jueves, 5 de diciembre de 2019

Lucas 1, 26-38 - Inmaculada



En el contexto de este tiempo de Adviento celebramos – el 8 de diciembre – la fiesta de la Inmaculada Concepción de María.
Es una fiesta muy querida por los cristianos y por la iglesia. Una fecha muy especial también para la Congregación a la cual pertenezco: Oblatos de María Inmaculada.
Es una fiesta que surge con el dogma de la Inmaculada Concepción del 1854. Una fiesta que resume la importancia y la belleza de María para todo el mundo cristiano y para muchísimos que a pesar de no practicar una religiosidad explicita sienten por María un afecto especial.
La figura de María concentra casi todos los anhelos del corazón humano y por eso es tan amada: la infinita belleza de la maternidad, el deseo de sentirnos amados y aceptados así como somos, la necesidad de comprensión y ternura, la extraordinaria belleza de la mujer.
¿Cómo entender hoy esta fiesta de la Inmaculada?
El dogma de 1854 define que María de Nazaret – en vista de su maternidad divina – fue preservada del pecado original. Es Inmaculada: sin mancha; (“macula” en latín es “mancha”).
Hasta que no desentrañamos lo que pueda significar el “pecado original” será difícil – por no decir imposible – una comprensión cabal de la Inmaculada.
La doctrina del “pecado original” necesita una urgente reinterpretación. Según esta doctrina (¡seguimos viviendo de doctrinas! ya basta…) el ser humano nace con una falla que tiene que ser reparada. Desde ahí podemos comprender la absurda (y anti-evangélica) centralidad que el pecado ha jugado en la iglesia y en el cristianismo. Se leyó el evento extraordinario de Jesús de Nazaret en función del pecado… Jesús habría venido esencialmente para liberarnos del pecado… Por ende, en la historia de la humanidad, la centralidad y el protagonismo lo tendría el pecado y no el amor de Dios revelado en Jesús. Es la “felix culpa” del pregón pascual: “¡Feliz culpa que mereció tal redentor!
El pecado sería “original” porque da origen a todo el proceso de la salvación: ¡el pecado sería más importante que la creación, la venida de Jesús, su muerte y resurrección, el amor de Dios!
¿Se nota lo paradójico y absurdo?
Desde esta absurda visión podemos entender las consecuencias nefastas en las vidas de muchísimas personas a lo largo de los siglos: sentimientos de culpas enormes, miedos, frustración, tristeza, enojo, hipocresía.
Si vamos a la fuente de la doctrina del “pecado original” descubrimos dos cosas importantes.
Por una lado que se fundamenta en un (1, digo 1) versículo de la Biblia (“Por lo tanto, por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron” – Rom 5, 12) interpretado unilateralmente y afuera de contexto.
Por el otro que fue practicamente “un invento” de San Agustín en el siglo IV. Agustín – excelente teologo y obispo por otra parte – tenía algún problema con la sexualidad y de ahí que asoció el acto sexual por el cual se engendra la vida con el “pecado original”.

Basta leer con atención el evangelio para darse cuenta que la centralidad del mensaje cristiano es la bendición de Dios, el amor, la alegría, la vida.
En el origen está el amor, la paz y la alegría, no el pecado.
El pecado no tiene entonces nada de “original”, en su doble sentido: no dio origen a nada y tiene muy poco de novedad, fantasía, creatividad.
Si vamos al termino griego del Nuevo Testamento que da origen a la palabra “pecado” descubrimos algo interesante y fundamental. El termino griego es hamartia que significa “errar al tiro”, es decir, equivocarse. El sentido evangelico de “pecado” entonces se centraría en la ignorancia y en esta comprensión nos encontramos admirable y sorprendentemente en sintonia con todas las religiones y tradiciones espirituales de la humanidad.
Entender el “pecado” en clave de ignorancia más que en clave moral nos libera de la culpa y nos libera para la responsabilidad.
La responsabilidad de crecer en lucidez y comprensión.
Este crecimiento responsable en comprensión nos lleva a conectar con nuestra verdadera identidad, con nuestra auténtica naturaleza, con los que somos.
Acá empalma perfectamente la Inmaculada. Ahora podemos comprender cabalmente su significado.
Celebrar la Inmaculada es celebrar lo que somos, nuestra esencia, nuestro “lugar” más íntimo. Es reconocer que nuestra esencia está siempre bien, siempre a salvo y no es alcanzada por el pecado.
Lo que somos es vida divina – hijos de Dios – y esta vida es vida eterna y vida plena. El “pecado” afecta a la superficie de nuestras existencias pero no puede tocar la esencia: esta es la Buena Noticia del evangelio, esto es celebrar la Inmaculada.
María nos recuerda quienes somos. Nos recuerda y nos conecta con nuestra infinita belleza, con nuestro ser divino.
Relacionarse con María es entonces mucho más que una simple devoción. Es mirar nuestra propia belleza y valor, es darnos cuenta del Amor que todo lo sostiene y engendra.
Nos preguntamos para terminar nuestra reflexión:
¿Qué fue lo central en la vida de María?
El silencio, sin duda. María es la mujer del Silencio, la mujer de la interioridad.
Con su vida María nos suguiere delicadamente que solo el silencio interior nos conduce al descubrimiento y a la conexión consciente con nuestra esencia.








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