viernes, 5 de julio de 2024

Marcos 6, 1-6


 


Nuestro texto de hoy arranca con el asombro de la gente: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?” (6, 2).

 

Es la pregunta que Marcos pone en el corazón de la multitud que escucha a Jesús. La gente queda asombrada de sus palabras, sus gestos, sus enseñanzas.

Jesús enseña con autoridad, y de sus palabras se desprende sabiduría.

 

Desde siempre el ser humano busca la sabiduría, a veces conscientemente y otras de manera inconsciente.

Esta búsqueda de sabiduría toma forma especialmente en la filosofía. La etimología de filosofía es - ¡mira casualidad! – “amor por la sabiduría”.

 

Como muchas veces ocurre, el ser humano se desvía con facilidad, nos atrapa el ego y somos capaces de estropear hasta las intuiciones más lindas; así que, a lo largo de la historia, la filosofía se convirtió con frecuencia en un puro y estéril ejercicio especulativo, un “girar de la mente sobre sí misma”. Por eso mismo, hace décadas que la filosofía está en crisis y no seduce a la juventud. Hay también signos de esperanza, como siempre, e intentos de recuperar el verdadero sentido y misión de la filosofía. Uno de los mejores intentos es, a mi parecer, el libro de la filósofa española Mónica Cavallé, “La sabiduría recobrada. La filosofía como terapia”, de la editorial Kairós. En este libro la autora muestra como la verdadera vocación de la filosofía es enseñar el “arte de vivir”.

 

¿Cómo vivir?

¿Cómo se vive con sentido y plenitud?

 

La filosofía intenta responder a estas preguntas.

 

Desde esta perspectiva podemos afirmar que Jesús era también filosofo, porque Jesús es un maestro de vida. Jesús nos enseña cómo vivir una vida plena, con sentido, dando fruto.

 

El arte de vivir: ¡fascinante expresión! Todo un programa de vida.

Vivir es un arte. Somos los artistas de la vida y artistas que improvisan.

El problema es que - como afirma algún sabio con una picara sonrisa - cuando aprendemos a vivir, nos toca morir.

 

No tenemos una existencia para ensayar y otra para vivir en serio.

Por eso sería sabio no desperdiciar el tiempo.

 

Jesús ama la sabiduría. Como buen judío sabe bien que toda la Toráh es camino de sabiduría. Acá también la etimología nos ayuda: Toráh justamente significa enseñanza. Toda la escritura viene a enseñarnos como vivir. Es un manual de vida y sabiduría.

 

Volvamos a la pregunta que nos convoca: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?”

 

En esta pregunta se nos regalan dos claves fundamentales: experiencia y apertura.

 

Jesús saca sabiduría de la experiencia. Jesús aprende de la vida, aprende de su capacidad de atención. La verdadera sabiduría, como vimos, no se reduce a un ejercicio racional, sino que integra siempre la vida. Se aprende viviendo, se vive aprendiendo. Nuestro problema es el racionalismo que, en lugar de dejarnos atravesar por la vida, quiere imponerse a la vida. No queremos que la vida nos enseñe, queremos enseñarle a la vida. El poeta Rilke le escribe a un amigo: “Querido amigo: ¿usted no ve como todo lo que sucede es siempre un comienzo? ¡Y comenzar, en sí, es siempre tan hermoso! Deje que la vida le acontezca. Créame: la vida tiene razón en todos los casos.

Dejemos que la vida nos enseñe e intentamos no tropezar siempre con la misma piedra.

En segundo lugar, Jesús saca sabiduría de su apertura. Jesús está abierto al Misterio. Jesús es pura apertura, Jesús siempre abre. La sabiduría “nos viene de lo alto”, como afirma la carta de Santiago: “la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera” (3, 17).

 

En este caso el problema es el dogmatismo que marcó y sigue marcando la vida de la iglesia y del cristianismo. Dogmatismo que, especialmente hoy en día, es un importante obstáculo para que mucha gente pueda hacer experiencia de Jesús y de la frescura del evangelio. A menudo el dogmatismo se convierte en fanatismo y el fanatismo cierra, margina y es violento: justo lo opuesto al mensaje evangélico.

