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jueves, 24 de noviembre de 2016

Desenterrar la belleza




“Hace varios años leí un estudio realizado en un barrio pobre de Londres. Seleccionaron dos calles paralelas, situadas a un kilómetro y medio de distancia, ambas en una situación de pobreza similar y con problemas comunes, que incluían un alto grado de delincuencia. Sin el conocimiento de los vecinos, se decidió en secreto que una de las calles se limpiaría cada día. Se recogía la basura, se limpiaban las pintadas de las paredes, se replantaban y regaban las flores en los canteros, se reparaban y pintaban las farolas y señales deterioradas. Públicamente no se comentó nada sobre estas actividades de limpieza y embellecimiento extras. Al cabo de un año, sin embargo, se compararon las calles. Las estadísticas demostraron una reducción de casi un 50 por ciento de la delincuencia en la calle que se había limpiado y cuidado”

Jack Kornfield

Esta simple experiencia que nos comparte este maestro norteamericano de meditación me gustó mucho y nos sugiere algo tan sencillo como profundo: la belleza sana.

La humanidad lo sabe desde siempre. Los testimonios y las experiencias son infinitas y hermosas. En nuestra sociedad lo hemos un poco olvidado. La sociedad occidental, esclava del consumismo y excesivamente pragmática y racional, perdió este contacto sanador con el orden y la belleza. Creyó que la sanación y la plenitud surgieran del capital, la comodidad y el bienestar: parece claro que no es así.
El consumismo y el racionalismo degeneran a menudo en violencia y la violencia va siempre de la mano del desorden y la fealdad.
Sanar nuestra sociedad, sanar nuestros grupos humanos y nuestra convivencia pasa por recuperar el sentido de la belleza y el orden. Sin descuidar otros importantes aspectos: educación, justicia, solidaridad.

¿Cuál es la raíz de tan hermosa explicación?
¿Por qué la belleza sana?

El orden y la belleza sanan porque nos devuelven a lo esencial: la armonía de amor. El amor es armónico, ordenado, bello.
Esa armonía del amor es nuestra identidad más profunda y es una armonía siempre presente y siempre actuante. A menudo no la vemos: está recubierta de nuestros deseos egoístas y superficiales, de la ilusión del tener, del miedo a morir.
Hay que desenterrar la armonía oculta siempre presente. Hay que desenterrar la belleza infinita del corazón humano.

Es la experiencia de los artistas, en especial de los escultores. Escuchamos su testimonio:

“Elijo un bloque de mármol y quito todo aquello que no necesito” (Auguste Rodin respondiendo a quien le preguntaba como lograba crear sus estatuas)
“Ves un bloque, piensas en la imagen: la imagen está adentro, alcanza desnudarla” (Miguel Ángel Buonarroti)
“Vi a un ángel en el mármol y tallé hasta liberarlo” (Miguel Ángel Buonarroti)
“La figura ya estaba adentro del mármol y yo solo quité lo que sobraba” (Miguel Ángel Buonarroti)

La belleza siempre está y está porque es nuestra fuente y nuestra meta. Descubrirla, manifestarla y ordenarla, genera vida y paz.
Exterior e interior son simples categorías mentales: la realidad es siempre y solamente UNA que se expresa como adentro y como afuera. Por eso que construyendo belleza “afuera” se construye también “adentro”. Ordenando la vida “afuera” se ordena también “adentro”. Y al revés obviamente.

Tenemos que ser muy concretos en todo eso: cuidar nuestros espacios vitales, nuestros ambientes. Cuidar la limpieza, la prolijidad, el orden. Trabajar la armonía.
Hacer esto nos ayuda a ser más bellos y ordenados en todo sentido.
Y la belleza alimenta y expresa el amor.

Buen camino: desenterrando belleza.






martes, 13 de septiembre de 2016

Namasté



“En un gran templo al norte de la antigua capital de Tailandia, Sukotai, se alzaba desde tiempos antiguos una enorme estatua de Buda. Aunque no era una de las más bellas y refinadas obras de arte budista tailandés, se había mantenido durante 500 años y se había convertido en objeto de veneración por su incuestionable longevidad. Este Buda había sido testigo de violentas tormentas, cambios de gobierno y ejércitos invasores, pero había resistido. Llegó un momento, sin embargo, en que los monjes que cuidaban el templo advirtieron que la estatua había empezado a agrietarse y que pronto iba a necesitar ser reparada y pintada de nuevo. Tras un periodo que resultó especialmente caluroso y seco, una de las grietas se hizo tan ancha que a un monje curioso se le ocurrió tomar una linterna para investigar qué había allí dentro. Lo que apareció de golpe al iluminar la grieta fue ¡el destello brillante del oro! En el interior de aquella sencilla estatua, los residentes del templo descubrieron una de las imágenes de oro de Buda más grandes y luminosas que se han creado en el sureste asiático.”

(Jack Kornfield, La sabiduría del corazón, La liebre de marzo, Barcelona 2013, p. 21-22).


