sábado, 18 de abril de 2020

Juan 20, 19-31



El texto que la liturgia nos ofrece en este segundo domingo de Pascua es la continuación del texto del domingo anterior: hoy estamos al atardecer de ese mismo día, día de Pascua. El Gran Día que la iglesia celebra en la octava de Pascua como un único día.
Amanecer y atardecer se ciñen sobre el día pascual, como a indicar que en la Pascua todo está completo, abrazado, contenido.
La Pascua es alfa y omega, principio y fin. Totalidad y plenitud.

El texto de hoy es una catequesis sobre la resurrección que el evangelista y su comunidad escriben varias décadas después de los acontecimientos narrados. Por eso que buscar el mensaje actual y perenne que se esconde en el texto es mucho más importante que encontrar una improbable fidelidad histórica de lo ocurrido.

La clave de lectura la encontramos en el cierre del texto, en el último versículo: “para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre” (20, 31).
Es el gran y único mensaje del cuarto evangelio: Jesús es Vida y vino a regalarnos la vida plena.
Justo acá se descubre el mensaje central de la Pascua: la Vida que Jesús es y que vino a revelarnos es la Vida que somos. Todo es Vida, solo hay Vida. Nosotros estamos participando y bebiendo a la Fuente de la Vida Una.
Este es el maravilloso y sorprendente mensaje pascual y solo accedemos a él desde un profundo silencio mental. Solo una visión mística y contemplativa puede regalarnos esta cabal comprensión. Desde la comprensión mítica-racional quedaremos siempre atrapados en dualidades y contradicciones: interior/exterior, antes/después, alma/cuerpo, muerte/resurrección, mundo/Dios.
Por eso es esencial callar y abrirnos a la Vida que susurra desde dentro y se quiere manifestar en plenitud, como hizo con Jesús.

¿Cuál es el gran regalo a quién se descubre Uno con la Vida?
La paz, sin duda. La paz que es justamente una de las protagonistas de nuestro texto. En la catequesis de Juan el Resucitado derrocha paz. Por tres veces dice a sus discípulos: “la paz esté con ustedes”.
La paz es el gran regalo pascual. El gran descubrimiento de quien se entrega a la Vida con plena confianza.
Si todo es Vida y si solo hay Vida: ¿puede haber otra cosa que no sea paz?
Es la paz radical que se esconde también en nuestros dolores, anhelos, errores.
Es la paz que habita cada corazón humano, cada gesto y cada sonrisa. Es la paz de la creación, de los árboles y los pájaros. Es la paz de la luna y de los enamorados. La paz de cada amanecer y atardecer.
Una paz siempre presente, porque Uno con la Vida.
Solo necesita ser descubierta, comprendida, amada.
La paz exterior será solo y siempre fruto del descubrimiento de la paz en mi corazón, en tu corazón.
Como afirma el grande San Jerónimo: “Encuentra paz dentro de tu propia alma, y entonces el Cielo y la Tierra estarán en paz contigo.”
Esta el paz de Dios y la paz que es Dios. Paz que supera todo lo que podamos imaginar: “la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Fil 4, 7).

Este es el gran reto del mundo de hoy. Un mundo sediento de paz, pero un mundo que todavía busca la paz afuera sin haberla descubierto adentro. Un mundo que busca la paz en tratados, acuerdos, negociaciones, firmas. Esta paz es una paz ilusoria e inestable, como también lo está demostrando la pandemia y la crisis económica mundial.
No hay paz afuera si no brota de nuestras raíces y del reconocimiento de la Vida Una que nos habita y nos sostiene.
Si el corazón de los políticos y de los que tienen responsabilidades civiles, sociales y religiosas no está en paz es imposible que construyan una paz duradera en el tejido social y en la convivencia entre países.

Volver a la Paz que nos habita: este es el llamado del Resucitado hoy, el grito de jubilo de la resurrección, el don perfecto de la Pascua.

Este es el momento, ahora es el momento: y empieza por ti.

sábado, 11 de abril de 2020

Juan 20, 1-9: Ojos de Pascua.