No podemos cerrar y embretar el Misterio en formulas dogmáticas cerradas. La función del dogma está en abrir puertas, en indicar un camino; es el dedo que apunta a la luna y no la luna.

Creo que es sencillo de comprender: la persona humana es finita, limitada. La genética es limitada. La mente humana es limitada. La cultura es limitada. El lenguaje es limitado. Toda estructura e institución humana es limitada. Cada época es limitada.

¿Cómo puede salir de todos estos límites y condicionamiento una definición que cierre al Misterio Infinito e Ilimitado en una formula?

Y usar de manera fundamentalista el criterio de la inspiración es entrar en un círculo vicioso que intenta manipular el Misterio.

 

¿Quién dice lo que es inspirado y lo que no?

¿Por qué alguien tendría la exclusiva de la inspiración divina?

 

Cuando queremos manipular la inspiración divina para quedarnos con la exclusiva, caemos irremediablemente en el dogmatismo y el circulo se cierra. 

Recuperar la humildad y la apertura es esencial para recibir la sabiduría que viene de lo alto.

Sigamos, otra vez, el consejo de Rilke:

No hemos envejecido, y no es demasiado tarde para sumergirnos en las profundidades cada vez más hondas en las que la vida serenamente nos otorga su secreto.”

 

sábado, 29 de junio de 2024

Marcos 5, 21-43


 

En el texto de hoy, el evangelista, entrelaza dos relatos de milagros: la sanación de una mujer con hemorragias y la resurrección de la hija de Jairo.

El mensaje esencial que está detrás de los dos relatos es el mismo: Jesús es vida. Donde llega la presencia de Jesús, la vida se sana, la vida renace, la vida florece.

 

¡Extraordinario y conmovedor mensaje!

 

En los dos casos descubrimos la central referencia a la sangre que, en la cultura bíblica, representa justamente la vida.

 

Dice el libro del Levítico:

Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo mismo les he puesto la sangre sobre el altar, para que les sirva de expiación, ya que la sangre es la que realiza la expiación, en virtud de la vida que hay en ella. Por eso dije a los israelitas: «Ninguno de ustedes comerá sangre, ni tampoco lo hará el extranjero que resida en medio de ustedes».” (Lev 17, 11-12).

 

La hemorroisa que pierde sangre, está perdiendo la vida; la vida se le está yendo de las manos. Su vida ya no tiene sentido, no tiene futuro. Ya no hay pasión, ganas de vivir.

 

Marcos nos dice algo curioso sobre la enferma: “Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor”; es lo que ocurre a menudo también hoy en día. Los médicos y la medicina muchas veces no tienen la solución, y los motivos pueden ser variados: superficialidad, negligencia, saturación del sistema, presión de la industria farmacéutica.

La mujer encuentra en el maestro de Nazaret una esperanza, una luz y, tal vez, su último recurso. Y se atreve: se atreve a “tocar el manto” de Jesús.

 

¿Será el mismo manto, la misma túnica, que Jesús vestía camino al Calvario?

¿La misma túnica de una sola pieza?

 

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo se dijeron entre sí: No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.” (Jn 19, 23-24). 

 

Recordemos la maravillosa metáfora de Ken Wilber: “el manto sin costuras del universo”. La realidad es una, no hay costuras. Todo está interconectado. Todo es luz, nos dice la física.

 

La mujer, tocando el manto del maestro, desde su confianza absoluta (“con sólo tocar su manto quedaré curada”, dice), está tocando el corazón del Misterio, está tocando la Vida misma y por eso sana. Es la confianza de la mujer la que la sana y Jesús se lo dice: “Hija, tu fe te ha salvado” (5, 34). Jesús, como casi siempre, despierta la confianza del enfermo, esa misma confianza que lo sanará.

 

Cuando nos acercamos a la realidad – aunque sea a una pequeñísima porción de la realidad – desde el amor y la confianza, entramos en contacto con toda la realidad y, la conexión con la totalidad y con la esencia, nos sana.

