domingo, 8 de julio de 2018

Marcos 6, 1-6


El texto de hoy subraya una de las vivencias más duras de Jesús: ser rechazado por su gente. Fue algo tan fuerte que todos los evangelios sinópticos lo transmiten: el texto de Marcos que estamos comentando, Mateo 13, 53-58 y Lucas 4, 16-24, donde el rechazo se hace más violento y Jesús se salva de ser despeñado del barranco de Nazaret.
Este rechazo queda plasmado en el famoso refrán que Jesús cita al final de nuestro texto: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa” (Mc 6, 4) que en nuestro lenguaje común abreviamos diciendo: “Ninguno es profeta en su patria.”
Este rechazo parece absurdo e ilógico, también porque esconde una contradicción: por un lado la gente reconoce la sabiduría del Maestro y sus dones de curación (Mc 1, 21-34) y por el otro no quiere escucharlo y menos, comprenderlo.

¿Dónde podemos encontrar una clave de comprensión?

Sugiero dos pistas:
1)   Por un lado la persona de Jesús rompe con los esquemas. Jesús no es un sacerdote del Templo ni un maestro de la ley. Su enseñanza y su actuar no quieren defender doctrinas preestablecidas ni preservar el orden institucional, social y religioso. Jesús comparte lo que ve y lo que vive. Es un Maestro de sabiduría que ofrece su experiencia de Dios y su visión de la vida. Es un profeta y la clave de la vida de un profeta es la libertad: Jesús es el hombre libre que vive desde el Amor y para el Amor.
Afirma lucidamente el teólogo italiano Vito Mancuso: “Entregarse a la realidad sin nada que defender y hacerse penetrar por ella significa activar la primera y decisiva condición para el nacimiento de la libertad.
Palabras que reflejan perfectamente lo que Jesús vivió: es lo que el Maestro hizo y lo que nos invita a hacer.

Esta libertad molesta al orden preestablecido, ayer como hoy. Las instituciones – y en ellas también la iglesia – viven a menudo para defender y mantener lo institucional que, dicho sin rodeos, significa “poder” y “privilegios”. 
Hoy en día la iglesia institución sigue siendo, en muchos casos, “motivo de tropiezo” para mucha gente: cristianos comprometidos y no cristianos, creyentes y ateos. Y “motivo de tropiezo” no por su fidelidad a la novedad de Jesús – ojalá así fuera –, sino por caer en las mismas contradicciones de las instituciones de la época de Jesús: priorizar la doctrina sobre la vida, rigidez, resistencia a los cambios, hipocresía, moralismo, fanatismo religioso, burocracia. Jesús se había convertido en “motivo de tropiezo” para las instituciones de su época justamente para cuestionar todo este aparato engañoso y poner la vida en el centro.

La frase “y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo” (Mc 6, 3) se puede traducir también como “y desconfiaban de él”. Me parece interesante esta traducción porque pone el acento sobre la desconfianza. Y aquí va la segunda pista.

2) La gente – su gente – desconfía de Jesús. Y el evangelio nos sugiere los motivos: era demasiado conocido. Que también se puede decir: demasiado humano.
Jesús era un vecino más, lo conocían desde niño. Conocían su familia y su entorno: nada excepcional.
¿Qué le pasa ahora a este hijo del carpintero que se pone a predicar y sanar?
¿Se piró?
Son los mismos comentarios de hoy en día con personas que conocemos bien. No logramos aceptar ni ver la belleza y grandeza que se esconde en lo que ya suponemos conocer. Hay que subrayar “suponer” con tinta roja parpadeando. Su gente suponía conocer a Jesús: en realidad no le conocía. Se quedaban con la imagen que se habían hecho de él y no lograban salir de esta imagen. Se quedaban con la superficie. Lo mismo – vaya como se repite la historia – que hacemos nosotros: con Jesús, con Dios, con los demás. Nos relacionamos a partir de las imágenes que tenemos del otro. Nos quedamos con lo superficial y los pocos datos que sabemos.
Por eso que – en el camino espiritual –, romper las imágenes de Dios que uno tiene es el primer y esencial paso para encontrarse con el verdadero Dios… y cuando no queremos romper estas imágenes, la vida se encarga. La vida siempre rompe las imágenes de Dios que nos hemos construido… ¡no podemos atrapar y manipular el Misterio!
Jesús molesta porque – con lucidez y fuerza – hace justamente esto: rompe imágenes y estructuras y, por ende, pone en crisis el orden institucional.

