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miércoles, 14 de diciembre de 2016

La cajita de Julieta






“Era una noche oscura y tormentosa”: así empiezan las famosas novelas de Snoopy en las tiras de Charlie Brown. La terrible angustia de Lucía no le había hecho perder el sentido del humor. Era sin duda una noche oscura y tormentosa y mientras iba caminando rumbo a la casa de su amiga le vino a la mente la frase de Snoopy. Entre lagrimas esbozó una sonrisa.
Le encantaba el profundo humor de Schulz.
-  - “Siempre es un buen recurso haber dedicado un tiempo al humor” pensó distraída, “en la necesidad salta afuera”.

En el breve trayecto la noche oscura se convirtió de repente en un torrente de agua. A veces parece que la vida se ensaña con uno justo aprovechando de la debilidad. Lucía llegó empapada a la casa de Mónica.
Se secó rápidamente como pudo. En este momento no era esencial.
El reloj del estar indicaba las 23.35. Julieta hacía un buen rato que dormía.
Se sentaron en el living. La chimenea mostraba su mejor fuego. En una esquina de la mesa de nogal lucía una flor amarilla. En el medio una cajita de madera no muy grande, más bien pequeña diría.
- - “¿Cómo está Julieta?” preguntó Lucía.
- - “Me parece serena. Los niños aparentemente superan más fácilmente las pérdidas” le respondió Mónica.

Había enviudado hace unos pocos meses y de manera trágica y repentina. Un brutal accidente de transito se había llevado a su joven esposo. Julieta acababa de cumplir 7 años.
- - “La vida es injusta” susurró Lucía llorando mientras miraba la cajita con cierta curiosidad.
Quedaron en silencio un buen rato. Por fin Lucía levantó la mirada. Miró a la flor y miró a Mónica.
- - “¿Te animas a abrir la cajita?” sugirió Mónica. Sus palabras trasudaban ternura.

El ser humano no soporta la ternura en ningún caso. La ternura siempre mueve, aunque sea al rechazo.
Sin decir nada Lucía agarró la cajita en sus manos. Se había calmado un poco y su respiración se volvió más regular.
Se secó las lagrimas con el brazo izquierdo y se sopló la nariz. Era zurda Lucía: zurda de nacimiento y zurda de corazón. No encajaba en el mundo y se preguntaba a menudo como era posible que hubiera gente que encajase en un mundo egoísta.
Era un gesto tan simple: abrir una cajita de madera. No podía Lucía: en sus manos pesaba toneladas. Apoyó la cajita en la falda. Llevaba puesto un vaquero ajustado y un sweater azul. Era bonita Lucía, bonita y digna también en su dolor.
- - “¡Cómo saca a relucir belleza el dolor!” pensó Mónica para sus adentros.
Lucía miraba el fuego y miraba a la flor. Sentadas las dos amigas, sin apuro.

- “¿Qué apuro hay cuando el dolor engendra belleza?” hubiera dicho Dostoievski.

La misma cajita no tenía apuro al parecer.
Eran casi la 1 de la madrugada. Desde la sombra asomó la carita de Julieta.
Los truenos la habían despertada. Era una niña valiente. No tenía miedo a la tormenta ni a la oscuridad. En el velorio del padre había leído una poesía de Rilke escrita por su mamá detrás de un dibujo en el cual Julieta había representado al papá como una grande águila. El poema de Rilke decía:

“Y el  estar muerto es trabajoso,
y lleno de querencia, hasta que poco a poco
se rastrea algo de eternidad. Pero los vivos
cometen el error de distinguir demasiado
fuerte. Los ángeles (se dice) con frecuencia no
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas.”

Entre la conmoción general Julieta había depositado el dibujo y el poema arriba del cajón donde su padre yacía. Apenas sabía leer con sus 7 añitos y ya intuía el secreto de la mismísima muerte.
Se apareció descalza, los piecitos perfectos. Llevaba un pijama color crema salpicado por decenas de pequeñas ranas. Se sentó en el sillón cerca de Lucía sin decir nada.
El silencio se podía palpar sensiblemente, roto solo por el lamento del fuego.
Deslizó la cabecita y la apoyó delicadamente sobre el hombro de Lucía. Fue tal la delicadeza que su madre tuvo que toser para disimular el estremecimiento.
Los ojos de la niña reflejaban la luz del fuego.
Conocía la cajita Julieta. La conocía bien.
-   - “¿Puedo abrirla?”, susurró.
Los latidos del corazón de Lucía aumentaron rápidamente.
-   - “Si Juli, por supuesto”.
Julieta agarró la cajita de la falda de Lucía. En sus manos parecía de una liviandad insospechada.
Con solemnidad y con extrema facilidad abrió la cajita. La abrió en su regazo, entre las ranas.
Lucía no quería mirar. Hasta que Julieta soltó la risa.
-   - “Está vacía, está vacía” dijo resueltamente. “¡Yo lo sabía!”
Era su cajita. La cajita que su papá le había regalado unos días antes del accidente.
Lucía intentaba comprender. Intuía que el momento era sagrado.
Mónica intervino.
-  - “Pongas todo tu dolor, tus preguntas, tus dudas adentro de la cajita y ciérrala de nuevo”
Así lo hizo Lucía. Agarró la tapa de las manos de Julieta y sin moverla de entre las ranas, la tapó. Pasaron unos minutos.
-   - “Ahora ábrela tu” dijo sin titubear Mónica.