 

El monje budista Thich Nath Hanh lo experimentó y nos lo propone:

Beber una taza de té es un placer que podemos darnos todos los días. Para disfrutar de nuestro té, tenemos que estar completamente presentes y saber clara y profundamente que estamos bebiendo té. Cuando levante su taza, es posible que le guste respirar el aroma. Mirando profundamente su té, ve que está bebiendo plantas fragantes que son el regalo de la Madre Tierra. Sabes que estás bebiendo una nube; estás bebiendo lluvia. El té contiene todo el universo.

 

La hija de Jairo tenía doce años, justo en la edad de la menarca, la primera menstruación. Otra vez la sangre. Esta vez la sangre de la madurez, de la posibilidad de la maternidad. Y aparece la muerte como signo de todo lo que, en nosotros, amenaza la vida y su pleno desarrollo.

Y otra vez, Marcos, nos presenta a Jesús devolviendo vida. La muerte no existe, dice Jesús, la niña duerme (5, 39).

Metafóricamente y en su sentido más profundo, la muerte es el sueño de la inconsciencia, el vivir desde nuestro ego, desde la ilusión de la separación, en la creencia que el manto del maestro y el manto del universo, tienen costuras.

 

La Vida es Vida, desde siempre y para siempre. No hay costuras en la Vida, no hay costuras en el Amor, no hay costuras en la Luz.

 

¿Pueden traerme un pedazo de vida? ¿O un trozo de amor?

¿Pueden traerme una porción de luz?

 

Jesús vino a despertarnos de la ilusión de la separación.

No necesitamos cosas extraordinarias, ni titánicos esfuerzos.

Alcanza con “tocar su manto”. Alcanza este momento, este instante de lucidez.

 

Alcanza tocar el aquí y el ahora con amor y confianza.

 

En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar” (5, 42).

 

 

 


 

sábado, 22 de junio de 2024

Marcos 4, 35-40


 

Seguimos con el capítulo cuatro de Marcos y hoy el autor del evangelio más antiguo y más corto, nos regala una fabulosa catequesis. Es muy probable que el acontecimiento que Marcos nos relata no refleje un hecho histórico, pero poco importa: el evangelista, a partir de su experiencia y de la de su comunidad, quiere transmitirnos unas enseñanzas que pueden transformar nuestra vida.

 

La experiencia de Marcos es lo fundamental y es lo real y él se sirve de este estupendo relato para hacernos entrar en su misma experiencia y en el corazón del Maestro.

 

Por eso que una lectura simbólica del texto nos puede enamorar, puede introducirnos en el Espíritu y transformarnos.

 

Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal” (4, 38): desde siempre este versículo me atrae y me fascina.

 

Queda bastante clara la dimensión simbólica y catequética del texto: se desata una tormenta imponente, viento, lluvia y el barco se llena de agua… ¡y Jesús duerme! No parece verosímil… aunque suponiendo que Jesús tuviera un sueño muy pesado; tampoco parece verosímil, que Jesús “se hiciera el dormido”, para probar la fe de los discípulos.

 

La lectura simbólica y mística nos abre a un extraordinario mensaje: Jesús duerme en la popa. La popa es la parte trasera de un barco, donde se ubican las hélices y el timón y, por lo tanto, tiene la función de impulsar y dirigir la embarcación.

 

¿Qué mensaje oculta Marcos detrás de este Jesús que duerme en la popa?

 

Sin duda, la confianza. La confianza radical, la emuná bíblica.

 

En el medio de las “tormentas”, de las dificultades, de los peligros y de los miedos, la confianza es nuestro timón. La confianza es la que nos impulsa en la vida y la que dirige nuestra “embarcación”… para quedarnos en la metáfora.

 

¿No es extraordinaria esta lectura?

¿No es transformadora?

 

Marcos nos dice algo así: “confíen. Confíen siempre. Yo aprendí de Jesús la confianza. Aprendí que siempre hay un Misterio detrás y en el fondo de la existencia que nos cuida, nos sostiene y nos conduce. Aprendí que sin confianza no se puede vivir: la vida se vuelve amarga y nos pueden atrapar la angustia y la ansiedad. Aprendí de mi maestro que la confianza es el fundamento de la vida y del crecimiento espiritual y que solo a partir de la confianza se derrota el miedo. Confíen siempre. Y confíen sobre todo cuando en su vida se presenta una tormenta.”

