Se nos presenta hoy el famoso y bellísimo relato de los discípulos de Emaús.
Es un texto que nos ofrece muchas pistas para nuestro caminar y crecimiento espiritual.
Nos centramos en estos versos:
“Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran” (24, 15-16)
Lucas, en su relato, nos presenta una catequesis sobre el reconocimiento del Resucitado.
¿Por qué no lo reconocemos?
¿Cómo reconocerlo?
Es también nuestra propia experiencia.
Los discípulos “conversan y discuten”: están en sus cosas, en sus cabezas, en sus ideas de como tendrían que funcionar las cosas. Conversan y discuten sobre los acontecimientos pascuales, por cierto, pero están atrapados en su forma de ver que, en el fondo, es un no-ver. No hay silencio, no hay atención, no hay escucha.
Es lo que nos ocurre: estamos atrapados en nuestras ideas sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre el mundo y perdemos mucho tiempo en conversaciones estériles. Hablamos mucho, escuchamos poco. Nos falta apertura, silencio, atención.
Nos falta dejar sorprendernos.
El Resucitado se acerca a los discípulos que conversan y discuten. Se acerca igual, se “hace prójimo”, como el buen samaritano. El Espíritu no se asusta de nuestras conversaciones y tampoco de nuestra estupidez o superficialidad. Se acerca.
Jesús se acerca y camina con ellos: ¡qué hermosa imagen!
Tal vez, Lucas, tenía en su mente las palabras del profeta Miqueas: “Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios.” (6, 8).
Estamos invitados a caminar humildemente con nuestro Dios, y lo podemos hacer, porque Él es el primero que se acerca y camina con nosotros.
Nunca estamos solos: el Espíritu es nuestro acompañante. Un acompañante humilde, paciente, silencioso.
¿Nos dejamos acompañar? ¿Lo acompañamos?
Este “caminar juntos”, lo podemos ampliar a los demás: los discípulos caminan juntos, son dos y van juntos.
Caminar juntos supone también paciencia y apertura, respetar los tiempos del otro, detenernos a descansar.
Supone dejar el ego y los prejuicios.
Caminar juntos es todo un arte, es algo que nos transforma, nos enriquece. En este caminar juntos podemos también ver y agradecer el magnífico de la amistad.
La amistad es también y, tal vez, sobre todo, “caminar juntos”.
Jesús se acerca, camina con ellos, los escucha, pero los discípulos no lo reconocen: ¿cómo no lo van a reconocer?
Podemos hacer muchas especulaciones, pero, sin duda, la situación es muy extraña.
Lucas, en realidad, quiere sugerirnos algo más profundo: el reconocimiento de la Presencia no es automático, requiere unas condiciones, un camino. “Otros ojos”.
Podemos hacer una “teología del reconocimiento”.
¿Cómo reconocer la Presencia de Dios en nuestra vida?
Re-conocer supone, antes que nada, un conocer. Re-conozco algo que ya conocí. Acá entonces se nos presenta la necesidad de una experiencia de Dios, de afinar nuestra sensibilidad. Y el conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo: todos los místicos lo subrayan y actualmente también la psicología insiste mucho sobre lo fundamental del autoconocimiento. Afirma Teresa de Ávila, por ejemplo: “No creamos que entraremos en el cielo, antes de entrar en nuestra alma.”
El conocimiento de Dios es inseparable del conocimiento de uno mismo porque no hay separación: Dios no es un “objeto” externo que pueda conocer como conozco una silla. Dios es la raíz más profunda de mi propio ser, por eso conocer a Dios es conocerme y conocerme es conocer a Dios.
San Agustín lo decía así: “Dios es más íntimo a mí mismo que mi propia intimidad”.
Por todo eso, también, conocer y re-conocer van de la mano.
Re-conocer la Presencia de Dios en nuestra propia vida, necesita detenernos, callar, escuchar.
El Espíritu camina en nosotros, con nosotros y entre nosotros. Su caminar es humilde y silencioso. Camina dentro de nuestra humanidad, nuestros pensamientos y preocupaciones. Está muy cerca, “demasiado” cerca y por eso no lo reconocemos. Lo buscamos en la exterioridad, cuando nos habita. Lo buscamos en el “hacer”, en la conquista, en la apropiación, cuando el Espíritu es entrega y desapropiación.
Reconocer, finalmente, tiene que ver con la visión: “los ojos” de los discípulos están impedidos, su visión nublada.
Reconocer es aprender a ver. Lucas y el Espíritu nos piden “otros ojos”, otra visión. Es la visión del corazón que, desde siempre, la mística subraya.
Esta visión nace, justamente, cuando cae el deseo de apropiación, cuando disminuye el activismo, cuando sabemos pacificarnos y detenernos.
Entonces “ocurre la magia”: se quita el velo. Y vemos lo que siempre estuvo ahí.

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