sábado, 25 de abril de 2026

Juan 10, 1-10


  


Nuestro texto de hoy termina así: “yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (10, 10): es para mí uno de los versos más bellos y reveladores de todos los evangelios. Para mí, y para muchos otros, resume el mensaje de Jesús.

 

El evangelista Juan centra todo su relato, desde la perspectiva de la vida y la palabra clave griega que Juan usa para “vida” es Zoé. Juan utiliza este término 36 veces, Mateo 7, Marcos 4 y Lucas 5: la centralidad de “zoé” en Juan, es más que evidente.

En griego hay tres palabras que se pueden traducir como “vida”, pero su significado es muy distinto.

Bios” es la vida animal, biológica, la vida que nace y muere: Juan nunca utiliza esta palabra.

Psiqué”, en cambio, se refiere a la vida individual, afectiva, relacional y Juan la utiliza 10 veces.

Zoé” es el termino clave de Juan: es la “vida eterna”, la vida plena, la vida divina que Jesús quiere comunicar. La vida que genera vida.

Para Juan entonces, Jesús vino a revelar y compartir esta vida plena, que no tiene comienzo ni fin. Por eso su evangelio se encuadra en el tema de la vida, que se convierte en marco y horizonte. La zoé hace de inclusión a su evangelio:

·     Empieza con: “En ella estaba la vida (zoé), y la vida (zoé) era la luz de los hombres” (1, 4).

·     Termina con: “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida (zoé) en su Nombre” (20, 31).

 

Jesús ama la vida con profundidad e intensidad. Ama vivir y descubre en cada encuentro, al Dios de la vida. Ama las flores y los pájaros, ama el lago y el viento, ama a los niños y su sonrisa, ama a los que sufren y a los excluidos. Ama, se ama, ama a todos. Ama en la verdad. Ama con valentía y hasta el fin. Ama la vida, es honesto con la vida y la asume en su totalidad, con sus luces y sombras. No quiere morir, pero acepta atravesar el misterio del dolor y de la muerte, porque ama a la humanidad y quiere abrir un camino de luz y plenitud. Jesús atraviesa desde el amor la puerta de la muerte, para que nosotros la podamos también atravesar con confianza y sin miedo. Ama hasta morir, para que aprendamos que Dios ama la vida y quiere vida plena para cada uno de sus hijos. Jesús se entrega para que entendamos, de una vez, que Dios “no quiere sacrificios” (Mt 9, 13), no quiere que sacrifiquemos la vida, sino que la amemos y la entreguemos.

 

Jesús ama la vida, disfruta de las fiestas, de la comida, del caminar con sus amigos. Ama la vida, la disfruta y la recibe como un don.

Jesús ama la vida y no se retira de la vida frente a las críticas y a los juicios. Sigue amando la vida, perdonando, avanzando, abriendo caminos, sembrando luz y también cuestionando.

 

Jesús ama la vida y por eso denuncia con fuerza, todo lo que hace despreciable, pobre y estéril, la vida del hombre. Por eso se indigna frente a la injusticia.

Jesús levanta la vida, donde esta está caída y dice: “kum”, “levántate”. Y la vida recomienza.

Jesús abre a la vida, donde la vida se cierra y dice: “efatá”, “ábrete”. Y la vida vuelve a sonreír.

Jesús ama la vida y la pone en marcha, cuando la enfermedad la bloquea, cuando los miedos la tienen atrapada. Y le dice al paralitico: “levántate y camina”.

 

Jesús ama la vida y nos devuelve a la vida, porque cree en el ser humano. Jesús no nos ata a él mismo, sino que quiere que nos volvamos adultos, autónomos y, como él, amantes de la vida, capaces de disfrutar la vida, entregarla, dar fruto.

Jesús no entiende de una vida que no sea fecunda, una vida que no de fruto, que no sea creativa.

Jesús desea que entremos con amor ardiente en el dinamismo de la vida y que no seamos solo “receptores”, sino que nos convirtamos en fuente de vida para otros, en manantial de “agua viva” (Jn 7, 37-38).

 

El místico cristiano y dominico del 1300, Juan Taulero lo expresó, también, con fuerza y clarividencia:

Hay muchos que llevan el nombre de cristianos y practican grandes obras exteriores, pero su fondo está muerto; son como tumbas blanqueadas. La verdadera Vida no se mide por la cantidad de rezos, sino por la libertad del fondo que se ha vuelto uno con la Fuente.

 

¿Qué hicimos del mensaje de Jesús y del evangelio?

¿Qué hicimos de esta maravilla?

¿No hemos “reducido” en muchos casos, la Vida a una religión, a doctrinas a ritos, a moralismo?

¿No hemos perdido la esencia y no nos hemos perdidos en las formas?

 

Cada cual saque sus conclusiones y actúe consecuentemente.

 

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