 

¿Cómo surge y se alimenta esta confianza?

 

El relato lo sugiere a través de la orden de Jesús al viento: “¡Silencio! ¡Cállate!” (4, 39).

 

La confianza no puede brotar de nuestra mente inquieta y de nuestras pasiones o emociones descontroladas. Con frecuencia son justamente nuestra mente y nuestra emotividad, las que nos conducen a las tormentas. La mente, por su misma estructura, es ansiosa e inquieta. La mente juzga, fragmenta, separa y desde ahí surgen la ansiedad, la angustia y el miedo.

 

Cuando la mente calla, se abre otro espacio: un espacio ancho y sereno. La mente es estrecha y es justamente esta falta de amplitud que nos angustia.

Cuando la mente calla, aparece el vasto espacio de la consciencia. La consciencia es pura apertura, que todo recibe y ve con ecuanimidad.

Cuando la mente calla, vuelve la paz; surge la confianza y se desarrolla.

 

La autoridad de Jesús que Marcos, metafóricamente, aplica al viento y al mar, la podemos aplicar a nuestra propia mente y a nuestras emociones, especialmente en los momentos de “tormenta”: ¡Silencio! ¡Cállate!

 

El silencio es este espacio infinito de la consciencia. El silencio no juzga y todo lo asume. Todo sonido y toda palabra encuentra su sitio en el infinito espacio del silencio. Todo se armoniza y ordena.

La mística siempre lo supo y por eso promueve el ejercicio y la práctica del silencio.

Silencio y confianza, al final, son las dos caras de lo mismo.

Cuanto más silencio – no solo en cantidad, sino en calidad – cuanta más confianza.

Cuanta más confianza, más silencio.

 

Ahora cobran toda su fuerza las palabras finales que Marcos pone en los labios de Jesús: “¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?” (4, 40).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 15 de junio de 2024

Marcos 4, 26-34

 


Nuestro texto de hoy empieza así: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo” (4, 26-27).

 

Son unos de mis versículos preferidos de todo el evangelio. Son versículos que parecen secundarios y que, a menudo, pasan desapercibidos.

 

Para mí esconden y revelan algunos de los misterios más profundos y bellos de la vida.

 

Señalo tres dimensiones: la gratuidad, la fuerza de la vida, el misterio.

 

Desde siempre las tradiciones espirituales de la humanidad subrayan la dimensión de gratuidad de la vida y de la existencia. En el fondo y en sentido estricto, todo es gratis, todo es un regalo. Nadie se dio la vida, nadie se regala la existencia. El ser se nos regala: somos, por pura gratuidad. Podríamos no-ser, y en cambio, somos. A cada instante Algo te mantiene en el ser y te saca de la nada. En este preciso momento, mientras me estás leyendo, Algo te está respirando y te regala ser. Reconocer y agradecer la gratuidad transforma la vida en puro agradecimiento y asombro.

 

La vida tiene fuerza en sí misma y por sí misma. Es algo extraordinario y de una belleza tremenda e inexplicable. Por cuanto la ciencia investigue y descubra nuevas posibilidades y conexiones, queda siempre un fondo insondable: hay una fuerza invisible que hace que una semilla eclosione, brote y crezca. Hay una fuerza espiritual y misteriosa que conduce la historia, y las cosas. “Sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo”: más allá de los cuidados del hombre hay una fuerza original y originaria que avanza sola. La Vida nos precede, la Vida no depende de nosotros. Entrar conscientemente en este flujo vital nos permite vivir desde la total confianza y alegría. Por eso la Escritura nos repite como un mantra: “no teman”. No temas: hay una fuerza poderosa que todo lo conduce y sostiene. Lo que tiene que ser, será. Solo confía.