Está amaneciendo cuando María Magdalena llega al sepulcro donde reposaba el cuerpo del maestro, del amigo, del amado.
Reposaba en su corazón el cuerpo amado, como semilla viva de resurrección.
Sepulcro abierto al amanecer. Sepulcro vacío.
Amanece esta Pascua 2020, amanece sobre nuestra historia personal y sobre la humanidad herida.
Se lame las heridas esta humanidad, no solo aquellas dejadas por el virus, también las heridas que siguen supurando: violencia, guerras, pobreza, odio, fanatismo, discriminación.
Amanece la Pascua sobre estas heridas y desde estas heridas.
Amanece y el sepulcro está vacío.
Nunca hubo nadie en el sepulcro y siempre estuvo abierto.
El cuerpo del Cristo, semilla de resurrección, fecundó la tierra con la sangre de la cruz y de nuestras heridas.
La Pascua aconteció desde dentro de la cruz, no después.
Nunca hay un después para el Amor. Siempre es, aquí y ahora.
Amanece la Pascua desde el otro lado de la cruz.
Nuestras heridas no son impedimento a la Vida: ¡al contrario!
Son el vacío por el cual la Pascua se cuela y los sepulcros se abren. Son rendijas por donde la luz fluye serena y siembra resurrección.

Es Pascua, y el Amor amanece sobre nuestras existencias personales, sobre la humanidad entera y la madre tierra.
Siempre el Amor está amaneciendo y siempre encuentra los sepulcros abiertos.
Si encontramos sepulcros cerrados es porque no estamos amando y hemos arrinconado al Amor en un lugar oscuro de nuestro corazón.
La Pascua es tremendamente viva y actual con su único y eterno mensaje: solo el Amor es real.
Es ahora el momento oportuno y siempre fue ahora.
Es el momento de amanecer sobre la humanidad herida con la linterna del Amor y mirar así.
Pascua es mirar con los ojos amanecidos del Amor.
Ojos frescos y nuevos.
Tú que me lees: ¡mírate así y así, ama tus heridas y las de tus hermanos!
Mirar a la gente y a las cosas con estos ojos.
No tenemos que esperar un mundo nuevo, ilusión de los ciegos que se escapan del presente y huyen de la Vida.
¡No hay esperanza futura que no tenga raíz en el presente!
El mundo nuevo ya está y late en el fondo de tu mirada que amanece en el Amor.
Palpita el mundo nuevo en las profundidades, donde solo ojos de Pascua alcanzan a ver.
Amanecen ojos de Pascua que transforman las heridas en perlas y la sangre en fértil abono, a punto de florecer.
Esta es Pascua: otros ojos que solo ven sepulcros abiertos y manos extendidas.
Otros ojos que descubren posibilidades y senderos de bellezas.
Ojos amaneciendo en el Amor, ojos del Cristo vivo y viviente, que todo lo llena.
Ojos desparramando por doquier la paz que nos habita.
¡Feliz Pascua de Resurrección!


sábado, 4 de abril de 2020

Domingo de ramos



Con el domingo de Ramos entramos en la Semana Santa, cuyo centro celebrativo serán los tres días del Triduo Pascual: jueves santo, viernes santo, Vigilia Pascual.
Hemos vivido una Cuaresma especial, diría única, en casi todo el mundo.
Un tiempo de Cuaresma donde la pandemia viral nos ha obligado a un estilo de vida más sobrio, más interior, más lento. También una Cuaresma de mucho dolor por miles de familias que a lo largo del planeta han visto morir a sus seres queridos sin ni siquiera el consuelo de despedirse. Una Cuaresma también muy sacrificada por todo el personal sanitario y por todos aquellos que debido a la pandemia tuvieron que trabajar más, sin descanso y en condiciones difíciles y riesgosas.
Cuaresma: cuarenta días. “Cuarenta” que constituye la misma raíz de “cuarentena”. No es casualidad, por supuesto.
Para el mundo cristiano no es casualidad que nos haya tocado vivir una cuarentena en Cuaresma.
Cuarenta fueron los años del éxodo de Israel en el desierto, cuarenta los días de Jesús también en el desierto.
Más allá del obvio simbolismo del numero bíblico, ¿qué nos quiere decir todo esto?
¿Cuál es el significado de esta Cuaresma/Cuarentena de la humanidad?
Si desentrañamos el significado podremos vivir con más sentido y plenitud esta Semana Santa.

Puedo vislumbrar dos pistas de significado y comprensión.

