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sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidad: el fracaso del amor






En este tiempo navideño los acontecimientos de la vida me llevaron a leer la misma Navidad en términos de fracaso.
“Fracaso” en el sentido más amplio: no solo como consecuencia de errores humanos sino también como vivencia de todas las limitaciones y condicionamientos que nuestra humanidad supone. El fracaso nos une como humanidad: ¿Quién en algún momento no experimentó el fracaso?
Navidad como fracaso: puede sonar medio extraño y medio fuerte, sobre todo en nuestra cultura occidental que vive la Navidad en términos comerciales y a la luz de poesía barata.
En realidad podemos considerar toda la trayectoria humana de Jesús de Nazaret a la luz del fracaso.
Justamente desde el inicio: su nacimiento que hoy celebramos.
Jesús nace como un refugiado, en la pobreza, entre paja y animales. No hay lugar para sus padres en las posadas. Fracaso.
Al poco tiempo ya es perseguido por la olas de rabia del poderoso de turno. Con su familia tiene que huir. Fracaso.
Adolescente se queda en el Templo y decepciona a sus padres. Fracaso.
Pasa los años de su juventud en el anonimato total. Un simple trabajador como tantos de su tiempo y de su tierra. Nada del éxito y la fama que nuestro mundo anhela. Fracaso.
Empieza a predicar por la polvorosas y calurosas tierras de Palestina. Pocos le siguen y menos le entienden. Fracaso.
A veces las multitudes lo aclaman. Pero lo aclaman desvirtuando su mensaje. Y Jesús se retira. Solo. Fracaso.
Los poderosos y religiosos de su pueblo que tendrían que tener más herramientas y sabiduría para recibir su mensaje son los que más le rechazan. Fracaso.
En un momento dado sus mejores amigos se quieren ir. Experimenta una profunda soledad. Fracaso.
Las autoridades políticas y religiosas le persiguen injustamente. No logran ver que su presencia y cercanía devuelve la vida y la alegría a la gente. Fracaso.
Es traicionado y dejado solo por sus más íntimos amigos. Fracaso.
Es juzgado, condenado, torturado por ser fiel a su conciencia y por hacer del amor el eje de su vida y su mensaje. Fracaso.
Muere solo en el terrible patíbulo de la cruz. En realidad está algo acompañado: dos delincuentes están con él. Fracaso.
Hasta percibe el abandono de su misma esencia, el “Padre” como él le llamaba. Fracaso.
Se puede leer así el recorrido humano del Maestro. Como así se puede leer la vida de cada ser humano.
De fracaso en fracaso. El triunfo y el éxito de este mundo que muy pocos experimentan no cambia el enfoque. Lo que el mundo define como triunfo y éxito es en realidad el simple maquillaje del fracaso. Las luces de los ricos, poderosos y famosos se apagan tristemente. La superficialidad y la apariencia no pueden esconder por largo tiempo la bendición del fracaso.
¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué el fracaso se convierte – o se puede convertir – en bendición?
Porque el fracaso, y solo el fracaso, revela el Misterio de la Vida: la gratuidad del amor.
Jesús lo sabía. Jesús lo había descubierto, como todos los grandes espíritus que siguen inspirando caminos. Tenemos numerosos testigos de la bendición del fracaso: Buda, Gandhi, Madre Teresa, Martir Luther King, Charles de Foucauld…
Escondida bien adentro de la experiencia del fracaso se esconde la perla preciosa, la perla fina, la perla única: el amor.
El amor que da sentido al fracaso mismo y lo transforma es belleza y plenitud.
Necesitamos del fracaso. Necesitamos de su bendición.
Hay que aprender a fracasar para descubrir el amor. Como decía Samuel Beckett: “Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor”. “Fracasa mejor”: es decir dale sentido al fracaso, descubre la bendición del fracaso.
La experiencia del fracaso es esencial. Nos enseña que el Amor no se logra. No se puede lograr porque es lo que somos, es lo que eres. No se merece el amor, no se puede merecer. Se vive.
El fracaso nos revela que todo es gratis, todo es un don, todo ya está salvado.
El fracaso nos revela que el secreto de la vida y la felicidad se esconde en la debilidad, lo pequeño, lo frágil, lo perdedor.
Ocurre entonces “el milagro de los milagros”: el fracaso se transforma en verdadero éxito y plenitud en el instante mismo que se acepta y se descubre que en su centro más íntimo se encuentra el amor.
En ese preciso instante – solo en este instante – la cruz se transforma en resurrección, el pesebre en autentica poesía, la debilidad en fuerza, la tristeza en infinito gozo.
Solo en este instante. Ni un segundo antes.
Por ese preciso instante la historia fracasada del Maestro de Nazaret se transforma en perenne luz y el niño de Belén en el Dios invencible.
Por ese preciso instante nuestras vidas salpicadas de fracaso se transforman en las melodías más bellas y se oye el único canto digno de escucha: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” (Lc 2, 14).





martes, 18 de octubre de 2016

Alas de papel




Hace poco tiempo descubrí una linda canción: Alas del grupo español eXIT.

Les comparto el texto de la canción:

Hoy voy a soñar de nuevo
con mis alas de papel
y mis ganas de volar.

Hoy reviviré mi sueño.
Lo que importa es esperar
a que sople el viento a favor.

Hoy voy a volar
con mis alas de papel.
Tengo que esperar
a que sople el viento a favor.