 

 

“Sin que él sepa cómo”: no sabemos nada en realidad o lo que sabemos es tan poco y efímero que tiene que llevarnos al Misterio. Esta parabolita de Jesús nos invita a recuperar el sentido del Misterio. Este “Algo” que nos mantiene en el ser – más allá de que lo definamos como “Dios”, “Amor”, “Consciencia” y de mil maneras más – es rotundamente “Misterio”. Las palabras no pueden etiquetar el Misterio y uno de los grandes problemas de las religiones fue y es la obsesión por definir y encerrar el Misterio. Esta obsesión está estrictamente ligada a nuestra necesidad compulsiva de seguridad y a la necesidad de nuestro ego de poseer la verdad. La Verdad no puede ser poseída, obviamente. La Verdad nos supera, nos trasciende, nos cuestiona continuamente.

 

¿Cómo una mente humana – tan limitada, condicionada, herida y frágil – puede tener la arrogancia y la pretensión de poseer la verdad o de creer que la posee?

 

Uno de los más grandes genios del cristianismo, Santo Tomás de Aquino, pocos meses antes de morir dejará de escribir, diciendo: “Todo lo que escribí me parece paja comparado con lo que he contemplado.” El teólogo calla y queda el místico silencioso.

 

Respetar el Misterio no significa evitar nuestra responsabilidad y la urgencia del conocimiento. Significa, simple y profundamente, ubicarnos en nuestro lugar: un lugar humilde, abierto, sereno. Desde este lugar, todo lo que hacemos para aprender y salir de la ignorancia es necesario y positivo.

 

Estas tres dimensiones – gratuidad, fuerza y misterio – nos regalan una nueva luz sobre la conocida imagen del “grano de mostaza” que cierra nuestro texto.

 

La ínfima pequeñez del grano de mostaza parece no tener ningún vínculo con el futuro y robusto arbusto. Lo mismo ocurre con nosotros y nuestro crecimiento espiritual. Después de unos años miramos para atrás y nos preguntamos a nosotros mismos: ¿Cómo crecí? ¿Cómo pude superar tantas dificultades?

 

La práctica de la meditación en silencio y quietud es también un “grano de mostaza”: ¿qué son 20 minutos de mañana y 20 por la tarde? Muy poco, pero tienen una fuerza brutal. 40 minutos de silencio contemplativo al día – el 2,7 % de las 24 horas – transforman la vida y los testimonios caen a centenares.

 

Recuperemos la importancia y la belleza de lo simple, lo poco, lo humilde. Recuperemos la confianza en la fuerza de la vida y su fecundidad. Y dejémonos enamorar y fascinar por el Misterio.

 

La poesía, tal vez, tiene algo que decirnos:

 

Me atrae el silencio.

Cómo un pozo sin fin,

de fino cristal.

 

Me llama a sus infinitos espacios;

ahí encuentro el Ser,

el auténtico!

 

Silencio y Ser desde siempre se aman

y en este amor sin fondo, sin comienzo y sin final

me atrevo a perderme.

 

Me atrae irresistiblemente el silencio,

en él me vivo

y dejo que la vida se dibuje.

 

Mi centro el silencio, mi ser el silencio.

Mi respirar es silencio.

Desde ahí me vivo,

desde ahí soy. Somos.

 

 

sábado, 8 de junio de 2024

Marcos 3, 20-35


 


El hombre contemporáneo se está acostumbrando a vivir sin responder a la cuestión más vital de su vida: por qué y para que vivir. Lo grave es que, cuando la persona pierde todo contacto con su propia interioridad y misterio, la vida cae en la trivialidad y el sinsentido

 

Así nos dice José Antonio Pagola y me parece una buena provocación para empezar nuestra reflexión sobre el texto de hoy; un texto profundo, complejo y con muchas puntas.

 

El Espíritu, a través del texto que estamos meditando, nos invita a salir de la trivialidad y del sinsentido y nos impulsa con fuerza desde lo profundo y hacia lo profundo.

Decía el teólogo luterano protestante Paul Tillich (1886-1965): “Quien conoce las profundidades conoce a Dios.

 

Intentemos, pues, entrar en las profundidades y enfrentémonos a un complicado versículo:

 

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre” (3, 28-29): los estudiosos debaten desde siempre sobre este “famoso pecado” contra el Espíritu que no puede ser perdonado.

