de Jesús y en la vivencia de la eucaristía de las primeras comunidades.
El evangelista subraya con fuerza y delicadeza el actuar del Maestro: Jesús está atento a las necesidades de las personas y se preocupa por su salud, bienestar, dignidad. 
Las primeras comunidades desde ahí entendieron la celebración de la Eucaristía: una fraternidad atenta al necesitado. No se concebía una celebración que no integrara estos elementos, una celebración que no partiera de la fraternidad y apuntara a la fraternidad, una celebración que no fuera preocupación por el pobre y el marginado.

Nuestras celebraciones se han transformado – en muchos casos – en puro culto y rito exterior, donde estamos más atentos y preocupados por la forma que por el amor, por el vestido que por la persona, por la exactitud de las palabras que por el gesto fraterno y compasivo. Se vive una liturgia estéril y centrada en sí misma, alejada del vivir concreto de la gente. Las grandes celebraciones – por cuanto muevan la emotividad – están a kilómetros de distancia del sentir de Jesús y de las primeras comunidades.
En nuestras, a menudo, frías celebraciones falta una verdadera fraternidad y una autentica preocupación por los necesitados.

Qué lindo e importante sería volver al sentido original y originario de la celebración de la Eucaristía: lugar de encuentro y de compartir, lugar de comunión y sensibilidad por el necesitado, lugar de verdadera oración y de conocimiento mutuo.
Podemos, juntos, ir dando algunos pasos… sin miedo, con firmeza y humildad.

Igualmente importante y profundo es el sentido simbólico del texto, sentido perenne y eterno.
La gente experimenta su carencia: está cansada y con hambre.
¿Quién no experimenta – o experimentó – cierta carencia?
Es parte de nuestro caminar histórico. Pero no es lo que nos define: somos plenitud, desde ya. Plenitud expresándose en esta forma limitada y carente. Nos podemos vivir desde esta Plenitud: panes y peces sobran. Vida abundante.
Es la paradoja que está inscrita en las leyes del universo y en el corazón del evangelio y de todas las religiones y tradiciones espirituales.
Somos Plenitud experimentándose en una forma limitada: nuestra propia persona.

¿Cómo vivirse desde esta Plenitud?

Calma y quietud. Jesús invita a la muchedumbre a sentarse. La ansiedad y el apuro nos alejan y alienan de la Plenitud que somos, de nuestra verdadera identidad.
Cuando nos aquietamos, cuando mente y corazón se acallan, lo que somos aflora sereno.
Es el camino hermoso del silencio.
Camino que Jesús vivió en primera persona, como estilo de vida.
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” (Jn 6, 15). 
Jesús amó el silencio y la soledad. Silencio y soledad donde se descubrió Uno con el Padre y desde donde aprendió a amar y servir.

Cuando la carencia en cualquiera de sus formas, golpea a tu puerta, siéntate en silencio y toca la quietud. Descubrirás que no eres esta carencia, sino la Plenitud que en ella, misteriosamente, se revela y expresa.

Cuando soy débil soy fuerte” (2 Cor 12, 10) decía San Pablo y también las palabras del Señor al mismo apóstol: “mi poder triunfa en la debilidad” (2 Cor 12, 9) subrayan esta dimensión paradojica.

Asentados en esta experiencia podemos aportar con serenidad y lucidez para aliviar el sufrimientos de los demás y para construir una sociedad más justa y fraterna.

Asentados en el silencio nuestras celebraciones florecerán como vida nueva, como expresión de autentica fraternidad, autentica comunión y autentico compartir.

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