sábado, 7 de febrero de 2026

Mateo 5, 13-16


 

La genialidad, sabiduría e intuición de Jesús encuentran metáforas extraordinarias, para revelarnos el Misterio de Dios y el Misterio de la vida y de la existencia… en realidad, ¡un único Misterio!

 

Sal y luz, luz y sal. Dos pequeñas palabritas, las dos de tres letras: ¿será casualidad?

 

Jesús observa, contempla la realidad con un corazón abierto y en todo encuentra rastros y huellas de la Presencia. Aprendamos esta mirada atenta, no posesiva, abierta. Una mirada enamorada, que se deja atravesar por la realidad.

 

Somos sal”: Jesús nos recuerda lo que somos. No dice: “tienen que ser” sal o “tendrían que ser” sal.

 

La metáfora de la sal – en su primera y más evidente dimensión – se relaciona con el sabor. Jesús nos invita a dar sabor a la vida: esta simple invitación, de por sí, es todo un programa de vida.

¿Qué significa dar sabor a la vida?

¿Qué es una vida con sabor?

 

Sin duda Jesús se refiere a una vida gustosa, una vida con sentido y con propósito. Una vida rica y fecunda. Una vida ancha, más que larga: una “vida viva”, capaz de generar vida.

 

Pero hay una dimensión aún más profunda, a mi parecer.

Es la dimensión de la esencia.

La sal está hecha para salar: ahí está su esencia y su vocación. Una sal que no sala, no tiene sentido. No vive lo que es, no desarrolla su misión.

Un manzano está hecho para dar manzanas, una higuera para dar higos: y la higuera que no dio higos, fue maldecida por el mismo Jesús (Mt 21, 19).

 

Jesús, a través de la metáfora de la sal y del sabor, quiere conducirnos a descubrir nuestra esencia y nuestra vocación… ¡y no es tan fácil como para el manzano o la higuera!

El ser humano es mucho más complejo, conflictivo, paradójico, profundo, creativo… ¡que una higuera!

Es un gran desafío: el desafío donde nos jugamos la vida, la alegría, la fecundidad.

Es un desafío, porque la esencia del ser humano no es etiquetable, definible, manipulable. Nuestra esencia tiene una raíz divina y polifacética; es el respiro eterno del Espíritu (Gen 2, 7): ¿Cómo definirla, como encerrarla?

 

A eso se suma otra dificultad: podemos encontrar rasgos comunes a nuestra esencia e identidad como seres humanos, pero la otra cara de la medalla, es que esta esencia común se revela de una manera original, única e irrepetible en cada ser humano.

 

¿Cómo la misma esencia se manifiesta en mí?

¿Cómo la misma y única humanidad se revela en cada ser humano, único e irrepetible?

 

A gran escala lo vemos muy claramente en las culturas: la misma humanidad, culturas profundamente distintas.

 

Ser sal, entonces, significa no solo dar sabor a la vida, sino vivir desde mi originalidad y mi vocación única. No existe una manera única de salar, no existe una única forma de dar sabor a la vida.

Los poetas y los artistas son maestros en reconocer esta profunda verdad.

 

León Felipe, poeta español (1884 - 1968), los dice así:

 

Nadie fue ayer, ni va hoy,
ni irá mañana hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen, Dios.

 

La otra metáfora extraordinaria es la de la luz: el arquetipo por excelencia de lo divino. Desde siempre la humanidad ha asociado la luz con los dioses, lo divino, lo trascendente.

 

La Biblia misma, en nuestra tradición judeo-cristiana, empieza con la luz. Dios, en primer lugar, crea la luz (Gen 1, 3).

La luz es vida, conocimiento, consciencia.

También en este caso Jesús es contundente: “Ustedes son la luz del mundo” (5, 14).

Somos luz. Somos luz, porque nuestra más profunda identidad es divina. Somos luz, en cuanto revelación de lo divino. Somos “hijos de la luz”, como afirma Pablo (1 Ts 5, 5).

 

Santa Hildegarda de Bingen, doctora de la iglesia, escribe: El trono de Dios es su eternidad, en la que reina solo; y todos los que viven son chispas del rayo de su esplendor, como los rayos del sol provienen del sol.

 

Esta luz, como ocurría por la sal, se refiere también a nuestra esencia más profunda. Es la luz que nos habita y en la cual habitamos.

Por eso, una beguina belga del siglo trece – Hadewijch de Amberesnos invita a buscar “adentro” la luz que somos:

 

“En gran error debes de estar si la luz buscas fuera, y en partes, cuando está toda en ti y te hace enteramente libre.”

Terminemos escuchando unas palabras de Jesús el evangelio de Juan:

 

“La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan: porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz.”

 

Jesús nos invita a no desperdiciar el regalo de la luz, a no caer en el error de la posesión y en la trampa del ego: la luz que somos, se puede oscurecer, se puede difuminar. La luz que somos, necesita cuidado, necesita el aceite del amor que la haga arder y resplandecer (Mt 25, 1-13).

 

Como bien intuyeron los místicos, los artistas y los poetas, la meta es la unidad: que nuestro sabor sea luz y que nuestra luz tenga el gusto de la verdad.

Al final del camino, descubriremos que cuidar la propia esencia era, en realidad, la mejor manera de iluminar el mundo, y que iluminar al prójimo era la forma más pura de saborear a Dios.

 

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