Seguimos reflexionando a través de las parábolas del capítulo 13 de Mateo. El texto de hoy sigue al texto del domingo pasado y se nos regala la famosa parábola del “trigo y la cizaña”: también esta parábola – si sabemos leerla – tiene una fuerza revolucionaria increíble.
El gran problema es que nos hemos acostumbrado a leer el evangelio – y especialmente algunas parábolas muy conocidas – y nuestra lectura es superficial, moral, anclada a esquemas clásicos y repetidos. Hemos olvidado el carácter desafiante de las parábolas de Jesús.
Jesús, entre otras muchas facetas, es un maestro de sabiduría.
Jesús nos enseña la sabiduría, nos enseña a ver la vida, a mirar con más profundidad. Cuestiona nuestro modo de ver y nos invita a otra mirada. Las parábolas – si nos abrimos y bajamos las defensas – son “espadas” que abren una brecha en nuestra mente y desarman nuestra visión.
La enseñanza de Jesús – si sabemos leerla y nos liberamos de una lectura mayoritariamente moralista y dogmática – está anclada a toda la tradición de sabiduría de Israel y del mundo semítico y tiene una evidente carga no-dual o mística. Afirma la mística contemporánea y sacerdotisa episcopaliana Cynthia Bourgeault: “Cuando realmente buceamos bajo la superficie de sus enseñanzas, encontramos que hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Mucho más. Y no tiene mucho que ver con ser «bueno».”
La parábola de hoy es, desde mi percepción, clarísima.
En esta tradición de sabiduría, el “Reino de los cielos” que Jesús anuncia, es un “estado de consciencia”, la dimensión profunda de la vida, una forma de ver y de vivir. Sostiene lo mismo el autor espiritual Jim Marion, diciendo que el Reino de los cielos es realmente una metáfora de un estado de consciencia: no un lugar al que vayamos, sino el lugar del que venimos. El monje benedictino John Main diría: “el Reino es una experiencia.”
Esta lectura desde la sabiduría no descarta otros tipos de lectura, como la que hace el mismo Mateo en 13, 36-43 a través del esquema escatológico: lo que Mateo narra como fuerza externa – el diablo – la tradición sapiencial lo relee como la dinámica interior del ego: dos lenguajes para la misma lucha entre luz y sueño.
El texto evangélico tiene varias capas de interpretación y cada capa puede aportarnos algo: podemos integrar las distintas capas sin necesidad de entrar en conflicto. Desde mi experiencia, la lectura mística, revela una de las capas más auténticas y profundas.
Jesús compara el Reino con una buena semilla. La semilla es buena y esta semilla está llamada a dar fruto.
¿Qué ocurre? Mientras todos duermen, el enemigo siembra cizaña, un yuyo inútil y dañino.
La referencia de Jesús al dormir es una clara referencia a un estado de consciencia: el estado de quién vive en un sueño, no logra captar la realidad o confunde el sueño con la realidad.
El “enemigo” que siembra la cizaña, aprovechando este estado de ensoñación es, desde esta lectura, el “ego”. Cuando estamos dormidos, cuando vivimos mecánicamente, superficialmente, el “ego” nos atrapa y nos confunde. La vida cae en una rutina sin sentido, nos volvemos narcisistas, no logramos ver la belleza, nos aferramos a falsos sentidos de identidad, vivimos constantemente en conflicto y zarandeados por las emociones.
¿Qué hacer?
La indicación de Jesús es sorprendente y va en contra de la lógica: ¡no arranquen la cizaña!
Es decir: no intenten extirpar “el mal”, lo “dañino”, antes del tiempo.
Dicho de otra forma también: no luchen en contra del mal.
La lucha “en contra” y a “destiempo”, refuerza lo que se quiere erradicar.
La historia enseña, la psicología enseña, la espiritualidad enseña, la medicina enseña: todavía no hemos aprendido.
El “mal”, ya lo decía San Agustín, no tiene consistencia propia: es ausencia de “bien”.
La oscuridad no se combate: simplemente se prende la luz. Y, la luz, es el símbolo más potente de la consciencia.
La cizaña juega su propio rol. No crecemos en consciencia de forma automática: necesitamos tiempo, necesitamos caminar, aprender, caer y levantarnos.
El “estado de consciencia” del Reino se nos regala en un proceso: saltar etapas o apresurar procesos, puede ser contraproducente o hasta peligroso.
El “ego” tiene su función y su rol: “aniquilarlo” sin comprenderlo, tiene graves consecuencias. Trascenderlo desde la comprensión, en cambio, nos abre al camino místico.
Por eso los maestros nos advierten que “locura” y “mística” están muy muy cerca.
Además, la parábola de Jesús, nos invita a reconocer que en nuestra propia vida y en la realidad, “bien” y “mal” conviven, como la luz y la oscuridad. La vida necesita de la tensión complementaria de la polaridad.
Intentar erradicar el “polo negativo”, sin comprender su mensaje y sin integrarlo, nos destruye.
La locura de las guerras revela precisamente esto: la incapacidad radical de ver la oscuridad propia, se descarga sobre un supuesto “enemigo”. El “ego” siempre necesita inventarse “enemigos”.
Podemos resumir el extraordinario mensaje de esta parábola y buena parte de la enseñanza de Jesús en cuatro grandes ejes:
1. Crecer en la capacidad de integrar el manifestarse de la vida en todas sus dimensiones. Sin negación, asumiendo y trascendiendo.
2. Aprender la sabiduría del tiempo. Hay un tiempo para todo. Saber discernir los tiempos puede transformar por completo una realidad.
3. Crecer en consciencia mediante la atención a los mecanismos inconscientes del ego.
4. Entender el Reino como un estado del ser y como la experiencia vital del encuentro y de la presencia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario