Mateo nos dice que Jesús “se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago”.
En dos oportunidades – ya hace muchos años – tuve el regalo de visitar la tierra santa y los lugares donde Jesús vivió, caminó, enseñó.
Estuve en Cafarnaúm, a orilla del lago: hermoso lugar, hermosa visión del lago, donde se respira una paz única y especial.
Cafarnaúm se encuentra en la región de Galilea, al norte de Israel, situada específicamente en la orilla noroeste del “Mar de Galilea” o Lago de Tiberíades. Geográficamente, está a unos quince kilómetros al noreste de la ciudad de Tiberíades y muy cerca de otros sitios históricos importantes como Tabgha y el Monte de las Bienaventuranzas.
No tengo certezas, pero tampoco dudas, de que Jesús también amaba este lugar y esta visión. Jesús elige establecerse cerca del agua; la amaba y muchas veces la utiliza para sus enseñanzas. Basta con recordar el maravilloso encuentro con la samaritana junto al pozo y las palabras del Maestro: «El que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna» (Jn 4, 14).
Me imagino al maestro al amanecer, sentado a orillas del lago, solo, contemplando. Su mirada serena y enamorada se pierde en el horizonte del lago: tal vez ahí, con la vista perdida en el horizonte, Jesús conectó con la libertad. Su mirada silenciosa se convierte en oración y sus ojos se humedecen. Jesús deja que el lago le hable y se deja atravesar por su silencio y su quietud. Su corazón arde: el fuego del amor lo consume. Desde el lago percibe el Espíritu, aprende a escuchar, ora por sus amigos y su misión. El lago expande la consciencia de Jesús y el infinito horizonte le habla del amor infinito del Padre.
Cada uno de nosotros tiene que encontrar su propio lago, su propia orilla. Debemos sentarnos a la orilla simbólica de nuestro lago simbólico: y escuchar, arder, orar, abrirnos al Espíritu.
Debemos encontrar, a orilla del lago, la libertad y el fuego del amor; y estamos llamados a encontrar, a orilla del lago, la luz que nos habita y en la cual habitamos.
Es la luz que Mateo conecta con Jesús: “El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz” (4, 16).
Mateo, como es su costumbre, cita a los profetas para mostrarnos que, en Jesús, se cumplen las profecías: la luz que Isaías anuncia, se revela en Jesús.
La luz, esta extraordinaria metáfora de lo divino. La luz que nos habita y nos permite ver.
Es la luz del salmo: “En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz” (36, 10). Por la luz divina, podemos ver la luz. La luz divina es principio y causa de nuestra posibilidad de ver: vemos, podemos ver, porque estamos en La Luz.
Jesús fue luz, vivió en la luz, anunció la luz.
Vivir en la luz, es nuestra vocación. San Pablo nos lo recuerda con fuerza: “todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas” (1 Tes 5, 5).
La luz no lucha en contra de la oscuridad. La luz ilumina. La luz sabe que la oscuridad tiene un rol que jugar.
La luz baila con la oscuridad: queremos bailar también.
Queremos ser una luz suave, cálida. No queremos encandilar. Jesús fue esta luz cálida, que supo bajar la intensidad para llegar a nosotros, hablar nuestro lenguaje y mostrar el rostro luminoso del Padre, sin cegarnos.
La luz de la transfiguración es un relámpago momentáneo que nos recuerda quienes somos y nos instala en Dios… pero lo cotidiano está hecho de luz serena, humilde, ajustada al otro y a su capacidad de visión. Una luz como el lago y su calma.
Enséñanos a ser luz, maestro de Nazaret.
Enséñanos a vivir en tu luz, en la luz del Padre.
Tu Espíritu nos enseñe a ser una luz amiga, fresca, humilde. Una luz atenta, serena y fiel. Amén.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario