El texto de hoy nos presenta el fundamental tema del perdón.
Todo empieza con una pregunta. La pregunta de Pedro sobre “cuantas veces” hay que perdonar.
Es una pregunta con cierta lógica, considerando que Pedro era un judío y el judaísmo – ayer como hoy – tiene uno de sus fundamentos en las llamadas “mizvot”, preceptos que hay que cumplir. Pedro quiere saber: ¿cuántas veces?
Más allá de lo religioso, es un mecanismo típico de nuestra psique que busca seguridad y control. Este mecanismo se cuela – lamentablemente – también en la espiritualidad y en la relación con lo divino. Queremos buscar obsesivamente una forma de tranquilizar la consciencia, queremos saber la fórmula mágica para ganarnos el cielo, queremos recetas para sanarnos, recetas para el amor… ¡recetas para todo!
Jesús hace saltar esta lógica por los aires, revirtiendo la sentencia de Lamec (descendiente de Caín) en Génesis: “Caín será vengado siete veces, pero Lamec lo será setenta y siete” (4, 24). De la venganza infinita al perdón infinito.
La parábola que cuenta rompe todos los esquemas.
La cifra de “diez mil talentos” es justamente la hipérbole que Jesús utiliza para romper la lógica de la pura y estrecha racionalidad y además, la lógica del mérito y la lógica comercial.
“Diez mil talentos” correspondían a más o menos 60 millones de jornadas laborables (¡164.000 años!); la deuda del siervo de la parábola equivalía a décadas enteras de la recaudación fiscal total de toda Palestina y de gran parte de las provincias orientales del Imperio Romano juntas. Superaba incluso las arcas imperiales romanas de la época.
La hipérbole de Jesús es clarísima y, su mensaje, también.
Hay realidades que se escapan a nuestros intentos de seguridad, de manipulación y de control: a comenzar por Dios, obviamente.
Lo que llamamos “Dios” es un Misterio tan Infinito, tan Asombroso, tan Bello que se escapa de toda lógica. Así mismo, el amor de Dios y el Amor que Dios es, no cabe en nuestra mente, no cabe en nuestro corazón, no cabe tampoco en nuestros deseos. Es un Amor que no podemos ni siquiera imaginar. Nuestra mente finita no puede pensar un amor infinito.
Jesús nos quiere introducir en esta Vida, en esta dimensión espiritual que todo lo transforma.
Jesús desea que nos rindamos a este amor: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49).
Jesús nos invita a experimentar el amor y el perdón: solo desde esta experiencia podremos ser testigos, podremos vivir la realidad del perdón en todas sus dimensiones: hacia dentro y hacia afuera. Solo desde esta experiencia brotará una compasión radical: no solo hacia cada ser humano, sino hacia cada ser viviente… plantas y piedras incluidas (estoy convencido – y me acompañan algunos místicos – que hasta las piedras están vivas).
Isaac de Nínive – desde el cristianismo – e Ibn Arabi – desde el sufismo islámico – concuerdan maravillosamente en la misma visión y experiencia: la misericordia de Dios es Infinita.
Por eso los dos sostienen, con matices distintos, que es totalmente insostenible la tesis de un “infierno eterno” … el amor y la misericordia de Dios purificarán todo y todo volverá a la plenitud del Único Amor.
El necesario proceso de purificación – con el dolor asociado – será la última llama que quemará nuestro ego, será el dolor del amor que nos convierte en él mismo. Afirma Isaac que el dolor temporal de la purificación, será el dolor del darse cuenta de no haber amado con la necesaria radicalidad…
Desde esta profundísima visión podemos comprender las palabras finales, muy duras, de nuestro texto: “el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos” (18, 34-35). Estas palabras hay que leerlas a la luz del perdón infinito que Jesús ancló al “setenta veces siete” del verso 22.
Las palabras de Jesús son pedagógicas, no metafísicas: el tormento no es una venganza de Dios, sino el estado en el que se encierra quien rehúsa vivir en la gratuidad. Quien exige cuentas queda atrapado en el propio infierno de su contabilidad… hasta que el Amor Infinito penetre en el corazón…
Les comparto dos hermosos textos de Isaac de Nínive y uno de Ibn Arabi, para que los saboreen y los mediten durante la semana.
Isaac
· “El amor cuya causa es Dios se parece a un manantial que mana de las profundidades: su flujo no cesará nunca de correr. Dios es la única fuente del amor: el caudal de su materia no disminuye jamás”
· “Signo luminoso de la belleza de tu alma será este: que tú, examinándote a ti mismo, te encuentres lleno de misericordia hacia todos los hombres, que tu corazón se conmueva por la compasión que sientes por ellos y que arda como el fuego, sin hacer distinción de personas”
Ibn Arabi:
· “La Misericordia divina abarca todas las cosas, en el ser y en el principio; la Ira es solo un accidente en el ser. Puesto que la Misericordia precede a la Ira, la Misericordia alcanzará finalmente a todo aquello sobre lo cual cayó la Ira”

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