Celebramos hoy la ascensión de Jesús y se nos regala el final del evangelio de Mateo, con la famosa frase: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (28, 20).
Celebramos la fiesta del ascender y de la Presencia.
Pero atención: ¡no hay ascensión sin descenso y no hay presencia sin ausencia!
Es la dinámica sobre la cual es posible el desplegarse de la vida. Es la estructura paradójica de la existencia, reflejada muy bien, por ejemplo, por la sentencia de Jesús en el evangelio de Juan: “Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” (Jn 12, 24).
Solo si el grano de trigo muere, es fecundo y genera vida. Su muerte es la condición para una vida más abundante.
De igual forma: la ascensión de Jesús fue precedida por su descenso, a través de la encarnación y su existencia radicalmente humana. “El Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14).
Tan importante es esta dinámica que la iglesia nos dice que, después de resucitar, Jesús desciende a los infiernos – al sheol bíblico – a liberar a los que están allí: desciende otra vez. Hay iconos muy bellos y significativos que muestran al resucitado que levanta de la mano a Adán y Eva: es la humanidad por fin rescatada y liberada de las garras de la muerte y el dolor.
Descenso y ascenso hacen parte de la misma dialéctica del amor y de la vida.
Con la presencia y la ausencia también ocurre lo mismo: a menudo la presencia de Dios la percibimos como ausencia. Dios “se retira” sensiblemente – “no lo sentimos” –, para que podamos vivir la experiencia de la ausencia y así, ensanchar el deseo y crecer en la búsqueda.
Y también: ¿Cómo sentir la presencia, sin haber experimentado antes, la ausencia?
Es una etapa imprescindible en el camino y en el crecimiento espiritual.
Presencia y ausencia también hacen parte de la misma lógica del amor y de la vida y de la arquitectura de la sabiduría divina.
Nuestras relaciones humanas necesitan de esta tensión/oscilación para mantenerse sanas y fecundas. Cuando caemos en los extremos – por ejemplo, la fusión y la división – y nos quedamos ahí, nos enfermamos.
Podemos descubrir la misma fuerza vital en la expansión y la contracción. La vida necesita este doble movimiento. Necesitamos de tiempos de expansión: crear, crecer, ser fecundos… y necesitamos tiempos de contracción: descanso, reflexión, interioridad. Es interesante notar como esto ocurre a todo nivel: biológico, psíquico, espiritual, social, político, económico, deportivo…
Exhalación e inspiración, sístole y diástole, noche y día revelan la misma estructura.
Cuando logramos entender en profundidad esta ley de la vida, aparece una profunda paz y una alegría serena y estable.
Ya no nos asustan los momentos de descenso y no nos enorgullecen los momentos de ascenso.
Ya no caemos en la angustia por los momentos de “ausencia” y no nos perdemos en la euforia por los momentos de “presencia.”
Todo en la vida se convierte en revelación del amor, en posibilidad de una comprensión nueva y un profundo crecimiento.
Nuestros “descensos” – caídas, equivocaciones, cansancio, frustración – nos preparan para un nuevo “ascenso”, abren un vacío para que podamos recibir más luz.
La aparente “ausencia” de Dios, se convierte en la necesaria purificación, para que busquemos a Dios por Él mismo y no por sus dones. Es la purificación que nos permite crecer en la gratuidad del amor.
Los místicos hablan del vacío: solo un espacio vacío puede ser llenado. Vaciarse es la condición de la plenitud: todo eso es una dinámica constante y sin fin. Es el movimiento mismo de la vida y es la expresión misma del amor, en su carácter pascual.
El vacío del que hablan los místicos no es la nada, sino la máxima disponibilidad; es el espacio donde la vibración del amor puede resonar sin obstáculos.
El evangelio nos muestra claramente que la ausencia de Jesús – su partida, su ascensión – es otra forma de presencia: “yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.”

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