El texto de hoy refleja cómo la comunidad de Mateo reelaboró profundamente una posible parábola original de Jesús, buscando legitimar el surgimiento de una nueva comunidad ante el rechazo de los líderes de Israel a su mensaje.
Es un tema muy recurrente a lo largo de la historia y es la misma tentación que se repite y se resume en tres dinámicas: justificar la elección descalificando a los demás, crear divisiones y considerarse los elegidos.
La realidad y la historia son mucho más complejas y, como lo sabemos a través de la experiencia, “bien” y “mal” conviven y no podemos “meter a todos en el mismo saco”.
Por eso quiero centrarme en la expresión clave que Mateo pone en boca de Jesús: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular” (21, 42).
La expresión es una cita literal del Salmo 118, 22.
Encontramos la misma expresión en Marcos 12, 10 y Lucas 20, 17 que son los textos paralelos al texto de Mateo, después en Hechos 4, 11 (discurso del apóstol Pedro ante el Sanedrín), y en 1 Pedro 2, 7 y en Romanos 9, 33 en referencia a Isaías 28, 16 que dice: “así habla el Señor: Miren que yo pongo una piedra en Sión, una piedra a toda prueba, una piedra angular, escogida, bien cimentada: el que tenga fe no vacilará.”
La imagen de la “piedra angular” es muy sugerente. Es la piedra que sostiene todo el edificio: si quitamos esta piedra se cae todo.
El mensaje que nos quieren transmitir estos textos es el siguiente: la piedra que los jefes de Israel rechazaron – fuera de metáfora, la persona y el mensaje de Jesús – se convirtió en el fundamento de la nueva comunidad.
Esta lectura es, obviamente parcial y condicionada y debemos ubicarla en su contexto. Conviene siempre recordar que un “texto, fuera de contexto, es un pretexto”.
No existe un texto, sin contexto. No existe una visión, sin perspectiva. Somos seres en perspectiva, históricos, limitados. Por eso es fundamental una actitud abierta y humilde.
El proceso de diferenciación del cristianismo del judaísmo no fue de un día para otro: fue un proceso bastante lento. Hasta el comienzo del siglo segundo, no existía “el cristianismo”: los seguidores del nazareno conformaban un movimiento adentro del judaísmo.
El trasfondo de la parábola es el famoso texto de la viña en Isaías 5 que, sin duda, conocían tanto Jesús como Mateo.
Isaías 5 canta la viña de Israel y denuncia, desde dentro del propio pueblo, que Dios esperaba frutos de justicia y encontró violencia; Mateo retoma ese canto y lo dirige a quienes custodiaban la viña, los jefes de entonces, y, como advertencia, a su propia comunidad y a la nuestra. Al rechazar al Hijo, los viñadores descartan la piedra que Dios había puesto como fundamento, y ese Cristo rechazado, y luego exaltado por Dios en la resurrección, es el que se identifica con todos los descartados y con nuestra propia vulnerabilidad. Por eso la pregunta de fondo no es quién quedó fuera, sino qué frutos damos nosotros (21, 43) y a quién estamos desechando hoy – adentro y fuera de nosotros –, sin saber que puede ser justamente la piedra angular.
Desde aquí, con más serenidad y apertura, podemos dar una lectura más existencial.
El mensaje de la piedra angular es extraordinario y lo podemos conectar a la experiencia de Pablo: “me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10).
Dios convierte nuestra debilidad en la “piedra angular” de nuestra vida.
Dios convierte “el descarte” en “piedra angular”.
Dios convierte los fracasos en “piedra angular”.
Dios convierte la derrota en victoria, la sombra en luz, la muerte en vida, la nada en todo, la fealdad en belleza.
¿Para qué este proceso?
Simple, y lo afirma el mismo Pablo: “nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4, 7).
Solo se nos pide abrirnos al amor, abrirnos a la acción del Espíritu.
Por eso la cruz es “piedra angular”: por el amor y la entrega de Jesús.
Es la autodonación de Jesús que transforma la cruz en ventana sobre lo Infinito, en puerta de luz, en puro amor.
La cruz por sí sola es instrumento de muerte y no salva a nadie y hasta puede convertirse en una versión perversa del cristianismo: sacrificial, masoquista, triste. Todo lo opuesto al mensaje de Jesús.
Solo cuando comprendemos y entramos en la dinámica de la entrega, entendemos la “piedra angular”.
Solo nuestro vacío permite a Dios llenarnos de su luz.
Solo la muerte del ego permite el acceso a la Vida Infinita y plena, ya en esta tierra.
No tengas miedo de tu vulnerabilidad: en ella Cristo se identifica con los descartados. El fruto que se nos pide es acogerlos, empezando por lo débil en nosotros; eso descartado es lo que el Espíritu – a través de tu entrega amorosa – quiere convertir en piedra angular de tu propia vida.
