Hoy se nos presenta uno de los textos más conocidos, más famosos y más bellos de todos los evangelios: las bienaventuranzas.
Para muchos es como la “Magna Carta” del mensaje de Jesús, un resumen de sus enseñanzas y de su vida, la transparencia de su corazón.
Las bienaventuranzas nos abren un ventanal sobre el gran tema de la felicidad.
En primer lugar, conviene recordar que la misma palabra “evangelio” significa “Noticia buena”, “Buen anuncio”, “linda noticia”. El evangelio es una linda noticia, antes que nada. El evangelio y las enseñanzas de Jesús son para nuestra felicidad y realización. Nunca olvidarlo.
En segundo lugar, debemos preguntarnos con honestidad y profundidad: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué significa ser feliz o vivir una vida plena?
Todos queremos ser felices, vivir una vida plena, realizada, con sentido y valor.
El deseo de felicidad está sellado con fuego en nuestro corazón.
La Alegría es nuestro origen y nuestro destino, mientras peregrinamos en la historia e intentamos convertir la misma historia en una fuente de gozo.
¿No es hermoso ver el propósito de la humanidad y de cada ser humano, como el trabajo de convertir la historia y la evolución, en belleza y alegría?
El problema es que nos confundimos.
Confundimos “felicidad” con “placer”, confundimos “felicidad” con total ausencia de dificultad y de dolor, confundimos “felicidad” con la sola satisfacción inmediata de los deseos (caprichos, en realidad) de nuestro ego.
La felicidad, en cambio, es algo mucho más profundo y más simple a la vez. La felicidad es algo también misterioso, que se escapa a nuestros intentos de definición.
La felicidad – y acá radica el mensaje de las bienaventuranzas – tiene que ver con la vida y el vivir.
La felicidad, una vida con sentido y con propósito, tiene que ver con la aceptación radical y confiada de todo lo que la vida nos presenta: luces y sombras.
Creemos que debemos evitar a toda costa la sombra y el dolor. Pero, como dicen muchos maestros espirituales: “escapar del dolor es la forma mejor para encontrarse con él”.
Una vida plena es una vida que agradece todo, asume todo, convierte la sombra en luz. Los artistas y los poetas lo saben muy bien: en muchos casos el éxtasis de la creatividad surge desde la noche, emerge del dolor, brota de la angustia.
Una vida plena es la que sabe aprovechar del dolor como combustible para crecer, que sabe ver el amanecer dentro de la noche.
Una vida plena es una vida que vive la vida y que no huye de la vida.
Una vida plena es una vida que reconoce el límite, abraza el límite y lo convierte en oportunidad y desafío.
¡Qué hermoso!
Es el Misterio de la vida, es el Misterio de la Alegría, es el Misterio del Amor.
No me crean: experimenten ustedes mismos.
Las bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza que no hay “felicidad individual”: el ser humano es un ser-en-relación, un ser que es relación. “Somos” porque “somos con el otro, desde el otro y con la creación”.
La felicidad bebe al inabarcable pozo de la relación. Lo sabemos por experiencia.
¿Cómo nos sentimos cuando podemos aliviar el dolor de otro ser humano?
¿Cómo nos sentimos cuando nuestra vida aporta valor a otra vida?
¿Cómo nos sentimos cuando nos reconocen y nos ayudan?
Aliviar el dolor del otro, llena de sentido el existir.
Levantar al otro de su caída, nos regala paz y alegría.
Caminar junto al otro, es fuente de plenitud.
Amar la creación, todo ser viviente, nos proporciona un gozo inimaginable.
No existe “felicidad individual” porque no existe un “yo individual”: lo que llamamos “yo” está siempre en relación a un “tu”.
Ser feliz, entonces, es abrirse a la alteridad y a la unidad, a la danza festiva de lo Uno y de lo diferente.
Felicidad es bailar con lo Uno abrazando lo distinto.

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