sábado, 18 de mayo de 2019

Juan 13, 31-33a, 34-35




Judas deja la cena pascual y fraterna y se aleja. La traición se acerca y, con ella, se entrevé la pasión y la muerte del Maestro; Juan, sorprendentemente, habla de glorificación.

La glorificación es un término y un concepto central en el cuarto evangelio. La Gloria de Dios es la manifestación plena de ese amor y consecuentemente Juan habla de la crucifixión como glorificación: es el momento sublime y pleno de la manifestación del Amor de Dios. En la muerte y resurrección de Cristo podemos ver la plenitud del Amor.
Por eso el Cristo crucificado de Juan es un Cristo glorioso. Cristo glorioso que viene bellamente representado por la iconografía ortodoxa como un Cristo crucificado pero con los ojos abiertos, vivo y vivificante.

Entender así la Gloria de Dios es muy liberador y transformador. No es cuestión de poder, omnipotencia, fuerza. Es cuestión de la belleza del Amor que se manifiesta, expresa, revela. Solo hay Gloria, cuando el Amor resplandece.
Por eso el evangelio sigue con el mandamiento nuevo de Jesús: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros” (Jn 13, 34).
Lo sabemos bien – por lo menos racionalmente – que el mensaje central del evangelio y del cristianismo es el mensaje del Amor.
Lo “sabemos” pero seguimos viviendo desde nuestros egos y desde la creencia que el amor nos viene desde afuera.
Jesús ya lo había sugerido: “El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Jn 4, 14): el Amor es este regalo de un manantial que brota desde dentro.
Lo “sabemos” y seguimos arrastrándonos por la vida, víctimas de nuestro esfuerzo estéril y de nuestros egoísmos.

Hay que dejar de buscar, para darnos cuenta que el Amor es.
Somos amados, somos amor, estamos llamados al amor.
Esta centralidad del Amor la encontramos de varias formas y dicha de distintas maneras en todas las religiones y tradiciones espirituales.
¿Por qué?
El Amor es la raíz y el sostén de todo lo existente. El Amor, simple y plenamente, es. El Amor y el Ser expresan lo mismo desde distintas perspectivas. Amor es lo que somos. Es cuestión de identidad, no de voluntad. Es cuestión de comprensión, no de acción.
Amar entonces no tiene nada que ver con el hacer y tiene todo que ver con el Ser y con ser.
Por eso hay confusión, malentendidos, distorsiones, cansancios.
Cuando convertimos el amor en un objeto y en algo “para hacer” lo hemos perdido y prostituido.
El Amor es, en primer lugar, el descubrimiento de la totalidad y la unidad: todo es amor y el amor es Uno.
Este es el Misterio único buscado incesantemente por todas las grandes almas de la humanidad. Es lo único necesario que descubrieron y vivieron todos los místicos. A esto estamos todos llamados, porque es lo que somos.

Uno de los maestros del Amor – también en expresarlo – es el místico sufí Rumi: “En la religión del Amor no hay creyentes y no creyentes…el Amor los abraza a todos”.

El grande y genial psicoanalista alemán Erich Fromm (1900-1980) lo expresa así:
Si amo realmente a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo la vida. Si puedo decirle a alguien «Te amo», debo poder decir «Amo a todos en ti, a través de ti amo al mundo, en ti me amo también a mí mismo»”.

El Amor no es emoción, sentimiento, afectividad: es el Espacio Infinito y pacifico que los permite, los abraza y en los cuales se expresa, quedando inmutable en sí mismo.
Descubrir al Amor es descubrir que todo es amor, vive del amor, se nutre del amor.
Por eso el primer y esencial paso es el paso de conectar con el Amor que somos.
No nos falta nada. Todo es completo, todo es perfecto. Porque todo, absolutamente todo, es expresión del Amor Uno.
Todos somos flores floreciendo en un floreciente universo” (Soen Roshí).
Lo que parecería faltar es una ilusión del ego, ego que vive del miedo, los deseos y las necesidades.
No falta nada, solo falta dejar que el Amor sea. Faltan abrir puertas y ventanas para que el Amor entre. Falta dejar el ego y sus creencias y necesidades.
Nos falta volver a enamorarnos de todo y de todos.
Estar enamorado es la cosa más natural y realista que puedes hacer, porque revitaliza tu vida, te llena de una actitud positiva, crea generosidad y hace que cada momento sea hermoso. Cuando se está enamorado desaparece en el acto la sensación de aislamiento y de no encontrarle sentido a la vida con la que tantos luchan. El cuerpo sana y el corazón está contento. Estar enamorados es nuestro estado natural. En realidad lo que deberíamos preguntarnos es: por qué no estamos constantemente enamorados? ¿Qué es lo que nos impide disfrutar de esta herencia, la más valiosa de todas? ¿Cómo podemos reclamarla y recuperar la sabiduría y espontaneidad intrínsecas de cuando éramos niños, cuando cada momento era fresco, excitante y lleno de aventuras?” (Bhagwan Shree Rajneesh)

Entonces viviremos del Amor que somos, como Jesús.
El Amor nos vivirá, se manifestará, fluirá por nuestras venas y nuestras historias, deslizándose en los vericuetos claros y oscuros de nuestra original existencia.
El Amor que somos entonces podrá también manifestarse en los sentimientos y emociones sin herirnos ni herir.
Podrá el Amor hablar a nuestro cuerpo y nuestra frágil carne, sin crearnos sentimientos de culpas ni generar desastres afectivos.
El Amor que somos podrá sanar nuestra afectividad herida y resaltar nuestros propios y originales dones.

