domingo, 18 de junio de 2017

Juan 6, 51-58




Hoy la iglesia celebra la fiesta del “Corpus Christi”: el Cuerpo de Cristo que, para los católicos, encontramos de forma especial en el pan eucarístico.
El capítulo 6 de Juan es un conglomerado obra de distintos autores sobre el tema del “pan”. En su composición más antigua el “pan” simbolizaba la enseñanza y el mensaje de Jesús, auténtico alimento. Más tarde se le aplicó toda la tradición eucarística.
Hoy lo leemos casi exclusivamente pensando en el pan eucarístico. No hay que perder la otra dimensión. 

¿Cómo entender el mensaje del pan y la enseñanza eucarística?
¿Cómo entenderlos en nuestra actualidad y para que nos ayuden a hacernos más humanos y plenos?

Recordamos antes que nada la etimología de la palabra “Eucaristía”: palabra griega que significa “dar gracias”. No podemos comprender el mensaje del pan y de la eucaristía sin una actitud agradecida.
La comprensión autentica nace del agradecimiento: probar para creer.
En segundo lugar es importante purificar el culto eucarístico. La eucaristía, central en la vida de la iglesia, a lo largo de los años sufrió una importante degradación y exteriorización.
Resumiendo en una frase tan vez demasiado tajante: se sacralizó tanto la Eucaristía que profanamos la vida.
En muchos casos se redujo la Misa y la misma comunión a un rito exterior, casi mágico, que poco tenía que ver con la vida y las enseñanza el Maestro. No son raros los casos de personas de comunión frecuente cuya vida no refleja el amor y la plenitud que la Eucaristía expresa y regala.
Algo no funcionaba y no funciona en esta manera de comprender y vivir.
El camino para re-aprender la Eucaristía va de la mano de la comprensión del Misterio de la Unidad.
Todo el capítulo 6 de Juan y en general todo su evangelio – con especial énfasis en el capítulo 17 – se centran en la Unidad y en lo Uno.
El lenguaje de Jesús es fuertemente simbólico: “el Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí”.
En primer lugar subrayamos la centralidad de la vida: todo en función y a servicio de la vida. Todo el evangelio – y obviamente los ritos de la iglesia – están a servicio de la vida. Una vida humana digna y plena.
Una Eucaristía que no nos hagas más humanos, más amantes, más plenos traicionaría por completo su sentido y su misma razón de existir.
En segundo lugar la Eucaristía expresa y resume lo que somos: unidad. La Eucaristía es una palabra auténtica sobre nuestro ser, nos dice cual es nuestra identidad: Vida Una.
Somos Vida que se expresa en formas humanas concretas.
Comulgar entonces es mucho más que un rito o una devoción, más que un consuelo o un momento de intimidad personal con Jesús.
Es el recordatorio más sublime que los cristianos tenemos de nuestra auténtica identidad.

La Eucaristía nos dice: somos vida divina. Somos Uno con el Misterio innombrable que llamamos “Dios”.
La Eucaristía te recuerda: vivas a partir de lo que eres. No te confundas. No te pierdas. No creas que eres lo que piensas. Eres el océano silencioso del Ser. Eres sangre divina en venas humanas.

Comprendida así la Eucaristía se vuelve armónicamente uno con la vida real y cotidiana y ya no viviremos la dualidad mentirosa que nos agota: rito y cotidianidad, fe y vida, iglesia y mundo.
Por eso el gesto de Jesús que se repite en la historia no podía llamarse de otra manera: “dar gracias”.
En sentido estricto hay una sola, continua, perenne Eucaristía: el gesto invisible y oculto de la divinidad que para expresarse en nuestras vidas continuamente se parte y se reparte.



jueves, 15 de junio de 2017

Somos Silencio y sus melodías


Somos Silencio y sus melodías

Amigo lector: te pido que leas este texto con calma y desde la calma. Así como fue escrito. Si ahora estás apurado, déjalo para después. Antes de leer respira conscientemente un par de veces, palpa la quietud profunda de tu ser y despierta tu capacidad de atención. Ahora si. Buena lectura, buena experiencia.

