Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús. Jesús es bautizado por Juan – probablemente un pariente cercano – en el río Jordán: evento central y transmitido por los cuatro evangelistas, aunque de manera indirecta por el cuarto evangelio.
Mateo nos dice que Juan se resiste y no quiere bautizar a Jesús. Posiblemente esta resistencia de Juan refleja una tensión de los primeros tiempos entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús: ¿quién es el más grande?
Mateo, como es su costumbre, quiere mostrarnos la superioridad de Jesús y su estatus de Mesías. Por eso la actitud de respeto y veneración de Juan.
Por otro lado, se nos revela la humildad de Jesús. Jesús, nos sugiere Mateo, acepta el bautismo de Juan. Se pone en la fila, como todos, y se hace bautizar.
Jesús no busca ni admite privilegios: que buen testimonio y que hermosa enseñanza para nuestras sociedades y nuestras autoridades, ávidas de privilegios y reconocimiento.
Los beneficios y los privilegios de los parlamentarios de la mayoría de los estados (supuestamente) democráticos, son notorios y escandalosos. También ocurre, a veces, con las autoridades religiosas. Gran tentación, gran peligro. El poder, en todos los campos, fascina, atrapa y mata… como las sirenas de Homero que cantan a Ulises: “¡Ea, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos!
Detén tu nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negra nave sin escuchar nuestra dulce voz, sino que se van deleitados y sabiendo más cosas. Pues sabemos cuántas fatigas ocurrieron en Troya por voluntad de los dioses, y sabemos todo lo que sucede en la fértil tierra.”
Ulises solo puede escapar del canto mortífero de las sirenas, porque – a partir de su indicación previa – es atado al mástil de la nave por sus compañeros de navegación.
¿Cuál es tu mástil que te impide caer en la tentación del poder, del orgullo, de la búsqueda de privilegios?
Jesús, en su bautismo, ya vive lo que anunciará en su predicación: “Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Lc 14, 8-11).
Para las autoridades religiosas, vienen bien estas otras palabras del maestro: “Tengan cuidado de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas” (Lc 20, 46).
Jesús no necesita reconocimiento externo, porque está conectado con su verdad, con su esencia. Sabe quién es. Y quién sabe quién es, ha encontrado la libertad y el camino del servicio desinteresado.
Es lo que se revela, propio en su bautismo.
A mi parecer, la experiencia del bautismo de Jesús es clave. Es el momento central de su iluminación.
A través de los simbolismos que Mateo nos proporciona – los cielos se abren, baja el Espíritu en forma de paloma, se oye la voz del Padre – podemos intuir la experiencia mística de Jesús.
Jesús toma plena consciencia de su identidad y de su vocación/misión.
El tema de la identidad y de la vocación reflejan las dos dimensiones centrales de todo camino espiritual: los encontramos en todas las religiones y tradiciones espirituales, con diferentes matices.
Son, de igual forma, las preguntas claves de la filosofía, de la ética, de la búsqueda científica: ¿Quién soy? ¿Para que estoy acá?
La identidad: ¿quién soy en profundidad? ¿Quién soy, cuando todo se derrumba? ¿Quién soy, cuando todo lo que puede morir, se muere?
San Simeón el Nuevo Teólogo, místico bizantino del año mil, nos dice: “Sé que no moriré, pues estoy dentro de la vida y tengo toda la vida que brota dentro de mí”
La vocación: ¿para qué me dieron la vida? ¿Qué tengo que hacer en este mundo? ¿Cuál es mi aporte único e insustituible a la humanidad?
Termino con un poema de Rumi que apunta también a nuestra más profunda identidad, desde la cual brotan y fluyen, la vocación y la misión:
“Bendito el momento en que nos sentamos en el jardín, Tú y yo.
Dos formas, dos caras, pero una sola alma, Tú y yo.
Los pájaros cantarán canciones de vida eterna en cuanto entremos en el jardín de rosas, Tú y yo.
Las estrellas del cielo vendrán a mirarnos, bellas como la luna, entrelazados en éxtasis, Tú y yo.
Los pájaros del paraíso se llenarán de envidia cuando nos oigan reír felizmente, Tú y yo.
Qué maravilla, nosotros juntos sentados aquí, y al mismo tiempo en Iraq y Khorasan. Tú y yo.
Una forma en esta tierra y en la Eternidad. Tú y yo”

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