Los ojitos de fuego de Julieta brillaban. Hasta las ranas de su pijama parecían participar del momento.
Con dos dedos agarró la tapa y la depositó arriba de la mesa. Miró a la flor amarilla, miró a Mónica. Miró la caja vacía.
Sonrió. Su corazón estaba recobrando la paz.
-   - “La vida es como una cajita vacía, donde todo puede entrar y salir. Solo la pureza la puede abrir”. Las palabras de Mónica caían en el corazón de Lucía como gotas destiladas de su mejor licor de naranja.

Empezaba a comprender que significaba amar. Empezaba a penetrar en el misterio del amor.

Era ya muy tarde. Julieta se había quedado dormida en el sillón. Era perfecta. Un concentrado de belleza.

La mente todavía algo inquieta de Lucía de detuvo y se sorprendió al preguntarse:
-   - “¿Habrá algo más hermoso en el universo?”
Mónica adivinó sus pensamientos y sonrió.
- “Lo esencial es simplemente abrir”, le sugirió su corazón.







viernes, 30 de septiembre de 2016

La única lucha




Es muy común escuchar a las personas referirse a la vida en términos de lucha. “Hay que lucharla”, te dicen. “Luché toda la vida”, “la vida es una lucha”.
Más allá del lenguaje y las expresiones – más o menos certeras y que pueden tener su lugar – ver la vida en términos de lucha es muy peligroso, frustrante y desgastante.

Aprender la visión mística sobre la vida nos ayuda a recorrer otros caminos: más sabios y por ende, más humanos. Caminos de plenitud.
Aprender la visión mística nos sugiere paulatinamente que la única lucha que vale la pena es la lucha para dejar de luchar.

Antes que nada lo esencial: dejar de separar, dejar de ver separación donde hay unidad.
“La vida y yo” o “la vida y nosotros” no somos dos realidades distintas. En realidad solo existe la Vida, la única Vida de la cual todos participamos y todo participa.
Cada uno y cada cosa es expresión de la única Vida. Hablar de “mi” o “nuestra” vida es un absurdo; simplemente lo aceptamos convencionalmente para poder entrar en comunicación y entendernos.

Me parece más ajustado hablar de “existencia”: todo existe porque participa – está participando – de la Vida.
Hablar entonces de la existencia como lucha o, peor, vivir nuestro existir como lucha no nos lleva muy lejos, a pesar de las apariencias y la superficie. Tal vez algo se consigue, pero los costos son altos: la salud, la alegría, la paz interior.
Antes que nada una simple y contundente constatación: “la Vida siempre tiene la razón”.
Ya lo decía – más o menos con las mismas palabas – el gran poeta Rainer María Rilke: ¡bendita percepción de los poetas!

La Vida nos precede, nos sostiene y continua. La Vida va por su cauce, que nos guste o no nos guste. Aceptar que no tenemos el control es todo un aprendizaje, tal vez el aprendizaje más difícil. Creemos poder manejar la Vida a nuestros antojos, creemos que nuestras decisiones podemos llegar a controlar la Vida. En realidad la Vida “nos ocurre”, como inesperado regalo.
Y esta Vida, la única Vida, se manifiesta en lo que está ocurriendo aquí y ahora. Así de simple, así de maravilloso. Todas las tradiciones espirituales insisten en este punto. Una y otra vez.

Lleguemos al punto clave planteándonos unas preguntas:

¿Tiene sentido luchar en contra de lo que está ocurriendo aquí y ahora? ¿Luchar en contra de lo que es? ¿Luchar en contra de la vida?