Somos silencio expresándose por un instante en notas y melodías. El mundo y sus infinitas formas nacen a cada instante desde el océano silencioso del Ser y mueren en este océano. El silencio es estable, pacifico, calmo. Por eso otra hermosa palabra para expresar el misterio que somos es: calma. Podemos vivir desde el silencio y la calma o podemos vivir desde las notas y las melodías. El mundo quiere disfrutar de la música sin silencio. Quiere notas sin calma. Solo disfrutaremos verdaderamente de la música de nuestras existencias si nos enraizamos en el eterno silencio. Seremos entonces libres. Verdaderamente libres. La música fluirá por sí sola, sanando y alentando. Consolando y bendiciendo. Vivirse exclusivamente desde las notas es desconocer el espacio blanco donde estas se escriben: es desconocer el Ser y las leyes de la Vida. Vivirse desde notas y melodías es entrar en la vorágine del movimiento sin sentido, sin eje. Es vivir comparando melodías y buscando inútilmente notas mejores. No hay notas mejores. No hay mejores o peores melodías: esto te lo revela solo el silencio.
No hay que temerle al silencio. El silencio es tu casa. Es nuestra casa. El hogar del mundo. Entrar en el silencio es volver al calor del hogar. Al orden universal.
Vivirse desde el Silencio no tiene nada que ver con aburrimiento o pasividad. Tiene que ver con la verdadera y única creatividad. Solo el silencio es creativo. Solo el silencio engendra notas y melodías dignas de ser escuchadas. Solo el silencio produce sonidos que curan.
Nacimos del silencio y morimos en el silencio, sin dejar de ser. Porque somos silencio.
Tremenda y maravillosa paradoja. La nota que somos – y la melodía que resuena en nuestro vivir – solo encuentra su unicidad y originalidad desde el silencio.
Por eso solo el silencio es creativo. Tu unicidad surge desde ahí, no desde la mente. La mente es tremendamente repetitiva y aburrida. La mente solo puede llegar a conocer las reglas musicales y aplicarlas. La creación surge donde nace el ser. Y el Ser se expresa surgiendo del silencio: donde el mismo y único amor toma forma y color. Hay que ir justo ahí: donde ahora está surgiendo la nota. Hay que vivir ahí: en este continuo surgir. Esto es ser fiel a uno mismo. Y esto es auténtica creación. Esta es la paz única y verdadera. La calma eterna, que también podemos llamar “Dios”, si esta palabra no fuera tan abusada y mal usada. El Silencio es el espacio infinito donde cada nota puede expresarse y es el mismo silencio que crea y acompaña a la nota. Por eso tu nota y tu melodía no son tuyas y no eres tu: es silencio que se expresa, es vida que en ti y por ti fluye. Milagro repetido una y mil veces.
La sociedad, la política y también la iglesia muy a menudo no conocen la auténtica originalidad. Viven de la uniformidad y crean uniformidad. Al poder constituido le encanta la uniformidad y a los seres humanos nos encanta el poder. Circulo vicioso que reprime la creación silenciosa. La autoridad de cualquier género – político, social religioso – se centra únicamente en las notas y melodías y quiere crear sinfonías a partir de sus partiduras. Solo conoce sus pocas notas y mira con desconfianza a nuevas melodías. Y así se repiten una y otras veces las misma melodías y quien se atreve desde el silencio a expresar cosas nuevas es marginado, exiliado y tachado de individualista y hereje. La autoridad humana no conoce la belleza de la originalidad porque no conoce el Silencio o, por lo menos, lo dejó en un profundo olvido. No conoce la única plenitud posible en esta tierra: la felicidad de la fidelidad a uno mismo. Una fidelidad que – sobra decirlo – no puede ser capricho. Es la fidelidad que el Silencio está engendrando e intenta humildemente expresar. Volver al Silencio es entonces la clave. La clave para salir de una uniformidad que – esa si – genera un pésimo individualismo. El individualismo de la nota que se cree única y mejor. La uniformidad y el individualismo característicos – enorme paradoja – de los dos grandes sistemas políticos perversos: comunismo y capitalismo, con sus múltiples disfraces. Y me parece tragicómico que justamente el sistema neo-liberal que tanto propugna la libertad personal termine engendrando individuos uniformes en sus actitudes: apurados, estresados, competidores, consumistas, insatisfechos.
Uniformidad e individualismo que también puede generar y alimentar una iglesia dogmática y moralista.
Volver al Silencio es la clave para reencontrarse en la verdadera armonía y unidad: unidad que no reprime, sino permite la expresión original y la fidelidad a uno mismo.
Ahí surge la sinfonía divina y la perfecta armonía.
Enraizada en el Silencio nuestra existencia no puede que volverse poesía. Profundamente libres podemos dejar que el silencio se exprese en armonías infinitas y siempre nuevas. Podremos cantar, danzar, gritar, correr. Podremos hacer el amor y dejar de hacerlo. Podremos pintar soles por todos lados. Podremos dibujar sonrisas y construir puentes. Podremos tener nuestras creencias y dejar de tenerlas. Nos enamoraremos de Jesús, del Buda, de Lao Tse, de un gurú de la India: da igual. Lo fundamental será vivir enamorados. Podremos plantar arboles, cuidar flores, escuchar el canto de los pájaros. Podremos escribir poesía y cocinar con esmero para quienes amamos. No conoceremos el aburrimiento que tanto azota a nuestro tiempo. El silencio nos enseñará cada cosa y en todo nos acompañará. Aprenderemos a vivir sin apegos, a dejar que todo vuelva a casa una vez cumplida su función. Dejaremos que la nota desaparezca feliz en su mar silencioso. Desde el silencio será por fin lo que tanto anhelamos: vida plena. Calma y quietud sumamente amantes y creativas.
Será ausencia de conflictos. Conflictos internos con uno mismo: emociones y pensamientos negativos, división interna. Conflictos externos: relaciones tóxicas o insanas, celos, envidias. Porque los conflictos que tantos sufrimientos nos provocan se nutren de la ausencia de silencio. Toman su energía desde las notas y las melodías. La conflictualidad que duele y deshumaniza se alimenta de la creencia que somos notas y melodías. Desde ahí a la comparación y a la búsqueda de sobresalir el paso es breve. Notas y melodías simple y extraordinariamente fluyen por el silencio eterno, como la sangre por las venas. Intentar detener sangre y notas conduciría a la muerte. Notas y melodía no existirían sin el abrazo del Silencio: eso somos, no aquellas.
Enraizados en el Silencio sanaremos también la angustiosa sensación de carencia y necesidad. Si somos silencio eterno ¿acaso puede faltar algo? ¿Falta algo a la inmensidad y ternura del Silencio?
El Silencio nos abraza, nos envuelve, nos sostiene. No hay que buscar el amor, hay que escuchar el silencio. Entonces todo vuelve a su cauce, al orden perfecto y universal. Hechos silencio disfrutaremos del fluir de cada nota y de cada melodía. Disfrutaremos también de algunas notas desafinadas y de melodías tristes y melancólicas. También ellas parte de la vida y parte de la música.
Y todo regresará obediente al océano silencioso del Ser.
Para ese Silencio vivo y desde Él. Este Silencio anuncio y en este Silencio muero y resucito.