Este hermoso y simpático relato nos revela el autentico sentido del saludo “namasté”.

Namasté (o námaste) es un saludo de la India muy presente en las tradiciones espirituales orientales. Uniendo las palmas de la manos a la altura del corazón se inclina ligeramente la cabeza. En algunas tradiciones se pronuncia la palabra namasté y en otras simplemente se hace el gesto.

El saludo – lo podemos comparar a nuestro “hola” y “chau” – más allá de muchos matices expresa lo siguiente: “lo divino en mí reconoce lo divino en ti y en este reconocerse reciproco nos descubrimos uno”.
En nuestra tradición occidental y cristiana tal vez lo podríamos traducir así: “lo inmaculado en mí saluda lo inmaculado en ti y ahí nos reconocemos uno en Dios”: ¡Maravilloso!
El dogma de María Inmaculada encuentra aquí su verdadero y más hondo significado, más allá de lo referente a la persona individual de María de Nazaret y a su tinte moral.

Hay un lugar en cada ser humano y en cada ser viviente que no es afectado por el egoísmo, el mal y el sufrimiento. ¡Es el oro de la estatua! Más allá de las capas superficiales de nuestro ser hay un espacio sagrado, inmaculado, divino. Reconocerlo en uno mismo y en los demás es la clave de la felicidad y la plenitud.

Las experiencias de sufrimientos desde nuestra niñez y la esclavitud mental van creando, cada vez más, capas profundas y rígidas que impiden descubrir el oro. Oro de nuestra auténtica naturaleza y bondad.
La práctica espiritual es la práctica de la purificación de la percepción para aprender a ver el oro que soy y somos. Es la práctica de ir quitándose las capas que nos hemos ido construyendo y que nos impiden descubrir nuestro ser inmaculado.
La práctica del saludo namasté nos puede ayudar y recordar todo esto. Obviamente, en nuestra cultura, no es necesario decir la palabra o hacer el gesto exteriormente. Lo podemos hacer interiormente o encontrar momentos y espacios para poder exteriorizarlo.

Yo empiezo y termino mi meditación diaria con este saludo, como a expresar el deseo de reconocer lo sagrado en el Universo entero. A menudo saludo con namasté a las plantas de mi cuarto y, cuando doy un paseo, a algún árbol o algunos pájaros.

En la celebración de la Eucaristía el saludo namasté logra reconocer en el pan y el vino consagrados la Presencia del Cristo cósmico: en un pedacito de pan el Universo se concentra, se expresa, se multiplica. Namasté reconoce y agradece lo Uno en lo múltiple y lo múltiple en lo Uno.

A lo largo de nuestras jornadas sería muy oportuno detenerse cada tanto para respirar conscientemente y saludarse y saludar con un namasté.

¡Namasté!



miércoles, 2 de diciembre de 2015

Incertidumbre feliz

"Cuando comprendemos la verdad de la incertidumbre y nos relajamos, nos volvemos libres"


Jack Kornfield





La incertidumbre es la gran compañera de toda nuestra vida. A menudo vivimos como si tuviéramos certezas, cuando en realidad las certezas no hacen parte de la aventura de la vida.
Ya que la certezas físicas y materiales se desvanecen más fácilmente, en general nos aferramos a certezas morales o espirituales, porque nos parecen más estables. 
En un primero momento la vida se encarga de desmontar las seguridades materiales: bienes, cuenta bancaria, afectos, personas... basta poco para que se pierda algo material y también un afecto o una amistad. Cuando nos desilusionamos puede que ponemos nuestro deseo compulsivo de seguridad en realidades "espirituales": religión, oración, grupos y cosas por el estilo.
Con el tiempo la vida se encarga de desmontar también esto y cuando no lo aceptamos nos convertimos en amargados, tristes, quejosos. 

Ni que decir que la incertidumbre va de la mano de la experiencia del morir: creemos que la muerte es algo lejano y vivimos como si esa experiencia no nos pertenezca. En realidad la experiencia del morir está siempre mucho más cercana de lo que podemos imaginar: cuantos conocidos murieron de un día para otro... pero siempre pensamos que "le toca a otro". Todos los días estamos muriendo y naciendo y no nos damos cuenta.

La hermana incertidumbre se manifiesta en todos los aspectos de la vida: hay que estar más atento para darse cuenta, conocerla, darle la bienvenida y apreciarla.
La incertidumbre es esencial a la vida, porque la incertidumbre permite el pleno desarrollo de Dios: su manifestación en infinitas formas. En la incertidumbre cabe todo, en la certeza cabe muy poco.

Cuando comprendemos lo esencial y la belleza de la incertidumbre dejamos de aferrarnos y apegarnos a lo que pasa y aprendemos a vivir desde lo eterno. Somos realmente libres, porque fluimos con la totalidad de la Vida.
Esta libertad plena la podemos llamar también felicidad.
Así que la incertidumbre que en un plano superficial nos asusta, en realidad nos conduce a la libertad y la plenitud.
¡Bendita incertidumbre feliz!

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