Estás preocupado, por ejemplo. ¿Tiene sentido luchar en contra de algo que ya es?
La preocupación la sentís, está ocurriendo. Es la Vida, aquí y ahora. No querer sentirla, negarla, luchar en contra es inútil. Estás yendo en contra de lo que ya es.
Un ser querido fallece. Sobreviene una enfermedad. Hay dificultades económicas. Incomprensiones en la familia.
¿Tiene sentido negar algo que ya está ocurriendo? Es la Vida, que se manifiesta aquí y ahora de esta manera. Es la Vida, no lo olvidemos. La Vida que se manifiesta así. Pongas tu atención en la misma Vida más allá de su manifestarse. Centrate en lo esencial – la Vida – y no en sus transitorias manifestaciones.
Luchar en contra o negar lo que está ocurriendo – lo que ya es de alguna manera – nos produce más dolor que la simple y pura aceptación.

Una forma sutil de luchar es resistir: nos resistimos interiormente a lo que ya es. No lo aceptamos.
La Vida solo pide nuestro sí: radical, feliz, enamorado.
La Vida nos pide alinearnos con ella, humildemente.
La Vida nos pide sintonía.
No luchar en contra ni resistir, sino alineación. Una vez alineados con la vida todos los esfuerzos, el entusiasmo, el trabajo, cobran su más hondo sentido y toda su fuerza.
Te vas convirtiendo en Uno con la Vida. Fluyes con la Vida, en armonía.
Y esto, milagrosamente, disuelve también el mal o lo que etiquetamos como “mal”.
Como el río que gasta la roca, no por ir en su contra, sino por abrazarla con suavidad y compasión.

Todo esto obviamente no significa que en ocasiones habrá que pararse firmemente frente a la violencia, las injusticias y el ciego egoísmo. O que no podamos “defendernos” y cuidar nuestra valiosa existencia. Pero será siempre a partir del “si” a la Vida, de la aceptación de lo que es. Porque habremos comprendido que “el mal” es Vida que se manifiesta distorsionada, Vida ciega en busca de luz, Vida que gime, Vida que anhela tu “sí”, nuestro “sí”, aquí y ahora.

La única lucha que vale la pena: dejar de luchar.







lunes, 12 de octubre de 2015

El poeta y la rosa

Queridos amigos de "El agujero en la flauta": desde hoy a mediodía hasta el miércoles estaré en un encuentro de formación del clero de la Diocesis de Mercedes en la casa de retiro de La Paz (Rosario). No habrá conexión internet, así que martes y miércoles no habrá reflexión diaria. Les propongo hoy una y espero pueda acompañarlos hasta el jueves. También pueden volver a leer algunas antiguas, según sus exigencias actuales y sus gustos. Los llevo en mi corazón y oración. Gracias.


Rainer María Rilke (Praga, Republica Checa 1875 - Suiza 1926) es uno de mis poetas preferidos.Les propongo una linda anécdota de su vida que podemos tomar como enseñanza.



El poeta Rainer María Rilke vivió un tiempo en Paris. Para ir a la universidad recorría todos los días, en compañía de una amiga suya, una calle muy transitada.
Un rincón de esa calle estaba permanentemente ocupado por una mendiga que pedía limosna a la gente que pasaba por allí. La mujer sentada siempre en el mismo lugar, inmóvil como una estatua, con la mano tendida y los ojos fijos en el suelo.
Rilke nunca le daba, mientras que su compañera muchas veces le dejaba alguna moneda.
Un día la joven francesa le pregunté al poeta: “¿Por qué nunca le das nada a esa pobre mujer?”
“Tendríamos que dejarle algo en su corazón, no en sus manos”, respondió el poeta.
Al día siguiente, Rilke llegó con una espléndida rosa apenas abierta, la puso en la mano de la mendiga e hizo ademán de irse.
Entonces sucedió algo inesperado: la mendiga alzó los ojos, miró al poeta, se levantó del piso, tomó la mano del hombre y la besó. Después se alejó apretando la rosa a su pecho.
Durante toda la semana nadie la vio. Pero ocho días después, la pobre mujer estaba nuevamente en el acostumbrado rincón de la calle. Silenciosa e inmóvil como siempre.
“¿De qué habrá vivido todos estos días en los que no ha recibido nada?”, preguntó la joven francesa.

“De la rosa”, respondió el poeta.


Me acordé de la palabras de Jesús: "no de solo pan vive el hombre". El ser humano no necesita solo de pan: vive también de la belleza, la gratuidad, la bondad.
Que hoy y siempre podamos dejar algo en el corazón de los que encontramos en nuestro camino y aprender, todos juntos, a vivir de la gratuidad de la belleza!

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