domingo, 11 de junio de 2017

Juan 3, 16-18





Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad.
¿Qué puede decirnos hoy esta fiesta? ¿Qué tiene que ver con nuestra cotidianidad? ¿Qué aporte a la humanidad y a la humanización puede dar?
Son importantes estas preguntas. Centrales, diría.

El texto de hoy nos da pistas para responder acertadamente. Porque todo el evangelio, todo el mensaje de Jesús hay que entenderlo desde y hacia estos versículos de Juan: la salvación. Salvación que entendida desde la visión profunda o mística de la realidad significa: plenitud. Vida plena: aquí y ahora.

Recordemos lo que siempre supimos y olvidamos: “La gloria de Dios el que el hombre viva”, decía Ireneo de Lyon en el año 200.
El evangelio nos es regalado simple y llanamente para hacernos más humanos, más plenos, más felices, más amantes.
Jesús vino a revelarnos lo que siempre fue, es y será. Lo que siempre fuimos, somos y seremos: vida y amor.
Por eso el evangelio es profundamente liberador. Nos libera de las ataduras de nuestras mentes y nuestra visión fragmentada de la realidad. Nos libera de dogmas y miedos. Nos libera del egoísmo y de la sensación de falta.

Los dogmas cristianos – hoy recordamos el trinitario – hay que entenderlo de esa manera. Sino en lugar de liberar nos esclavizan aún más.
Un dogma es un “dedo que apunta a la luna”. No es la verdad, sino indica un camino, vislumbra una pista, propone un sentido.
Perdimos mucho tiempo en disquisiciones teológicas para intentar comprender lo que no se puede comprender y en la práctica de la vida cristiana a menudo convertimos lo Uno en tres dioses: Padre, Hijo y Espíritu. Se puede hacer teología sin duda y hasta es necesario y creativo: pero después de la vida, a servicio de la vida y para la vida.

El Misterio de la Trinidad dice en términos cristianos lo esencial de la realidad:
1)   Relación. La realidad es relacional. Todo es y está en relación. “No se puede zarandear una flor sin perturbar una estrella” decía el poeta inglés Francis Thompson. Tus más escondidos sentimientos y pensamientos tienen que ver con el universo entero y dan forma a este mismo universo.