El Amor es nuestra Casa. Casa propia y Casa común.
Hay que volver a Casa y vivir desde ahí y volver ahí.
Es la Casa amplia donde “nacer” y “morir” conviven en armonía, donde aprendemos a vivir desde ya la Vida plena y eterna.
Como dice la poeta:
No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.

La costumbre del pájaro de ir al Sur
- antes de que los hielos lleguen
acepta una mejor latitud -.
Nosotros somos los pájaros que se quedan.

Los temblorosos, rondando la puerta del granjero,
mendigando su ocasional migaja
hasta que las compasivas nieves
convencen a nuestras plumas para ir a casa.
(Emily Dickinson)






sábado, 11 de mayo de 2019

Juan 10, 27-30



Estamos en el cuarto domingo de Pascua, llamado domingo del “Buen Pastor”, a raíz justamente del texto evangélico que se nos propone hoy.
La imagen del Buen Pastor – por cuanto simpática y tierna pueda ser – ya es anacrónica, es decir no habla a nuestro tiempo, no es un lenguaje vivo para el hoy.
Sin duda podemos rescatar dimensiones y aspectos interesantes: un Dios que se preocupa y se interesa por sus hijos, un Dios atento a cada uno, un Dios que es cariño y ternura.

Desde el otro lado es urgente dejar de asociar a Jesús una imagen de Pastor que tenga que ver con el poder y la subordinación de las ovejas. Cosa que, en la Iglesia, fue central y en muchos casos lo sigue siendo. Toda la temática de la jerarquía y del poco espacio e iniciativa que tienen los laicos tiene mucho que ver con todo eso.

También es urgente dejar de asociar la expresión “mis ovejas” con conceptos de separación y grupos: nosotros y los demás, los cristianos y lo no cristianos, los católicos y lo no católicos, los creyentes y lo no creyentes…
La expresión “mis ovejas” hay que leerla desde la experiencia de la Unidad que justamente nuestro texto subraya.

Superando una lectura literal y mítica del relato nos adentramos en la dimensión mística y contemplativa y logramos captar vetas más profundas y actuales de nuestro texto.

Sin duda encontramos el eje de nuestro texto y, en general, de toda la experiencia de Jesús de Nazaret en la expresión: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30).

Cuando logramos callar la mente y simplemente escuchamos se nos regala un vislumbre del significado de esta expresión.
“Escucha” que nuestro texto subraya como una necesidad fundamental: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10, 27).
“Silencio” que es la piedra angular de la escucha.
“Silencio” que es la condición para dejarse hablar por el Misterio.
Cuando silencio y escucha se convierten en nuestro eje vital vislumbramos la asombrosa profundidad de la expresión de Jesús: “Yo y el Padre somos uno”.

La expresión “Padre” pierde la rigidez y el fanatismo personalista que la teología y la espiritualidad le otorgaron a lo largo de los siglos.
Comprendemos que “Padre” es un término religioso y cultural condicionado históricamente que Jesús justamente utilizó para expresar su sentir y su experiencia. 
Comprendemos que “Padre” indica el fondo común de lo real, el Origen y la Fuente, el Misterio sin nombre, el Aliento Vital del Universo, el Ser que todo hace ser, el Espíritu que en todo respira.

Entonces podemos sustituir sin miedo la expresión “Padre” con “Vida”: ahora si, comprendemos con mayor lucidez la misma experiencia de Jesús y entramos, asombrosamente, en su misma experiencia y conciencia.

Yo y la Vida somos uno”: experiencia de Jesús y experiencia nuestra. Experiencia de la realidad, de lo real y de cada cosa. Maravilla única del Amor eterno y presente.
Yo y la Vida somos uno”: experiencia central y radical de todos los místicos de todos los tiempos y de todas las tradiciones espirituales de la humanidad. Cada cual expresándola a su manera y según las coordinadas culturales e históricas.

El cristianismo tiene miedo, la teología tiene miedo: miedo a la perdida del concepto personal de Dios y de la Trinidad.
Miedo inútil y dañino. Con los miedos no se avanza.

Se avanza desde la confianza y el amor.
“Yo y la Vida somos uno”: no quita nada a la concepción personal de la divinidad. Simple y maravillosamente la reinterpreta, la profundiza, la actualiza, la relativiza.

“Yo y la Vida somos uno”: nos abre al verdadero dialogo y a la verdadera comunión. Comunión no mental. La comunión mental – basada en ideas y opiniones – es siempre estrecha, discriminatoria, separatista.

