domingo, 16 de julio de 2017

Mateo 13, 1-23


El capítulo 13 de Mateo es una recopilación de parábolas que el evangelista ordena y reúne. Hoy se nos regala la conocida parábola del sembrador, presente también en Marcos y Lucas.
Muy probablemente podemos atribuir a Jesús la parábola misma (13, 3-9) pero no la interpretación final, obra ya del redactor.
En el medio encontramos el interesante dialogo entre los discípulos y Jesús sobre las parábolas. “¿Por qué les hablas en parábolas?” le preguntan los discípulos.
Sobre este tema tan interesante hago mías las palabras de un experto, el Cardenal Carlos María Martini, ya fallecido, que me ordenó sacerdote el 12 de junio de 1999. A él me une un vinculo afectivo y espiritual.
Jesús no podía expresar directamente el misterio de Dios, la realidad del Reino, sin desconcertar a sus oyentes. Prefirió hablar en parábolas haciendo intuir algún reflejo de la verdad y de la belleza de Dios y estimulando al deseo de conocerlo más a fondo, de experimentarlo. La parábola auténtica dice de Dios cuanto ha de decirse, de un modo accesible y velado, a fin de que cada uno capte lo que puede entender
Esta es la belleza y el sentido de las parábolas: invitan a entrar en el Misterio sin sentirse obligados, revelan sin presionar, involucran al oyente sin coaccionar.
Jesús, hombre sabio, usó maravillosamente el arte de contar parábolas.

De la parábola que nos convoca hoy quiero subrayar simplemente un aspecto: el terreno. Aspecto que conectaremos con la cita muy dura de Isaías que Mateo pone en la boca de Jesús:
Por más que oigan, no comprenderán,
por más que vean, no conocerán. 
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, 
tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, 
para que sus ojos no vean, 
y sus oídos no oigan, 
y su corazón no comprenda, 
y no se conviertan, 
y yo no los cure.

El terreno: somos tierra buena. Tú eres tierra buena. Todo el evangelio en el fondo se resume en esta buena noticia. Buena noticia que también rescatamos de la imagen sorprendente de la siembra: Dios es un “pésimo agricultor” en este sentido. Siguiendo la metáfora de Jesús, el Padre sembrador desperdicia semillas. Siembra donde sabe no hay fecundidad: imagen hermosa de la Vida en abundancia que Jesús mismo se aplica (Jn 10, 10).
Es problema radica en nuestra ignorancia y ceguera. Creemos ser tierra pedregosa, tierra árida, fallada, pobre, poco profunda, con cardos y espinas.

La realidad es otra: somos tierra buena y fecunda. Nuestras creencias nos distraen y nos confunden. Confundimos límites y dolor con infecundidad e imperfección. Las creencias se convierten en ceguera: por eso la cita de Isaías. Contra la cerrazón y la ceguera no hay antídoto: terrible poder de nuestras creencias mentales y prejuicios. Triste y doloroso es ver tantas mentes cerradas; mentes cerradas que generan sufrimiento a sí mismas y a los demás. En la parábola del pobre Lázaro y el rico epulón se afirma lo mismo. Abraham le dice al rico que pedía una visita de los resucitados para alertar a su familia: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán” (Lc 16, 31).
Contra ceguera y cerrazón no hay milagro ni experiencia extraordinaria que pueda transformar.
Por eso es esencial abrirse y ver.

Apertura y visión nos conducirán a la confianza y la fecundidad.
La tierra se abre para recibir la semilla: sugerente imagen que nos trae la sabiduría de muchos pueblos indígenas que llaman a la tierra Pachamama, Madre Tierra. Y nos recuerda lo femenino, el misterio de la vida, que solo abriéndose y recibiendo engendra vida nueva.
Para abrirnos y dejarnos fecundar necesitamos soledad y silencio. Es ley de vida, ley universal. La tierra fecunda la semilla en la oscuridad y el silencio de la noche. El espermatozoide fecunda el ovulo en el silencio y la oscuridad de la trompa de Falopio para que después el embrión se instale en otro lugar silencioso: el útero. Todo se engendra y crece desde el silencio. Por eso el silencio es esencial.
Una vez empezamos a abrirnos aparece la luz. Suave y fuerte a la vez la luz nos penetra y comenzamos a ver. Empieza la visión.
Por eso Jesús insiste en el tema del ver y “corrige” a Isaías:  “Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven” (Mt 13, 16).
La dicha está en el ver. Ver lo que soy, ver lo que somos: tierra buena.

Nuestro caminar histórico y nuestra experiencia de los limites nos llevarán a menudo a caer en las falsas creencias de que somos tierra infecunda y desierta. Y tendremos una y otra vez que abrirnos y ver.
En el fondo todo el camino espiritual se concentra en estos dos verbos: abrir y ver.
Cuando logramos conjugar estos verbos todo se transforma y la vida aparece. Desde el fecundo silencio, misteriosa e infinita, la vida se manifiesta. Y no podremos dejar de ver su belleza.







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