En primer lugar los cuarenta años en el desierto de Israel, los cuarenta días de Jesús y nuestra Cuaresma/Cuarentena son un tiempo de purificación.
En general la palabra purificación no tiene buena prensa y es mirada con sospecha. En realidad expresa algo maravilloso: el proceso por el cual se saca a luz lo que es puro.
La primera carta de Pedro lo expresa así: “ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente: así, la fe de ustedes, una vez puesta a prueba, será mucho más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego, y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo” (1 Pe 1, 6-7).

Este tiempo de Cuaresma y de Cuarentena has sacado a luz y está sacando lo que es puro y valioso. El fuego del Amor quemó muchas de las ilusiones de la humanidad: una economía inhumana, el egoísmo inútil, el deseo de posesión y de control, el ritmo acelerado de la vida, el ruido y la contaminación, la exterioridad de las relaciones. Todo esto se pulverizó al calor del Fuego del Amor.
Y brilló lo mejor, lo que siempre estuvo ahí. Se quedó y se consolidó lo eterno y lo bello.
Brilló la entrega generosa de muchos y la solidaridad. Brilló el clima de unión y fraternidad. Brilló la gana de encontrarse y compartir. Brilló la belleza y la necesidad de interioridad, de silencio y de relaciones humanas verdaderas y profundas.
Todo esto es un camino a seguir obviamente: “¡El que tenga oídos, que oiga!” (Mt 13, 9).
Todo esto puede ser ocasión y oportunidad de crecimiento y desarrollo si lo sabemos ver, asumir y aprovechar, tanto a nivel individual como colectivo.
Qué no nos pase como a los discipulos de Jesús – en ocasión de la multiplicación de los panes – que tuvieron que escuchar su duro reproche: “¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen” (Mc 8, 17-18).
Dios quiera que esta Cuaresma y Cuarentena nos abra los ojos y los oídos.

El segundo significado de este tiempo tan especial lo resumo en la palabra “interioridad”.
Para Israel y para Jesús el camino en el desierto fue un tiempo de interioridad. Solos y con importantes restricciones tuvieron que “ir adentro”, no tuvieron más remedio. En este “ir adentro” se enfrentaron con sus propios “demonios”.
Demonios que son los nuestros, individual y colectivamente: miedos, deseos de poder y placer, angustia existencial, violencia y agresividad.
Estas dimensiones habitan también – en mayor o menor medida y en distintas formas – en nuestro interior, todos convivimos con ellas.
En este tiempo tuvimos y tenemos la posibilidad de mirarlas y enfrentarlas. La Cuarentena nos obligó a mirar hacia dentro. No pudimos huir, no podemos huir. Por lo menos físicamente nos encontramos atrapados.
Sin duda es un llamado a encontrarnos con nosotros mismos también interiormente.
Pero este depende de nosotros. Somos tan hábiles en escapar y huir que hasta en estas condiciones de reclusión somos capaces de evadirnos y perder el tiempo banal y superficialmente.
Esta Cuaresma particular que nos regaló la pandemia es una invitación a “ir adentro”, a dejar la superficie, a dejar lo pasajero y lo banal. Es un tiempo oportuno para enfrentar nuestro dolor y nuestras heridas.
Solo la interioridad salvará a la humanidad. Solo la interioridad nos salvará.
Esta en el fondo es la vocación y la misión del dolor en nuestra vida: llevarnos adentro. Llevarnos a lo esencial, a lo eterno.
Llevarnos al Amor que somos.
Como dice magistralmente el místico sufí Hafiz: “el dolor es maestro de los que huyen del Amor.”
Ya que somos tercos para comprender y para discernir, el dolor nos viene a socorrer. En este sentido, y solo en este, esta pandemia es también bendición.
Será aún más bendición si lograremos captar sus enseñanzas, si nos dejaremos purificar y llevar a la interioridad.
Qué la purificación y la interioridad nos sigan conduciendo en esta Semana Santa para poder llegar renovados a la Pascua y poder cantar a una sola voz la Gloria de Dios: ¡Aleluya!







sábado, 28 de marzo de 2020

Juan 11, 1-45




La genialidad del evangelista Juan nos regala un texto maravilloso y que conocemos como “la resurrección de Lázaro”.
Más allá de la raíz histórica difícilmente detectable, es un texto profundamente simbólico y catequético. Resume muy bien el eje de todo el evangelio de Juan: la vida. Para el evangelista y su comunidad, Jesús es vida, vino a revelarnos la vida y a regalarnos vida plena.

