sábado, 14 de marzo de 2026

Juan 9, 1-41

   


En este cuarto domingo de cuaresma leemos todo el capítulo nueve del evangelio de Juan, el famoso capítulo del “ciego de nacimiento”.

 

El texto se abre con una pregunta clave: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” (9, 2).

 

Es la pregunta que, desde siempre, se hace el ser humano, pregunta que a menudo nace de la angustia, de la tristeza, de la incomprensión. Es, también, la pregunta de la filosofía y de la teología: ¿Cuál es la raíz del sufrimiento?

 

En la evolución de la consciencia humana y en la historia de la religiosidad, la respuesta clásica consistía en encontrar la raíz del sufrimiento y del mal en el pecado: si el ser humano padece un sufrimiento sin duda la responsabilidad es suya, algo hizo mal. El sufrimiento llega como castigo, corrección o consecuencia de sus acciones.

El extraordinario libro bíblico de Job gira alrededor de todo esto a partir de la constatación que, con frecuencia, es el justo y el inocente aquel que sufre y el malvado, en cambio, la pasa bien.

 

Por eso la pregunta de los discípulos que abre el texto de hoy, empalma a la perfección con la mentalidad de la época.

 

La respuesta de Jesús es tajante y revolucionaria. Hay un antes y un después, como lo hay en el caso de Abraham y el sacrificio suspendido de Isaac.

Jesús responde: “Ni él ni sus padres han pecado; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (9, 3).

Jesús no solo desvincula definitivamente el sufrimiento y el mal del pecado, sino que lo inserta en el proyecto amoroso y luminoso de Dios: “para que se manifiesten en él las obras de Dios.”

 

Surge espontanea la pregunta: ¿Cuáles son las obras de Dios?

 

Si seguimos el desarrollo del texto, la respuesta es bastante clara y podemos - las obras - resumirlas en una: la luz.

Las obras de Dios consisten en traer luz al mundo.

 

Todo el lenguaje de Juan en este capítulo está anclado a la luz: manifestar, abrir los ojos, visión.

 

Juan quiere sugerirnos que Jesús vino a abrirnos los ojos, no los físicos, sino los ojos del alma o, en la expresión del místico cristiano del año mil, Hugo de San Víctor, el “tercer ojo”.

 

Dios se revela, Dios se manifiesta, Dios es luz, pero nosotros somos ciegos y no logramos ver.

 

Por eso el capítulo nueve se cierra con la dramática y cuestionadora sentencia de Jesús: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: «Vemos», su pecado permanece” (9, 41).

 

Retorna con potencia el prólogo: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron” (1, 5).

Por eso Jesús se define como luz: “Jesús les dirigió una vez más la palabra, diciendo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida” (Jn 8, 12)

 

Cuando se nos abre la visión, cuando logramos ver la Presencia de Dios en todo, ¿qué nos puede faltar?

 

Lo sorprendente, asombroso y cuestionador para nosotros es que la luz se esconde también en el dolor, los problemas, las dificultades.

Descubrir la luz en un día radiante de sol es fácil, descubrirla en la noche es el desafío.

 

Jesús invita a los discípulos a darse cuenta que, en la ceguera del ciego de nacimiento, se esconde una luz, se oculta una revelación divina. La curación del ciego es el signo exterior de una verdad interior más real y más profunda.

 

Maestro Eckhart llega a decir algo desconcertante para nuestra mentalidad tan lineal, lógica y racional: “En toda obra, incluso en la mala, el mal digo, de culpa y de pena, la gloria de Dios se manifiesta e ilumina igualmente.

Obviamente Eckhart no está haciendo una apología del pecado, sino subrayando la infinidad de Dios y su omnipresencia. Es lo que la mística hebrea dirá en estos términos: “Ein Od Milvadó” – no hay nada afuera de Él –, citando Deuteronomio 4, 35.

 

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras reconocer la luz que se oculta en las tinieblas?

¿Cómo cambiaría tu vida si supieras ver la revelación de Dios en tu dolor, tu angustia, tus dificultades?

 

En el fondo Juan nos quiere decir algo maravilloso y extraordinario: la oscuridad solo puede ser una luz que aún no hemos aprendido a percibir.

 

Quiero terminar con otro bellísimo y extraordinario texto de Eckhart:

 

Algunos imaginan que no hay luz en sus vidas, salvo una larga oscuridad. Digo que la luz nunca está ausente, siempre intenta fluir en el interior del alma, pero la bloqueamos en nuestra confusión y no vemos cómo brilla y arde en nosotros. Así que si quieres conocer la luz, primero debes enfrentarte a la oscuridad que hay en ti. Sólo entonces, esta luz desbordará tu alma y bailará con el resplandor de tu vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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