“Yo y la Vida somos uno”: abre a la comunión que se fundamenta en la experiencia, en la eterna juventud y belleza de la Vida.
Ahí nos encontramos con todo y con todos.
Desde ahí cada cual recupera y profundiza su propia identidad, enriquecida y embellecida con el otro y por el otro.

Para eso precisamos una teología de la calma. En la presentación de este librito que escribí me encontré con Ricardo, budista. Conectamos, nos encontramos a un nivel profundo del Ser. Mi ser cristiano se vio enriquecido y su ser budista creo también.

“Yo y la Vida somos uno”: dejémonos vivir por la Vida Una que enamoró a Jesús.
Dejemos que esta Vida corra y fluya por nuestra venas.

Como dice el sacerdote anglicano y poeta Thomas Traherne (1636-1674):
Nunca gozamos debidamente del mundo, hasta que el mismo mar corre por nuestras venas, hasta que el firmamento te viste y te coronan las estrellas.






sábado, 4 de mayo de 2019

Juan 21, 1-14




El hermoso texto que hoy se nos presenta es un apéndice tardío al evangelio de Juan, un agregado que por una lado intenta transmitir al lector la experiencia del Resucitado y por el otro se centra en las dos figuras centrales y emblemáticas de la iglesia naciente: Pedro y Juan. Pedro que representa más la parte institucional y organizativa de la iglesia y Juan que expresa más la parte carismática y espiritual.

El texto es simbólico y si no nos comprometemos con esta lectura simbólica nos iremos perdiendo en callejones sin salida.

¿Por qué nuestro autor escribe un relato simbólico?

La respuesta es tan simple como profunda: la experiencia directa e inmediata del Resucitado no es comunicable a través del lenguaje común muy ligado al concepto y a la abstracción.
Reconocer el limite del lenguaje humano para transmitir y comunicar la experiencia de Dios es una etapa fundamental – a menudo etapa de crisis – para abrirnos a otros lenguajes: intuición, símbolo, silencio.

La experiencia pascual – centro de nuestro texto y de todo el evangelio – no puede ser dicha.

¿Cómo decir el cruce de miradas de los enamorados?
¿Cómo decir el canto del ruiseñor al entrar la noche?
¿Cómo decir la primera mirada del bebé recién nacido?
¿Cómo decir el sabor del chocolate caliente en una noche de invierno?
¿Cómo decir la perfección de una margarita o de la hoja de un roble?

Quién tiene la experiencia pascual no necesita decir nada, simplemente la vive. Quién no la tiene, intenta explicar, perdiéndose en los conceptos, lo que no vivió.

La Pascua es Vida, Cristo es Vida.
La Vida no se explica y no exige explicación.
La Vida pide ser vivida, pide vivirnos.
Solo desde este profundo y enamorado arraigo en la Vida, las palabras cobran sentido y el lenguaje encuentra su humilde cauce: poesía, símbolo, mito, metáfora, silencio.

En nuestro simbólico texto los discípulos están en su sencilla cotidianidad, sencilla como la nuestra.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla” (Jn 21, 4): amanece en nuestra vidas cuando percibimos la Presencia del Resucitado, cuando experimentamos la Presencia de Dios.
Presencia siempre presente, pero a menudo no reconocida.
¡Es el Señor!” (Jn 21, 7): el discipulo del amor lo reconoce y deja que su corazón lo grite, lo exprese. Solo el amor reconoce la Presencia siempre presente.
A veces necesitamos que alguien enamorado nos sugiera o anuncie la Presencia.
La clave del reconocimiento está en la mirada del amor y desde el amor.
Muchas veces nuestra cotidianidad se tiñe de ausencia porque miramos con miedo y desde el miedo, y el miedo impide reconocer la Presencia.
Donde hay miedo el amor es imposible. Donde se mira con miedo es imposible mirar con amor.
Al reconocer la Presencia siempre presente la cotidianidad se transforma por sí sola: hay comida, fiesta, amistad, comunión, compartir.
La noche oscura de la supuesta ausencia y de la inutil pesca se convierte en el amanecer de una Presencia que todo lo llena y en la abundancia de una facil pesca.

Todo está en hundirse en la experiencia, como la red en el mar. Hundirse en la maravillosa Vida que nos vive y que se expresa y manifiesta en nuestra simple y fragil cotidiaidad.
Todo está en callar la mente que etiqueta, evalua, juzga y discrimina.
¿Importará tirar la red a la derecha? ¿Importarán los 153 peces?
Detalles que solo cobran sentido si los tomamos como invitación a la confianza y simbolo de la Presencia desbordante del Amor.

Silenciar la mente nos hunde en el maravilloso Oceano del Amor – pura experiencia del Dios que es Vida y del Cristo Viviente y Presente – que vive en nuestro interior y que expresa lo que somos.

Hundidos en este Oceano pacifico, surgirá, cuando sea necesario, una humilde y silenciosa palabra.
Palabra de fuego, real, consistente y necesaria.
Palabra purificada por la experiencia.
Palabra que se transforma en canto y poesía.
“Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea”  
– Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)







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