En este famoso relato del encuentro del Resucitado con los apóstoles y en especial con Tomás, aparece una humilde, pero central, protagonista: la paz. En pocos versos el Resucitado ofrece por tres veces la paz: “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”, “¡la paz esté con ustedes!”.
Juan nos muestra claramente y sin ningún tipo de duda, la relación vital entre la resurrección y la paz, entre la experiencia del Resucitado y la paz.
Encontrarnos con el Resucitado, es encontrarnos con la paz.
Vale también lo contrario y, tal vez, puede ser una oportunidad de discernimiento: si falta la paz, posiblemente no me encontré con el Resucitado o mi relación con el Resucitado está oscurecida y estancada.
Es interesante notar como la totalidad de los maestros espirituales y de los místicos insistan sobre este criterio de la paz. La paz parece ser el centro desde el cual, todo lo demás, se mueve.
Les comparto unos hermosos testimonios:
Isaac de Nínive: “permanece en paz contigo mismo, y los cielos y la tierra estarán en paz contigo” y “el lugar donde habita el Espíritu se encuentra enteramente lleno de paz, de amor y de humildad”.
San Serafín de Sarov: “Mira al cielo más seguido y habla menos, para que el silencio pueda entrar en tu corazón, y tu espíritu esté en calma y tu vida se llene de paz” y “adquiere la paz interior y miles a tu alrededor encontrarán la salvación.”
Esta paz es la paz de Dios, la paz que trasciendo todo, lo abraza todo, lo ama todo.
San Pablo lo expresa de una forma maravillosa: “No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Fil 4, 6-7).
Esa paz es don y tarea: don de Dios, pero también consecuencia de la oración y de la “acción de gracias.”
La paz, entonces, esa paz, no es en primer lugar un “sentimiento de paz”, sino un “estado de consciencia”, un “estado del ser”. Esa paz, como el resto la alegría y el amor, son “propiedades del ser”, no están condicionadas por nuestro actuar, decisiones, emociones. Nos preceden, nos sostienen: “están ahí”. Como Dios: siempre “está ahí”.
Entonces alcanza “entregarnos”, abrirnos, confiar. Alcanza salir de los miedos, quitarnos las máscaras, bajar las defensas. Los discípulos estaban encerrados en casa y con el corazón cerrado… pero la paz estaba ahí. La presencia del Resucitado, reconocer esta presencia, los conectó con la paz y la pudieron recibir y disfrutar. Es la paz que Jesús constantemente nos regala por el Espíritu: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14, 27).
En este mundo tan lleno de conflictos, esta comprensión es esencial. Si el corazón humano no está en paz, la paz en las familias y entre países será imposible. El diálogo no es suficiente, porque los diálogos están condicionados por los intereses y los mecanismos inconscientes de defensa. Necesitamos más silencio y menos diálogos.
Por último, importante aclararlo, esta divina paz, no es pasividad, comodidad, ensimismamiento. Al contrario: es suma actividad, amor comprometido. Es una paz que se mueve, porque es una paz amante y enamorada.
Lo entendió y lo vivió de una manera excepcional Gandhi:
“La gota de agua que se ha separado del océano podría tener un momento de descanso, pero la que está en el océano no conoce tal descanso. Lo mismo sucede con nosotros. Tan pronto como nos hacemos uno con el Océano, ya no hay descanso para nosotros y, de hecho, ya no tenemos necesidad de descansar nunca más. Incluso nuestro propio sueño es acción, porque dormimos con el pensamiento de Dios en nuestro corazón. Esta actividad continua constituye el verdadero reposo. Esta agitación incesante contiene el secreto de la paz inefable. Es difícil describir este supremo estado de experiencia humana. Lo han alcanzado muchas almas entregadas y también podemos alcanzarlo nosotros”

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