El bellísimo texto de hoy nos presenta dos dimensiones del camino espiritual: la gratitud y la “carga liviana”.
“Te alabo, Padre”: es la gratitud de Jesús que se vuelve alabanza. La alabanza es como una “gratitud desbordante”. Cuando el corazón estalla en gratitud surge la alabanza, el canto, la música. También nace el silencio: un silencio contemplativo.
A menudo yo mismo me encuentro tan extasiado y agradecido que no tengo palabras y, simplemente, mi gratitud se convierte en silencio adorante.
La gratitud es una de las dimensiones más bellas y transformadoras de la vida.
Rumi, en su sabiduría, nos llega a decir: “Agradece a todo lo que venga, porque cada cosa ha sido enviada como un guía del más allá” y también “Si estás agradecido por la constricción del corazón, te será dada la expansión. La gratitud en la adversidad es un fuego que purifica el alma”.
Maestro Eckhart nos dice: “El hombre verdaderamente desapegado agradece a Dios tanto en las tinieblas como en la luz, en el dolor como en el gozo, porque no ama los dones de Dios, sino al Dios de los dones”.
La
mente suele quejarse. La mente siempre encuentra algún motivo para la queja, la
desconformidad, el lamento. Esto ocurre porque la mente reduce la realidad a lo
útil y a lo necesario para la supervivencia y para reforzar el sentido de
identidad del ego.
Por eso es fundamental ejercitar otra visión. Debemos aprender a ver “desde
otro lugar”.
El ejercicio espiritual que nos proponen Rumi y Eckhart es, entonces, esencial: cuando vemos que surge la queja, detengámonos e intentemos agradecer igual. El agradecimiento nos abrirá a otra visión y la visión profunda y pausada, nos abrirá al agradecimiento: visión y gratitud se retroalimentan.
Cuando agradecemos en el medio de dificultades, del dolor o los problemas, nos estamos abriendo a una confianza mayor y a una percepción más amplia de lo real.
Agradecer, ensancha nuestra consciencia y nos hace crecer en la comprensión que todo es un don, que en el fondo de cada experiencia siempre hay luz, que todo tiene un sentido en el diseño cósmico del amor de Dios: la mente no lo puede ver, el corazón lo puede sentir, tu alma puede confiar. Entonces se agradece: por todo, siempre.
El profeta Tobías también nos lo recuerda: “En cualquier circunstancia bendice al Señor, tu Dios” (4, 19).
Este agradecimiento nos abrirá al corazón de Jesús y al conocimiento del Padre: “hijos en el Hijo”, participaremos de su consciencia agradecida y de su misma alabanza.
Jesús es muy realista: también experimenta y sabe que la vida, a veces, es dura, pesada. En ocasiones la vida se vuelve una carga y nos cuesta seguir o avanzar. Aparece entonces la segunda dimensión.
Es muy revelador que Mateo reúna en pocos versos dos enseñanzas de Jesús y dos aspectos de la vida espiritual que parecen contradictorios: por un lado, la alabanza y la gratitud y por el otro la pesadez de la vida.
Jesús no niega que la vida pueda ser “un yugo” que nos cansa y nos agobia, pero nos regala una clave. La “carga pesada” encuentra alivio a través de la paciencia y la humildad.
El “yugo suave” nos revela otra vez la estructura paradójica de la realidad: el “yugo” por su naturaleza tiene que ser pesado, para cumplir con su función. Un “yugo suave” es contradictorio. Así como paradójico y aparentemente contradictorio es que “el grano de trigo tiene que morir para dar vida” o que “hay que perder la vida, para encontrarla”.
¿Qué nos quiere entonces decir Jesús con esta imagen del “yugo suave”?
Si conectamos esta metáfora con la paciencia y la humildad podemos ver que el “yugo suave” es, en el fondo, la vivencia del amor.
Cuando vivimos en el amor, las cargas se vuelven livianas: el esfuerzo, a veces necesario, ya no se percibe como esfuerzo, el normal cansancio no nos agobia, el estrés lo manejamos con paz y sabiduría, las dificultades las vivimos con serenidad.
La experiencia de la aflicción y del agobio, con frecuencia, es necesaria para dar un salto en nuestro camino.
Cuando todo “parece ir bien” y la vida corre feliz y serena sobre rieles, caemos con facilidad en el “delirio de omnipotencia” o en la creencia de nuestra autosuficiencia e invulnerabilidad…
La aflicción y el agobio, en cambio, nos devuelven a la consciencia de nuestra humanidad frágil, de nuestra dependencia y de la necesidad de Dios… por eso Jesús nos espera ahí. Nos espera cuando la aflicción y el agobio nos visitan. Nos espera cuando “tocamos fondo”.
“Tocar fondo” es la experiencia central humana de nuestra fragilidad y dependencia. Es la experiencia que nos hace palpar sensiblemente que la vida es un don, que “todo es gracia”, como afirmaba continuamente Santa Teresa de Lisieux.
Empecemos entonces. Empecemos hoy, ahora.
¡No perdamos ningún momento ni ninguna ocasión para agradecer!
Como bien expresa esa bellísima síntesis moderna que la tradición atribuye al Maestro Eckhart, condensando de forma insuperable su teología del desapego y la gratuidad: “Si la única oración que dijeras en toda tu vida fuera “gracias”, bastaría».”
