sábado, 22 de marzo de 2025

Lucas 13, 1-9


 

En este tercer domingo de Cuaresma, se nos presenta un texto de difícil interpretación. Por eso, es esencial acercarnos al texto desde el silencio, tener una actitud de humildad y abrirnos al Espíritu.

 

En el texto descubrimos dos partes, que parecen estar en contradicción; la primera parte hace hincapié en la necesidad urgente de la conversión, sin la cual, las consecuencias serán fatales: “¿Creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (13, 4-5).

 

La segunda parte – a través de la parábola de la higuera estéril – pone el acento sobre la paciencia divina: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré” (13, 8).

 

Este evangelio nos ofrece pistas esenciales para nuestro crecimiento y desarrollo humano-espiritual: la culpa, la responsabilidad, la paciencia, la esterilidad/fecundidad.

 

En la primera parte, el Jesús de Lucas asume y disuelve la paradoja de una forma extraordinaria: el hecho de que no haya culpabilidad, no quita nuestra responsabilidad.

 

Jesús, poniendo como ejemplo a tragedias de su tiempo, nos enseña que el sufrimiento humano no hay que encerrarlo bajo la etiqueta de la culpa: Dios no castiga, Dios es amor y el amor libera y educa para la responsabilidad. Somos responsables del don que Dios nos otorgó y lo que nos ocurre se debe, en buena medida, a nuestras decisiones.

 

Soy un don para mí mismo.

Soy un don que Dios me entregó y soy responsable de este don: en esta expresión se funden, armónicamente, gratuidad y responsabilidad.

 

Un gran amante de la responsabilidad, Víctor Frankl, decía:

Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

 

Estamos acá para responder al don que somos y a la vida que se nos regaló: justamente el término “responsabilidad” encuentra su raíz en “responder”.

 

La responsabilidad nos confirma en nuestra libertad y dignidad. Es una triada inseparable y no hay una sin la otra.

 

Demos un paso más.

Nuestra simpática higuera – ella nos entiende y nosotros la entendemos – es estéril. Una higuera está hecha para dar higos y siendo estéril no cumple con su propósito. La reacción inmediata del dueño es de impaciencia: ¡córtala!

 

La reacción de Dios con nuestra esterilidad es, en cambio, la paciencia: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré” (13, 8).

 

El amor es paciente, porque la paciencia es la ley de la vida y del crecimiento. Todo crece a su ritmo y cada cual tiene su ritmo y sus obstáculos, casi siempre debidos a heridas y sufrimientos no resueltos. Dios conoce todo esto y por eso su paciencia es maternal y podríamos decir, infinita. Pero la paciencia no es estupidez y no nos quita el don que somos y nuestra responsabilidad: “Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (13, 9).

 

Hay un límite. Hay límites. Sin límites no existirían tampoco, la responsabilidad y la paciencia. Es el límite que marca el amor y el amar, aunque nos cueste entenderlo y vivirlo.

 

La esterilidad de la higuera – como la nuestra – viene de la no aceptación y comprensión del límite.

La higuera no tiene toda la vida para dar fruto: el tiempo limitado marca su posibilidad, entre otras condicionantes.

Nosotros igual. Nuestro tiempo es corto y en este corto tiempo estamos llamados a dar fruto, a ser responsables del don que somos para nosotros mismos, para los demás, para el cosmos.

 

La parabolita de Jesús es una provocación: ¿Qué sentido tiene vivir una vida estéril?

Vivir una vida estéril, significa no entrar en el dinamismo creador de Dios; significa no haber entendido nada del regalo de la vida. Significa desperdiciar el don. Por eso el evangelio es tajante: ¡den fruto! El tiempo se acaba. Den fruto: a pesar de sus límites y a través de sus límites.

 

Es la urgencia del amor que experimentó San Pablo: “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14).

 

En todos los evangelios resuena constantemente esta invitación a dar fruto y el capítulo 15 de Juan es un claro ejemplo.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos” (Jn 15, 8).

Otro ejemplo muy fuerte es la conocida parábola de los talentos, en Mateo 25, 14-30.

 

Estamos acá para revelar la luz y cada cual tiene una luz única, original, divina, para revelar.

Si yo no revelo mi luz, ¿quién lo hará?

Si el manzano no se revela y expresa en las manzanas, ¿quién lo hará? ¿El peral?

Tu potencial es enorme: la luz te habita.

Tu tiempo es limitado. Tu cuerpo es limitado, tu mente es limitada. Estás condicionado por todas partes.

 

¿Qué haces con la luz?

¿Qué haces con los limites? ¿Lo usas como excusas para justificar tu esterilidad o lo usas como trampolín para trascenderte y dar fruto?

 

Hay que responder. Desde la paciencia de Dios que te acompaña, eres responsable.

 

 

 

 

 

 


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