 

¿Qué será? Las propuestas y las interpretaciones son muchas: la cerrazón del corazón, considerar a Jesús poseído por el mal, la tendencia a dividir, etcétera…

 

Tal vez cada propuesta tenga algo de veracidad, pero sospecho – y esta es mi interpretación – que no se trata de un “pecado puntual”, sino de una actitud constante y establecida. Es la actitud de una vida superficial que evita la profundidad, la actitud de la huida de uno mismo: el “pecado” no puede ser perdonado simplemente porque no hay consciencia de él – no se puede ver –, y porque estamos tan alienados de nosotros mismos que no tenemos consciencia de esta misma lejanía. En el momento sublime del “clic de consciencia”, el pecado es visto y, por ende, perdonado y se abren los caminos de sanación, reconciliación y profundidad.

 

La clave está en comprender que la lejanía de uno mismo y la lejanía del Espíritu son lo mismo, ya que el Espíritu es nuestra esencia y nuestra identidad más auténtica. Por eso, desde siempre, los maestros espirituales unen en un vínculo indisociable, el camino del conocimiento de Dios al conocimiento de uno mismo.

 

Afirma el místico cristiano escocés del 1100, Ricardo de San Víctor: “quien se prepara para escudriñar la profundidad de Dios, se dirija antes a las profundidades de su propio espíritu”.

 

Y, maestro Eckhart coincide: “La realidad que llamamos Dios, debe primero ser descubierta en el corazón humano. No puedo llegar a conocer a Dios, a menos que me conozca a mí mismo”.

 

Desde esta comprensión comprendemos cabalmente la invitación de Jesús a cumplir la voluntad de Dios y lo que Jesús entiende, por “voluntad de Dios”.

Desde una visión mítica y teísta estamos acostumbrados a ver la voluntad de Dios como algo “exterior”, algo que nos viene desde afuera: es una visión que ya no se sostiene bajo ningún concepto. Sugiere una imagen de un Dios separado, injusto, caprichoso y hasta perverso. Es importante comprender que no podemos aplicar a Dios nuestra experiencia humana de la “voluntad” y del “querer”: es una operación que cae en el antropomorfismo, es decir, en la reducción de Dios a nuestra medida.

 

¿Cómo entender entonces la Voluntad de Dios?

 

La voluntad de Dios se manifiesta en lo que es y en permitir que Dios se viva a través de uno mismo en todo momento.

En Jesús lo vemos, por ejemplo, cuando dice: “Abba, Padre, todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14, 36); es la plena aceptación de lo que es.

En María ocurre lo mismo: “Hágase en mi tu Voluntad” (Lc 1, 38); María se deja vivir por el Espíritu.

 

Desde esta comprensión profunda, “cumplir la Voluntad de Dios”, no es otra cosa que amar lo que es.

Por eso los místicos, aunque estaban en un contexto teísta (la visión de un Dios exterior y separado) intuyeron esta verdad y por eso recibían todo, como expresión de la Voluntad de Dios.

 

San Juan de la Cruz, poco antes de su muerte, solo y abandonado por todos, pudo decir: “estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios, que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa, sino que todo lo ordena Dios.

 

Ahora podemos comprender el “juego” del evangelista sobre el “afuera” y el “adentro”.

Los parientes de Jesús están afuera: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera” (3, 32); y Jesús, según ellos, “está afuera de sí mismo”, está loco.

Jesús pone todos adentro: “el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (3, 35).

 

Hay una relación con los demás y con la vida que va más allá del vínculo de sangre. El vínculo del Espíritu y en el Espíritu es mucho más potente, porque expresa nuestra verdadera identidad: somos uno.

 

Este es el sentido más originario y profundo de la palabra católico: universal, abierto a todos, abierto al todo.

 

Católico es aquel que reconoce lo Uno más allá de las diferencias.

 

Católico es aquel que descubre el mismo Espíritu en todo y en todos.

 

Católico es aquel que ama a todo y a todos.

 

Católico es aquel que reconoce la Presencia del Misterio en cada persona, más allá de sus creencias y su religión.

 

Católico es aquel que descubre la Voluntad de Dios en todo lo que es y se deja vivir por el único y luminoso Espíritu.

 


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