sábado, 14 de febrero de 2026

Mateo 5, 17-37

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: así se inaugura nuestro texto; se abre con estas palabras de Jesús, que dieron vida a infinitos comentarios, desde distintas perspectivas.

Lo que Mateo pone a continuación es un aterrizaje de la sentencia de Jesús a situaciones y experiencias concretas.

 

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”: el tema es de fundamental importancia; diría que es uno de los temas más importantes de todo el evangelio y, en general, de la experiencia humana.

 

¿Qué se esconde detrás de esta frase de Jesús en la cual concentra su misión?

 

Se esconde el tema de la relación entre la Ley y la libertad o, que es lo mismo, entre la Ley y el amor.

 

La relación entre ley y libertad es, desde siempre, un tema central de la filosofía, de la ética, de la antropología y, obviamente, también de las religiones, la espiritualidad y, por supuesto, de la teología.

Desde siempre el ser humano vive de leyes, se da leyes: es la forma humana del vivir. Cuando aparece el ser humano y, en especial, cuando aparece la consciencia, aparece la Ley. Y, la Ley, está llamada a humanizar la vida. Los animales no tienen ni Ley, ni leyes, solo el instinto natural.

 

La Ley viene a señalar el límite: el ser humano no lo es todo y no puede todo. El límite lo define y este límite hace surgir la necesidad de la Ley. La vocación de la Ley es dar forma al límite para que este, humanice la vida, las relaciones, las culturas.

 

El gran problema se origina cuando el ser humano pierde el sentido de la Ley y su función y se vuelve esclavo de las leyes, perdiendo la vocación original y originaria – de la Ley y del ser humano a la vez – al amor y a la libertad.

 

Jesús vino a “dar cumplimiento a la ley”: ¿qué significa?

Significa que vino a revelarnos el verdadero sentido de la Ley, desde el cual, se puedan vivir todas las leyes, al servicio de la vida, de la libertad y del amor.

Todo su ministerio se concentra en esto.

 

Cuando Jesús afirma: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27) no quiere anular la ley del shabbat, sino devolverla a su auténtico sentido: servir a la vida.

Al ser humano nos cuesta horrores esta comprensión. Nos resulta más fácil obedecer a leyes, que vivir el espíritu de la Ley. Toda la revelación bíblica es la larga y paciente pedagogía de Dios para con su pueblo, para llevarlo a la comprensión profunda del sentido de la Ley. Dios que, en la revelación judeocristiana, se revela desde la historia y en la historia, asume los procesos humanos y se revela según la capacidad de comprensión histórica del ser humano. Por eso encontramos en la Biblia, páginas durísimas sobre leyes, sacrificios, guerras, violencia, violaciones, engaños, incestos, traiciones. La Escritura no hace descuentos, es honesta con la condición humana, sus dramas y su búsqueda.

 

La ley de Moisés es la típica ley de retribución: si haces el bien, será premiado y si haces el mal, serás castigado. El capítulo veinteocho del libro de Deuteronomio es una muestra evidente de todo eso.

 

Pero, ya los libros de Qoelet y de Job, ponen en crisis esta visión, porque la experiencia dice que, a menudo, el que hace el bien sufre y el que hace el mal, la pasa bien. No funciona la justicia retributiva. Dios no es este tipo de juez.

 

Entonces aparecen los profetas que nos regalan otra visión, que será la raíz del cumplimiento, del cual habla Jesús.

 

Escribe Ezequiel:

Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes.” (Ez 36, 26-27)

 

Escribe Jeremías:

Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo del Señor –: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.” (Jer 31, 33)

 

Jesús, como rabino y profeta de Israel y a partir de su experiencia del Padre, recuperará estas fundamentales intuiciones.

Por eso, cuando afirma, “no piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”, quiere decirnos que la ley del amor, está ya escrita en el corazón.

 

Quiere recordarnos que toda ley que no esté a servicio de la vida, del amor y del bien, perdió su “estatuto de ley” y se convierte en ideología: es un traicionar la misma ley.

Quiere decirnos que toda ley que no está al servicio del bien y de la felicidad de la persona, perdió su vocación.

Quiere decirnos, en positivo, que toda ley hay que comprenderla a la luz del amor.

 

Por eso que resumirá todas las leyes en dos:

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40).

 

¿Algo más claro que esto?

 

Pero no… todavía no entendemos.

Somos tercos: “¡Hombres duros de entendimiento, ¡cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!” (Lc 24, 25).

 

Todavía necesitamos de miles de leyes, de burocracia, a nivel político, social, eclesial.

Necesitamos de leyes porque nos asusta el vértigo de la libertad y nos resulta más cómodo el cumplimiento de reglas que la entrega incondicional en el amor.

Necesitamos de leyes porque no sabemos amar y porque el aprendizaje del amor es muy largo y es un camino lleno de vericuetos, de avances y retrocesos.

 

San Pablo, genio y místico, lo había comprendido y lo vivió:

Cristo nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Cor 3, 6).

 

Avancemos confiados.

Avancemos seguros con la lámpara del amor: es lo único necesario.

 

 

 

 

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