Recordemos que Juan presenta a Jesús como el “vino nuevo” de la alegría, “el pan de vida” que nos alimenta y el “agua viva” que sacia plenamente nuestra sed de infinito. Tal vez el versículo central de este evangelio podría ser: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

Nuestro texto empieza de una manera sorprendente: avisan a Jesús que su amado amigo Lázaro está enfermo, está grave. Jesús no pierde la calma, no corre en auxilio del amigo y se queda dos días más adonde estaba. ¡Qué maravillosa entereza! ¡Qué calma! Nosotros probablemente hubiéramos salido corriendo, nerviosos y apurados.
Más allá de su calma, Jesús nos sorprende con su afirmación: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11, 4).
Nos viene como anillo al dedo esta afirmación. En este tiempo de pandemia podemos escuchar con profunda atención estas palabras del maestro: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios…”
Lo que nuestra corta visión y nuestra fe superficial interpretan como negativo, terrible y oscuro, Jesús lo interpreta como Presencia de Dios y como oportunidad para que la gloria de Dios se manifieste.
Todo eso recuerda lo que decía Maestro Eckhart: “Cada cosa alaba a Dios; la oscuridad, las faltas, los defectos y hasta el mismo mal alaban a Dios y bendicen a Dios”.
Estas afirmaciones de Jesús y del místico alemán pueden sorprendernos. No podemos comprenderlas desde el nivel de conciencia mental. Tenemos que dar un paso, dar un salto al vacío.
Solo una visión espiritual, una visión interior y mística puede captar la profundidad, importancia y belleza de tales expresiones… expresiones que revelan una realidad, vislumbres de lo real.

¿Cómo cambiaría nuestra vida si lográramos ver la Presencia de Dios hasta en las cosas que más nos duelen o nos complican la existencia?
Entrar en esta visión de Jesús es lo más hermoso que nos pueda ocurrir. Es esta la visión que lleva a Jesús a “ver” la misma muerte como un sueño: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo” (Jn 11, 11). Lo mismo que había dicho en la resurrección de la hija de Jairo: “La niña no está muerta, sino que duerme” (Mc 5, 39).

¿Qué es lo que Jesús ve que nosotros no vemos?
¿Cómo puede ver en una enfermedad mortal algo que glorifica a Dios?
¿Cómo puede ver en la muerte un simple y reparador sueño?

Esta visión es un regalo sin duda, un don de lo alto. Pero podemos abrirnos a esta posibilidad y a este regalo.
Abrirnos, sin duda, significa poner entre paréntesis nuestras creencias y el apego enorme que tenemos a nuestra manera de ver las cosas y de interpretar la vida. Sin esto ejercicio de apertura y humildad será difícil que se nos regale esta visión.

Visión que podemos captar en una de las definiciones más hermosas de todo el evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25).
Jesús se percibe como vida, porque se percibe Uno con el Padre, con el Misterio divino.
Jesús percibe – hace experiencia – que el fondo último de la realidad es la Vida.
Y eso es lo que somos todos. Esta es la visión de Jesús y de todos los místicos de todas las tradiciones espirituales de la humanidad.
Es el Gran y Único anuncio del evangelio. Es el grito de jubilo y victoria de la mañana de Pascua.
¡Todo es Vida!
Nacimiento, historia, amor, pasión, culturas, dolor, muerte: todo se desarrolla en el seno misterioso de la Vida, en el Corazón del Ser.
Nacemos adentro de la Vida y morimos adentro de la Vida.
Por eso que Jesús logra captar lo que se esconde en la dramática experiencia humana que llamamos “muerte” y solo ve un dulce sueño.
Su visión penetra la enfermedad y la muerte y en sus entrañas solo ve Vida.
Que gran y esencial mensaje para los tiempos que vivimos.
Abrámonos entonces. Este regalo y esta visión son para todos y para todas. Nadie excluido.
Solo ábrete, confía, suelta tu mente y tus creencias.

Abre de par en par tu corazón. Entonces resonará pura, en tu alma,  la misma voz que quiebra cada oscuridad: “Yo soy la resurrección y la vida”.

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