Marcos, al final de nuestro texto, anota algo interesante: “Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe” (Mc 6, 5-6).
La desconfianza impide una vida plena y digna. A menudo “se usaron” los supuestos milagros de Jesús como “prueba” de su divinidad. En realidad nunca Jesús usó las curaciones para demostrar su estatus de mesías. Es una operación engañosa e injusta. El evangelio también la desmiente: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán” (Lc 16, 31).
Jesús da mucha más importancia a la confianza. Porque sabe que la confianza sana y dignifica. Porque sabe que la confianza es el milagro más grande. Por eso también le dolió mucho la desconfianza de su pueblo y sus amigos. Es la confianza la que sana y la que “permite” el milagro. Es el estribillo que Jesús repite: “Tu fe – tu confianza – te ha salvado.”
Volver a confiar en nosotros mismos, en los demás y en la Vida es entonces, fundamental. El camino de la confianza es el camino que siempre lleva a la luz y a la paz.
¡Qué hermoso es relacionarnos con el otro – cualquier otro – a partir de la confianza! Es un ejercicio diario, una práctica espiritual. Casi siempre lo primero que nos surge frente al desconocido o al que piensa o vive distinto es la desconfianza. Cuando notamos surgir la desconfianza podemos detenernos un momento y conectar con lo mejor de nosotros y dar cabida a la confianza que, a menudo, empieza con una amable sonrisa.

A partir de estas dos pistas nuestro camino espiritual puede tomar vuelo y un respiro más fresco: ¡qué necesidad de aire nuevo!

Podemos dejar de “suponer” que conocemos a Jesús, y menos, a Dios. Podemos entonces abrirnos y dejarnos cuestionar. “A Jesús no se le puede entender desde fuera” recuerda Pagola. Abrirnos a Jesús y al evangelio exige poner entre paréntesis ideas y opiniones y dejarnos aferrar por el Amor que habla desde el silencio, cuando la mente calla. Entrar en la experiencia de Jesús es dejarse aferrar por él y su novedad. Jesús nos comparte su conciencia y su visión: solo podemos entrar desde el silencio y la humildad. Jesús pone en el centro lo humano. Como recuerda Leonardo Boff: “Tan humano solo Dios”. Acá radica la novedad esencial de Jesús: lo divino se manifiesta, expresa y revela en lo humano. Entonces el camino hacia Dios es el camino hacia lo humano. Poner en el centro lo humano, especialmente las relaciones humanas, es poner en el centro a Dios. Este es el “escandalo” y el “motivo de tropiezo” de toda institución religiosa que se considera “dueña” del acceso a Dios y que restringe este acceso a la participación o menos en sus rituales.
Jesús rompe con esto, que nos guste o no. Jesús abre el acceso a Dios a todo corazón humano e invita, antes que nada, a celebrar nuestra humanidad como terreno fértil y hermoso de la revelación del Misterio de Amor que llamamos “Dios”.

Podemos además dejar de relacionarnos con los demás a partir de nuestras imágenes y prejuicios y de nuestro “supuesto conocimiento” del otro.
Relacionarnos con el otro – cualquier otro – a partir de las imágenes que tenemos o lo que ya conocemos es muy pobre e injusto. Cada persona, cada ser viviente, es un Misterio infinito e inagotable. Hay que respetar y amar este Misterio.
Es un Misterio que se renueva cada mañana, es el Misterio del Amor que se manifiesta en toda forma: ¿cómo pretendemos tenerlo dominado y agotado?
Aprender a relacionarse con el otro desde el Misterio siempre nuevo es una aventura maravillosa que nos reservará muchas y agradable sorpresas.
Dejemos que la Vida quiebre nuestras imágenes y supuestos conocimientos: todo brillará de una luz nueva. Todo se coloreará de divino y los aromas del Amor nos enamorarán.  


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