2)   Unidad y distinción. La realidad es profundamente Una en su eterno movimiento de dar y recibir: el amor. El manto sin costura del Universo se manifiesta en infinitas formas manteniendo la perfecta unidad. Como afirma Enrique Martinez: “Hablar de la Trinidad significa reconocer la Realidad amorosa – Dios es amor – en su eterno movimiento de darse (Padre) y recibirse (Hijo), gracias al dinamismo interno (Espíritu) que lo posibilita.

¿Cómo vivir entonces la Trinidad en nuestra cotidianidad?
Dando y recibiendo. Recibiendo y dando. Viviendo desde mi centro siempre en paz y siempre estable, el movimiento del amor.
Desde la quietud maravillosa participo conscientemente de la danza de la vida.
Desde el Silencio eterno que soy haciendo de mi existencia poesía.


jueves, 8 de junio de 2017

La Virgen del Reencuentro y la meditación




Hace unos días la Vida – a través de un querido amigo – me sorprendió nuevamente con la llegada de la “Virgen del Reencuentro”.
La urgencia era encontrarle un lugar: ¿adónde quería estar esta hermosa y tierna imagen?
Casi sin darnos cuenta la Virgen del Reencuentro se deslizó y se instaló en nuestra humilde y acogedora sala de meditación.
Sin duda no fue casualidad.
Tal vez la Virgen quiere enseñarnos que “meditar es reencontrarse”.
Hermosa palabra “reencuentro”.

Meditar es reencontrarse una y otra vez con el Misterio que somos, que nos sostiene y que une el Universo entero.
No alcanza con encontrarse una vez. Necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos y con los demás. Aprender a vivir es aprender a reencontrarse. El reencuentro subraya la importancia de la novedad, del saber ver y apreciar la realidad con renovado estupor: ver con ojos nuevos.
El reencuentro subraya algo esencial: todo está naciendo a cada instante. Yo no soy lo mismo de ayer: mis células cambiaron, todo está continuamente muriendo y resucitando. La sensación de continuidad viene de nuestra memoria y la necesitamos para vivir, pero lo único real es el fluir de la vida que nos instala en otra y más profunda estabilidad: la de la quietud y del silencio.
Quietud y silencio que descubrimos y aprendemos a vivir meditando, con paciencia y perseverancia. La calma es la verdadera fuente del reencuentro.

Reencontrase con uno mismo es entonces descubrir el Misterio siempre presente y siempre nuevo. Reencontrarse desde el silencio es descubrir nuestra propia virginidad. La “Virgen del Reencuentro” nos invita a instalarnos en el lugar “virgen” de nuestro ser: lugar siempre presente, lugar de nuestra identidad más honda.

Virginidad y reencuentro van de la mano, como viejos amantes.
La virginidad tiene poco que ver con lo biológico y lo físico o, por lo menos, no es lo esencial. La virginidad tiene que ver con la novedad y el estupor, con el silencio y el asombro.
Justamente cualidades bellísimas de María de Nazaret, así como el evangelio nos la presenta.
Ser virgen es reencontrarse y reencontrarse – una y otra vez – es aprender a instalarse en la virginidad. ¡Experiencia maravillosa!

El reencuentro huele a nuevo, a ropa recién lavada. Abre la puerta del Infinito, una y otra vez. El reencuentro nos enseña a respetar el Misterio y a vivirse desde el Misterio: lo que encontraste no es tuyo y solo el perenne reencuentro te pertenece.
El reencuentro nos hace más sensibles, más atentos, más disponibles. Reencontrarse con uno mismo y con los demás nos abre al fluir de la vida y nos saca de las seguridades y los miedos que bloquean y embretan la vida.

El reencuentro es característica exquisita femenina, que María de Nazaret resume y concentra.
Es la mujer la que prepara los reencuentros, que se alegra enormemente, que goza y hace fiesta. Sonríe la mujer al reencontrarse con el amante, con los hijos, con los amigos. Sonríe y recibe: como fuera la primera vez.
El reencuentro desarrolla lo femenino en el mundo y nos abre a lo único fundamental: la receptividad y la gratuidad.

Todo es un don. Absolutamente todo: cada instante, cada lugar, cada cosa, cada aliento.
Saber recibir todo como un don es el aprendizaje de toda la existencia.

La Virgen del Reencuentro nos acompaña.

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