sábado, 15 de marzo de 2025

Lucas 9, 28-36

 



Estamos delante del fascinante y maravilloso texto de la transfiguración de Jesús.

 

Es un texto que intenta reflejar una experiencia mística de Jesús, Pedro, Juan y Santiago.

 

El relato de Lucas empieza diciéndonos que “Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar” (9, 28).

 

Esta simple indicación no puede pasar desapercibida. Prestemos profunda atención. Respiremos y detengámonos.

 

En primer lugar, se nos presenta al maestro Jesús como a un hombre de oración. Jesús dedica tiempo a la oración, al silencio, a la soledad. Dedica tiempo a la búsqueda incesante de Dios y de sí mismo. Es el testimonio de todos los evangelios.

Jesús fue un místico y diciendo esto lo decimos todo: maestro, profeta, sanador, predicador, conservador y revolucionario, político y trans-político, buscador y encontrado, luz, puerta, agua viva, sol y luna.

La mística es la cumbre de la experiencia humana, la que integra todo en profunda y espiritual armonía… y no hay mística que no beba al pozo de la oración y del silencio.

 

Es muy probable que Jesús tenía la costumbre de subir solo a la montaña o de buscar lugares solitarios para orar. Para él es tan importante la oración que se lleva a Pedro, Santiago y Juan, para que aprendan como orar, para asociarlos a su oración.

Jesús quiere asociarnos a su oración. Hermoso: para los cristianos, la oración de Cristo es la única, sola, gran Oración. Porque Cristo es Oración al Padre.

 

Nos preguntamos entonces:

 

¿Nos dejamos tomar por el Espíritu para aprender a orar?

¿Dejamos que el Espíritu nos lleve a la montaña?

 

Es importante estar atentos a las propuestas espirituales que aparecen, especialmente a los retiros: son llamadas del Espíritu que nos quiere “tomar”, son nuestras “montañas”.

 

Jesús, con sus tres amigos, sube a la montaña.

 

La experiencia mística, por cuanto don gratuito de Dios, normalmente necesita unas condiciones y una preparación. La subida a la montaña de Jesús, va preparando a los apóstoles para el encuentro y va preparando al mismo Jesús para su transfiguración.

 

Necesitamos unas condiciones para que se pueda dar el éxtasis del encuentro.

 

La metáfora de la subida al monte nos habla de disciplina, de cierto esfuerzo, de mirar a lo alto, de perseverancia y de dar cabida a nuestro anhelo. Somos humanos y nuestra humanidad está llamada a participar del éxtasis: cuerpo y mente deben ser parte del encuentro místico, por lo menos en su punto inicial.

 

No podemos obviar nada de nuestra humanidad. Por eso, es fundamental ir integrando cada vez más todo aspecto de nuestra humanidad en nuestra vida de oración y en nuestro anhelo espiritual.

La experiencia mística es siempre experiencia de integración, nunca de separación, división, fragmentación. Cuanto más integro, más me voy abriendo al Espíritu, al éxtasis y a mi trasfiguración.

 

¿Por qué Jesús se lleva solo a Pedro, Juan y Santiago?

¿Y los demás? ¿Cómo se habrán sentido?

¿Jesús tenía preferencias?

 

Preguntas abiertas, tal vez sin respuestas claras. Mejor.

Mejor dejar las preguntas abiertas y solo recoger pistas para nuestra vida y nuestro caminar.

 

Una buena pista que podemos cosechar es la siguiente: Jesús – y hoy el Espíritu – conoce el corazón de cada uno, conoce aquello que cada cual necesita, el lugar donde lo necesita, el tiempo cuando lo necesita y el para que lo necesita, es decir su misión única.

Por eso que las comparaciones siempre fallan: es energía mal usada y perdida.

 

Cada cual tiene su camino, su tiempo, su lugar. Solo el Espíritu sabe en profundidad.

 

Apresurar los tiempos del Espíritu, a menudo obstaculiza el crecimiento de la persona, entorpece su camino o hasta puede llegar a “quemarla”.

 

Demasiado abono para una planta y ofrecido en momentos no oportunos, la puede quemar.

 

Es lo que Pablo les decía a los corintios: “Por mi parte, no pude hablarles como a hombres espirituales, sino como a hombres carnales, como a quienes todavía son niños en Cristo. Los alimenté con leche y no con alimento sólido, porque aún no podían tolerarlo, como tampoco ahora, ya que siguen siendo carnales” (1 Cor 1, 1-3).

 

En este tiempo de Cuaresma estemos más atentos: el Espíritu nos quiere enseñar a orar, nos quiere transfigurar, llenar de luz.

Dejémonos llevar a la montaña, sin prisa, pero sin pausa.

 

Me dejo llevar a mi ritmo, sin compararme.

Me dejo llevar con total confianza y agradecimiento.

Y pongo toda mi humanidad a disposición.

 

 

 


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