sábado, 3 de enero de 2026

Juan 1, 1-18

 


 

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios” (1,1): empieza así el texto de hoy. Empieza así uno de los textos espirituales más conocidos, más profundos, más bellos de la historia. Empieza así el prólogo de San Juan: texto místico, cósmico, inspiradísimo, inacabable, insuperable.

 

Quisiera centrarme en la dimensión de la palabra.

Palabra” traduce el termino original griego “Logos”, un término de una riqueza semántica muy amplia. No significa solo “palabra/discurso” con el significado restringido que le damos nosotros hoy. Significa también “orden, sentido, armonía”.

Podemos intuir, entonces, la intención de Juan: al principio – no es un principio temporal, sino de fundamento – hay un orden, un sentido. La creación, en su origen y fundamento, tiene un Logos, tiene un por qué: el caos y el vacío de Genesis 1, 2 tienen un sentido. Hay una armonía invisible que todo lo sostiene, hay un sentido, un propósito. ¡Qué maravilla y que paz!

Con frecuencia este sentido y propósito nos quedan ocultos y nuestra mente limitada no los capta: confiemos y abrámonos al Espíritu desde el alma ilimitada y no solo desde la limitada racionalidad.

 

Este “Logos” es también Palabra, se revela como palabra y como palabra humana. Es el principio fundamental de la encarnación que vemos reflejado de una manera única en la carne de Jesús de Nazaret. Dios se encarna no solo en Jesús, sino en las palabras humanas y, para nosotros, de una manera especial, en las palabras de la Escritura. Dios se revela en palabras humanas y no podría ser de otra forma: ¿Cómo podríamos entenderlo?

 

Cuando la Virgen María se le apareció a Bernardita en Lourdes en 1858, le hablaba en el dialecto local que Bernardita podía entender. Principio de encarnación, otra vez.  

 

El lenguaje, que toma cuerpo y forma en la palabra y en las palabras, nos define como seres humanos. La palabra es humana y solo humana. Los demás seres vivientes se comunican desde otros lugares.

La palabra: ¡misterio inefable!

El ser humano es palabra, hasta tal punto, que si a un bebé no se le habla puede morir o su desarrollo queda drásticamente bloqueado. No se crece sin palabra, no vivimos sin palabra.

Por eso, La Palabra está en el origen y por eso, en el relato mítico de la creación, Dios crea a través de la palabra.

Porque la palabra auténtica, la palabra que crea, no es solo voz, sonido, aire y cuerdas vocales. La palabra es energía creadora, es revelación del ser, manifestación de la vida, visibilidad de lo invisible y lo interior. La palabra es puente entre el ser invisible e inefable y su revelación concreta, humana, histórica.

 

Dios no tiene voz, pero tiene palabra. Su creación es su palabra.

En la palabra humana, Dios se revela y se oculta a la vez. La palabra es siempre, simultáneamente, revelación y ocultamiento.

 

La palabra humana es el vértice y la cumbre de la dimensión paradójica de la existencia. La palabra humana es sumamente frágil y sumamente poderosa. Es luz y tiniebla. Crea y destruye.

La palabra humana necesita siempre escucha e interpretación.

Nos comunicamos y nos revelamos a través de la palabra y también nos ocultamos y huimos, detrás de la palabra inauténtica o mal comprendida. La palabra es compleja y hunde sus raíces en la noche de los tiempos, en nuestro inconsciente y en el inconsciente colectivo.

Una palabra puede resucitar o matar. Puede ser fuente de vida o camino de muerte. La palabra une y divide. En su vocación más pura la palabra es luz: la luz de la consciencia, de la comprensión, de la vida.

 

Por eso, para nosotros, Jesús es La Palabra. En Jesús, Dios pudo hablar sin obstáculos. Jesús fue transparente, abierto, disponible. Dios pudo “hablar” a través de Jesús, con total libertad. Por eso Jesús es revelación de Dios, es luz y nos transmite la luz.

 

Por eso también, las palabras de Jesús fueron palabras de vida: Jesús hablaba desde la verdad, desde el ser, desde el Espíritu. La palabra de Jesús nunca fue solo voz, solo aire. La palabra de Jesús tenía autoridad porque era vida, siempre en función de la vida y en total coherencia. En Jesús, palabra y acción coincidían: su palabra era su hacer y su hacer era su palabra.

Esta fue una de las críticas más contundentes del maestro a las autoridades religiosas de su época: “Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen” (Mt 23, 2-3).

Esta es la gran conversión que necesitamos. Tal vez la única. Esta es la conversión: volver a la coherencia de la palabra. Volver a una palabra viva, fiel, creadora, auténtica. Volver a una palabra viva, que coincida con la vida.

Decía el maestro: “Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no.” (Mt 5, 37).

 

La crisis de la política es la crisis de la palabra. Los políticos mienten y se mienten: su palabra es vacía, palabra podrida e hipócrita, solo aire.

La crisis de la sociedad es la crisis de la palabra: ya no podemos confiar en la palabra, la palabra no coincide con el pensamiento y con los hechos.

La palabra de la iglesia y de sus responsables también es, en demasiadas oportunidades, palabra vacía, palabra repetitiva, aburrida, superflua.

 

Necesitamos menos palabras y palabras más auténticas. Necesitamos palabras creadoras, palabras de fuego.

Necesitamos de silencio, para volver a fecundar la palabra. Necesitamos de un silencio auténtico, no de un silencio como huida de nosotros y del otro. Hay un silencio enfermizo que nos encierra, que es una burda evitación de lo real y un escape al solipsismo. Hay un silencio terrible que genera violencia, como nos recuerda el filósofo francés Gilles Deleuze: “la violencia no habla”. Cuando muere la palabra, como muere la capacidad de escucha y de dialogo, solo queda lugar para el conflicto, la violencia, la muerte.

Cuando muere la palabra, muere la democracia y se engendran dictaduras, totalitarismos, opresiones.

 

Necesitamos apagar voces, conversaciones superfluas, aparatos digitales.

Nuestro tiempo necesita destronar la palabra vacía, egoica, hiriente y volver a una palabra viva.

 

La palabra verdadera solo nace del silencio interior, solo brota de la escucha atenta de La Palabra divina que resuena en el alma de cada ser humano y de toda la creación.

 


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