Hoy voy a soñar despierto.
Necesito respirar
y dejarlo todo atrás.

Hoy conseguiré mi sueño.
Lo que importa es esperar
a que sople el viento a favor.

Hoy voy a volar
con mis alas de papel.
Tengo que esperar
a que sople el viento a favor.

Me gustó mucho la letra de la canción. Un texto que se podría usar para un retiro espiritual o un momento personal de oración.
Especialmente me llegaron dos aspectos que quiero compartir con ustedes.

En primer lugar “mis alas de papel”.
El deseo de volar del ser humano es siempre grande, en todos los sentidos.
Esencialmente podemos tomar lo simbólico del volar como un anhelo de libertad y vida plena.
¿Quién no desea ser verdaderamente libre y vivir en plenitud?
Hablamos de la libertad esencial: la de amar y de ser uno mismo. No de la libertad relativa de elegir esto o aquello que está siempre condicionada por el inconsciente y la heridas emocionales.

Este deseo de volar chocha muy tempranamente con la fragilidad. Somos frágiles. Tenemos alas de papel. Alas que no aguantan el vuelo. Caemos y fracasamos. Una y otra vez.
Lo interesante – tremenda la pedagogía divina – es que la Vida no nos regala alas más fuertes.
La Vida – las quebraduras y los raspones – nos enseña a volar con nuestras alas de papel.

La fragilidad es patrimonio humano. Bendito patrimonio que nos enseña el amor y nos empuja a mirar a lo eterno: el vuelo. Vuela y vuela. Vuela con sabiduría: me vino a la memoria el mito griego de Ícaro que con las alas pegadas con cera que su padre Dédalo le había hecho se acercó demasiado al sol. El sol derritió la cera e Ícaro murió.

La libertad y la plenitud anhelada no nos tienen que hacer olvidar nuestra esencial fragilidad. Los más experimentados místicos y maestros no perdieron conciencia de sus alas de papel.
Dicho de otra manera: volar con los pies en la tierra.
La experiencia de Dios es siempre experiencia del Misterio, de una Luz inaccesible: ¡cuidado a mirar demasiado de cerca! ¡Ojito a la presunción que está siempre al acecho!

Es la experiencia mística de Moisés:
“Moisés dijo: “Por favor, muéstrame tu gloria”. El Señor le respondió: “Yo haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo”. Luego el Señor le dijo: “Aquí a mi lado tienes un lugar. Tu estarás de pie sobre la roca, y cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después retiraré mi mano y tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro”.” (Éxodo 33, 18-23).

En segundo lugar: “el viento a favor”.
Como las aves podemos estar atentos a las corrientes favorables para emprender algún vuelo particular. Se dan situaciones en la vida concreta donde surge una posibilidad, una oportunidad. No hay que desperdiciarla. Es oportunidad de crecimiento y de comprensión.
Esperar pacientemente a que el viento sople a favor. Estar atento, abierto, disponible. Las cosas se dan a su tiempo. Y las que no se dan también. La paciencia nos enseña la atención y el respeto de los tiempos. La maduración de un fruto no es cuestión de violencia. Es cuestión de paciencia y respeto por las leyes naturales. Y es cuestión de cuidado y de mirada.

Jesús había dicho: “El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3, 8). Hay que estar atento, estudiar las corrientes, investigar, esperar.

Todo esto no excluye la otra parte: siempre el viento sopla a favor. También cuando no hay viento o cuando nos parece contrario.
Todo conspira para tu plenitud, para tu libertad, para tu vuelo.
Estate atento y abierto: siempre sopla el viento a favor. Aunque no haya viento.






jueves, 8 de octubre de 2015

Aprender a fracasar

"Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor"


Samuel Beckett







Samuel Beckett (1906-1989), novelista y poeta irlandés, nos sorprende hoy con una interesante afirmación. Los poetas, espíritus atentos y profundos, nos sorprenden muchas veces con sus afirmaciones que van más allá de la lógica y el sentido común.
Hay también una monja budista, Pema Chodron, que habla de "como fracasar" y también cita a nuestro poeta.
El fracaso es nuestro compañero de camino a lo largo de la vida, mucho más fiel que el éxito. 
Así que, aprender a fracasar, se convierte en tarea impostergable.
No estamos hablando solo de los "grandes fracasos" de la vida, sino también de los cotidianos, chiquitos, de todos los días. No es necesario poner ejemplos creo.
Tampoco estamos afirmando que buscamos el fracaso por el fracaso: sería masoquismo, actitud poco humana, menos cristiana y hasta patológica.

Aprender a fracasar es aceptar con serenidad que la Vida nos supera, que los criterios de la Vida muchas veces no son los nuestros.
Aprender a fracasar es convertirse es un aprendiz feliz.
Aprender a fracasar nos hace más humildes y compasivos.
Aprender a fracasar nos muestra la importancia del recomenzar y que la vida es siempre nueva a cada instante.
Aprender a fracasar es reconocer que el éxito, lo que nosotros etiquetamos como éxito, es ilusorio y peligroso.
Sobre todo, aprender a fracasar, nos abre a la gratuidad, al don. Nos abre al Amor. En el fracaso nos damos cuenta de donde brota la fuente perenne del Amor.

El mejor fracaso de la historia fue sin duda el de Jesús: en la cruz, fracaso total. Desde este fracaso surgió, surge imparable la luz, la vida, la resurrección.



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